Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 18
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Capítulo 18

Sheila

—¡M amá! ¿Te has vuelto loca? Casi me das.

Sigo en shock . Tengo el susto metido en el cuerpo, observando como una mera espectadora la interacción.

—Me hubiese decepcionado que no la esquivases, ya que fui yo quien te enseñó a hacerlo —le rebate ella, sacudiendo una pelusa invisible de su kimono.

Es escuchar a Rin decir eso y de inmediato imaginarme a un mini Takeshi evitando ser rebanado.

¿Dónde coño me he metido? ¿Y por qué no he podido acompañar a Aiko?

Ella es sádica de una forma mucho menos sangrienta.

No me apetece estar en medio de estos dos mientras se lanzan, hablando de forma literal, cuchillos.

—Pensé que habíamos dejado esa etapa atrás. —Le guiña un ojo Takeshi a su madre, desclavando la daga de la pared—. ¿Así es como recibes a tu único hijo?

Se acerca hasta ella y algo se remueve en mi interior al ver cómo la envuelve entre sus brazos. Esta es una versión de Takeshi que dudo muestre demasiado.

—Doy gracias cada día de que aún sigas vivo, porque si es por ti… —murmura ella lo suficiente alto para que incluso la escuche yo.

Cuando se aparta, por unos segundos lo mira con dulzura. Sin embargo, al posar sus ojos en mí, esa emoción se endurece.

—¡¿Cómo se te ocurre traerla aquí?!

—No sé a qué te refieres.

Toda la picardía con la que Takeshi la ha tratado hasta ahora desaparece.

Se aleja de ella, se mete las manos en los bolsillos de su cazadora de cuero en una actitud defensiva y, de nuevo, vuelve a ser el hombre que conocí en Múnich. El mismo que me dijo sin miramientos y a la cara que, si algo me hubiese pasado, habría sido un daño colateral.

—¿Crees que soy estúpida? ¿Que no iba a reconocerla sabiendo quién es su familia?

Espera, ¿están hablando de mí?

Salgo de mi propio ostracismo mental e intento no permanecer marginada de la conversación que acontece frente a mí.

—No es momento para hablar de ese tema… —masculla Takeshi sin mirarme siquiera.

¿Cómo que no es…?

«¡No me lo puedo creer, joder!», me comento a mí misma cuando llego a la conclusión de lo que quieren decir.

Si es que soy idiota.

—¡Me cago todo lo que se menea! ¡¿Sabes quién es mi familia?! —le grito, perdiendo la compostura.

A tomar por culo la disciplina, el saber estar y todas las horas invertidas en convertirme en quien no soy.

Con mi salida de tono consigo que Takeshi me preste atención. Me mira con esos ojos plateados que siempre me impactan, solo que ahora no.

En este momento estoy furiosa.

¡Me ha mentido!

Dijo que me ayudaría a encontrar a mi familia y, por lo visto, ya sabía quién era.

Y yo pensando que iba un paso por delante y que ganaría tiempo sin que supiese que Akemi era mi madre…

—¿Cómo no va a saber quién es tu…?

—¡MADRE! —la voz que pega Takeshi hace que Rin corte lo que estuviese a punto de decir. Aunque no hace falta, la he entendido a la perfección.

La observo cabecear resignada.

—Vas a hacer que nos maten a todos —comenta Rin a su hijo—. A ella la primera. —Me señala a mí.

Y sin más que añadir, se marcha, dejándome frente al mayor farsante que he tenido el disgusto de conocer.

La sala parece una olla a presión.

Estoy que ardo. O más bien que muerdo, que no sé qué es peor.

Lo miro, esta vez sin filtros, sin intentar suavizar mi cabreo, y dejo que todo lo que llevo acumulado estos días salga a la superficie, aunque no sea bonito.

—¡Lo sabías! —lo acuso con mi voz cargada de la rabia que siento.

Takeshi no aparta la mirada ni intenta esquivar la cuestión.

—Sí —admite sin rodeos.

Si creo que le va a seguir una disculpa, lo llevo claro.

Niego despacio, pasando de la rabia a la incredulidad.

