Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Hago un gesto cuando el alcohol me abrasa la garganta.

Le mantengo la mirada a Takana y veo que en sus ojos, de por sí oscuros, se le forma un velo de furia. Puede que sea mi dueño, pero tanto él como yo sabemos que soy difícil de domar.

Ese fue uno de los rasgos que más me llamó la atención cuando pasé a formar parte de su círculo.

Él da las órdenes, yo las ejecuto con eficacia.

Mientras ese equilibrio se mantenga, ninguno de los dos necesita recordarle al otro hasta dónde llega su terreno.

Takana no es un hombre que suela poner límites por capricho, controla lo necesario, y a mí me sirve, ya que me deja el espacio suficiente para moverme sin sentir la soga al cuello a cada paso.

No hay que confundirlo con libertad, no obstante, se parece lo bastante como para que funcione.

Dejo el vaso sobre la mesa, sin apartar la mirada de mi jefe.

—Hubo un envío de Múnich que fue interceptado. Varios de nuestros hombres que los transportaban acabaron muertos, pero no fue por los Kusari —les informo.

El leve cambio en la postura de algunos de los presentes es casi imperceptible. Kaito deja de parecer una estatua y se inclina en nuestra dirección, Daichi y Masaru alzan la barbilla interesados mientras que Renji me observa con una diversión que no intenta disimular.

—Habla —ordena Takana, encendiéndose un cigarro.

—El hombre al que interrogué insistió en que no tuvieron nada que ver. —Hago una breve pausa y, a continuación, añado—. Tras mi actuación, te aseguro que no estaba mintiendo. Pero eso ya lo sabías, ¿verdad? —concluyo, inclinando mi cuerpo en una postura relajada hacia él.

Takana no reacciona de inmediato. Se limita a observarme y a exhalar el humo, meditando mis palabras.

Conozco lo suficiente a mi jefe para saber que él ha estado al tanto de todo.

Puede que seamos su círculo íntimo, pero incluso a nosotros nos oculta información.

Siempre ha sido un líder reservado a la hora de la toma de decisiones.

Es por eso que necesito saber a qué tratos llega cuando no estamos presentes.

Y ahí es donde entra en juego Sheila.

Ella, sin saberlo, es una pieza clave para que mi oyabun no nos lleve a la ruina. Sé que, tras la muerte de Akemi, su mujer, tuvo que calmar las cosas con Nakamura. A fin de cuentas, era su hermanastra.

Nadie que la conociese esperaba que, una mujer con el carácter que ella tenía, acabase con su propia vida.

Fue un shock dentro y fuera del clan, sin embargo, desde unos meses para acá, Takana ha estado actuando más raro de lo normal, y no me gusta.

Antes de hablar, Takana apoya las manos sobre la mesa y entrelaza los dedos.

—Quería confirmación. Y, por lo que cuentas, no estaba equivocado —responde con calma.

—Podías haberme avisado de que estabas al tanto y no me habrías hecho perder el tiempo —le recrimino.

—A ti no suelen mentirte y tenía que asegurarme de que mis sospechas eran ciertas.

Aprieto los dientes porque no me gusta que me pongan a prueba, y esto se ha sentido como tal.

Renji es el primero en romper la quietud que se respira a nuestro alrededor.

—Si no han sido los Kusari —dice, inclinándose ligeramente hacia delante—, entonces, alguien más está operando en territorio que no le pertenece.

—No debe ser alguien pequeño —añade Kaito desde la pared, con esa voz grave que rara vez utiliza—. No interceptas un envío así, sin recursos ni información previa.

Masaru deja escapar una risa baja.

—Ni sin cojones —murmura, aunque sus ojos no reflejan humor.

Daichi lo secunda.

—Que yo sepa, nadie ha oído nada —apunta—. Ningún movimiento, nombre nuevo o algún clan emergente en el país.

—Eso es lo que más me preocupa. Tanto los Kusari como nosotros estamos extendidos por todo Japón —interviene Renji—. Que alguien sea capaz de moverse sin dejar rastro es un problema.

Como es habitual en estas reuniones, el debate se enciende de forma natural, sobre todo cuando el problema no tiene una respuesta evidente.

Los escucho barajar hipótesis, descartar nombres e incluso mencionan viejas alianzas y posibles traiciones, pero ninguna de ellas encaja del todo.

