Capítulo 23
Takeshi
L lego a la casa de Aiko con una sensación desagradable instalada bajo la piel que no consigo expulsar por mucho que lo intente.
Llevo años acostumbrado a la violencia, al peligro y a la incertidumbre.
Me he pasado tanto tiempo moviéndome entre cadáveres y traiciones que una llamada no debería ser capaz de alterarme.
Sin embargo, desde que Renji me ha informado de que han atacado a Sheila, no he dejado de ver todo a mi alrededor rojo.
No se trata de miedo.
Los hombres como yo no tenemos el privilegio de sentir miedo por nosotros mismos desde hace mucho tiempo.
Más bien es una furia que hacía mucho que no experimentaba.
Conozco de sobra lo que hay en mi ciudad, y pensar que Sheila ha estado en peligro… Prometí protegerla, joder. Y ni eso he sido capaz.
Verla en el club me ha hecho perder el juicio. Primero porque mi instinto me ha dicho que no es seguro. Después… Maldita sea, con ella todo se vuelve un auténtico caos y hace que me olvide de la perspectiva.
Sé bien lo que ocurre cuando una mujer desaparece en mitad de la noche y acaba en manos equivocadas.
Y Sheila…
Cierro los ojos un instante, al abrirlos, aprieto la mandíbula mientras subo los escalones de entrada a toda velocidad.
No me ha hecho falta que nadie me lo cuente para saber que Sheila ya pasó por una situación traumática. No me acerco a nadie sin antes investigarlo. Sobre todo, a ella, que es alguien crucial.
De hecho, a raíz de lo que le sucedió, pude dar con ella.
Estaba buscando a Hikaru, sabía que había sido víctima de una red de trata de blancas. Mi amiga, mi compañera en la Yakuza acabó muerta, pero mientras indagaba entre las supervivientes, me topé con algo demasiado fuerte para dejarlo pasar.
La simple idea de que hayan intentado arrastrarla otra vez hacia ese infierno consigue que me entren ganas de arrancarle la garganta a media ciudad hasta encontrar a todos los responsables.
No me gusta esa reacción. Se siente personal.
Y ya sabemos que las emociones personales son un lujo que los hombres como yo no podemos permitirnos.
Cuando llego a la puerta, Aiko la abre antes de que llame.
Siempre ha tenido la capacidad irritante para leerme mejor de lo que me gustaría. Su mirada baja hasta mis manos apretadas y después vuelve a mis ojos.
—No.
—Aparta, Aiko.
Ella se interpone entre el interior y yo.
—No puedes entrar en ese estado.
Cualquier otra persona interpretaría sus palabras como sugerencia. Yo ya sé que no lo es.
Aiko me está diciendo que ahora mismo parezco alguien dispuesto a matar a la primera persona que le lleve la contraria. Y tiene razón.
—Apártate —mascullo entre dientes.
—Tranquilízate antes.
—¡Estoy tranquilo, joder! —Ella me lanza una mirada acusatoria—. Me da igual lo que pienses.
Me pongo a su altura bajo el umbral.
—Takeshi…
—Aiko.
Ladea la cabeza y sé que se debate entre insistir o dejarme pasar.
Aunque me da igual lo que piense. Pienso entrar le guste o no.
Por suerte, se echa a un lado. Sabe tan bien como yo que, cuando llego a cierto punto, es inútil intentar detenerme.
Cruzo el genkan y avanzo por el interior de la vivienda.
Conozco esta casa como la palma de mi mano. Es donde vivimos mi madre y yo hasta que ella se convirtió en jefa de geishas , se mudó a la okiya y tuve que hacerme un hueco en el mundo.
Frunzo el ceño, extrañado al escuchar una carcajada femenina.
Cuando entro en el salón principal, me encuentro con una escena que consigue detenerme en seco.
Sheila está sentada sobre un zabuton frente a la mesa baja. Tiene las piernas cruzadas de forma poco elegante, una taza de té entre las manos y una sonrisa que no le había visto… creo que nunca.
Por supuesto que ha sonreído a mi alrededor, aunque han sido sonrisas de listilla.
Cada vez que ha notado que algo me molestaba.
Jamás la he visto tan relajada como parece que está ahora, y eso, por alguna extraña razón, me cabrea.
Más cuando frente a ella y a quien le dedica sus sonrisas es a Renji.
Mi mejor amigo está reclinado con comodidad mientras le cuenta algo que claramente a ella la divierte.
A duras penas me controlo para no saltarle a él encima y golpearlo por conseguir algo que a mí no se me permite.
Por suerte encuentro algo mucho más importante en lo que centrar mi atención.
