Capítulo 25
Sheila
—O tra vez.
«Otra vez, mis huevos…».
Miro a Aiko con toda la inquina de la que soy capaz, que en este momento es menos de la que se merece, mientras sostengo una bandeja lacada a la altura del pecho por decimoquinta vez consecutiva.
—Aiko, llevo tres horas andando en línea recta.
—Eso entraría en discusión. —Ni siquiera levanta la vista del cuenco que está colocando sobre el tatami—. Más bien vas dando bandazos.
—Bandazo el que has dado tú —murmuro por lo bajo.
—Te he oído.
—Claro, cómo no. Tenías que tener también oído supersónico.
—Deja de replicar. Otra vez, Yuki.
Resoplando, retrocedo hasta el extremo de la sala arrastrando conmigo tres kilos de seda y toda mi dignidad, que a estas alturas podría caber en un dedal.
Nadie me avisó de estas cosas.
Tú ves a una geisha y piensas: qué serenidad, qué elegancia, qué paz interior…
«¡Un cojón de pato!».
La realidad es una mujer haciendo abdominales dentro de un tubo de tela mientras sonríe.
El cinturón que sujeta el vestido me tiene las costillas machacadas en un abrazo que ya roza lo indecente. Para colmo, el traje tradicional pesa como si llevase mancuernas enganchadas a la tela. Empiezo a sospechar que lo han hecho aposta para acabar conmigo, porque no hay otra explicación.
Doy cuatro pasos, como si recrease el antiguo anuncio de las muñecas de Famosa.
—La barbilla, Yuki.
—Está en su sitio. Con puntos de sutura, pero en su sitio.
—Me refiero a que está apuntando al pecho.
—¡Me vas a quitar la vida, Aiko!
—Y tú a mí la paciencia.
—No caerá esa breva…
Me tiemblan tanto los bíceps que a punto estoy de tirar la bandeja. Para que conste en acta, no se cae, pero claro, no hay reconocimiento a mis reflejos.
Llego hasta la mesa baja y me arrodillo con una lentitud que a estas alturas casi podría confundirse con que vivo en cámara lenta. Me alegraría por mi destreza si no escuchase que me cruje la rodilla izquierda igual que una bisagra.
Suelto un suspiro hondo al depositar el juego de té sin que tintinee ni una sola pieza.
Levanto la mirada, triunfal, y me cruzo con la de Aiko.
—Mejor.
—¿Mejor? He estado sublime. ¡Esto se denominaría arte, joder! Estoy segura de que la gente pagaría por verlo.
—Ha sido aceptable. En dos meses puede que esté bien.
—En dos meses estaré muerta y enterrada bajo este cinturón.
—Se llama obi .
—Se llama John Cena, el triturador de costillas.
Me dejo caer hacia atrás sobre el tatami como un saco de patatas, lo cual estoy segura de que infringe unas quince mil normas de esta casa, y me quedo mirando las vigas del techo mientras recupero el aire que el puñetero « obi » me tiene retenido sin permiso.
—Cinco minutos —concede Aiko.
Cinco minutos antes de volver a caminar en línea recta hacia mi propia muerte.
—Oye, Aiko…
—No.
—Todavía no he dicho nada.
Me incorporo sobre un codo.
—Ibas a hablar del traslado.
«¿Cómo es posible que me conozca tan bien?».
—Te iba a decir que tengo un calambre en el tobillo.
—Yuki…
Arquea una perfecta ceja.
—Pero ya que lo mencionas… —La señalo con un dedo al más puro estilo Nesta Archeron y entrecierro los ojos—. ¡Traicionera!
—¿Eso no es una canción?
—Anda, mira la nipona, si hasta sabe ser graciosa. No dijiste ni pío.
—No era asunto mío.
—¡Claro que es asunto tuyo! Somos amigas. —Hago un gesto entre las dos que abarca el tatami, la bandeja y la semana de sufrimiento compartido—. Pensaba que habíamos construido una amistad, ¿sabes? Con nuestras cosas, las confidencias, el té…
—El té es parte del entrenamiento.
—¡Es algo simbólico! Una amiga no manda a otra al patíbulo.
Aiko cierra los ojos. Ya la tengo calada y es su versión de poner los ojos en blanco. Llevo días aprendiendo a traducirla y estoy bastante orgullosa de mis progresos.
—No seas dramática.
—¿Dramática? —Me llevo una mano al pecho—.
Me van a trasladar a la guarida del hombre que me dejó en tu casa sin miramientos y me llamó proyecto.
¡Ni que fuese un piso en obras! —exclamo.
Ha quedado claro que Takeshi saca una versión de mí que no me gusta—.
Si desaparezco, quiero que sepas que fuiste cómplice.
Y un funeral bonito. Nada de flores blancas, que son muy de aquí y muy tristes. Me merezco música de Manuel Carrasco.
