Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 15
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Capítulo 15

Takeshi

H oras más tarde, cuando he conseguido dormir las suficientes para tener la mente más despejada, llego al Templo.

A esta hora, la ciudad ya ha terminado de transformarse en esa versión de sí misma que solo existe de noche, donde la falsa sensación de calma que se percibe bajo la superficie desaparece y se llevan a cabo los negocios que es mejor no mostrar a la luz del día.

El club se encuentra, de manera discreta, camuflado entre otros locales que intentan llamar la atención con letreros en neón, sin embargo, el Templo no necesita eso. Quienes deben saber dónde está, lo saben, y quienes no, jamás cruzarán sus puertas por lo que puedan encontrar.

Eso es lo que cuenta.

Este es el territorio de los Yamitsuru , un punto de encuentro donde se mezclan el ocio, los acuerdos y las decisiones que marcan el rumbo de nuestra organización.

Aquí se negocia y se cierran tratos, sin embargo, llegado el momento, si es necesario, se sentencia a quienes quieren hacernos daño.

Aquí somos la ley sin necesidad de ojos indiscretos.

Nunca nos ha gustado regodearnos o exhibir nuestras actividades ilícitas, solo lo hacemos cuando queremos mandar un mensaje claro, como ocurrió en Múnich.

La música, el alcohol y los clientes son solo el atrezo de algo más complejo y peligroso que un simple club nocturno.

Nada más cruzar la entrada, el ambiente que me recibe se siente viciado.

La mayoría de las personas me miran de reojo y otras, directamente, apartan la vista, temerosos por que se conviertan en mi próximo objetivo.

Aquí no necesito presentación, todos saben quién es Kuni Takeshi, el ejecutor de Yamitsuru-kai .

Nunca aspiré a albergar dicho título, solo hice lo que debía. Es lo que ocurre cuando matas a tu propio padre, el cual pertenece al clan rival.

Creo que es el momento de que cuente cómo me vi envuelto en esta vida.

Me crie en una okiya , una casa de huéspedes donde residen algunas de las maiko , aprendices o Geishas , más conocidas como geiko , en Kioto.

Lo hice en Gion Kobu, el barrio más grande y famoso para ellas.

Durante toda la vida, mi madre, una geiko por aquel entonces, intentó mantenerme alejado de cualquier clan Yakuza.

Pero es difícil no involucrarse cuando ese mundo te corre por las venas.

No suelo pensar en mi historia como algo que deba contar, simplemente está ahí como parte de quien soy. Es una cicatriz que no desaparece, por mucho que la herida se haya curado, con el tiempo, a simple vista.

Mi madre, Rin, no pertenecía a este mundo delictivo.

No tenía nada que ver con él. Era una chica normal, con una vida sencilla, hasta que desapareció, como tantas otras lo hicieron y nadie las buscó con la suficiente fuerza.

Cayó en manos de una red de trata de personas y fue a parar a manos de los Kusari cuando Kuni Yoshi aún era su líder.

Él era un hombre que nunca vio personas, para él eran simples recursos, peones para su propio fin, con los que usaba su poder y les destrozaba la vida sin dejar rastro.

Desde los dieciséis hasta los veinte, mi madre sobrevivió a aquellos años de una forma que a día de hoy no termino de comprender del todo.

Cuando se le consideró demasiado mayor, tras abusar de ella, y dejó de serle útil, Kuni ordenó que la tiraran como si no fuera nada.

La dejaron malherida y rota, destinada a morir en un sucio callejón de Gion.

Sin embargo, el destino hizo que alguien la encontrase.

Hanae Takamori, una okasan que, por suerte, conservaba algo parecido a la humanidad en un entorno que rara vez se ve, decidió recogerla y darle una segunda oportunidad.

Mi madre aprendió a vivir de nuevo, a reconstruirse desde la disciplina, el arte y el control. Primero lo hizo como maiko y después como una geiko respetada; hoy en día es la okasan , título que adquirió tras el fallecimiento de su mentora.

Pero antes de adquirir ese rango, Kuni descubrió que sobrevivió y que estaba embaraza, por lo que reclamó lo único que le interesaba de ella: su descendencia.

No penséis que lo hizo por afecto, eso es algo que alguien como él nunca supo su significado, sino por legado. Me impuso su apellido como si fuera una inversión de futuro, como si yo fuera otra pieza más en su despiadada existencia.

Mi madre nunca me ocultó nada. Jamás suavizó la verdad ni intentó protegerme con mentiras. Quiso que supiera de dónde venía para que no eligiera ese camino, por eso puso todo de su parte para mantenerme lejos de este mundo.

A la vista está que el conocimiento no siempre te salva y, en mi caso, lo que hizo fue empujarme con fuerza a acabar de cabeza en esta vida.

¿Qué esperaba que ocurriese? Crecí sabiendo quién era mi padre y lo que había hecho.

No solo a ella, sino a muchas otras mujeres indefensas.

Esa información no pasa desapercibida ni es indiferente para alguien como yo, más bien se enquista, se retuerce y crece, convirtiéndose en una promesa de venganza que tenía que cumplir.