Le veo la herida alrededor de la barbilla. Los hematomas casi no son visibles bajo la luz.
La incomodidad que he sentido hace unos segundos por verla tan relajada junto a Renji desaparece de golpe y solo queda la furia.
Saber que la han herido me afecta más de lo que hubiese imaginado.
Sheila se tensa y su sonrisa desaparece al notar mi presencia.
Con lentitud, gira la cabeza y su mirada se cruza con la mía. Sus ojos azules se oscurecen y toda la chispa que tenía se evapora.
—¿Cuál de los dos ha sido el chivato?
Que mi amigo se ría por lo bajo no ayuda. Renji levanta la mano con tranquilidad.
—Yo.
Ella entrecierra los ojos en su dirección.
—Agradece que me has salvado la vida porque, si no lo hubieras hecho, ahora mismo estaría diseñando una venganza tan sofisticada que las futuras generaciones la estudiarían en las academias militares.
Él vuelve a reír. Yo no. Yo sigo observando las heridas.
Me acerco. Apoyo un dedo bajo su mentón para no rozarle la zona dolorida. Cómo no, ella se retira de mi contacto.
—¿Qué mierda es esto?
La pregunta me sale más dura de lo que pretendía.
—No te importa.
Que aparte la mirada me cabrea el doble. No con ella, más bien conmigo mismo por no estar donde debía, que era protegiéndola.
Como me ha aconsejado Aiko, intento serenarme. Y lo vuelvo a intentar.
—¿Qué ha pasado, Yuki?
Señalo su barbilla, ya que parece que el que la toque queda descartado.
—No ha sido nada…
—Me lo creería si no pareciese que te has peleado con una trituradora.
—Mira que eres dramático…
—Llevas puntos, Yuki. —Muestro lo evidente.
—Y muy bien cosidos, además. —Le guiña un ojo a Aiko, que permanece a mi espalda.
—¿Qué ha ocurrido? —lanzo la pregunta a Renji.
Meto las manos en los bolsillos del pantalón para poder volver a cerrarlas en puños.
—¡A él no lo metas, que no tiene nada que ver! —exclama Sheila, poniéndose en pie.
—Lo cierto es que…
Renji se corta a mitad de la frase cuando ella le dedica una mirada.
«¿Qué demonios?». ¿En qué universo mi wakagashira se acobarda por alguien del tamaño de un yorkshire ?
—Ha sido un suceso sin importancia.
Esta vez sí que se me escapa la risa, aunque es una amarga.
—Eso no es lo que me han contado.
—¡Me da igual lo que te hayan contado! —se sulfura—. Por suerte, ha quedado en nada.
—¡Maldita sea, Yuki! Varios de nuestros hombres han ido a recoger un cadáver. Así que no me vengas con lo de que no ha sido «nada».
No se me pasa desapercibido cómo le recorre un temblor. Es casi imperceptible para cualquiera. Para mí no. En este poco tiempo que la conozco he memorizado cada una de sus expresiones.
Como es habitual entre nosotros, la conversación empieza igual que siempre: ella restándole importancia a todo y yo perdiendo la paciencia.
He descubierto que Sheila usa el humor igual que otros utilizan armaduras.
Forma parte de su mecanismo de defensa. El único que tiene para sobrevivir sin hundirse.
Pero no puedo permitir que se escude siempre en lo mismo, porque llegará un momento en que no sea suficiente. Necesito que entienda que esta vez ha tenido suerte de que Renji estuviese ahí, si no llega a aparecer…
—A partir de ahora te quedas conmigo —me escucho decir sin tan siquiera ser consciente.
No sé de dónde ha salido eso, pero es la mejor idea que acabo de tener.
Es necesario descubrir si Sheila ha sido un objetivo al azar o alguien más sabe quién es en realidad.
La sangre se me hiela solo con ese pensamiento.
Como me temía, su reacción es inmediata.
—¡Ni de puta coña!
—Esa boca… —le advierto.
—Me suda el…
—¡Yuki, por favor! —exclama Aiko.
Sheila toma aliento. Sé que está conteniéndose para no soltar de todo por esa boquita. Me sorprende que, tras cruzar una mirada con Aiko, se contenga.
—No pienso irme contigo. Fuiste tú quien me dejaste aquí. Y aquí me quedo.
«Mierda. Lleva razón».
Pero me molesta que ni siquiera se lo plantee ni lo considere. Eso consigue que mi humor empeore.
—Soy consciente de que yo te traje aquí y, con las mismas, ahora te vienes conmigo.
