Capítulo 16
Takeshi
A l día siguiente de la reunión en el Templo ponemos rumbo a Osaka.
Nos dirigimos directamente a Nanko, una zona costera al oeste de la ciudad conocida como el Puerto Sur. Un lugar que, de cara al exterior, no deja de ser un punto habitual para pescadores y trabajadores, pero la realidad es que esconde otra cara mucho más oscura para gente como nosotros.
Gracias a los grandes almacenes, es un ambiente perfecto donde el ruido de los pesqueros y la falta de curiosidad de los que van hasta allí juegan a nuestro favor.
Es idóneo para hacer hablar a alguien sin interferencias.
El trayecto, de poco más de una hora, no es suficiente para ignorar con quiénes nos encontramos colaborando en este trabajo.
Por suerte, solo seremos nosotros.
No tengo muy claro hasta dónde llegaría si me veo obligado a compartir espacio con el clan de los Kusari.
—¿Por qué lo trajisteis aquí? —cuestiono, mirando a mi alrededor cuando bajamos de los coches.
—Disparó a quemarropa en mitad de la carretera a los hombres de Kusari, cerca de Okayama.
—«O sea, que fue algo premeditado», pienso—.
Uno de ellos sobrevivió y memorizó la matrícula del individuo —me informa Takana—.
Eso hizo que pudiésemos dar con él antes de que entrara en la ciudad y cambiara de vehículo.
—¿Cómo es que sobrevivió? —cuestiono extrañado—. ¿No se quedó a comprobar que hubiese acabado el trabajo? —Arqueo una ceja.
Nadie es tan estúpido de matar a un grupo de la Yakuza y seguir su camino como si nada.
—El hombre de Nakamura se hizo el muerto.
«¿Me toma el pelo?».
—Qué honorable… —Bufo en su lugar.
—No prejuzgues, Takeshi. —Me lanza mi jefe una severa mirada—. Si no llega a ser por eso, no tendríamos ninguna pista y hubiesen dado por hecho que fuimos nosotros.
—Lo que aún no entiendo es por qué lo tienes tú y no Nakamura.
Renji llega a mi altura y me pasa una pistola. La acepto, aunque me la guardo en la cintura de los pantalones, a la espalda.
Cuando torturo, me gusta utilizar otros métodos más rudimentarios que infligir terror a base de incrustarles una bala.
—Nakamura me llamó para saber si habíamos tenido algo que ver.
—Qué detalle por su parte… —replico con ironía—. ¿Desde cuándo pregunta antes de tomar represalias?
Si a mi jefe le molesta mi sarcasmo, no lo demuestra.
—Sabe que nosotros no actuamos así —responde—. Al igual que ellos, no atacamos por la espalda. No es nuestro estilo.
Por supuesto que no lo es.
Cuando acabamos con la vida de alguien, nos aseguramos de que sepa con exactitud quién lo hace y que nuestros ojos sean lo último que vean.
—¿Y lo tienes tú por…? —repito.
—Tras confirmar que la Yamitsuru-kai no tuvo nada que ver, Nakamura me pasó la información con la matrícula. Ya sabes cómo funciona este negocio. Quien lo encuentra se lo queda.
—¿Vas a contarle al líder de los Kusari todo cuanto descubramos? —le pregunto antes de entrar al almacén.
—Ese es el acuerdo.
—No sé por qué demonios tienes que hacer tratos con ellos —reconozco, haciéndole notar mi descontento—. Si fuese por mí…
Se para con la puerta entreabierta y me observa.
—Cuando lideras una Yakuza, tienes que tomar decisiones con las que no estarás contento —dice al fin—. Por eso tú nunca serás oyabun, Takeshi. Es posible que seas único en tu labor, pero te puede el rencor.
Y, tras decir eso, desaparece en el interior.
—Controla a la bestia, Take —me susurra Renji, apoyando una mano en mi hombro.
—No permitiré que nos convierta en ellos —mascullo furioso, refiriéndome a los Kusari.
—Lo sé —suspira—, pero aún no tenemos pruebas de que vaya a hacerlo.
—Reza por que estemos equivocados, porque si no es el caso… —Dejo la frase en el aire.
Renji sabe perfectamente a qué me refiero. Como Takana intente unificar clanes, puede que mi amigo se convierta en oyabun antes de lo que desea.
Ya maté en el pasado a un oyabun, para más inri, mi propio padre. Si confirmo que Takana planea meterse en el negocio de los Kusari, no dudaré en acabar también con él. Aunque el precio por conseguirlo sea mi propia muerte.
El interior del almacén está lleno de artículos de pesca. Camino detrás de Renji hasta llegar a un pequeño cuarto de suministros de limpieza mientras Daichi, Kaito y Masaru se quedan fuera, controlando el perímetro.
Por mucho que la zona esté lo suficiente apartada del puerto, nunca está de más ser precavido.
Frente a Takana, atado de pies y manos a una silla, se encuentra un hombre.
Mi jefe, en una postura regia e inalterable, me hace un gesto para que me acerque.
Me fijo en que el rehén debe rondar mi edad, estará entre los treinta o cuarenta años. En el momento que gime y ladea la cabeza, que le cuelga en el pecho, frunzo el ceño.
A pesar de tener el rostro hinchado a causa de los golpes y cubierto de sangre, aprecio que es caucásico.
Almaceno en mi mente ese dato para tratarlo con mi gente más tarde.
Ahora toca trabajar.
—Os habéis cebado, ¿eh? —Miro a Renji.
No me cabe duda de que la paliza es obra suya.
