Capítulo 14
Takeshi
A l salir de la ducha, me anudo una toalla a la cadera. Hay tanto vaho en el baño que es imposible ver mi reflejo en el espejo.
«Mejor».
Ahora mismo no estoy orgulloso de lo que mostraría.
Soy un ejecutor, una persona que se gana la vida haciendo que le teman matando. Debería importarme una puta mierda haber dejado a Sheila en casa de Aiko, el problema es que hasta entre asesinos existen códigos de honor, y yo, en este caso, he fallado a mi palabra.
Prometí guiarla, instruirla, ¿y qué hago nada más pisar mi país…? Huyo.
Pasar dos días a su lado han sido suficientes para que la aleje de mí. Y no porque ella me moleste, ese es el maldito problema. Su cercanía me resulta refrescante, a pesar de lo impertinente que es más veces de las que me gustaría.
Me apoyo en el lavabo, exhalo y me paso una mano por el pelo húmedo.
No debo olvidar por qué la traje aquí. Unos días separados, mientras se adapta, nos vendrán bien a ambos. Hará que reajuste el rumbo de mis planes.
Un ruido hace que me enderece.
Descalzo y sigiloso, como mis antepasados ninjas , salgo del baño. Me acerco hasta la cómoda de mi dormitorio y abro el primer cajón para sacar una de las tantas dagas que tengo repartidas por casa.
El sonido proviene del patio trasero. Puede que se trate de un simple animal que se ha colado, pero he aprendido a no bajar la guardia en ningún momento, y menos cuando, al asomarme con disimulo desde el pasillo, observo una sombra a través del shoji , los paneles de metacrilato translúcido blanco de corredera.
Avanzo hasta colocarme a escasos centímetros de la puerta. El individuo, que por su complexión no me cabe duda de que se trata de un hombre, comienza a forzar la cerradura.
Tengo que darle el crédito de que es meticuloso y en pocos movimientos consigue abrirla sin ni siquiera romperla.
Cuando el panel se desliza y pone un pie en el interior, me pego más a la pared, esperando mi momento.
Ese llega cuando el resto de su cuerpo le sigue.
Me muevo, presiono mi daga en su yugular y el brazo que tengo libre lo coloco en su nuca para hacer presión.
—Dame una buena razón para no rajarte la garganta aquí y ahora. —Mi voz adquiere ese tono bajo y mortífero que uso cuando estoy a punto de segar una vida.
—Siempre me ha encantado cómo recibes a las visitas —comenta el intruso con un deje divertido.
—¿Renji?
—¿Quién más sabe de tu guarida, gilipollas?
Aparta mi brazo, con el cual sostengo la daga contra su cuello. Cabe decir que solo lo consigue porque se lo permito. Cuando se gira, lo hace con tal sonrisa de suficiencia que me dan ganas de clavarle la daga solo para borrársela.
—¿Qué demonios haces entrando por el patio como un ladrón de pacotilla? ¿Y por qué cojones te cuelas en mi casa sin mi permiso?
—De nada por preocuparme y querer saber si lo que encontraría sería tu cadáver putrefacto —ironiza—. Llevas unos días sin dar señales de vida, cabrón.
—He estado ocupado. —Doy unos cuantos pasos, alejándome de Renji, y dejo la daga sobre la encimera de la cocina—. ¿Café?
Asiente.
—Takana no está contento.
—Takana lleva tiempo sin estar contento —rebato.
Pongo a funcionar la cafetera. Necesito una buena dosis de cafeína si no quiero caer rendido.
—Cierto. —Sonríe Renji—. Sin embargo, está más irascible de lo habitual. Sabes que no le gusta que te alejes demasiado.
—Tiene a más hombres para que le hagan el trabajo sucio.
—Ninguno tan eficaz como tú.
—¿Has venido a sermonearme? —cuestiono.
Me giro en su dirección y me cruzo de brazos.
—He venido a advertirte. Nos ha convocado esta noche en el Templo, y, si fuese tú, aparecería.
—¿Es una amenaza? Porque te aseguro que en estos momentos mi paciencia está bajo mínimos.
Cómo no, Renji sonríe.
