Capítulo 19
Takeshi
«N o debería afectarme».
Eso es lo primero que pienso cuando la veo marcharse y desaparecer por el pasillo sin mirar atrás.
Exhalo hastiado, porque por mucho que me gustaría que regrese, tengo claro que no lo hará.
No sé siquiera por qué lo deseo. Después de todo, fui yo el que decidió poner espacio, ¿no?
Aprieto la mandíbula y desvío la mirada, obligándome a volver al lugar donde las emociones no tienen cabida, ya que no sirven para nada.
Pensé que estos días fuera de Kioto serían suficientes para calmar la atracción que siento hacia ella.
Error.
Ha sido volver a verla y sentir esa atracción con una fuerza magnética que me acerca hacia ella.
Me paso una mano por los mechones, desordenándolos, y suspiro, intentando sacudirme la incomodidad que se me ha instalado en el pecho tras nuestra discusión.
Mentirle no es el problema; no es que sea algo nuevo, de hecho, forma parte del plan, pero no es tan sencillo. No solo le oculto la verdad, sino que estoy jugando con ella. Y eso, cuando las cartas estén bocarriba, será imperdonable.
—Vas a acabar muerto. —La voz de mi madre me saca de mis pensamientos.
No me giro de inmediato.
—No sé de qué hablas —respondo, aunque tengo claro que no suena creíble.
Mi madre se acerca despacio mientras sus pasos apenas hacen ruido sobre el tatami.
—No me mientas, Takeshi. A mí no —dice con calma, pero sé que está furiosa—. No eres tan bueno como crees cuando se trata de ocultarme lo que te importa.
«Importa». Esa palabra que intento ignorar.
Me giro para que quedemos de frente.
Ella sí que es todo lo que me ha importado siempre. Luchó por nosotros, por mí. Cedió su vida como seguro a cambio de que Takana protegiese la mía.
—Se va a marchar. —Escucharlo en voz alta hace que algo se retuerza en mi interior—. Si te soy sincera, es lo mejor que podría sucederle.
—No es más que un medio para un fin —replico—. Nada que no pueda controlar.
Mi madre alza una ceja, evaluándome.
—Eso mismo pensaste la primera vez que empuñaste un arma, y mira cómo terminó. —Me señala.
No respondo porque ambos sabemos la respuesta. Me convertí en el ejecutor de los Yamitsuru .
Odia que esté involucrado con la Yakuza, pero esta es mi vida.
Me he acostumbrado a ella.
Una vez que entras, es difícil salir. No obstante, si alguna vez tuviese la oportunidad de elegir, pienso que seguiría perteneciendo a ella.
—Para bien o para mal, esto es quien soy. —Me encojo de hombros.
—Eso no te da derecho de arrastrar a una inocente a este mundo.
—También es su mundo —me excuso.
—¿Te has vuelto loco? —cuestiona de manera acusatoria—. Sabes de sobra lo que implica que esté aquí. Y, aun así, la has traído.
—Es necesario —insisto.
—¿Para quién? —cuestiona ella. Otros, al ver mi cara, ya hubieran retrocedido.
Sostengo su mirada sin remordimientos.
—¿Cómo que para quién? ¡Para todos, joder!
Ella niega despacio con la cabeza, como si ya hubiese escuchado esa respuesta antes.
—Estás tan equivocado… —murmura—. Esa chica ha estado veinticuatro años ignorando este mundo por una buena razón.
Aprieto la mandíbula.
—No voy a dejarla fuera de esto cuando ella es la clave para que a Takana no se le termine de ir la cabeza y nos arrastre a todos con él.
—Cuéntale lo que realmente esperas de ella.
—Hay cosas que no puede saber, mamá. Aún no.
—¿Aún? —repite ella—. ¿Eso implica que algún día lo sabrá?
No respondo, porque lo cierto es que no.
Si todo sale como espero y Takana no nos la juega, nunca sabrá la verdad. Si, por el contrario, mi jefe se alía con el enemigo… No me gusta pensar en ello, pero Sheila será mi apuesta segura para que Takana recapacite.
Mi madre me observa como si mi vida tuviese fecha de caducidad. Y puede que sea verdad. Siempre he pensado que tengo los días contados.
—Deberías saber que los secretos tienen la costumbre de pudrirlo todo, hijo —dice al fin.
—Lo tengo bajo control.
—Ya lo veo… —rezonga—. Nunca te he visto perder las formas así con nadie, ni siquiera con Hikaru.
La miro directamente, sin apartar la vista.
—No metas a Hikaru en esto.
—¿Por qué no? Pocas mujeres antes que ella intentaron formar parte de la Yakuza, y ambos sabemos cómo acabó aquello —comenta con los ojos húmedos, pero reteniendo las lágrimas—. A esta chica —señala la puerta por la que ha salido Sheila— la estás involucrando tú. Y eso es mucho peor.
—No es como si fuese a luchar, solo necesito que tenga los oídos abiertos. Tú mejor que nadie sabes que en las reuniones de los oyabun no quieren geishas expertas.