—¿Y ese quién es?
La miro con la boca abierta.
—Llevas razón. No podemos ser amigas.
A Aiko se le escapa una risilla. Fuera de contexto, todo hay que decirlo.
—No vas a desaparecer, Yuki.
—Casi lo hago anoche.
Agacha la cabeza, sabe que eso no puede negarlo.
—Por suerte, Renji apareció.
—Mi héroe… —suelto soñadora sin quitarle el ojo de encima.
—¿Estás interesada en él?
—Yo no, pero por cómo te sonrojas frente a él, tú sí.
Aparta la mirada.
—Takana Renji es un buen hombre.
—El cual te encantaría pervertir. —Sonrío pícara.
—Deja de decir sandeces. Irte con Kuni Takeshi no es el fin del mundo.
Qué hábil cambiando de tema. Por una vez no seré cabrona y dejaré estar lo pillada que la veo por Renji.
—Dile a todo el mundo que, antes de morir, lo hice caminando muy recta.
—Yuki…
—Me meterá en su coche. —Le hago un puchero.
—Te subirás tú solita.
—Me subiré bajo coacción. Y pesará en tu conciencia.
—Oraré por ti en el templo.
Hay algo parecido a la diversión en su cara.
—Odio cuando haces eso.
—¿El qué?
—Reírte de mí con la cara muy quieta. Es antinatural. La gente normal se regodea. Tú te quedas ahí, con tu cara de retrato, dejando que yo me revuelque sola en mi propia miseria.
Aiko se permite entonces algo que en cualquier otra persona sería una carcajada y que en ella consiste en una exhalación por la nariz y una curva minúscula en la comisura del labio.
Me la apunto. Es mi victoria personal del día. A este ritmo, para Navidad consigo que se ría en voz alta.
—Estarás más segura allí.
—Ya estoy segura contigo.
—No es lo mismo. —Recoge el cuenco con un movimiento fluido—. Mi casa tiene puertas de papel.
Bajo la vista hacia mis manos.
—Es que me gusta estar contigo —reconozco.
Observo cómo su semblante, por norma general neutro, se ablanda.
—A mí también, Yuki. Eres la primera hoja que crece de la flor del cerezo.
Creo que es lo más bonito que me han dicho nunca, aunque, en cierto modo, tampoco lo entienda mucho.
Antes de que me dé tiempo a contestar nada, la puerta corredera del fondo se desliza con un siseo suave.
Las dos nos ponemos rectas de inmediato. Yo con menos gracia, obviamente, y con un gruñido que intento disimular como si fuese un carraspeo, solo que con una velocidad de la que estoy bastante orgullosa.
La dictadora, quiero decir, Rin, entra en la sala sin prisa.
No sé por qué cada vez que la veo tengo el impulso de pedirle perdón por existir. Es la única persona que conozco capaz de examinarte de arriba abajo sin mover los ojos.
— Okasan —saluda Aiko con una reverencia.
La imito medio segundo tarde. Un día conseguiré hacerlo a la vez y encargaré una placa conmemorativa.
Rin nos observa a ambas mientras camina hasta el centro de la sala, se detiene y se centra solo en mí.
—Dentro de dos días será tu primer trabajo.
—¿Mi primer qué?
—Me han avisado de que se llevará a cabo una reunión privada con varios invitados americanos.
Estarán en ella los Yamitsuru-kai y los Kusari-kai .
Servirás la mesa junto a dos de mis chicas.
No hablarás a menos que te dirijan la palabra, no mirarás a los ojos a nadie y no dejarás que ningún vaso esté vacío.
—«Este retortijón que siento no augura nada bueno.
Puede que me esté cagando un poco»—. Escucharás.
Es lo único que se te pide, y es lo más difícil que se te va a pedir nunca.
El corazón me empieza a golpear las costillas con entusiasmo. Que conste que no lo comparto en absoluto.
—Con todo el respeto… —Y lo digo en serio, cosa que debería quedar registrada en algún sitio—. No sé si estoy preparada para servir sake sin que parezca que estoy regando una planta.
—Me encargaré de que aprendas en dos días. Y si no lo consigues, fingirás que eres una experta —responde sin inmutarse—. Que también es parte del oficio.
Miro a Aiko buscando apoyo, solidaridad, una mínima muestra de humanidad, pero ella está contemplando el suelo con la misma devoción que la hermana Victoria en Semana Santa.
Traidora.
—¿Puedo preguntar por qué la prisa?
Me aventuro a preguntar.
Rin ladea la cabeza. Y algo que no consigo interpretar le cruza la cara.
—La prisa la he puesto yo —gruñe Takeshi, apareciendo de la nada.
Contengo de tal manera la respiración que hasta siento el cinturón más suelto sobre mi torso cuando mis ojos se cruzan con los suyos.