Me conoce mejor que nadie y sabe que no debería tocarme los huevos. ¿Le importa? En absoluto. Creo que le divierte llevarme al límite. Me recuerda a cierta española, la cual, ahora, debe estar muy cabreada.
—¿Conseguiste lo que fuiste a buscar? —pregunta, cambiando de tema.
—Sí.
Antes de darme la vuelta cuando la cafetera pita, veo la mirada ansiosa de mi amigo.
No me demoro mucho en servir los cafés; a ambos nos gusta solo y sin azúcar.
—¿Y bien? Vamos, Take, dame algo más. ¿Cómo es?
Bebo un sorbo con parsimonia sin apartar los ojos de Renji. Me tomo mi tiempo, disfrutando de vislumbrar la impaciencia en él.
—Tan insufrible como tú —declaro al fin.
Esta vez su sonrisa es genuina.
—Entonces, no cabe duda de que te gusta.
Hago un sonido disconforme, pero a quién quiero engañar. Claro que Sheila me gusta, aunque «gustar» no sería la palabra adecuada, más bien me atrae de una forma molesta.
Es todo lo que siempre he evitado: contestona, impulsiva, incapaz de quedarse callada cuando debería, con ese punto temerario que la empuja a meterse donde no la llaman.
En otro contexto, ya la habría matado hace tiempo, pero en ella, por algún motivo que no termino de entender, no solo no me resulta insoportable, sino que me mantiene alerta de una forma que hacía tiempo que no sentía.
Renji me observa en silencio mientras doy otro sorbo al café.
Permanece frente a mí, apoyado al otro lado de la isla central que nos separa como si no tuviera ninguna prisa, aunque sé a la perfección que está analizando cada gesto, pausa y palabra que decido o no decir, porque si algo define nuestra amistad es que ambos sabemos leernos entre líneas mejor que nadie.
—Te conozco —pronuncia al fin, inclinando apenas la cabeza—. Ese tono tuyo no es precisamente de indiferencia.
Resoplo por la nariz, dejando la taza sobre la encimera con un golpe que resuena más de lo necesario en la cocina.
—No confundas interés con utilidad —replico, aunque ni yo mismo me termino de creer del todo la frase.
Renji arquea una ceja, divertido.
—Claro —murmura—. Es pura utilidad. Por eso llevas dos días desaparecido sin informarme nada. ¿No será que la quieres solo para ti?
Aprieto la mandíbula un instante, notando cómo ese comentario se me clava más de lo que debería, porque en el fondo sé que tiene razón, aunque no pienso dársela.
—Ya te he dicho que, aparte de traerla, tenía asuntos que atender —zanjó con un tono que pretende ser definitivo.
—Ajá —responde él, alargando la vocal de forma irritante—. ¿Y esos asuntos tienen nombre y acento español?
No puedo evitar que una imagen cruce mi mente sin permiso, la de Sheila mirándome en el avión con esa mezcla de rabia y decepción que no quise analizar en su momento. Eso basta para que me vuelva a molestar. Y esta vez es conmigo mismo.
—Cuidado, Renji —advierto, bajando ligeramente el tono—, no estás en posición de tocarme los cojones hoy.
Lejos de intimidarse, su sonrisa se ensancha como si acabara de confirmar justo lo que quería.
—Eso es lo que digo, que te importa —sentencia con una ligereza que me resulta casi insultante—, y cuando algo te importa, Takeshi, empiezas a cometer errores.
El silencio que sigue es breve. No hace falta añadir que ambos sabemos lo que hay en juego.
—Yo no cometo errores —respondo al fin con una calma que no admite réplica—. Quédate tranquilo.
Renji no discute, pero tampoco asiente, se limita a observarme con interés antes de apartar la mirada y dar otro sorbo a su taza.
—Más te vale —concuerda —. No estamos en posición de tolerar distracciones.
Asiento despacio, más para mí que para él, mientras recojo su taza y, junto a la mía, las dejo en el fregadero.
—Estaré allí —digo sin mirarlo.
