Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Las siguientes horas las paso con Aiko dándome instrucciones, yo obedeciendo como nunca antes lo he hecho y Rin supervisándolo todo sin mostrar absolutamente nada.

Ni aprobación ni críticas, por no mostrar, no muestra ni aburrimiento.

Es como si fuese una estatua con ojos que todo lo ve y lo juzga en silencio.

Eso, desde mi punto de vista al ser la evaluada, es muchísimo peor. Porque cuando alguien te grita sabes a qué atenerte. Sin embargo, cuando no dicen nada, tu cabeza hace horas extra en preguntar si lo estarás haciendo bien o no.

—La espalda recta —indica Aiko en voz baja, colocándose a mi lado—. Justo así, pero sin tanta rigidez.

Corrijo la postura, o, por lo menos, lo intento.

Siento cómo cada músculo de mi cuerpo protesta. Es como si estuviese en contra de esta nueva versión de mí a la que intentan moldear para lo que esperan que sea.

—Los hombros hacia atrás en una forma natural —añade—. Perfecto.

Más correcciones, control y concentración.

«Respira, Sheila», me insuflo ánimos. «Que no noten lo mucho que te suda el bigote».

Mi cerebro me exige que saque la lengua y lama la gota que me recorre el labio superior. Lo controlo y no cedo.

Lo último que necesito es parecerme a Desdentado, el dragón de la película Cómo entrenar a tu dragón .

Ya estoy al punto de sufrir un ataque de ansiedad en pleno examen improvisado, no necesito quedar más en ridículo.

Continúo con las lecciones.

Esta vez camino, me detengo, me inclino y giro.

También sirvo té y lo retiro.

Todo bajo la atenta mirada de Rin, que sigue sin decir «esta boca es mía».

Si no la hubiese escuchado hablar cuando llegó, pensaría que es muda.

En algún punto dejo de sentir las piernas otra vez, pero ya ni me quejo. He aprendido que aquí no sirve de nada, solo retrasa lo inevitable, que es cagarla.

Seguro que lo haré en algún momento.

—Más lento —ordena Aiko.

«¿Más lento? Pero si voy al ralentí desde hace horas…». De puro milagro no lo digo y continúo obedeciendo.

Sigo, sigo y sigo hasta que, en algún punto, ya no sé cuánto tiempo ha pasado; mi cerebro decide desconectar por supervivencia.

Cuando finalmente meto la pata, tropiezo y caigo de bruces. Mi cara impacta con el suelo y suelto un quejido a la par que escucho un chasqueo a mi espalda.

Vaya por Dios, ¿ahora sí se hace oír?

Una vez, solo una vez he fallado y me apuesto el cuello a que es con lo que se queda.

Me levanto con la poca dignidad que me queda, y las rodillas doloridas tras el batacazo, y me giro al tiempo que observo a Rin dar un paso al frente.

Me quedo tan quieta que creo que, por unos instantes, ni siquiera respiro.

Sus ojos me recorren al detalle.

«Ya está», pienso. «Aquí viene el veredicto. Fin de la aventura japonesa. Gracias por participar».

—Aún no eres nada —dice al fin. «Vale, sin rodeos y directa al grano»—. Pero… —continúa. Uy… Ese «pero» me da más miedo que todo lo anterior—. Serás útil.

¿Eso es bueno, malo o un aprobado raspado?

Miro a Aiko de reojo y, para no variar, ella no reacciona. Su expresión es cualquier cosa menos esclarecedora.

—Seguirás viniendo —añade Rin—. Si al final de la semana no veo progreso, no tendrá sentido que continúes.

Asiento, porque creo que es lo que se espera, ya que hablar, ahora mismo, podría ser peligroso.

Sinceramente, no sé si acabo de sobrevivir a la prueba o solo he retrasado la ejecución.

—Gracias, okasan —responde Aiko.

—Iré a por la vara —comunica de repente Rin.

Y con la misma elegancia con la que llegó, se da la vuelta y se marcha, dejando tras de sí una incomodidad aplastante.

No me muevo hasta que desaparece.

En cuanto lo hace, estallo:

—¿Cómo que la vara? No irá a pegarme, ¿no? —pregunto alarmada—. Me da igual que para ti sea la Santísima Trinidad, a mí no me toca ni con un palo.

Nunca mejor dicho.

De repente, ocurre lo inaudito y Aiko suelta una carcajada.

«Qué asquito da, hasta su risa es melodiosa…», pienso, envidiándola en silencio.

—Yuki, la vara es para que practiques tu equilibrio.

Oh.

Siento cómo me arden las mejillas. No me gusta sentirme una ignorante, así que retomo mis protestas.

