Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 24
63%

Capítulo 24

Takeshi

N o tardamos en averiguar que Yuri Novikov llega esta misma madrugada en un vuelo privado.

Renji ha avisado a los mismos que nos proporcionaron el listado de los americanos y, en poco tiempo, ya tenemos la hora exacta del aterrizaje, el número de terminal y hasta el vehículo que ha reservado y con el que se desplazará.

En nuestro mundo, la privacidad es un lujo que solo existe para quienes no llaman la atención, y Yuri no es de los que pasa muy desapercibido que digamos.

El ruso no entra en un país sin que alguien lo sepa, aunque por la tranquilidad con la que se desplaza alrededor del mundo está convencido de que nada ni nadie puede tocarlo.

Eso es lo que más me molesta.

Le advertí que se mantuviese al margen. Sheila estaba presente y, aun así, lo ha llamado.

«¿De qué la culpas, idiota?», me dice una voz en mi cabeza.

Desde que la traje no he hecho nada más que alejarla de mí. He estado tan centrado en apartarla para no mezclar mis emociones con el plan que lo único que he conseguido es una cagada detrás de otra.

—Deja de fustigarte —susurra Renji a mi lado.

Estamos dentro del coche, aparcados en una zona desde donde podemos observar la terminal de salidas sin llamar la atención.

Renji ocupa el asiento del copiloto y lleva más de diez minutos tamborileando con los dedos sobre la puerta, una costumbre que sale a relucir cuando está aburrido, lo que me está poniendo de los nervios.

—Como sigas haciendo eso, te voy a romper los dedos —suelto, haciendo caso omiso a su anterior comentario.

—Take… —Chasquea la lengua—. Perdona que te lo diga, pero últimamente estás muy irascible.

Le dedico una mirada de advertencia y él sonríe.

—Me apostaría a añadir que tu problema tiene nombre de mujer y mide poco más de metro y medio.

—No empieces…

—No he dicho nada que no sea verdad. Si no, no estaríamos esperando a toda una leyenda de Rusia.

«Si solo fuera de Rusia…».

No le respondo porque, por desgracia, lleva razón. Desde que salimos de la casa de Aiko no he sido capaz de pensar en otra cosa que no sea Sheila. En su ataque y su negativa de mudarse conmigo.

Pero a partir de ahora, por su seguridad, no pienso quitarle el ojo de encima.

Sigo repitiéndome eso, aunque la realidad es que es por mi propia estabilidad mental. Si le hubiese sucedido algo…

—¡Déjalo ya!

Estoy a punto de mandar al cuerno a mi amigo cuando, de repente, veo cómo la puerta automática de la terminal se abre y aparece Yuri sobre su silla de ruedas, acompañado por un hombre de cabello oscuro y aspecto poco amenazante.

—¿Y ese quién es?

—Se llama Marco. Es socio de la hermana de Vladimir Pavlov. —Veo que mi amigo frunce el ceño—. Por lo que pude descubrir en mis viajes a Italia, el tío es un genio informático.

—¿Y está con el ruso por…?

—Se lo folla.

Me reiría si la situación fuese distinta al ver cómo Renji abre sus ojos rasgados de par en par.

—Pero… ¿a Yuri le funciona…? —Se señala la entrepierna.

—Tanto que hasta anda.

—¡No me jodas!

Para el resto del mundo, Yuri Novikov es un multimillonario ruso parapléjico. Yo siempre he pensado que es más listo de lo que le conviene.

La mayoría de la gente tiende a subestimarlo al verlo postrado en una silla de ruedas, pero yo sé que es un zorro enfundado en la piel de un cordero.

En cuanto a su acompañante… He oído hablar del hacker . Y si la mitad de los rumores que descubrí sobre él son ciertos, puede entrar en una base de datos gubernamental con facilidad sin dejar rastro.

No me interesé por Sheila sin antes investigar a su círculo íntimo. Sobre todo, si ese está plagado de miembros de diferentes mafias.

Nunca tuvo tanto sentido la frase de: la sangre manda. Era cuestión de tiempo que ella se topase, de alguna forma, con este mundo.

—No son nada discretos —comenta Renji cuando vemos cómo Novikov le acaricia la pierna a su acompañante.

En mi país, las muestras de cariño en público son inusuales. Y no me refiero porque se trate de dos hombres. Lo son en general. Besarse o abrazarse no está bien visto. A los japoneses nos inculcan que como mejor se muestra el afecto es siendo servicial.

Varios guardias los escoltan hasta que suben a la parte trasera de un coche con los cristales tintados.

Una vez que abandonan el aeropuerto, los seguimos manteniendo la distancia para que no resultemos evidentes.

Cruzamos media ciudad hasta llegar a una zona residencial privada situada en las afueras.

