Capítulo 22 #2
Y es una sensación extraña, porque en circunstancias normales esa soy yo. Sin embargo, ahora parece como si me hubiese comido la lengua el gato.
Me he acostumbrado a que Takeshi apenas hable, así que descubrir que alguien que mata a sangre fría es capaz también de mantener una conversación normal resulta inquietante
—¿Siempre hablas tanto? —pregunto al fin.
—No.
—¿No?
—Solo cuando la otra persona parece estar a punto de sufrir una crisis nerviosa.
—Qué considerado.
—Lo soy.
—No lo creo. —Esta vez soy yo la que sonríe.
—Solo lo soy con las chicas guapas.
Resoplo.
Pero vuelvo a descubrirme sonriendo.
Empiezo a entender por qué me siento cómoda al estar cerca de él.
Renji posee esa clase de carisma que relaja las situaciones sin esfuerzo. No transmite la tensión constante que acompaña a Takeshi. No parece estar analizando cada palabra que sale de tu boca ni cuestionando cada movimiento que haces. O, por lo menos, no lo hace de forma visible.
Mientras nos dirigimos a casa de Aiko, aprovecho para echarle miradas de soslayo y observarlo mejor.
Aunque es alto, no lo es tanto como Takeshi. Tiene los hombros anchos, el cuerpo atlético y una elegancia natural que parece inherente a todos los hombres peligrosos que me cruzo últimamente.
Su piel es morena, tiene el pelo negro y algo más largo de lo habitual en Japón. Sus ojos son oscuros, casi negros, y poseen una viveza que contrasta con la frialdad plateada de los de su amigo.
Renji es muy atractivo. Y, además, habla. La combinación es sospechosamente conveniente.
—No pongas esa cara —suelta cuando veo la casa de Aiko a lo lejos.
—¿Qué cara?
—La de estar comparándonos.
Casi tropiezo.
—¡Yo no os comparo!
«Desde luego que lo hacía», me corrijo en mi mente, aunque no pienso admitirlo.
—Todos lo hacen.
—¿Y no te molesta?
—Siempre y cuando tenga las de perder. —Me sonríe socarrón—. ¿Quién ganaba en esa cabecita?
Siento cómo me arden las mejillas y aparto la mirada.
—Eres insoportable.
—Eso mismo dice Takeshi.
No quiero perder la oportunidad de saber más antes de llegar a donde me alojo.
—Has dicho que sois amigos.
—En realidad, somos más que eso. Para mí es como un hermano.
La sinceridad en su voz consigue que lo mire con atención.
—¿Desde hace mucho?
—Desde que la vida nos pasó por encima sin entender dónde nos estábamos metiendo.
—Tú eres parte de… —No sé si está permitido preguntar si forma parte de la Yakuza o eso puede meterme en más problemas de los que tengo.
Mete las manos en los bolsillos del pantalón en una actitud relajada.
—Dentro de la Yamitsuru-kai existe una jerarquía muy definida. Arriba está Takana, que es nuestro oyabun . Después estoy yo como wakagashira , algo parecido al segundo al mando. Debajo vienen los capitanes, los responsables de las diferentes divisiones y, después, el resto de soldados.
—¿Y Takeshi?
Renji sonríe.
—Takeshi es… Takeshi.
Frunzo el ceño.
—¿Qué significa eso?
—La mayoría de los hombres tienen una posición muy concreta dentro de la organización. Takeshi no funciona así.
—¿Porque es el ejecutor?
—Porque es el ejecutor.
Hay algo en la forma en que lo dice que consigue llamar mi atención.
—¿Eso lo convierte en alguien importante?
Renji me dedica una mirada que responde por sí sola.
—Digamos que si Takana es quien da las órdenes, Takeshi es quien se asegura de que el resto del mundo las recuerde de por vida.
Ya he visto un poco de lo que es capaz. No por ello deja de recorrerme un escalofrío por la espalda.
En Múnich vi cómo la gente reaccionó al verlo y cómo un hombre del clan rival tembló al escuchar su voz. Y luego está el imbécil que me ha besado en un cuarto de mantenimiento.
—¿Y siempre ha sido así?
Renji tarda unos segundos en responder.
—Siempre ha sido peligroso. ¿Te gusta que lo sea?
Cuando Renji se fija en mi expresión, adopto una de asco.
—No es una cualidad atractiva.
—Mientes fatal. —Lo fulmino con la mirada y él se ríe—. Ahora entiendo muchas cosas.
—No te hagas pajas mentales…
Se vuelve a reír.
—Entiendo que el hombre más antisocial de Japón te gusta.
—No me gusta.
—Claro.
—¡Que no me gusta, joder!
—Claro…
—¿Por qué nadie me cree?
—Porque, para no gustarte, preguntas mucho por él. Y nos acabamos de conocer.
Abro la boca para responder y la cierro. No sé en qué momento me empezó a atraer Takeshi. Puede que fuese la primera vez que estuvo en el Mystral y se puso delante de mí para que aquellos cuervos no me sacasen los ojos. El caso es que no puedo negar que siento algo por él, y eso me aterra.
Maldita sea. La mayor parte del tiempo ni me cae bien.
Renji parece percibir que mis pensamientos han tomado un rumbo menos divertido porque decide cambiar de tema.
—Ya hemos llegado.
Levanto la vista y la casa de Aiko aparece frente a nosotros.
Me quedo más tiempo del necesario con la mirada fija en la puerta corredera. Suspiro y me giro hacia él.
—Gracias.
La palabra sale antes de que pueda evitarlo.
Renji me observa unos segundos.
—No tienes que agradecerme nada.
—Me has salvado la vida.
—Sí, bueno… —Se encoge de hombros—. Takeshi se habría enfadado mucho si te pasaba algo y yo no lo hubiese evitado.
Por algún motivo, esa idea consigue que mi corazón dé un pequeño vuelco.
Me niego a analizarlo, bastante complicado es ya sobrevivir a la Yakuza como para encima tener que sobrevivir a mis propios sentimientos.
—Aun así, no tenías por qué hacerlo.
Él le resta importancia.
Me fijo en que las luces están apagadas. Me saco las llaves y dudo.
—Me quedaré haciendo guardia hasta que llegue Aiko.
Miro a Renji y me escucho decir:
—¿Te importaría acompañarme dentro hasta que ella regrese?
Sé que sueno vulnerable frente a un desconocido, pero me da igual. Si Renji quisiese matarme o hacerme daño, ha tenido todo el camino para hacerlo.
Lo veo dudar.
—He aprendido a servir el té. —Le muestro lo que espero que sea una sonrisa agradable.
Él curva sus labios a su vez.
—Espero que, llegado el momento, me salves.
—¿De qué?
Lo observo confusa.
—Cuando Takeshi se entere de que compartimos espacio.
Pongo los ojos en blanco.
—Vamos, hombretón, yo te salvaré del hombre del saco.