Porque dejarlo vivir no era una opción.

No lo hacía por honor, ni siquiera por justicia, sino por algo mucho más básico, que era que alguien tenía que matarlo. ¿Y quién mejor para acabar con él que aquel que compartía su sangre?

Sabía a la perfección cuál era el precio de levantar la mano contra un oyabun . No existiría perdón; aun así, no dudé.

No lo planifiqué ni requirió organización, en cuanto tuve la oportunidad, actué. Por eso no fue rápido ni limpio, mucho menos digno. Se trataba de algo personal.

Cuando la rabia no me cupo en el cuerpo, fui a por él.

En uno de nuestros escasos encuentros a solas, en los que intentaba demostrarme que por mucho que renegase de él le pertenecía, estallé.

Cada golpe, cada corte que le propiné me sumía más en la violencia.

Kuni Yoshi era mucho más fuerte que yo, mayor que yo y más entrenado, pero yo llevaba diecisiete años acumulando rabia, y contra eso le fue imposible luchar.

Cada respiración que inhalaba estaba cargada de todas las víctimas que él había dejado atrás.

No buscaba solo matarlo, quería que entendiera, aunque fuera en ese último instante, que no todo lo que destruyes desaparece sin consecuencias.

Cuando terminé estaba irreconocible, comprendí que, por mucho que renegase de mis raíces, yo era igual de monstruo que él. Por eso pienso que no me importó esperar el siguiente paso.

Mi muerte.

Era lo lógico y lo esperado.

Lo justo dentro de las reglas de este mundo. Pero mi madre se enteró e hizo algo que juró no hacer, recurrió a un clan de la Yakuza, pidió clemencia por mí y de esa forma acabó interviniendo Takana.

Aun siendo del clan rival, atisbó algo que otros no quisieron o no supieron ver.

Para que me perdonasen la vida reconoció al segundo de los Kusari , Nakamura Osamu, como nuevo líder, ya que era el hermanastro de Akemi, la mujer de mi jefe, a pesar de que entre ellos siempre hubo una mala relación.

Estabilizó una situación que podría haber desencadenado una guerra inmediata, cedió terrenos y me tomó bajo su ala.

No lo hizo como su protegido ni como a un hijo. Él me vio como una herramienta.

Tenía diecisiete años cuando dejé de ser solo el hijo de alguien y pasé a convertirme en su ejecutor. Y, desde entonces, no he dejado de serlo.

En este mundo no importa de dónde vienes, lo que importa es en lo que te conviertes mientras intentas sobrevivir.

Por mucho que tenga una buena posición y ciertos privilegios dentro del clan, soy y seré, hasta el día que muera o él mismo lo decida, propiedad de Takana. Si no he acabado con esta situación es porque no es mi vida con la que se pagó el trato, fue con la de mi madre.

Camino sin detenerme, ignorando las invitaciones de mujeres que me rodean, y avanzo hacia el interior mientras uno de los hombres de seguridad se encarga de abrirme paso sin que tenga que pedírselo.

Subo las escaleras hacia la zona privada, donde el ruido de la música queda amortiguado y el ambiente cambia de forma casi imperceptible, volviéndose íntimo y mortífero. En este momento no hay distracciones innecesarias, solo hombres que saben a la perfección por lo que nos hemos reunido hoy.

El reservado está protegido por un cristal desde donde se ve la pista. Cualquiera pensaría que es una simple separación más del local, pero en realidad delimita el verdadero centro de poder. No me detengo antes de entrar, pues sé que me esperan.

Dentro ya están varios hombres reunidos.

Takana ocupa su sitio habitual en el centro de los sofás, como si todo girara a su alrededor, aunque, en cierto sentido, así es.

Su presencia llena la estancia sin necesidad de hacer nada.

Basta una mirada para recordar por qué nadie cuestiona su autoridad.

A su derecha está Renji, que mantiene esa actitud de apariencia relajada que engaña a quien no lo conoce, pero yo sé mejor que nadie que no hay nada casual en la forma en la que observa cada detalle del club.

Kaito, uno de los soldados, está apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y esa expresión impasible que nunca cambia, mientras que más allá distingo a Daichi, siempre serio, y a Masaru, cuya sonrisa nunca le llega a los ojos.

Todos ellos forman parte del núcleo central de los Yamitsuru-kai , hombres en los que Takana confía lo suficiente como para tenerlos aquí, pero no tanto como para bajar la guardia del todo.

Entro sin prisa.

Cuando llego hasta ellos, los saludo con un gesto de cabeza y tomo asiento al otro lado de Takana.

—Has estado días desaparecido —dice él a modo de saludo.

—Estuve encargándome de un asunto en Múnich.

—¿Cuatro días?

Renji ya me avisó, aunque si no lo hubiese hecho, por cómo Takana me cuestiona, sé que está cabreado por mi ausencia.

Antes de responder, hago una seña al camarero para que me sirva una copa. Un minuto después tengo un whisky frente a mí.

—No sabía que ahora teníamos un horario para fichar —rebato, levanto el vaso y le doy un sorbo a la bebida.