Como menciona Renji, ambos clanes tenemos todos los territorios ocupados. Ha sido así más de un siglo. Que no hayamos escuchado hablar de un nuevo clan ni que haya dado la cara para imponerse es lo que en verdad nos preocupa.

No puedes luchar contra un enemigo invisible.

Los dejo que hablen mientras los escucho, pero mi atención se centra en Takana, que permanece tan callado como yo.

—¿Tú qué opinas, oyabun ? —le pregunto al fin, analizando su semblante.

Para no variar, su rostro no muestra ninguna de sus emociones, es una puta pared de mármol infranqueable.

—Lo retomaremos cuando tengamos más información, que espero averiguar más pronto de lo previsto —dice con una autoridad tranquila que no necesita imponer. Y, dirigiéndose a mí, añade—. Necesito que te encargues de algo.

Claro está que no es una petición.

—¿De qué se trata? —cuestiono, enderezándome.

—Tenemos a un hombre retenido en Osaka. Por lo visto, mató a dos miembros de los Kusari hace unos días.

Frunzo el ceño.

—¿Desde cuándo nos encargamos del trabajo sucio de los Kusari ? —pregunto sin molestarme en rebajar el tono, dejando que mi desagrado se haga patente.

No se trata del encargo lo que me incomoda, sino lo que representa.

Es una línea que no quiero cruzar.

Takana no aparta la mirada de mí.

—Desde que, por lo visto, tenemos un enemigo en común.

—¡Qué mierda, Takana! —estallo.

Siento cómo la tensión aumenta a mi alrededor.

Kaito da un paso adelante; Daichi se tensa mientras que Masaru me observa con ese brillo enfermizo que tiene en los ojos, esperando ver hasta dónde estoy dispuesto a llegar y si tiene que interponerse entre nuestro oyabun y yo.

—Takeshi… —comienza a decir Renji, con ese tono que usa cuando intenta anticiparse al desastre.

No lo dejo continuar.

Basta con lanzarle una mirada para que entienda que no es momento de apaciguarme.

No pienso en rangos, solo quiero que entren en razón y acabe con este sinsentido.

—¿Ahora resulta que vamos a trabajar como un clan unido? —añado, poniendo en voz alta lo que sé que más de uno está pensando y no se atreve a decir.

Takana inclina la cabeza despacio. Cuando habla, su voz pierde cualquier tono conciliador.

—No me cuestiones, Kuni.

Que use mi apellido no es casual, sabe perfectamente lo que implica para mí, de dónde viene, lo que arrastra y, aun así, lo utiliza para recordarme y advertirme que estoy pisando un terreno que no me pertenece.

Sé que tiene razón, que estoy rozando ese límite que nos separa.

La furia se anida en mi interior al saber que no puedo oponerme.

—Akemi nunca fue parte de los Kusari , oyabun. Que haya muerto no significa que les debas nada.

—No te metas donde no te corresponde, Takeshi. —Una orden que llega alta y clara—. Interrógalo —me ordena sin apartar los ojos de los míos—. Quiero saber quién dio la orden y por qué.

Le mantengo la mirada unos segundos antes de asentir despacio. Siento cómo algo se enciende en mi pecho, una mezcla de rabia y desconfianza que me quema por dentro.

El trabajo en sí no es el problema, lo que me revienta es para quién voy a hacerlo.

No puedo negar que siempre he disfrutado cazando a los Kusari-kai .

Hay algo en ello que encaja a la perfección conmigo, es una forma de soltar a la bestia que llevo dentro sin necesidad de justificarme.

Dejo que esa parte de mí que no se cuestiona nada salga a la superficie y haga lo que mejor sé hacer, me da un chute.

Me regodeo en cada encargo, en cada persecución, en cada gota de sangre que derramo, esperando el siguiente con una anticipación que nunca me molesto en ocultar.

Acabar con la vida de mi padre no cambió lo que los Kusari hacen y lo que representan.

Siguen siendo los mismos perros con distinto amo.

Que tenga que ensuciarme las manos para algo que, de alguna forma retorcida, también les beneficia a ellos me hierve.

La simple idea de tener que ver algo con ese clan se me atraganta, no me gusta en absoluto.

Aun así, no me opongo. Sé que hay guerras que no se ganan en las primeras batallas.

Si algo he aprendido en este mundo es que, a veces, lo más inteligente no es oponerse, sino esperar el momento adecuado para decidir en qué lado quieres caer cuando todo empiece a desmoronarse.