Capítulo 20
D icen que, de todos los fantasmas, aquellos que se convirtieron en nuestra obsesión son los peores.
Considero la posibilidad de que se trate de un error, una ilusión causada por el recuerdo.
Uno de esos momentos en los que la mente insiste en reconocer lo que ya no existe, pero esa idea se va con la misma rapidez con la que aparece.
Hay personas que no se olvidan y huellas que no se borran, por mucho que el tiempo y la distancia hagan su trabajo.
Ella es una de esas marcas que permanecen en mi interior.
Intento concentrarme en la reunión, pero mi atención sigue en la pista. La reconozco incluso antes de poder verle el rostro con claridad; su pelo blanco es inconfundible. Jamás nadie podría imitarlo.
Sigo sus movimientos desde la seguridad del reservado, atento a lo que aquí se dice, pero más pendiente de no perderle el rastro.
Cuando todo se fue a la mierda en Rýbinsk, la di por muerta. Pocos lotes sobrevivieron aquel día, sin embargo, parece que ella fue uno de los que sí lo hicieron. Si el destino la ha vuelto a poner en mi camino, justo en estos momentos, no pienso desaprovechar la oportunidad.
«Si sobrevivió es porque tiene que ser mía».
La idea de ella bajo mis órdenes va adquiriendo cada vez más intensidad.
Dejo la copa sobre la mesa, sin apartar la mirada de su figura, mientras analizo cada detalle con la precisión que siempre me ha caracterizado.
No he olvidado la tensión de sus hombros y la forma en la que ocupaba todo el espacio.
No se trataba de una Ballena Blanca, pero para mí se volvió más preciada que cualquiera de ellas.
Cierro los ojos un instante y el recuerdo regresa nítido, como si no hubiese pasado el tiempo.
A pesar de que las subastas se realizaban en distintas ubicaciones, la luz artificial de las salas siempre era la misma, al igual que el olor a lejía.
Por mucho que la mantuviésemos inmovilizada, continuaba con la barbilla en alto en una actitud obstinada.
Era como si el orgullo fuese lo único que se negara a ceder a pesar de que su cuerpo nos pertenecía.
No lloraba como los demás, lo hacía en silencio.
Incluso cuando suplicaba, no nos ofrecía esa ruptura que buscábamos para facilitar el proceso.
Sus ojos nunca me abandonaron, retadores y observadores, y eso me obsesionaba de una forma que nunca antes me había sucedido.
—He pagado una millonada y no está resultando rentable —dijo mi socio frustrado.
Recuerdo no estar de acuerdo. Donde yo veía retos, él solo encontraba inconvenientes.
—Puede que precisamente valga la pena cada millón—respondí con esa calma que me caracterizaba—. Si se rompiese con facilidad te aburrirías.
Los intentos por doblegarla no funcionaban como se esperaba, pero hacía que conseguirlo se volviese más interesante.
Al fin había encontrado a alguien con la que pudiese llevar mi límite más sádico a otro nivel. Y por nada del mundo pensaba renunciar a ella.
Me daba igual que mi socio fuese un maldito crío impaciente. Él tenía la necesidad de hacerla sufrir con el primer golpe, la follaba con la intención de romperla a la más mínima oportunidad y no entendía que tenía entre sus manos una pieza única.
Esa mezcla de rabia y resistencia que en otros hubiese considerado un defecto, el cual tendría que haber sido eliminado, en ella era admirable.
Llegué a plantearme deshacerme de mi socio, acabar con él y mantener para mí mismo algo tan excepcional, pero lo necesitaba para otros asuntos mucho más importantes.
Gracias a su financiación, podré convertirme en el dueño de Japón, haré desaparecer Yakuzas milenarias y gobernaré como debe ser, como lo hicieron nuestros antiguos samuráis.
Sigo observándola, no me puedo creer que esté libre.
«No por mucho tiempo».
Una leve sonrisa se dibuja en mis labios, nacida de una idea que empieza a tomar forma con una claridad inquietante.
Es la oportunidad perfecta.
Cuando se da la reunión por finalizada, me incorporo con calma, ajustando la chaqueta como si nada hubiese cambiado en el transcurso de la noche, deslizándome entre la multitud sin llamar la atención.
Dejo atrás a la muchedumbre y me cuelo por uno de los pasillos que dan a la zona privada del Templo.
Aquí es donde a veces dejo aflorar mis instintos, pero no es suficiente.
Las prácticas de masoquismo y sumisión, cuando son consentidas, pierden toda la gracia.
Por eso disfruto tanto en la venta de personas.
Pelean, lloran, en definitiva, sufren de manera real.
Sus lágrimas son genuinas y sus gritos, suplicando, nacen desde lo más hondo de su ser.
La adrenalina se te dispara, te sientes poderoso.
Es indescriptible experimentar que de ti depende que esa persona vuelva a tomar su siguiente respiración.
Necesito confirmarlo.
Saco el teléfono con naturalidad, le extraigo la tarjeta, la cambio por una que siempre llevo, y que, por mucho que se rastree, la relacionarán con una octogenaria que vive en Bandai, y marco uno de los números que no necesito tener registrado.
—Dime —responden al segundo tono.
Apoyo la espalda contra la pared y miro alrededor para comprobar que continúo solo.
—¿Estás en Kioto?
—Sí —responde mi interlocutor.
—Tengo un encargo para ti.
—¿Cuándo?
—Ahora. Ven al Templo y te daré los detalles. —Cuelgo y vuelvo a quitar la tarjeta desechable.
Me encanta que los planes que ni siquiera has planeado salgan bien.
Le devuelvo la sonrisa a las dos baishunpu que se acercan hasta mí y comienzan a acariciar mi cuerpo. Sé que son prostitutas porque ya he contratado sus servicios en alguna que otra ocasión.
Miro el reloj y decido que, mientras llega mi contacto, puedo pasarlo distrayéndome un rato. Después de ver a la Loba de pelo blanco, puedo desfogar mis instintos con estas dulces señoritas.
Después de todo, quien paga manda. Y lo que más disfruto en esta vida es dar órdenes.