—¡¿«Será útil»?! —susurro, mirando a Aiko—. ¿Eso es lo mejor que puede decir de mí? ¡Ni que fuera una yegua de cría!

Aiko exhala despacio.

—Te aseguro que es más de lo que suele decir.

—Pues qué optimismo más estimulante, oye.

Me dejo caer en el suelo sin ningún tipo de elegancia, olvidándome por completo de la postura perfecta, del control y de la madre que parió a la disciplina.

—Creo que he perdido cinco años de vida en estas horas —murmuro—. En tu conciencia quedará como estire la pata.

—Creo que lo has hecho mejor de lo que confiaba —dice Aiko.

—Y por ello me estoy muriendo —le hago saber.

Cierro los ojos para desconectar de la tensión que he vivido. Me duele todo el cuerpo. Ser disciplinada es más duro que una clase de crossfit . Seguro que mañana tendré agujetas, ya que me duelen músculos que ni sabía que existían.

—¿Holgazaneando?

Ahí vuelve la torturadora.

—Disculpa, okasan Rin.

A pesar del cansancio, me sorprendo al levantarme con más agilidad de la que esperaba.

—La vara —me la entrega— te servirá de punto de apoyo hasta que puedas corregir bien tus movimientos y no la necesites —me explica—. Repite todos los movimientos que me has mostrado antes.

«¿Otra vez?», bufo, aunque me callo como una bellaca y me pongo a ello sin rechistar.

Esta vez, gracias a tener el soporte de la vara, los ejecuto con mayor fluidez y menos esfuerzo.

Le lanzo una dura mirada a Aiko porque podríamos haber empezado con esto.

Y comprendo que la dulce y callada geisha , en realidad, también tiene una vena sádica.

Tiempo después, permanezco con los ojos cerrados mientras efectúo una especie de sentadilla para acabar con ambas rodillas en el suelo a la vez.

Cuando los abro, mi respiración desaparece al encontrar a Takeshi ahí.

Al fin vuelve el desaparecido.

Está apoyado en el marco de la puerta, parece que llevara ahí el tiempo suficiente como para haber visto más de lo que me gustaría.

Mi corazón me golpea tan fuerte contra el pecho que temo que no recuerde cómo debe volver a latir con normalidad.

Después de estos tres días, lo que menos me esperaba es encontrármelo aquí, agotada como estoy, sudorosa y con la guardia baja.

Se me seca la boca mientras que lo único que puedo hacer es mirarlo sin entender muy bien por qué su sola presencia remueve algo en mí; no tengo ni la más mínima intención de analizarlo.

—Kuni Takeshi —lo saluda con reverencia Aiko.

Traidora…

Pensé que habíamos hecho piña y que al enemigo ni agua.

No la puedo culpar.

Después de estos días sin vernos, hasta a mí, que lo único que me apetece es pegarle un puñetazo en el estómago por abandonarme, su físico me tiene embelesada.

No debería afectarme, o al menos eso es lo que me repito como un mantra; es como si mi cabeza intentase adelantarse a lo que está ocurriendo dentro de mí y trate de ponerle orden antes de que todo se descontrole.

—Vengo a supervisar qué tal van los avances. —Hace un gesto con la cabeza en mi dirección.

«Tendrá morro… ¿Eso es lo primero que tiene que decir?».

Mi mirada se queda atrapada en su figura un instante. Mis ojos lo recorren sin permiso y sin vergüenza.

Parece que llevo más tiempo sin verlo del que realmente ha pasado. Eso me irrita porque no es la reacción que esperaba de mí misma.

—Aiko, déjanos a solas. —Salgo de mi ensimismamiento al escuchar la voz de Rin.

Me levanto con piernas temblorosas y sigo a mi proyecto de amiga.

—He dicho Aiko. Tú quédate, Yuki —suelta Rin mientras se gira hacia el aparador donde están los juegos de té.

Aiko se retira, no sin antes lanzarme una mirada que, sin decir palabras, parece desearme suerte.

De lujo.

Estaba empezando a preguntarme seriamente a cuál de los dos debería temer más, si a Takeshi o a su madre, pero, por lo visto, Rin no es muy de dejarte con la duda.

Sin previo aviso, y con una tranquilidad que da miedo, observo cómo lanza una daga directa hacia su hijo.

Takeshi se aparta por los pelos y el arma acaba incrustada en la pared, a escasos centímetros de su rostro.

Creo que grito de la impresión mientras me quedo mirando la escena pasmada.

Vale…

Sin duda, acabo de colarme en una familia disfuncional y en lo único que puedo pensar es en que quizá sea más seguro haber crecido sin una.