—De puta madre… —murmuro, soltando una risa que no tiene nada de graciosa.

Me giro y me acerco hasta el banco, recojo la toalla y me seco el sudor por hacer algo.

—Shei…

—¡Ni me hables! —le exijo, dándole la espalda—. No sé si tengo más ganas de pegarte o escupirte a la cara.

—Quizá me merezca ambas, pero no por esto precisamente.

Me doy la vuelta tan rápido que Takeshi tiene que apartarse un poco para que no le dé un latigazo con mi coleta.

¿Cuándo se ha acercado tanto?

—¿Te hace gracia?

—Ninguna —comenta serio, observándome con intensidad.

—¿Desde cuándo supiste que Akemi era mi madre? —le exijo saber.

Entrecierra los ojos, como si mi pregunta le pillase por sorpresa.

Valiente cínico…

—Eso no importa —comenta, desviando la mirada.

—¿Desde cuándo? —repito con los dientes apretados. Él no contesta, así que continúo—: ¿Lo descubriste cuando te dije que quería encontrar a mi familia, o ya lo sabías cuando te inventaste la patraña de que te ofendí?

—Que yo recuerde, sí que me ofendiste.

—¡Deja de marear la perdiz! —me altero, y él tiene la desfachatez de arquear una ceja—. Sabes perfectamente a lo que me refiero.

Por un instante dudo de que me vaya a responder. Mantener una conversación con él es exasperante. Por eso, cuando lo hace, me pilla de sorpresa.

—Lo averigüé después de nuestro primer encuentro.

Eso fue… ¡La madre que lo trajo! Que justo acaba de estar presente.

—Entonces, todo este tiempo… Todo lo que me dijiste… ¿Qué fue exactamente? ¿Una especie de juego? ¿Una prueba? ¿O simplemente te resultaba entretenido ver hasta dónde llegaba?

—No estoy jugando contigo, si es lo que insinúas —responde, y esta vez su tono es más serio y para nada cercano.

—No, por supuesto que no —replico, dando un paso hacia él, sin darme cuenta de que estoy acortando la distancia—. Yo iba completamente a ciegas mientras tú ya tenías todas las respuestas y, aun así, decidiste callarte.

—¿De verdad ibas a ciegas? No me hagas reír. —Da un paso él también en mi dirección.

« Touché », pienso, pero me callo.

Él me observa y me fijo en que esos ojos rasgados tan peculiares se oscurecen.

—Cuanto menos supieras, menos te exponías —insiste—. No fue una decisión arbitraria.

—Pues a mí me parece que fue bastante conveniente —lo corto, notando cómo me hierve la sangre—. Sobre todo, para ti.

Hay un momento en el que ninguno de los dos habla, pero la tensión es tan palpable que no me sorprendería que nos cortásemos con ella.

—No soy el único que ha ocultado cosas —añade, cambiando el rumbo.

Lo miro, incrédula.

No me puedo creer que tenga el valor de ir por ahí.

—¿De verdad vas a compararlo?

—Me dijiste que no sabías quién era tu familia —responde sin pestañear—. Y no era cierto.

Aprieto la mandíbula, consciente de que tiene razón y odiando cada segundo de ello.

—No es lo mismo —digo, aunque sé que suena débil incluso para mí.

—Es exactamente igual —insiste—. Tú también elegiste callar.

—Yo no sabía que tú lo sabías —replico, dando otro paso hacia él, sintiendo que necesito hacerle entender la diferencia, aunque con toda probabilidad no sirva de nada—.

Yo estaba intentando ganar tiempo, protegerme porque no sabía quién eras ni qué querías de mí.

—Mi voz se rompe y sé que no es solo debido al enfado.

Sentirme ninguneada es lo que más duele—.

Tú sabías quién era yo desde el principio y, aun así, decidiste no decir nada.

Eso no es lo mismo, Takeshi, y lo sabes.

Se me escapa su nombre sin pensar, y eso me molesta porque se siente demasiado personal.

¿Por qué tendré la manía de implicarme más de lo que debería?