—Y, aun así, el muy cabrón no abrió la boca —gruñe, pateándole la espinilla—. Por eso estás tú aquí. Dudo que contigo permanezca callado. —Me dedica una sonrisa enfermiza.
—Haz lo que tengas que hacer —me ordena Takana.
Se aparta a un lado para que tome su lugar frente al hombre.
En cuanto lo hago, dejo que la bestia que ruge en mi interior, y que suelo mantener retenida, tome el control.
Cada ejecutor tienes sus técnicas; algunos se abandonan a la violencia desmedida y confían únicamente en la fuerza bruta, como le ocurre a Renji.
Yo no.
Mi forma de actuar es mucho más meticulosa y calculada. Provoco gritos y sangre, pero siempre desde el control absoluto. Justo por eso resulta mucho más devastador cuando consigo romperlos. Mi paciencia a la hora de torturar y mis métodos no conocen límites.
Me agacho y quedo en cuclillas, evaluando a mi presa.
Observo que, además de tener la cara como un mapa, tiene la clavícula dislocada, los dedos de las manos fracturados y no hay rastro de la rótula izquierda.
El hombre suelta un quejido por el esfuerzo que le supone levantar la cabeza. Cuando sus ojos ensangrentados se encuentran con los míos, me dedica una mueca siniestra.
Supongo que su intención es sonreír, pero debido al labio partido se queda a medio camino.
—S-sé quién e-eres… —murmura en inglés con voz enronquecida.
No sé si se debe al desuso o que tiene las cuerdas vocales dañadas.
Por lo maltrecho que está, chilló o tuvo que tragarse sus propios gritos. Y eso último, de igual forma, hace que la laringe sufra desgarros.
—¿En serio? Pues yo no he oído hablar de ti —comento tranquilo.
El tipo vuelve a levantar el labio superior en ese gesto extraño.
—Castigadooor… —canturrea, alargando la última sílaba.
—Vaya, sí que sabes quién soy. ¿Qué tal si le ponemos remedio e igualamos conocimientos? —cuestiono como si estuviese manteniendo un encuentro distendido—. ¿Tú eres…?
—M-muérete…
Saco la pistola de mi espalda y dejo caer mis manos relajadas en el hueco entre mis piernas flexionadas.
—¿Ese es tu nombre? —Tose y más sangre le chorrea por la barbilla. Espero paciente. Al ver que no dice nada, continúo—: Muy bien, pues Muérete será. —Me encojo de hombros.
—H-hijo de puta…
Chasqueo la lengua y niego divertido. Siempre sueltan lo mismo cuando no sacan de mí la reacción que esperan.
—A ver, Muérete —escucho una tos y sé que es Renji ocultando su risa, lo ignoro y prosigo—, ¿quién te mandó abordar el coche en el que iban los Kusari ?
—M-mírate… Te c-crees muy v-valiente con una pistola e-en las manos.
Al formar más de dos palabras seguidas, llego a la conclusión de que su inglés es americano.
—¿Esto? —Alzo el arma—. Tranquilo, no pienso usarla. Simplemente se me estaba clavando en los riñones.
Me estiro y la poso uno de los estantes llenos de productos desinfectantes.
—Take… —oigo a Renji en advertencia.
De soslayo veo cómo Takana le pone un brazo delante, cuando da un paso en mi dirección, para que no intervenga.
El hombre me observa con sospecha. No lo culpo. Se me conoce como el Castigador y hasta ahora no he sido más que amable y complaciente con él.
Sonrío.
Esta es la mejor parte de mi trabajo. Poder jugar con su psique.
Tipos como él están adiestrados para soportar brutales palizas, en el momento que algo se sale fuera del patrón, su mente cortocircuita.
—N-no sé qué pretendes. P-para ti todo es muy f-fácil al tenerme atado.
—Mi intención es que permanecieses cómodamente sentado mientras charlamos, pero si ese es tu problema…
Saco una daga que llevo al costado y comienzo a cortarle las cuerdas.
—Maldito loco… —murmura Renji.
Esta vez no puede ocultar su diversión.
Cuando está desatado por completo, me pongo en pie. Me vuelvo a guardar la daga en su sitio y meto una mano en el bolsillo de mi pantalón mientras que con la otra hago un gesto hacia la salida.
—Vete. —Al ver que duda, lo animo—. Vamos… Vete.
Mira de mí a mis acompañantes, y cuando nota que ninguno hace ningún movimiento de saltarle encima, comienza a levantarse con esfuerzo.
Espero paciente a que lo consiga; una vez que lo logra, solo el gesto de dar el primer paso hace que caiga de bruces, estampando su cara contra el suelo de hormigón.
El grito que suelta retumba en las paredes del pequeño espacio en el que nos encontramos. Se encoge sobre sí mismo y se lleva una mano a la pierna izquierda, justo a la zona donde tiene triturada la rodilla.
Lo agarro por la espalda, a la altura de los hombros, y, como si apenas pesase, lo levanto.
—Te dije que estarías mejor sentado —digo, volviéndolo a colocar en la silla—. Te he dado la oportunidad de marcharte y no la has tomado. Así que ahora estoy al mando. Dime, ¿para quién cojones trabajas?
Sus gritos no cesan. Además de la sangre, se le acumula la saliva en la boca.
—¡Vais a morir todos, cabrones!
«¿No me digas?».
—Tú el primero si no me dices algo que no sepa —refuto, dejando de jugar con él—. ¿Quién te envía?
Porque si algo tengo claro es que él no es el cerebro. Ningún líder se encargaría de acabar él mismo con los objetivos, y mucho menos dejaría rastro.