Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 21
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Capítulo 21

Sheila

N o sé si es con premeditación y alevosía, pero, de repente, me veo atrapada entre una puerta y un cuerpo firme, cálido y un aroma peligrosamente familiar.

Lo miro asombrada, porque ni en un millón de años hubiese esperado encontrarlo aquí.

—¡¿Qué coño haces?!

No puede asaltarme de esa forma. Nunca se le hace eso a una persona que ha sido secuestrada.

Aunque él no lo sepa.

El corazón me retumba en el pecho.

Me dispongo a soltar de todo por mi boca, sin embargo, no contaba con que me la iba a tapar. Y de qué manera…

«A tomar por culo».

Mi mente deja de funcionar porque la sensación de sus labios contra los míos es en lo único que puedo pensar.

Su boca sobre la mía no es tierna, es un gesto intenso y arrollador. Por mucho que me joda, me gusta más de lo que reconoceré jamás.

Me adapto a su exigencia. Parece que mi cuerpo hubiera decidido ignorar todo lo que mi cabeza lleva repitiéndome. Mi parte marrana toma las riendas y todo lo demás deja de importar en este breve y traicionero instante.

La lógica me dice que tiene que acabar, que no puedo entregarme a la lujuria por mucho que consiga despertar en mí algo que lleva demasiado tiempo muerto, pero ¿le hago caso?

Desde luego que no.

La forma en la que me besa parece una imposición, como si estuviera reclamando algo que no le pertenece. Aun así, no me aparto, al contrario, le respondo con la misma intensidad; parece que también estuviera soltando lo que llevo estos días acumulando.

«En mi pueblo a eso se le llama desesperación», escucho en mi cabeza una voz picajosa que se parece demasiado a la mía.

Una parte de mí se enfurece porque me esté gustado tanto.

Su lengua se roza con la mía y bailan juntas una danza sincronizada mientras sus dientes se apoderan de mi labio inferior y tira de él, consiguiendo que me tiemblen las piernas.

Hijo de puta… Me va a arruinar de por vida.

No es justo que bese tan bien porque querré más.

Y hasta yo, que no soy la persona más cabal, sé que no puede volver a suceder.

Así que, el tiempo que dure, me recreo en su sabor, en sus manos moldeando mi cuerpo… Hasta que todo se estropea cuando lo escucho susurrar contra mis labios:

— Kirei da…

Su voz hace que salga de esta especie de neblina y la realidad, la lucidez y el enfado vuelven de golpe.

Mi parte más débil lloriquea cuando abro los ojos, coloco las manos contra su pecho y lo empujo con fuerza, rompiendo el contacto sin ningún tipo de cuidado.

Necesito poner distancia antes de que me vuelva a abandonar a sus caricias y me olvide de todo.

—Ni se te ocurra. —Lo señalo con un dedo mientras respiro más rápido de lo habitual—. No empieces con si soy hermosa ni hostias en vinagre.

Lo fulmino con la mirada e intento ignorar el calor. Aún me arden los labios.

Me aferro a la rabia porque es lo único que ahora mismo puede hacer que me mantenga en mis trece y no le salte encima.

—Joder…

En otras circunstancias disfrutaría de ver al hombre frío y distante perdiendo la compostura, pero ahora estoy cabreada con él por ocultarme algo tan crucial.

—¿Crees que, empotrándome contra una puerta, puedes arreglar las cosas y que yo caeré rendida?

Un poco sí que lo he hecho, sin embargo, reseteemos este momento de enajenación mental. No es mi culpa que sepa usar su boca tan bien.

El muy condenado…

Takeshi no se aparta, aunque, por suerte, tampoco intenta tocarme de nuevo. No sé si sería capaz de apartarlo si decidiese volver a besarme.

Se limita a observarme con esos ojos plateados que normalmente me descolocan, me calientan por dentro y…

«¡Y nada! Enfado, Sheila. Agárrate con fuerza a esa emoción».

Takeshi se pasa la mano por los labios, como si intentase hacer desaparecer mi sabor de él.

Cretino.

Qué fácil le resulta a él. Seguro que ni siquiera se le han vuelto los ojos sobre sus cuencas como me ha pasado a mí.

—¿Qué demonios haces aquí? —pregunta, girando las tornas, con un tono cargado de reproche.

Parpadeo, incrédula.

—¿Disculpa?

—Pues mira, no. No lo hago —suelta, colocando sus manos en su cintura, lo que hace que la chaqueta se le abra y la camisa se le pegue al cuerpo. «¡Será posible!». Si me pinchan no sangro—. Este sitio no es para ti —añade, sacándome de quicio—. Así que márchate.

Suelto una risa que no tiene nada de graciosa.

—Ah, claro, se me olvidaba que también decides por dónde puedo moverme —respondo, cruzándome de brazos—. ¿Qué pasa, te molesta verme fuera de la jaula donde me dejaste?

Su mandíbula se tensa, y por primera vez noto que él está igual o más cabreado que yo.

Así me gusta, que no perdamos las viejas costumbres.

—No es una broma, Sheila.

—¡Que no me llames Sheila, joder! —le recuerdo.

Sobre todo, porque mi nombre dicho por él, con esa voz ronca, suena a pecado.

—¿Sabes qué es este lugar? —No me deja proporcionarle la respuesta ingeniosa que ya se me está formando en la punta de la lengua—. Aquí he matado a más gente de la que te has podido cruzar.

—Que tú tengas la mano suelta no significa que yo no pueda salir a divertirme una noche.

—Bufo—. Una, Takeshi. —Le muestro un dedo—.

Solo necesitaba una noche sintiéndome una chica normal, acompañada de la única persona que me cae bien en esta ciudad, y ni eso lo consigo. —Niego—. Tienes que ir y aparecer.