Se suponía que yo debía usarlo a él para descubrir mi procedencia, a cambio, lo ayudaría a espiar a su jefe, que, dicho sea de paso, es el viudo de mi madre biológica. Y me encuentro con que he actuado como una pardilla.

—Omitirlo no fue una decisión sencilla —responde, y por primera vez hay algo que no termino de identificar—. Aun así, sí era necesario.

Suelto una risa amarga, negando con la cabeza.

—Contigo siempre es «necesario», ¿verdad? —murmuro—. Siempre hay una razón, una justificación perfecta que lo arregla todo.

—Tú también me utilizaste a mí por tu propio interés.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —añado sin responder a su ataque, mirándolo directamente—. Que no es solo que me hayas mentido, sino que te olvidaste de mí.

Él frunce el ceño.

—Créeme cuando te digo que eso es imposible.

—Desapareciste —corrijo, porque con mi acusación he desvelado de más, cómo me siento en realidad.

No sé si estoy más enfadada por eso que porque omitiese que sabía quién soy.

—Tres días, Takeshi. —Levanto los dedos correspondientes—. Tres días sin decir nada, sin una explicación, sin saber si ibas a volver o si simplemente habías decidido que ya no te servía para lo que fuese que tuvieras en mente.

Mi voz baja un poco, pero no por ello pierde intensidad.

—No ha sido por decisión propia —se justifica.

—No, claro. ¿Tienes idea de lo que es sentirse sola en un país extraño sin saber por qué realmente estás en él?

¿De lo que se siente? —Ya que he empezado, no hay quien me pare.

Voy cuesta abajo y sin frenos—. Quieres que te ayude para que no se desmorone tu clan.

Se supone que gracias a mí descubrirás cómo parar lo que sea que esté sucediendo.

¿Cómo? —Abro los brazos, alterada—. No me hablas, no te veo. Yo…

Oculto el rostro entre las palmas de mis manos y resoplo sobrepasada.

Esto es una pérdida de tiempo. Debí haber hecho caso a Isabella y aceptar su ayuda con el tema de mis raíces.

—Sheila…

—¡No me llames Sheila! —salto, apartándome las manos de la cara y señalándolo—. Aquí soy Yuki, ¿recuerdas? O, al menos, eso es lo que me impusiste.

—¿Qué quieres de mí, onna ? —cuestiona, igualando mi temperamento—. Tuve cosas que hacer.

—Siempre tendrás cosas que hacer, pero eso no quita que podrías haber dicho algo. Lo mínimo.

Aprieto los labios porque noto cómo se me acumula algo en la garganta que no quiero que salga, algo que no encaja con la imagen que intento mantener.

—¿Eso es lo que realmente te molesta?

—¡Quien me molesta eres tú! —le grito, clavándole el dedo en el pecho.

Él me sostiene de la mano y de un tirón estoy pegada a su pecho.

Sin tacones, nuestra diferencia de altura es mucho más evidente. Le llego a la zona de la barbilla, pero eso no es impedimento para que él incline la cabeza hacia abajo y nos separen apenas unos centímetros.

El silencio que sigue es distinto. Mucho más peligroso y real.

Es en ese momento cuando me doy cuenta de algo que preferiría no haber entendido nunca.

Sin permiso, sin ser casi consciente, estoy empezando a sentir algo por él, y eso es lo único que tengo claro que no puedo permitirme.

Levanto la vista para mirarlo, con la coraza bien colocada, obligándome a enterrar todo lo demás donde nadie pueda tocarme.

Venir aquí ha sido una mala idea. No obstante, marcharme no entra en mis planes.

Espacio.

Sí, eso es justo lo que necesito en este momento. Tengo que reordenar mi mente y…

—Tengo que… Me tengo que ir —me escucho susurrar.

Él me suelta de inmediato.

Da un par de pasos hacia atrás, ampliando nuestra distancia.

—¿Te vas?

Su pregunta me pilla desprevenida porque mi intención era alejarme en este momento de él, no del país. Sin embargo, no lo saco de dudas.

Me giro, recojo mi teléfono móvil y me marcho, dejándolo ahí.