—¿Y crees que solo con unas cuantas directrices por parte de Aiko y mías estará a salvo de ellos?
—Si la cosa se tuerce, daré mi vida si hace falta para que no le ocurra nada.
Mi madre sonríe, aunque no es una sonrisa amable.
—Si estás dispuesto a morir por ella, entonces estás en un problema mucho mayor del que crees —rebate antes de marcharse y dejarme solo.
Me alegro. Pues en eso no puedo llevarle la contraria.
***
Cuando llego esa noche al Templo, soy de los primeros en hacerlo.
Subo hasta nuestro reservado, saludo a nuestros soldados más jóvenes y me pido una copa, esperando a que llegue el resto.
—¿Esa no es la hermana de Kaito? —escucho a los chicos hablar mientras disfruto de mi sake .
—Deja de babear… Una mujer como ella nunca se fijará en un tío tan feo como tú.
Oculto mi sonrisa en el borde de mi vaso al oír cómo los demás le ríen la gracia al chistoso del grupo.
Hace unos años, Renji y yo éramos igual que ellos. Unos chavales con ganas de impresionar y convencidos de que solo se demostraba lo duro que eras por cuántos golpes dabas. Todavía no habíamos aprendido lo que realmente costaba serlo.
—Puede ser, pero mientras aspire a una como la gaijin [10] que la acompaña, me conformo. Está para hacerle tres favores seguidos y arrodillarte para que te permita continuar.
Ese comentario capta mi atención.
Con un mal presentimiento, dejo de escucharlos y me asomo por la barandilla.
«Me cago en la puta», me cabreo cuando no tardo en localizarlas.
Estando Sheila, no es complicado hacerlo. Con su pelo blanco suelto, que le cae por la espalda, y sus curvas sinuosas destaca entre la multitud.
Es como si soltases a Izanami, la diosa de la creación y la muerte, entre una piara de cerdos.
No es consciente de cómo varios grupos de hombres a su alrededor se la comen con los ojos. No los puedo culpar, verla bailar y disfrutar, ajena a su entorno, es un auténtico espectáculo para la vista, sin embargo, eso no quita que quiera matarlos a todos por el simple hecho de mirarla.
Con una furia que hacía tiempo que no sentía, me giro, decidido a ir a su encuentro y exigirle que se marche.
Si esta es su despedida antes de marcharse, pienso fastidiársela.
Mi plan se ve interrumpido cuando, antes de llegar a la escalera, aparece Takana con el resto de la cúpula.
—Takeshi… —me saluda mi jefe—. Según Renji, tenéis novedades para mí.
Maldigo en mi interior.
Por mucho que ahora mi mente esté en cierta española que me saca de quicio, no puedo olvidar que me encuentro aquí por trabajo.
Tomo asiento en la esquina del sofá. Es el lugar perfecto para poder seguir controlando de reojo al akuma [11] que baila desinhibida a escasos metros de mí y que se ha empeñado, con su mera presencia, en joderme la vida.
—Entre vuelos comerciales y aeródromos privados, han llegado más de ciento treinta mil pasajeros en dos semanas —comienza Renji—. Eso es como buscar una aguja en un pajar, Haito.
Mi jefe se acomoda contra el respaldo con calma y le lanza una mirada desafiante.
—Así que, ¿podéis matar a sangre fría, pero se os resiste buscar información de un puñado de visitantes?
—Yo no diría que son un puñado. De todas formas, constato un hecho. No digo que haya supuesto un reto —aduce con una sonrisa.
«Será prepotente», cabeceo divertido.
—Nuestra prioridad era reducir el volumen de viajeros. Por eso tuvimos que recurrir a nuestra gente de Tokio —tomo la palabra esta vez—. Una vez que los informáticos hicieron un primer cribado y descartamos a turistas, familias y ciudadanos japoneses, la lista bajó considerablemente.
Takana sigue en su pasividad y cuestiona:
—¿Cuántos quedan?
—Doscientos setenta y tres —responde Renji—. Eso siendo generosos.
—¿A eso simplemente se ha reducido?
Se nota que está cabreado.
—Por favor, jefe… Si se lo hubiera encargado a Daichi, eso es lo que hubiese ocurrido.
—Yo ya hubiese dado caza y matado a quien nos quiere joder, cabronazo —suelta el mencionado.
El segundo al mando ríe y le guiña un ojo. Deja caer otra carpeta más pequeña.
—Les pedimos que hiciesen una segunda criba y los más sospechosos son veintiún pasajeros. —Señala con un dedo los documentos mientras añade—: Ese es el grupo que realmente nos interesa.
Takana los hojea uno por uno, sin prisa.
—¿Algún patrón que os haga sospechar?
—La mayoría han evitado las grandes ciudades durante su llegada. Eso, como poco, es raro —comento—. Prefieren moverse por zonas menos aglomeradas para pasar desapercibidos. Quieren actividad, pero sin tanta vigilancia como ocurre en Tokio, Osaka o Kioto.