Hago aspavientos, señalándolo.

—Ya me encargaré de Aiko más tarde. No sé por qué se le ha ocurrido traerte aquí, sabiendo que es territorio de los Yamitsuru .

—¡Ni se te ocurra decirle nada! —Presiono mi dedo contra él.

En qué mala hora. Al apreciar sus firmes músculos, recuerdo cómo lo he sentido presionado contra mis pechos.

Doy un paso hacia un lado, sin apartar la mirada, acrecentando la distancia. Aun así, noto el eco de su beso en mis labios, lo que hace que todo se vuelva más complicado de lo que ya estaba entre nosotros.

—Que trabaje para ti no significa que seas mi jefe las 24/7.

Entrecierra los ojos y ladea la cabeza.

¿Cómo un par de gestos pueden hacerlo parecer más sexi?

«No», cabeceo, alejando esos pensamientos.

Seguro que su saliva tiene una enzima que me ha llegado al cerebro y no me deja pensar con claridad.

—Pensé que dijiste que te marchabas —comenta con un tono menos asertivo que de costumbre.

—Que tengas dificultades con la comprensión no es mi problema —replico, poniendo los ojos en blanco—. Me refería a que me iba de la okiya , no del país.

Observo cómo su rostro se afloja a algo parecido al alivio.

—Y ya que estamos… —continúo—. Quiero una parte de mi sueldo por adelantado. Aiko me dijo que hablar de dinero es casi un sacrilegio, pero, sinceramente, prefiero asegurarme. No me fío de que vuelvas a desaparecer y dejar esto a medias. No te lo tomes como algo personal, es simple precaución.

—No me ofende —dice sin inmutarse—. De hecho, ese asunto ya está cubierto. Abrí una cuenta a tu nombre.

«Vaya, eso sí que no me lo esperaba», pienso sorprendida.

Sin cambiar mi actitud beligerante, añado:

—¿Y cuándo pensabas decírmelo?

—Esta tarde —contesta—, cuando fui a la okiya . Pero, como viene siendo habitual, contigo nada sale según lo previsto.

—Ahora resulta que soy yo la intransigente —resoplo.

Takeshi no se molesta en responder. Simplemente introduce la mano en el interior de su chaqueta y saca una tarjeta de crédito negra que me tiende sin ceremonias.

La observo un segundo antes de cogerla.

——¿Ves? Al final sí que eres Doraemon —lo pico con media sonrisa—. Siempre llevas de todo en ese bolsillo mágico.

Ignora mi pulla.

—Tienes fondos suficientes para comprar lo que necesites.

—¿Y si necesito comprarme un barco? —Ladeo la cabeza.

—¿Es algo sin lo que no puedes pasar en la vida?

—No.

—Entonces, no es necesario —finaliza.

—Pero me gusta… —Pongo morritos.

Él se dedica a poner los ojos en blanco.

—Si quieres un puto barco, cómpratelo —suelta exasperado—. Hay dinero suficiente.

¡Hostia puta! Pero ¿cuánto me paga este hombre?

—Me estás diciendo que has metido… Maldita sea, ¿cuánto cuesta un barco? —me alarmo.

—Uno pequeño tampoco vale tanto —responde con calma.

Creo que me estoy mareando.

—Mira —comienzo, sobrepasada—, no sé qué esperas de mí o mis servicios —«Joder, que mal suena decirlo en voz alta»—, pero, lo siento, no puedo aceptarlo.

Le tiendo la tarjeta. Él, cómo no, permanece impasible.

—No es más de lo que te corresponde.

—¡Si aún no he empezado ni a espiar para ti!

—Baja la voz, onna —masculla entre dientes.

—Ni onna ni leches. Esto es…

¿Una locura, un despropósito?

Que yo soy de las que vive escatimando hasta el último céntimo, joder.

¿Qué finalidad tiene que me colme de riquezas?

—Takeshi, de verdad. No puedo. —Le vuelvo a tender la tarjeta.

—¿No querías un barco? —Sonríe de medio lado.

—¡¿Me ves a mí cara de salir a navegar?! —le grito—. Toma.

Esta vez le aplasto la tarjeta de crédito contra el pecho.

—Está bien. —La sostiene. Soy rápida en apartar la mano. Lo que menos necesito ahora es que me toque—. Me la quedo, siempre y cuando salgas del club cagando leches.

Ahí vuelve la actitud de gilipollas de turno.

—Que yo sepa no estamos negociando.

—Yo siempre negocio, Yuki —declara—. Lárgate.

No es lo que dice, sino cómo lo hace.

—No me voy a ir. —Me giro, dispuesta a abrir la puerta, y añado de espaldas a él—: Si te incomoda mi presencia, vete tú.

De repente, siento un fuerte tirón en la cabeza.

El muy cabrón enreda los largos mechones de mi pelo y jala, acercándome a él.

Me encuentro con el culo apoyado en sus muslos y el cuello inclinado hacia atrás.

—Deja de tocarme los cojones, akuma , y obedece —susurra con un tono letal en mi oído.

Vaya, lo de akuma es nuevo. Y luego soy yo la de los motes, ¿no?

—Suéltame. —Me remuevo.

Compruebo que su agarre es seguro y, a no ser que quiera quedarme calva, no puedo hacer mucho más que esperar a que sea él quien decida soltarme.

—¡Maldita sea! Ni siquiera eras consciente de la lascivia con la que te miraban —gruñe.

—¿Por eso me has arrastrado como un hombre de las cavernas y me has devorado la boca? ¿Porque estás celoso?

Me da un mordisco en la oreja, que, lejos de dolerme, hace que lo sienta entre los muslos.