—Pero ¿tú qué te crees que soy…? ¡¿Un Tamagotchi?!
«Hombre, por tamaño…».
La fortuna hace que mantenga la boca cerrada y no empeore más las cosas.
—Pensé que estarías más segura aquí. Me equivoqué —reconozco. Me paso las manos por el pelo—. Si permaneces a mi lado, nadie te hará daño.
Alza una ceja.
—A lo mejor del que me quiero alejar es precisamente de ti.
Se cruza de brazos en un gesto chulesco.
No confirmaré que su declaración escuece. Esta akuma va a conseguir que pierda la cordura. No debí asaltar su boca como lo hice, pero cuando se trata de Sheila hago muchas cosas que no debería.
No estoy enfadado porque hayan intentado secuestrarla. Bueno, no solo por eso, sino que lo estoy porque me importa y la idea de que le suceda algo me resulta insoportable.
Cuando Renji me ha llamado contándome que casi se llevan a Yuki, lo último que he pensado es en la misión. Ni siquiera en los enemigos ni las consecuencias. Solo en ella. En que era mi puta culpa por no estar a su lado.
—Además, no será necesaria tu protección. Me he encargado de buscarla con mis propios medios.
Entrecierro los ojos. No sé a qué se refiere, pero ya vaticino que no me va a gustar.
—¿Qué quieres decir?
—Take…
Que mi amigo escuche mi tono de voz tan bajo es indicio de que estoy más allá del límite.
—Confiaré en quien siempre me ha protegido… —La sonrisa ladina que muestra hace que se me tiemble un músculo de la mandíbula—. Yuri Novikov.
—¿Has llamado al ruso?
La madre que la trajo…
No responde.
Se limita a observarme con una cara de sobrada que me debato entre agarrarle el rostro y volverla a besar o largarme y olvidarme de ella, el plan y todo lo que la involucre.
—¿Algo que objetar, Doraemon?
Escucho un jadeo ahogado a mi espalda. No me hace falta girarme para saber que proviene de Aiko. Me conoce lo suficiente para saber que no hay persona en el mundo que me haya ofendido y viva para contarlo.
El problema es que Sheila no es cualquier persona. Y ya no tengo claro que sea por las razones por las que la traje.
Me paso la lengua por los labios para humedecérmelos.
—Dejaré que esta noche te quedes aquí —comienzo—, pero mañana mismo te vienes conmigo.
Sé que va a volver a protestar, por lo que, haciendo caso omiso a su presencia, le hago un gesto a Renji para que me acompañe. Me giro y enfilo a la salida.
—¡No pienso obedecerte! —grita Sheila tras de mí.
«Eso ya lo veremos…».
—Es un tanto peculiar —comenta Renji cuando se une a mí en la calle desierta.
—No te haces una idea…
Saco el móvil, abro la aplicación de mensajería y tecleo.
—¿Qué haces?
—Estoy pidiendo a unos cuantos de los nuestros que vengan a vigilar la casa.
Me guardo el teléfono y me acerco hasta donde aparqué.
No pienso moverme de aquí hasta que lleguen los nuestros y me sustituyan.
—¿Crees que el ataque no ha sido intencionado? —cuestiona Renji.
—Dímelo tú, que eres el que has aparecido como Bruce Lee.
—Eh, tío…, si estás cabreado, conmigo no la pagues. Deberías darme las gracias de que estuviese por la zona.
Me paso las manos por el rostro, agotado, y suspiro.
—Cierto… Lo siento.
—De nada, imbécil.
Miro hacia la casa.
—Esa onna me saca de quicio. —Resoplo.
—Lo que yo creo es que te atrae demasiado y no sabes cómo lidiar con ello.
Le echo un vistazo a Renji, dispuesto a protestar, pero a quién quiero engañar… Lleva razón, joder.
—¿Qué se trae con Yuri Novikov?
Sabía que a Renji no se le pasaría por alto ese nombre. Todo aquel que pertenezca a una mafia ha escuchado hablar de Yuri.
Es un lobo solitario. No le rinde cuentas a nadie, y esa es de las cosas que más preocupan en mi mundo. Cuando te riges por tus propias leyes, es difícil saber hasta dónde llega tu alcance. Y por lo que sé, Yuri es de los putos kamikazes.
—No lo tengo claro, pero tú y yo vamos a averiguarlo.
Mi amigo levanta una ceja.
—¿Qué estás pensando?
—Vamos a darle la bienvenida a nuestro país.
A Renji se le forma una sonrisa enfermiza, la cual me contagia.
Es momento de aclararle a Yuri Novikov que Japón pertenece a los Yamitsuru-kai .