Porque ahora mismo, más que enfadada, estoy asustada de sentir algo que no debería.

Voy sumida en mis pensamientos, por eso, cuando llego al recibidor de la okiya , pego un brinco al escuchar la voz de Aiko.

—Yuki…

—¡Maldita sea, Aiko! Mi corazón no resiste que seas tan sigilosa —le recrimino.

Me llevo una mano al pecho para controlar mis latidos después del susto que me ha dado.

—Es el arte de ser una geisha —se excusa—. Sabemos movernos sin ser escuchadas. Algo que podrás aprender si te quedas.

Me dedica una sonrisa triste y no hace falta que añada nada más para saber que nos ha escuchado a Takeshi y a mí.

—Ya veo… —digo, sin contestar a su insinuación.

—¿Estás bien?

Que lo pregunte con tanta delicadeza está a punto de romperme.

«No», pienso.

Asiento.

Y, en su lugar, le pregunto:

—¿Nos podemos ir ya?

Ella forma una mueca con sus labios. Un gesto tan natural y humano, el cual nunca antes he visto en ella.

—Aún tengo que atender algunos asuntos con Rin, pero toma. —Mete una de sus manos en el interior de su kimono y, al sacarla, me entrega sus llaves—. Ve a casa y descansa un poco. Por hoy ya has trabajado suficiente.

Asiento de nuevo agradecida, porque lo cierto es que estoy molida, tanto física como emocionalmente.

—Te veo allí —digo a modo de despedida.

Justo cuando abro la puerta, escucho que me llama.

—Oye, Yuki —Miro en su dirección por encima del hombro—. ¿Te apetece que salgamos esta noche?

Parpadeo sorprendida.

—¿Salir en qué sentido? —pregunto, aunque en cuanto veo la pequeña sonrisa que intenta esconder, lo entiendo—. No puede ser… ¿La disciplinada y perfecta Aiko me está proponiendo salir de fiesta?

Me llevo la mano al pecho de forma teatral, como si me hubiese dado algo. Su reacción no tarda en llegar, pone los ojos en blanco con tal elegancia que hasta en eso me da envidia.

—Puede que tenga más en común contigo de lo que crees —responde con calma—. Solo que no voy retirando todas las capas a la primera de cambio.

Se gira, como si no acabara de soltar algo que merece más explicación, y me deja plantada en medio de la puerta de la calle.

Me quedo ahí quieta, mirando cómo se aleja y pensando que quizá Aiko no es tan predecible como aparenta ser.

Por primera vez en todo el día, reconozco que sí que me apetece salir con ella.

Mientras camino de vuelta a casa de Aiko, no me lo pienso dos veces y saco el teléfono, teniendo muy claro a quién quiero llamar.

—¿Recuerdas lo que te pedí que no hicieras? —suelto nada más descolgar, sin ni siquiera saludar.

—Sí.

—Bien, pues olvídalo. Te quiero aquí.

—¿Cuándo?

No puedo evitar sonreír. No ha dudado ni ha cuestionado mi decisión.

—Lo antes posible.

—Mañana mismo estaré allí.

—Y Yuri… —Hago una breve pausa antes de añadir—. Que no se entere nadie. Sobre todo, Takeshi.

Al otro lado de la línea se hace el silencio. Es tal que me obliga a apartarme el móvil de la oreja para comprobar si la llamada sigue en curso. Cuando veo que sí, vuelvo a colocármelo, esperando.

Su respuesta no tarda en llegar, cargada de esa diversión que ya conozco demasiado bien:

—¡Marco! Prepara las maletas. Nos vamos a Japón.

—No sé por qué te odian tanto, Yuri Novikov.

—Es el precio de ser tan encantador, supongo. No todo el mundo sabe gestionar bien la obsesión.

Sonrío y cuelgo tras añadir un «gracias».

Guardo el teléfono y noto cómo algo dentro de mí se recoloca.

Se acabó improvisar e ir a ciegas.

Puede que hasta ahora Takeshi haya estado jugando con ventaja, pero ha llegado el momento de equilibrar las cosas.

En esta ocasión, voy a ser yo quien vaya por delante.