Capítulo 22
Sheila
N unca me he considerado una persona autocompasiva. El trauma sigue ahí, claro. Se encuentra agazapado en un rincón oscuro de mi cabeza, esperando el momento oportuno para recordarme lo que sucedió. Pero jamás le he permitido tomar decisiones por mí.
Siempre he creído que la curación no consiste en olvidar lo que te ocurrió ni en fingir que nunca pasó, sino en seguir avanzando a pesar de ello.
Por eso vine a Japón y acepté seguir a Takeshi, aun cuando cada uno de mis miedos me gritaba que me mantuviera lejos de él y de todo lo que representaba.
Sin embargo, estaba cansada de vivir presa de lo que sucedió.
Si permitía que aquel episodio condicionase mis actos y mi vida, esos demonios continuarían teniendo poder sobre mí.
Me niego a que eso ocurra, porque significará que han ganado.
Puede que, debido a eso, mientras siento cómo el hombre me inmoviliza y el pánico me devora por dentro, encuentro la fuerza para luchar.
No quiere decir que el terror haya desaparecido. Está ahí, latiendo bajo mi piel, recordándome otras manos y otros gritos, pero esta vez no pienso dejar que me paralice. Ni pienso esperar a que me rescaten.
Noto cómo mi latido golpea contra mis costillas hasta el punto de no ser capaz de escuchar nada más.
Mi atacante murmura junto al oído, con el convencimiento de que me ha vencido, que tarde o temprano dejaré de resistirme como hacen todas.
Mientras, yo espero.
Relajo los músculos, permitiendo que interprete mi aparente rendición como una victoria.
Una vez que su agarre pierde fuerza, llego a la conclusión de que, si quiero escapar, esta es la única oportunidad que voy a tener.
Comienzo una cuenta atrás mental, acumulando todo el valor para enfrentar la situación y no volver a convertirme en una víctima. Antes prefiero morir que estar de nuevo a merced de otros abusadores.
Cuando llego a cero, echo la cabeza hacia atrás y, con toda la fuerza que soy capaz de reunir, le pego un cabezazo. El golpe contra su rostro suena tan desagradable que no me cabe duda de que le he partido la nariz.
Mi atacante lanza un alarido mientras yo aprovecho ese instante de desconcierto para clavarle un codazo en las costillas y escapar.
Ni siquiera dudo y echo a correr.
No lo hago porque me crea valiente, sino porque quiero vivir.
Las piernas me arden a causa del esfuerzo a la par que mis pulmones se quejan.
Atravieso los callejones vacíos de Kioto sin preocuparme por dónde voy. Lo único que me importa es encontrar gente, una carretera principal o cualquier cosa que me permita salir de esta pesadilla.
Por unos instantes creo que lo conseguiré, pero la esperanza dura poco cuando siento su peso abalanzándose sobre mí antes siquiera de escucharlo.
Mi barbilla impacta contra el suelo con tanta violencia que me arranca un gemido de dolor; de inmediato noto un reguero caliente descendiendo por mi cuello.
—¡Maldita zorra! —me grita.
Su mano se cierra sobre mi pelo y tira hacia atrás con tanta fuerza que siento que me protestan las cervicales.
Veo varias gotas de sangre en la calzada y sé que es la mía.
Cuando consigue girarme y colocarse sobre mí, sigo luchando con movimientos torpes. Araño, golpeo y pataleo…
Me niego a rendirme, aun sabiendo que las posibilidades de salir victoriosa son mínimas.
Estoy tan concentrada en luchar que tardo un rato en comprender que, de repente, deja de moverse sobre mí.
Primero pienso que ha decidido golpearme.
Observo cómo frunce el ceño, abre la boca para decir algo, pero nada sale de entre sus labios. Al fin veo cómo una línea oscura comienza a extenderse por su cuello y una punta metálica emerge por delante de su garganta.
Estoy tan confundida que soy incapaz de procesar la escena.
La sangre brota de la hoja mientras el hombre intenta respirar sin éxito.
El ruido húmedo que escapa de su boca lo recordaré toda la vida como uno de los sonidos más grotescos que haya registrado. Que ya es decir…
Cuando la daga desaparece tan rápido como apareció, su cuerpo cae desplomado sobre mí.
El grito que sale de mi garganta me daña los oídos incluso a mí.
No sé de dónde saco la fuerza, pero lo empujo como puedo y me arrastro hacia atrás, aterrorizada, siendo consciente de que alguien acaba de matar a un hombre delante de mí con una facilidad escalofriante.
Lo primero que veo son sus zapatos, continúo mi escrutinio por sus pantalones oscuros hasta que al fin llego a su rostro.
Cierro de golpe los ojos.
«No lo mires, Sheila», me digo, apretándolos con fuerza.
Si no le veo la cara, quizá tenga una posibilidad de sobrevivir.
Nadie mata a otra persona y deja testigo.
Pero ya sabemos que nunca he sido una persona que haga lo que le conviene.
Al final, la insensatez gana la partida a la razón y despliego los párpados despacio.
El hombre que se encuentra frente a mí es alto y, por el traje que lleva, elegante. Tiene esa clase de presencia que me recuerda demasiado a Takeshi para que sea tranquilizadora.
Durante unos segundos estoy convencida de que se ha deshecho de un monstruo y en su lugar ha llegado alguien peor.
Al ver que no se mueve y solo me observa desde su altura, me aventuro y comienzo a moverme.