—Varios han alquilado vehículos nada más aterrizar y se han alojado en hoteles de lujo o alquilado goutei —añade Renji, refiriéndose a las mansiones—. Esa gente maneja pasta.
Takana deja la carpeta sobre la mesa.
—Muy bien. Eso reduce aún más el círculo.
—Exacto. Si están aquí para operar, no van a exponerse más de lo necesario.
—¿Tenéis nombres? —pregunta.
Intercambio una mirada breve con Renji.
—La duda ofende. —Pasa hasta la última página y se los muestra—. Aunque no sería raro que pudiesen ser falsos.
Takana se inclina para leerlos.
—Michel Radford, Aiden Klein, David Harrington, Atlas Campbell, Isaac Reed… ¿Todos son americanos?
Miro de soslayo a la pista y observo que Aiko le dice algo al oído a Sheila y se aleja.
Me remuevo inquieto al ver que se queda sola.
—Eso parece… —Vuelvo a la conversación e intento concentrarme—. No creo que vengan de turismo.
—¿Ninguna mujer os ha llamado la atención?
—Alguno de ellos sí traen acompañantes —le hago saber.
—También quiero sus nombres —demanda—. No podemos dar por sentado que a quien buscamos sea un varón.
—Les pediré a los informáticos que se pongan en ello —me ofrezco.
—Que vuelva a revisar los descartes por si se les ha pasado alguna sospechosa —demanda —. Las peores guerras siempre han sido orquestadas por mujeres. En inteligencia siempre nos sacarán ventaja.
«Que me lo digan a mí…», pienso al echar un vistazo a la pista.
No me pilla de sorpresa su exigencia, Takana es de los que no confían ni en su sombra.
—¿Tenéis las ubicaciones actuales de estos de aquí?
—Por supuesto —comenta Renji con una sonrisa egocéntrica—. La mayoría ha elegido los alrededores de Kōbe y Nagoya para quedarse. —Señala un pequeño mapa extendido sobre la mesa.
Takana observa los puntos marcados.
—Empieza por Kōbe, que es el más cercano —le ordena—. Despliega tu encanto como mejor sabes. Quiero reunirme con cada uno de ellos.
—De acuerdo.
Todos sabemos que, en lo que respecta a relaciones sociales, él es el indicado para acercarse sin levantar sospechas.
Mis ojos vuelven a la pista. Es en ese momento que veo a Sheila abrirse camino entre la multitud en dirección a los aseos.
—Buen trabajo —nos felicita Takana a Renji y a mí. Se pone en pie, se abrocha la chaqueta y añade—: Disfrutad del resto de la noche, os lo habéis ganado.
En el instante que mi jefe desaparece por la puerta que da a las oficinas y habitaciones privadas del club, ya estoy en pie.
—¿Dónde vas? —pregunta Renji, imitándome—. Ya lo has oído, hay que celebrarlo.
Alza la mano y le hace un gesto a un grupo de chicas que vienen aquí dispuestas a tentar a la suerte, fascinadas por la clase de hombres a los que cualquier persona sensata evitaría.
Son mujeres que se sienten atraídas por follar con alguien peligroso.
Nunca me he quedado. Y no es que vaya a empezar ahora, pero tengo un asunto urgente que atender antes.
—Voy al baño, enseguida vuelvo.
No le doy opción a replicar cuando me ya me he girado y bajo a toda velocidad las escaleras.
Me importa una mierda si le extraña que no haga uso del que disponemos en los reservados.
Por suerte, los aseos están más cerca de donde me encuentro. Así que, cuando entro al pasillo y veo a mi akuma particular unos pasos por delante de mí, acelero el paso.
Cuando la alcanzo, estiro la mano, la sujeto por el brazo y, sin darle tiempo a reaccionar, abro una puerta a mi derecha en la que pone «Solo personal autorizado».
Tiro de ella y la arrastro conmigo al interior.
Cierro de golpe.
En el espacio reducido solo se escucha mi respiración acelerada.
—¡¿Qué coño haces?!
Sus ojos, abiertos por la sorpresa, se clavan en los míos y se vuelven dos brasas. Todo lo que llevo conteniendo desde que la conocí desaparece.
Tenerla delante, cuando pensé que ya estaría volando lejos de mí, y ver esa cara de enfado hace que ni piense ni razone.
Me muevo por instinto y actúo.
Me acerco hasta ella y mis labios encuentran los suyos con una intensidad en la que no intento esconder nada.
No es un beso suave ni delicado. Es de los que exigen, castigan y arrasa con todo a su paso.
Es como si, con él, intentase devolverle, de alguna manera, todo lo que, sin pedir permiso, ha despertado en mí.
Esto no entraba en mis planes.
Nunca he priorizado el deseo al deber.
Sin embargo, por mucho que he intentado resistirme, se ha adueñado y colado en cada uno de mis pensamientos.
Mi madre llevaba razón. Traerla ha sido una pésima idea que me va a complicar la vida más de lo que está.