Capítulo 16 #2
Seguro que ahora hay alguien muy cabreado.
Este hombre es un peón, alguien con un ego lo suficiente grande que le han hecho creer que no lo pillarían si mataba a miembros de la Yakuza.
Lo que me hace pensar que es una simple distracción para algo mucho más gordo.
—Como ves, no es muy comunicativo —se jacta Renji.
—Quizá solo necesita un incentivo —murmuro.
Salgo del cuarto y busco algo que me sea útil. No tardo en dar con ello. Cuando vuelvo a entrar, me dirijo al fondo y coloco los soportes que llevo conmigo.
Ajusto los carretes de las cañas de pescar. Primero me centro en una, paso mis manos por el bank , el cuerpo flexible, dándole el ángulo que deseo, y al llegar a la punta, engancho el anzuelo.
Una vez que tiro de él y veo que soporta mi fuerza, hago la misma operación con el otro.
Con ambas cañas de pescar listas, y sin previo aviso, engancho los anzuelos en los párpados del hombre.
—He tensado el sedal lo justo para que, si haces cualquier movimiento, te desgarres lo párpados. —Por la forma en la que gruñe, sé que se está aguantando los gritos—. Lo sé. No es agradable. —Hago una mueca—. De ti depende que esto acabe rápido.
Pasa un rato sin que me dé nada, por lo que esta vez saco mi daga y, con la empuñadura, le golpeo la rodilla dañada.
Grita y el anzuelo comienza a rasgar la fina piel.
Cojo una silla y me acomodo frente a él. Continúo lastimando puntos claves durante lo que parecen horas. En una ocasión, le abro la camisa y comienzo a hacer cortes en sitios estratégicos sobre su pecho.
Takana me hace un gesto para que continúe.
Lo hago.
Tiempo después, lo único que consigo es tener un cascarón de hombre frente a mí, al cual no le sacaremos nada. Si supiese algo ya habría hablado, por eso me sorprende cuando lo oigo decir:
—M-mi j-jefe le llama el Samurái… N-no… No sé quién es, solo… m-me dice cuándo y contra quién actuar.
—Así que eres un sicario. —No es una pregunta, aun así, asiente—. ¿Cómo contactas con él?
—Y-yo… —Niega.
Hace tiempo que las cañas se soltaron. Sus párpados permanecen abiertos de par en par sobre los globos oculares, los cuales le sobresalen de las cuencas.
—Nunc-ca he hablado c-con él… S-solo sé que e-es alguien que tiene m-mucho poder en J-Japón y no q-quiere c-competencia… Su p-prioridad es la mercancía.
Les dedico una mirada a Takana y Renji.
—¿Con qué clase de mercancía trafica?
Niega.
—P-por favor… Yo no…
Lo agarro por el pelo y tiro con fuerza para que me preste atención.
—¡¿Qué mercancía?!
Su respiración es trabajosa y sus sollozos cada vez más débiles.
—Ch-chicas…
«Trata de blancas».
Rechino los dientes, furioso. Por eso van tras los Kusari . Son sus competidores en la trata de personas.
—Creo que es cierto que no sabes quién es ese tal Samurái, pero… ¿qué me dices de tu jefe?
Al escuchar mi pregunta, se da cuenta de su error y comienza a negar.
Tal es el ímpetu de sus movimientos que escucho varios chasquidos de huesos a la par que comienza a gorgotear.
—¿Qué coño…?
Esta vez, Renji se acerca hasta donde estoy.
Me quedo observando al hombre.
Rápido, estiro una de mis manos, apoyo los dedos en sus mejillas y presiono para que abra la boca.
—¡No me jodas! ¿Se ha cortado su propia lengua? —cuestiona mi amigo entre asqueado y horrorizado a la vez—. ¿Por qué?
Lo suelto y me aparto, siendo consciente de que no tardará mucho en morir desangrado.
—Por lo visto, teme más delatar a su amo que morir en nuestras manos.
—Pero…
—Puede que tuviesen amenazada a su familia —interviene Takana, hablando por primera vez en horas—.
Firma la muerte y dejadlo en algún punto en Okayama para que lo encuentren —nos ordena—.
Dudo que viniese solo. —Señala el cadáver—.
Tras deshaceros de él, investigad en todos los aeropuertos del país a los americanos que en las últimas semanas hayan llegado, tanto en vuelos comerciales como en jets privados.
De una forma u otra daremos con su jefe.
«Joder, eso nos llevará días de trabajo y yo, ahora más que nunca, necesito estar en Kioto», pienso.
—Los Yamitsuru no nos involucramos en la trata —le recuerdo a mi jefe.
—Últimamente te estás rebelando demasiado, Kuni. —Da un paso en mi dirección—. No me gustaría tener que recordarte nuestro trato.
«Maldito cabrón», pienso.
Sabe que amenazando la vida de mi madre es con lo único que me puede controlar.
Aun así, tanto Renji como yo asentimos y Takana sale sin añadir nada más.
Me giro, furioso, y con mi daga afilada le dibujo una Y en el pecho para que, quien lo encuentre, sepa que los Yamitsuru han sido los causantes de su muerte.
—¿Qué opinas, Take? —pregunta Renji cuando me cargo el cuerpo inerte a la espalda.
—Yo no opino, yo solo acato órdenes —le recuerdo cabreado—. Pero si quieres saber qué pienso de que se haya cortado su propia lengua, siendo consciente de que eso lo mataría, antes que delatar a su jefe, es que estamos jodidos.
—Después de lo de Akemi perdió el juicio… Pero ¿esto?
Mi segundo se pasa una mano por el pelo con la misma cara de preocupación que debo tener yo, ya que es el peor momento para postularse como oyabun.
Lo que menos necesitamos mientras intentamos desatar una guerra interna es enfrentarnos a un enemigo invisible.