Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Lo que estoy es harto de que seas una inconsciente. —Me aparta tan de golpe que casi trastabillo—. Lárgate y deja de comportarte como una cualquiera.

El guantazo que le suelto suena alto en el espacio reducido.

—¡Vete a la mierda! —Me giro, abro la puerta y salgo.

Vuelvo a la pista hecha una furia, pues he sentido el insulto como si de una bofetada con la mano abierta se tratase.

Busco con la mirada a Aiko, pero no hay ni rastro.

Saco mi móvil y la llamo.

Con grandes zancadas, me acerco hasta la barra y me pido un gin-tonic mientras la espero.

Debería haberme quedado la dichosa tarjeta y haber invitado a todo el club. Es lo mínimo que se merece por idiota. Por suerte, tengo algo de efectivo para pagar mi consumición.

Que se meta su dinero por su orondo ojete. No lo necesito. Aún tengo unos cuantos ahorros con los que me apañaré un tiempo.

Ya me buscaré la vida cuando se me acaben, es lo que he hecho siempre.

Por el rabillo del ojo veo que un tipo se me acerca. Antes de darle pie, y sin apenas mirarlo, suelto:

—No estoy interesada.

Para lo que he quedado…

Me he convertido en una sujetabarra.

Como si sintiese su mirada en mí, giro la cabeza y un piso por encima de la pista, en la zona vip, se encuentra Takeshi desafiándome con la mirada.

—Me lo he pensado mejor —digo de repente al desconocido que continúa a mi lado—. Me apetece bailar.

Le doy un largo trago a mi copa, la dejo encima de la barra y, sosteniéndolo de la mano, me llevo a mi acompañante al centro.

Sweat sé que, como lo haga, empeorará aún más la sensación que tengo instalada en el pecho.

Aún conservo la llave que me dio Aiko esta tarde.

Perfecto, no necesito nada más.

Salgo del local y el aire de la madrugada me golpea de lleno, aunque no consigue calmarme ni de lejos.

Camino rápido, más de lo habitual, dándole vueltas a lo que acaba de pasar.

¿Cómo una noche que prometía ser amena y divertida se ha ido a la mierda en cuestión de segundos?

Y lo que es peor, ¿por qué cojones permite que otra mujer lo bese cuando yo todavía puedo sentir su sabor en mis labios?

Me río para mí misma al recordar que lo he acusado de celoso y al final resulta que lo soy yo.

«Estupendo, Sheila, de diez».

Intento relajarme.

La ha besado, ¿y qué?

Estoy en Kioto, por el amor de Dios. Un lugar al que nunca imaginé que vendría.

Debería aprovecharme de este giro de acontecimientos. Él sabe quién soy, conoció a Akemi, ¿por qué ni siquiera le he preguntado por ella?

Quizá porque, aunque haya venido hasta aquí, aún no he reunido la valentía de saber la verdad.

Intento empaparme de todo lo que ofrece esta ciudad, pero me siento tan sola que lo único que hago es observar lo vacías y silenciosas que están las calles.

Y no me gusta.

Guiada por el GPS del móvil, compruebo que la casa de Aiko no está demasiado lejos, aunque aún me quedan diez minutos a pie.

Mi corazón comienza a latir más rápido cuando escucho pasos detrás de mí.

«Vamos, Sheila, son paranoias tuyas. La gente, al igual que tú, camina a deshoras. No es nada raro», pienso al principio.

Es solo mi cabeza jugándome una mala pasada.

Pero el miedo es tan mezquino que nunca se va del todo.

Cuando decido girar en una esquina, no me da tiempo a reaccionar.

El empujón llega tan de repente y es tan brusco que me hace perder el equilibrio.

Antes de caer o defenderme, un hombre se abalanza sobre mí.

El aire se me queda atrapado en los pulmones cuando hago el intento de gritar.

—Eres una cosita deliciosa. —Suelta mi atacante en mi oído—. Qué pena que me hayan ordenado no tocarte. Te lo haría pasar tan bien.

«No. Otra vez no», suplico internamente.

¿Cuántas probabilidades hay de que secuestren dos veces a la misma persona?

«Pues, por lo visto, más de las que pensaba».

Sus manos me sujetan con fuerza para inmovilizarme.

Sé que debería gritar, luchar contra lo que quiera hacerme, pero me encuentro en shock .

Mi mente deja de estar en Kioto, incluso en el presente, y me transporta de nuevo a mi peor pesadilla.

Vuelvo a estar sola en la oscuridad, sin control de mi vida y, lo que es peor, sin escapatoria.