«Recomponte, Sheila. Re-com-pon-te».
—Cómo no… —mascullo, y aprieto los labios—. Tu misión vital es arruinarme la vida.
—Que conste que me opongo —interviene Rin—. Esta casa no se creó para esto y nada de lo que ocurra aquí debería tener que ver con lo que ocurre fuera de estas paredes. Pero si vas a participar en ese mundo, al menos vas a estar preparada.
Por primera vez desde que crucé el umbral de la okiya , tengo la sensación de que no soy enemiga de esta mujer, sino que lo es su hijo.
—Gracias —digo, y me sorprendo a mí misma porque me sale de verdad.
Rin ni se inmuta y se gira hacia Aiko.
—Trabaja con ella la voz esta tarde. Tiene el acento demasiado marcado en las vocales largas.
—Sí, okasan .
—Y enséñale a servir sake sin que parezca que va a regar plantas.
¿Eso que se le aprecia al darse la vuelta es una sonrisa?
Cruzo una mirada con Takeshi y la aparto rápido, pero veo cómo sigue a su madre cuando esta se marcha.
Al quedarnos de nuevo solas, miro a Aiko con los ojos como platos.
—¿Tienes instalado Spotify?
—¿Para qué? —cuestiona confundida.
—¿Lo tienes o no?
—Eh, sí.
—Pues ya te puedes ir descargando a Manuel Carrasco porque de esta no salgo viva.
La carcajada que suelta le sorprende hasta a ella, ya que se tapa la boca con la mano.
—Eres increíble.
—Acuérdate de ponerlo en mi epitafio.
Me toqueteo el recogido por tener las manos entretenidas y no estrangularme a mí misma para acabar con mi sufrimiento.
—Todo va a salir bien.
—No seas mentirosa. Hasta hace diez minutos te ha faltado arrearme con la vara por inútil.
—Solo lo hacía para motivarte. Estás preparada, Yuki.
—Eso no es lo que dirás después de que la Yakuza haya escondido mi cuerpo en mil pedazos.
—Si no quieres que eso ocurra, mejor será no estar perdiendo el tiempo con tanta charla.
—Eres única dando ánimos…
—¡Camina en línea recta!
«Señor, sí, señor», pienso, obedeciendo esta vez sin rechistar.
Cuatro horas después, tengo las rodillas destrozadas, la garganta en carne viva de repetir vocales largas hasta sonar como una nativa y una comprensión mucho más profunda de por qué las geishas parecen tan serenas.
Se debe a que están conservando energía.
Es puro instinto de supervivencia para no cagarla frente a asesinos experimentados.
También he aprendido a servir sake. Más o menos.
Estoy quitándome el obi con la ayuda de Aiko, aunque más bien parece el proceso de desmontar un andamio.
No lo oigo llegar, pero lo noto.
—Yuki.
—… no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
—Ninguna plegaria te va a ayudar —musita Aiko, sacándome el furisode.
—Tú sí podrías…
Aiko me dedica una mirada de cachorro abandonado.
—No me lo pongas más difícil, onegaishimasu .
Que lo pida por favor hace que deje de insistir.
Me cago en todo lo que se menea… Si es que, en el fondo, soy una blanda.
Me giro con toda la intención de soltarle a Takeshi algo cortante. Llevo la frase preparada desde el mediodía. Es buena. Un «vete a tomar por culo» nunca falla.
Sin embargo, no llego a soltarla porque hay algo raro en él.
No es la actitud a la que estoy acostumbrada.
Con esa ya me manejo como pez en el agua.
La tengo catalogada y sé con exactitud dónde pinchar para que se le mueva el párpado.
Anoche estaba cabreado, lo de ahora es una seriedad que me asusta.
Está apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa hasta el punto que se le marca el músculo.
Me mira y por un segundo tengo la impresión clarísima de que no me está mirando a mí, sino a algo que solo él ve.
—¿Qué ha pasado? —pregunto antes de poder evitarlo.
Tarda medio segundo en recomponerse. Parece que no se esperaba mi pregunta.
—Nada.
«Mentira».
No sabría explicar por qué, pero sé que miente.
—¿Por qué tienes cara de que se te ha muerto alguien?
—Recoge tus cosas. Nos vamos.
—Rin ha dicho que en dos días…
—Yo mismo te traeré a primera hora. Vamos, Yuki.
Podría decirle que se ahorre conmigo el tonito que no admite negociación, el que ha hecho que hombres el doble de grandes que yo bajen la mirada. Discutir es literalmente mi deporte favorito. Tengo hasta medallas imaginarias y todo. Al final obedezco sin mediar palabra.
Recojo mis cosas, y mientras cruzo el pasillo de la okiya detrás de él, no dejo de darle vueltas a que algo le ha ocurrido a Takeshi y, sea lo que sea, tengo la desagradable sensación de que tiene que ver conmigo.