Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 17
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Capítulo 17

Sheila

—D eja de removerte —me reprende Aiko sin alzar la voz, pero con ese tono que deja claro que lleva rato observándome—. Cualquiera que te vea pensará que tienes el cuerpo cubierto de hormigas.

—¡Es justo como me siento! —me quejo sin ningún pudor—. ¡Se me han dormido las piernas y el culo, joder!

El hormigueo es tal que si alguien, ahora mismo, me pincha con un tenedor, no sentiría nada.

Aguanto un poco más en la misma postura por puro orgullo, pero al cabo de un rato lo mando a paseo.

Me incorporo de golpe, estirando las piernas como si mi vida dependiera de ello, aunque, siendo sincera, un minuto más en esa posición y me tienen que sacar en ambulancia directa a que me amputen de cintura para abajo.

—Hasta aquí hemos llegado —murmuro mientras sacudo los pies como una posesa—. Si esto es parte del entrenamiento, aviso ya que voy a suspender estrepitosamente.

Aiko suspira por lo bajo sin perderme de vista.

—Sí, será mejor que hagamos un descanso —admite—. Da gracias a que la okasan ha estado de viaje y que soy yo quien está contigo. Ella no suele ser tan paciente contra insurgentes.

¿Insurgente yo?

Pues sí, para qué negarlo.

—Me suda el…

—No acabes esa frase, por favor —me corta al instante Aiko, clavándome una mirada que mezcla advertencia y diversión.

Resoplo y a duras penas me muerdo la lengua.

Llevo tres días con ella.

Tres días en los que, cada mañana, me arrastra a esta casa de geishas con la promesa implícita de que voy a aprender «el oficio» cuando, en realidad, lo único que he perfeccionado hasta ahora es la capacidad de quedarme sentada de rodillas como si fuese una maldita estatua.

—En serio, Aiko —digo mientras intento recuperar la circulación—, ¿esto forma parte del proceso o me estás castigando por algo en especial?

Ella se incorpora con una elegancia que me hace sentir todavía más torpe en comparación.

—Forma parte del proceso —responde con calma—. Debes aprender a controlar tu cuerpo antes de aprender a mostrarlo.

—Pues mi cuerpo ahora mismo está considerando seriamente independizarse de mí —refunfuño.

—Concentrarte en algo puede ayudarte con tus pesadillas.

Me envaro.

Muy elegante, pero la tiparraca no tiene filtro. Luego dicen de mí.

—No son pesadillas, solo que extraño la cama —me justifico, a ver si cuela.

—¿Olvidas que llevo durmiendo tres días en la habitación de al lado?

«Pues no, no ha colado».

Camino por la sala, estirando las piernas e ignorándola. No quiero hablar de ello.

Por suerte, Aiko es lo opuesto a mí y no es una persona entrometida.

Noto cómo poco a poco la sensibilidad vuelve a mis piernas. Aunque con ese pinchazo molesto casi que prefiero no sentir nada. Es como si me clavasen cuchillos.

—Primero están las shikomi , las aspirantes a maiko ; mayormente son las que ayudan en las tareas del hogar y a vestirnos cuando tenemos que acudir a un evento—me explica Aiko como si no lo hubiera hecho infinidad de veces en estos días—.

Una vez que pasas a ser una maiko , en la etapa de aprendiz, no solo se trata de la postura.

Lo fundamental es la disciplina, la observación y usar la danza como un arte en sí mismo.

—¿Danza? —la interrumpo—. Eso ya me gusta más que estar quieta como una momia. Siempre he sido muy folclórica y he asistido a infinidad de clases de bailes. Soy capaz de bailarte unas sevillanas y acabar con una bachata.

Sonrío, mostrándole mis movimientos.

—¿Por qué no me extraña? —murmura—. Pero antes de llegar a eso debes aprender a permanecer en silencio y ser consciente de tu presencia. Durante años te formarás…

—¿Años? —Me paro y giro hacia ella con los ojos abiertos como platos—. Perdona, pero creo que mi paciencia tiene una fecha de caducidad bastante más corta.

—Lo sé —responde, y se le escapa una risilla—. Por eso es especialmente importante que empieces a entenderlo para acelerar el proceso. Tu caso es excepcional —comenta—. Y, por desgracia, cada vez estamos menos, por lo que toda ayuda es poca.

Hasta cuando suspira suena en calma.

La miro, entrecerrando los ojos.

—¿Siempre eres así de zen o es algo personal conmigo?

—Siempre —contesta.

«De puta madre, es la mujer perfecta».

Me dejo caer en un banco bajo con cuidado, aún con esa sensación rara en las piernas, y me paso las manos por la cara, exasperada.

—Vale, entonces, resumamos —digo—. Primero shikomi , la mano de obra barata. —Le sonrío con picardía. Por supuesto, ella no me sigue el juego—. Luego maiko —continuo—. Es cuando aprendes a hablar, a respirar y a moverte con elegancia —enumero—. Por último, si sobrevives al proceso, pasas a geiko .

—Siempre y cuando demuestres disciplina —corrige ella.

—Claro, disciplina, esa gran amiga mía —murmuro con sarcasmo.

Aiko no reacciona, pero noto que me observa divertida.

«¿En qué maldita hora pensé que esto era una buena idea? Ah, ya… Cuando conocí a Takeshi».

Es mencionar su nombre en mi cabeza y la rabia vuelve de repente.

Adiós a las horas que he intentado serenar mi mente.

Llevo tres malditos días sin saber nada de él.

Ni una palabra ni una explicación. Ni siquiera una señal de que sigue vivo.