Con lentitud consigo ponerme de pie, apoyándome en mis codos, y me preparo para huir otra vez si es necesario.
—No te acerques —advierto con una voz menos firme de lo que me gustaría.
El desconocido observa el cadáver tendido sobre el suelo con indiferencia antes de levantar ambas manos, como si fuese yo la que lo apuntase con un arma.
—Empiezo a entender por qué Takeshi habla tanto de ti.
Que pronuncie ese nombre me impacta más que la visión del muerto a mi lado.
—¿C-cómo dices?
Me fijo en que le aparece una sonrisa divertida en sus labios.
No la definiría como amable, sino más bien la típica sonrisa que alguien muestra cuando está disfrutando de la situación.
—Que ahora entiendo muchas cosas…
Me encojo sobre mí misma cuando se mueve, saca un pañuelo blanco del interior de su chaqueta y se pone a limpiar la daga con una naturalidad tan inquietante que me pone los pelos de punta.
—Si hubiese querido hacerte daño, créeme que estaríamos teniendo una conversación muy distinta.
No sé si eso me tranquiliza o empeora las cosas.
—¿Quién demonios eres?
«Eso, guapa…, tú ponte chula con alguien que te podría rebanar entera».
El desconocido asesino vuelve a sonreír como si hubiese pensado lo mismo.
—Vaya… Es cierto que tu boca es más peligrosa que tú. —Frunzo el ceño—. Soy Renji.
Guarda la daga dentro de la chaqueta y me ofrece la mano, la cual queda suspendida entre los dos sin encontrar la mía de vuelta.
—Amigo de Takeshi.
Miro el cadáver, después a él. Cuanto más lo observo, más claro se vuelve todo.
—Dios mío…
—¿Qué?
—Ahora entiendo por qué sois amigos —se me escapa de repente en voz alta.
El tal Renji arquea una ceja.
—Eso podría interpretarse como un insulto.
—Es que lo es.
Su carcajada resuena por todo el callejón.
—Si quieres permanecer más tiempo viva, te aconsejaría que no fueses tan sincera.
—Me lo dicen a menudo.
—Y, aun así, sigues sin hacer caso de las advertencias.
Vuelve a levantar una ceja, un gesto que parece innato en él, y amplía la sonrisa.
Soy consciente de que el hombre que conversa conmigo acaba de matar a una persona delante de mí, pero no sé por qué me siento más segura a su lado que hace apenas un minuto.
Puede que se deba a que me ha salvado la vida.
Sin esperarlo, mi cabeza comienza a dar vueltas, doy un par de pasos y apoyo una mano contra la pared, intentando recuperar la estabilidad.
—¿Estás bien?
Le dedico una mirada por debajo de mis pestañas que viene a decir: «¿tú que crees?».
—Debería llevarte a un sitio seguro para que descanses.
Al ver que da unos pasos en mi dirección, me aparto.
Todavía no estoy del todo convencida de que cualquiera que esté relacionado con Takeshi deba entrar en la categoría de «salvador».
Renji parece adivinar por dónde van mis pensamientos porque suspira resignado.
—Te prometo que soy mucho más agradable de lo que aparento.
—Acabas de apuñalar a un hombre en la garganta.
—Y, aun así, sigo siendo el simpático de nuestro grupo.
—No sé si quiero conocer al resto.
—Eso mismo pensé yo la primera vez que conocí a Takeshi.
A pesar de la situación, no puedo evitar que se me escape una pequeña a la par que nerviosa risa.
La tensión acumulada en los últimos minutos empieza a abandonarme poco a poco y, con ella, llega el dolor. Me arde la barbilla, me duelen las rodillas y noto las manos temblando ahora que ya no tengo que luchar por mi vida.
Renji parece darse cuenta.
—Vamos. —Estira su mano.
—¡No!
Me sale de forma automática.
—No seas cabezota. —«¿Qué derecho se cree que tiene?»—. No querrás estar presente cuando llegue mi equipo de limpieza.
—¿Limpieza?
Hace un gesto hacia el cadáver.
—Vamos —repite.
—¿A dónde?
—Te llevaré a casa de Aiko antes de que te desplomes.
—No voy a desplomarme.
¿Por qué suelto eso en vez de decir que no pienso acompañarlo? ¿Y cómo sabe que tiene que llevarme a casa de Aiko?
—Claro que no…
—No voy a hacerlo.
—Y yo no acabo de matar a tu secuestrador.
Lo fulmino con la mirada y él se limita a sonreír.
Empiezo a comprender que la paciencia es una virtud inexistente entre los amigos de Takeshi.
Al final pienso en mis opciones, e ir con Renji parece la más segura. Solo porque sé que lleva una daga.
Acabamos caminando por las calles de Kioto mientras no nos cruzamos ni con un alma.
—¿Dónde está todo el mundo? —cuestiono al cabo de un rato.
—No es seguro andar a deshoras por según qué zonas.
—Eso debería aparecer en las guías turísticas.
—¿Has revisado alguna, acaso, para saber si aparece?
Me muerdo la lengua para no responder, porque la respuesta es no.
Él vuelve a sonreír mientras continuamos avanzando.
—Como sigas sonriendo, retiraré mi agradecimiento por haberme salvado.
—Aún no he escuchado el «gracias» —se jacta.
«Joder… Es cierto».
¿Se lo agradezco? No. Simplemente continuamos andando.
De repente parece que se han cambiado las tornas y Renji parece incapaz de permanecer callado más de cinco segundos seguidos.