—Sabia decisión —responde Renji, aunque su tono sigue teniendo ese deje burlón que nunca desaparece del todo—. Ya sabes que últimamente las cosas están raras.
Me giro hacia él, apoyando las manos detrás de mí en la encimera.
—Siempre lo están —replico—, es la naturaleza de este negocio.
—No como ahora —insiste, y por primera vez noto que hay algo más bajo su actitud habitual—. Hay demasiados movimientos, rumores y piezas fuera de lugar, que no encajan, para no tenerlo en cuenta.
Analizo sus palabras, uniéndolas con lo que ya sé y con lo que empiezo a sospechar.
La posibilidad de que alguien desde dentro esté moviendo hilos que no debería, que se esté traicionando todo por lo que se ha luchado, y que esa persona justo sea nuestro oyabun me cabrea.
Maldita sea, ¿cómo se me ocurre, en medio de todo esto, involucrar a Sheila?
«Es la pieza más importante», me dice una voz en mi cabeza.
Cierro los ojos un instante, lo justo para recolocar mis pensamientos.
—Por eso la traje.
Renji capta lo que no digo al vuelo.
—Lo sé…
—Nadie sabe de ella, por lo que no lo tendrán en cuenta —le recuerdo, volviendo a abrir los ojos—. Para cualquiera es alguien que no pertenece a este mundo, que no está en ninguna lista ni tiene vínculos. Es perfecta para poder moverse donde a nosotros no nos permiten llegar sin levantar sospechas.
Renji asimila mis palabras; cuando vuelve a hablar, su tono ha perdido gran parte de la diversión.
—Puede convertirse en tu mayor punto débil si no sabes manejarlo.
La frase se queda flotando entre los dos, cercana a una realidad que no quiero reconocer.
Me incorporo, estirando el cuerpo.
—No será un problema —respondo con firmeza—. Sé lo que hago.
Renji me mira un momento, como si estuviera valorando si insistir o no. Al final se encoge de hombros.
—Por tu bien, espero que así sea. Si te equivocas, no solo lo pagarás tú.
«Lo sé, joder».
—Si ya hemos terminado —añado, señalando la puerta con la barbilla—, sal de mi puta casa antes de que te saque yo en pedazos y en bolsas de basura. Necesito dormir si quieres que te siga soportando.
Renji alza las manos en una rendición tan exagerada que no hay quien se la crea.
—Guarda toda esa violencia para nuestros enemigos, shiokinin [6] —dice con una media sonrisa—. La vamos a necesitar.
—Cualquiera que te oyese pensaría que el wakagashira [7] tiene miedo —replico sin molestarme en disimular la diversión.
Esta vez, la sonrisa de Renji desaparece y lo que queda en su lugar es una seriedad que no veo a menudo en él.
—No sería un buen sucesor si no lo tuviera. El miedo nos hace precavidos —responde con calma—. Sobre todo, cuando empiezo a ver cómo todo por lo que han luchado los Yamitsuru se va a la mierda.
Conozco a Renji. Somos tan amigos porque ambos nos regimos por los mismos principios.
»No es un secreto que no somos buenos, Takeshi —continúa—.
Robamos, traficamos, matamos…, pero hay líneas que no cruzamos.
Hay cosas que nos definen. —Hace una pausa, clavando los ojos en mí—.
Y no voy a permitir que mi tío o cualquiera nos meta en la trata de blancas.
—Las palabras caen como un bloque de hormigón en mi estómago—. Tú más que nadie sabes de lo que hablo.
No hace falta que responda.
Nunca he deseado estar equivocado. Sin embargo, si son ciertas nuestras sospechas y Takana está intentando expandir el negocio, nos va a arrastrar a todos y no pienso permitirlo.
Renji no añade nada más, sabe que ha tocado hueso. Se limita a cabecear a modo de despedida mientras se dirige hacia la salida.
Cuando la puerta principal se cierra a su espalda y me quedo solo, me prometo que, si hay alguien moviendo los hilos desde dentro, voy a encontrarlo y, cuando lo haga, no solo deseará que su muerte llegue rápida.
Algo que, sin duda, le negaré. Aunque, llegado el momento, al que deba torturar sea a mi propio jefe.