—Esto es increíble —mascullo para mí misma—. Me trae a Japón, me deja aquí tirada y desaparece.

—Tu mente vuelve constantemente a él —dice Aiko de pronto.

Levanto la vista y fijo mis ojos en ella.

—¿Disculpa?

—Estás distraída —añade—. Y no es por el cansancio.

Aprieto los labios.

—No estoy distraída.

Ella no dice nada, solo me mira paciente, y eso me deja indefensa. La muy granuja tiene un don para que se me suelte la lengua.

—Vale —cedo con fastidio—. Estoy molesta.

—¿Solo molesta?

—Lo que te gusta meter el dedo en la llaga, ¿eh? —Entrecierro los ojos en su dirección.

—¿Y bien?

—Está bien. Estoy más cabreada que un león hambriento —reconozco—. Y eso, te aseguro, es más de lo que debería. ¿Por qué no tendría que importarme? ¡Si apenas lo conozco, por el amor de Dios!

Lo sé, voy embalada y ya no hay quien me pare.

Pero aquí estoy sola y Aiko es la única persona que tengo cerca; además, ha demostrado que sabe escuchar sin juzgar y puede que eche más de menos a mis amigas de lo que quiero reconocer.

Sin embargo, hacérselo saber a Alina e Isabella, en especial a esta última, haría que moviesen cielo y tierra para que regresase, y esa no es una opción.

Me niego.

No me voy a dar tan pronto por vencida. Vine con un objetivo y no pienso tirar la toalla al más mínimo bajón.

«Esto es temporal», me repito.

Solo quiero saber la historia de mi madre. He llegado demasiado lejos para abandonar porque el hombre que me trajo aquí me haya pegado la patada.

Y, aun así, sigo dándole vueltas y pensando en él como una idiota.

—No te lo tomes como algo personal. Para tu información, Kuni Takeshi no da explicaciones a nadie —dice Aiko con suavidad.

—Ya —respondo—. Lo he notado. —Me cruzo de brazos—. Al menos podría avisar de que no se ha olvidado de mí. ¡Se supone que trabajo para él y ni siquiera sé mi sueldo, joder!

—En nuestra cultura es de mala educación hablar de dinero.

—Pues en la mía es importante, ¿sabes? ¡No trabajo gratis!

—Si es eso lo que te inquieta, te aseguro que Kuni Takeshi es extremadamente generoso con sus empleados.

«Kuni Takeshi, Kuni Takeshi», rezongo en mi cabeza.

Odio cuando lo menciona con esa reverencia.

No le respondo.

Lo cierto es que, para mí, el dinero nunca ha sido un problema. Mientras tuviese suficiente para permitirme un techo y llenar la nevera, lo demás era secundario.

El problema es…

«Que estas preocupada por él», me dice esa voz que intento acallar más veces de las que me gustaría al cabo del día.

El silencio que se instala entre nosotras no me gusta nada. Es como si Aiko pudiese adivinar lo que me ronda por la mente sin necesidad de verbalizarlo.

Estoy a punto de soltar otra queja cuando unos pasos interrumpen el momento.

No suenan apresurados, pero sí firmes y elegantes.

Aiko se endereza de inmediato. Su postura cambia de forma imperceptible, pero lo hace de una forma que entiendo que quien llega es importante.

Cuando me levanto y sigo la dirección de su mirada, la veo.

La mujer que entra en la estancia tiene una presencia que no necesita impostarse. Todo en ella está en su sitio, desde el kimono impecable hasta la forma en la que sostiene la mirada. Es como si el espacio le perteneciera sin necesidad de reclamarlo.

Sus ojos se posan en mí y siento cómo se me encoge el estómago.

—Así que tú eres la chica —dice con un tono de voz que no sé cómo tomarme.

Carraspeo.

—Eh…, ¿sí? —respondo, consciente de que encajo bien poco en este lugar. Sobre todo en mis leggins negros y mi camiseta de licra de manga larga a juego.

Según Aiko, aún no me he ganado llevar el hikizuri [8] como ellas. Primero, cuando se me considere una maiko , deberé llevar un furisode [9] .

—Soy She… Yuki —rectifico en el último momento.

La mujer no muestra reacción, solo me observa con ojo clínico.

—Soy Rin, la okasan .

Y ahí está la madre de la criatura. Aunque no sé si «criatura» sería la definición más ajustada para referirme a Takeshi.

Perfecto.

Justo lo que necesitaba para este día de mierda, conocer al fin a la jefa suprema de todo este cotarro.

— Okasan Rin —la saluda Aiko, inclinando el cuerpo hacia delante en una elegante reverencia. La imito porque es lo que se supone que se espera de mí—. Ella es Yuki, la nueva maiko .

—Lo de maiko seré yo quien lo decida. —«Adjudicado. A la puta calle me echan»—. Veamos qué ha aprendido en todos estos días.

«¿Todos?». Lo dice como si hubiese estado aquí meses y no tres míseros e insignificantes días, en los que lo único que he aprendido ha sido sentarme, levantarme y deslizarme por la sala.

Madre mía…

Soy tan fracasada que no voy a pasar ni la primera prueba.

«Vamos, Sheila, que se vea de qué pasta estás hecha», me insuflo ánimos.

«Esto no debe ser peor que cuando trabajaste en un parque de bolas y tuviste que separar a dos críos poseídos por el demonio mientras una madre te gritaba porque su hijo había perdido un calcetín. Al menos, aquí nadie me está lanzando pelotas a la cabeza».

De momento…