La vivienda a la que acceden se encuentra detrás de un alto muro, rodeada por cámaras de seguridad y hombres que no disimulan que van armados.

Cuando su vehículo atraviesa la verja, nosotros esperamos resguardados.

—Va a ser complicado colarnos ahí dentro.

Observo la propiedad. Renji lleva razón, pero no pienso irme de aquí hasta hablar con Novikov.

—¿Desde cuándo te da miedo un grupo de guardias?

Mi amigo sonríe como si le hubiese planteado un desafío. Lleva tanto tiempo comportándose como el segundo al mando que se ha olvidado de la parte divertida de este trabajo.

—A la mierda… Arranca —responde él de manera automática.

Al parar frente a la entrada, dos guardias se acercan de inmediato mientras Renji baja la ventanilla hasta abajo.

—Venimos a ver a vuestro jefe. Y no me digas que no hay nadie porque lo acabamos de ver entrar.

Uno de ellos nos observa con expresión neutra.

—El señor Novikov no recibe visitas.

—Qué pena. Nosotros tampoco solemos pedir permiso.

La mano del hombre se mueve hacia el interior de su chaqueta y no le da tiempo a sacar el arma cuando Renji lanza sus suriken . Veo cómo las dagas con forma de estrellas se clavan en las gargantas de los guardias.

—No me has dejado ni participar —me quejo, aún con las manos sobre el volante.

—Echaba de menos derramar sangre.

Miro a Renji y luego a los hombres que gorgotean en el suelo, ahogándose con su propia sangre.

Niego y se me escapa una risa.

No me da tiempo a añadir nada cuando, de repente, la verja comienza a moverse.

—Estate preparado. No sabemos con qué nos vamos a encontrar.

Piso el acelerador y traspasamos la propiedad a la mínima velocidad.

No negaré que me sorprende que nadie haya comenzado a dispararnos aún.

Aparcamos frente a la entrada principal de la casa y compruebo que Yuri nos espera en el umbral con esa sonrisa que más bien parece una burla. Marco permanece a su lado, revisando algo en el teléfono; apenas levanta los ojos cuando nos acercamos.

Más hombres de seguridad se tensan al vernos bajar del coche.

Es en ese momento que Yuri levanta una mano.

—Todo está bien. Son invitados.

—Para serlo, se te olvidó mandarla —respondo.

—No hace falta. Creo que ya te la has ganado con seguirme desde el aeropuerto, matar a dos de mis hombres sin pestañear y aparecer en mi puerta —enumera sin perder la sonrisa—. Nunca nadie se ha tomado tantas molestias en querer llamar mi atención.

—Hay que concederle que es ingenioso… —murmura Renji por lo bajo y ríe.

Yo no.

—Tenemos que hablar.

Voy directo al grano.

—Esa frase suele preceder a una amenaza o a una declaración romántica. Viendo tu expresión, supongo que será la primera.

«Puto psicópata…».

La sonrisa del ruso se amplía como si me hubiese leído la mente. Sé que intenta provocarme, ver cuánto tiempo tardo en perder la paciencia.

Me entrenaron bien para tratar con tipos como él. No pienso darle el gusto.

—Recuerdo haberte advertido que no te entrometieras.

—Y yo no prometí que lo haría permanentemente.

—Yuki no es asunto tuyo.

—¿Yuki? ¿Habéis alcanzado tal grado de confianza que ya le has puesto apodo? —cuestiona perspicaz—. Si mal no recuerdo, toda esta situación vino precisamente por eso. ¿Cómo era como te llamó…? —El muy cabrón sonríe—. Ah, sí. Doraemon.

Aprieto tanto la mandíbula que me extraña que no se me salte algún diente.

—No te conviene jugar conmigo, Yuri.

Me fijo en cómo se oscurece su mirada. Por mucho que su actitud sea desenfadada, Yuri Novikov tiene la mirada glacial. Y no se debe a que sus ojos sean azules.

—Si Sheila me llama, no veo por qué no acudir.

—Su presencia en Japón es solo asunto mío.

—Cuidado, Kuni…, eso ha sonado demasiado territorial.

Formo puños con mis manos. Y avanzo un paso.

—Take… No.

Y esta vez no es mi amigo el que habla, sino mi wakagashira , por lo que no me queda otra que permanecer quieto.

Yuri deja escapar una risa suave, como si mi contención le resultase entrañable. Después desvía la mirada hacia mi acompañante y, por primera vez desde que llegamos, su expresión pierde el deje burlón. Inclina la cabeza apenas un par de centímetros.

—Takana-san —saluda reverencial—. Disculpe mis modales. Llevo tantas horas de vuelo y se me olvida que en este país la hospitalidad es sagrada. —Hace girar la silla—. Pasad. Discutir en el umbral es de bárbaros, y todos dicen que soy encantador.

Renji le devuelve el asentimiento sin inmutarse, como si un desconocido ruso conociendo su linaje fuese lo más normal del mundo. Yuri no es idiota, sabe perfectamente quién da las órdenes, quién las ejecuta y a quién debe reverencias.

El interior de la casa es de todo menos lo que aparenta la fachada. Tiene tal aire occidental que me sorprende que exista algo así en mi país.

—La propiedad es un préstamo. Un empresario suizo al que le he hecho algún que otro favorcillo —comenta Yuri al llegar a un gran comedor—. ¿Té? ¿Vodka? ¿Algo que os ayude a fingir que esto es una visita de cortesía?

—No hemos venido a beber.

—Lástima. Las conversaciones importantes siempre van mejor con alcohol. —Se detiene junto a una mesa baja y entrelaza los dedos sobre el regazo—. Tú dirás, Kuni.

—Es simple. Mantente fuera de mis asuntos. De todos, incluida Sheila —puntualizo—. Lo que ocurra en Japón no te concierne.

—Mmm… —Asiente despacio, como si sopesara mis palabras con interés—. Verás, tenemos un problema de conceptos.

—No sé de qué cojones me hablas.

—Me estás pidiendo que desoiga la llamada de auxilio de una amiga.

—Chasquea y niega como si estuviese compungido, acto seguido, su sonrisa se afila—.

Y deberías saber que yo no hago nada gratis, Kuni.

Otros coleccionan relojes o arte mientras yo colecciono favores.

Te sorprendería cuánto se revalorizan con el tiempo.

—Pues ve buscando otro proveedor. —Doy un paso hacia él y ni siquiera pestañea—. Yo no voy a deberte una mierda.

El silencio que sigue dura unos segundos, pero Yuri lo estira como quien saborea un buen vino.

—¿Ni siquiera por guardarte el secreto de quién es realmente Sheila? —pregunta con suavidad—. ¿De quién es realmente hija?

No me muevo ni parpadeo.

Renji a mi lado tampoco lo hace.

No le hace falta mirarme; percibo cómo toda su postura se ha vuelto de piedra.

Somos tres personas las únicas que conocemos ese secreto.

Mi mejor amigo, mi madre y yo. Lo hemos protegido durante dos años con más celo que nuestras propias vidas, porque el día que salga a la luz no habrá vuelta atrás para nadie.

—No sé de qué narices hablas —respondo. Mi voz suena milagrosamente firme.

—Claro… —Yuri ladea la cabeza—. Y yo no sé andar.

»Tu cara de póker es excelente, de verdad —continúa el ruso—.

Es solo que yo llevo jugando a este juego mucho antes de que tú aprendieras a sostener una katana .

Aquí, mi querido Marco, es muy minucioso cuando se lo propone.

—El aludido levanta la vista del teléfono por primera vez desde que llegamos.

Se le ve incómodo—. Cuando Sheila nos habló de sus raíces, tiramos del hilo.

Un asunto que alguien se esforzó mucho en hacer desaparecer…

—Se encoge de hombros—. Alguien con recursos. ¿Te suena?

¿Cómo es posible que Yuri haya llegado hasta la sangre de Takana? La única implicada murió hace dos años, y lo que mi madre encontró después no está escrito en ningún registro que su hacker pueda piratear.

—No sé qué estás insinuando —digo al fin.

—Sheila siempre creyó que Akemi era su madre.

«Maldita sea».

—¿Qué quieres?

—Ahí está. —Yuri sonríe como un tiburón—.

Directo a los negocios. Por ahora, nada.

Ya te lo he dicho: soy un coleccionista.

Y acabo de adquirir la pieza más valiosa de Japón.

—Hace una pausa deliberada, dedicándome una ojeada—.

El caso es que ella no lo sabe. Y sospecho que desde el principio tú sí.

Lo cual plantea una pregunta fascinante que no pienso responder gratis: ¿qué clase de hombre esconde algo así a su líder?

Guardo silencio.

»Solo se me ocurre que lo haces para utilizar a Sheila contra su propia sangre. Porque ambos sabemos que su padre no es otro que Takana.

«Joder…, ¿cómo lo ha averiguado?».

—No tienes ninguna prueba.

—Puede ser. —Su mirada glacial me atraviesa—. Pero tampoco tengo dudas.

Aprieto la mandíbula.

Cuando la encontré, era exactamente lo que necesitaba: la única arma de este mundo capaz de atravesar la armadura de Takana Haito.

Ella sería nuestra garantía. Un detonador por si, algún día, nuestro oyabun arrastraba al clan hacia donde no debía.

La vida por la hija que ni siquiera conocía, por mantener el orden en la Yamitsuru-kai.

Lo que no entraba en el plan era que el detonador tuviese la boca más insolente de todo Japón. Y que, a estas alturas, ya no tenga claro a quién estoy protegiendo. Y lo más importante: de quién.