Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 13
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Capítulo 13

Sheila

T engo las manos atadas a una viga por encima de mi cabeza y, por mucho que intento estabilizarme apoyando las puntas de los pies en el suelo, mi cuerpo no deja de balancearse.

Estoy agotada, dolorida y con la sensación de que esto no me está pasando de verdad, que en cualquier momento me despertaré, pero no, eso no ocurrirá porque estoy en el mismísimo infierno y es más real de lo que querría.

El siguiente latigazo es más fuerte que los anteriores.

Noto cómo el cuero me abre la piel y me atraviesa un temblor. Me muerdo el labio inferior con tanta fuerza que siento el sabor metálico de la sangre mezclándose con mi respiración agitada.

Quiero gritar y llorar. Suplicarles que paren, pero he aprendido que eso justo es lo que desean de mí.

Disfrutan rompiendo a la gente frente a ellos, arrancarles el dolor capa a capa hasta dejarlos solo en un cascaron vacío de miedo y sumisión.

Necesitan sentirse poderosos a través del sufrimiento ajeno, y me niego a darles esa satisfacción, aunque cada fibra de mi cuerpo me esté pidiendo rendirme.

Así que aprieto los dientes y aguanto, a pesar de que las lágrimas me empañen la vista y me tiemblen las piernas.

Con cada nuevo golpe, mi mente empieza a desconectarse por puro instinto de supervivencia.

Escucho sus voces a mi alrededor, distorsionadas a causa de la máscara que llevan, mientras se mezclan con comentarios que prefiero no entender. Para ellos, esto no es castigo ni disciplina, sino puro sadismo para entretenerlos.

Uno de ellos se acerca despacio y me obliga a alzar la cara apretándome el mentón.

—Sigues intentando hacerte la fuerte, ¿eh? —Tiene un ligero acento que no logro ubicar.

Su aliento me provoca náuseas y lo odio.

Él es el peor de los dos. Hasta ahora no me ha tocado para lastimarme, sin embargo, es el que da las órdenes. Y eso, indudablemente, hace que lo aborrezca.

Intento apartar la cara, pero su agarre se vuelve más firme y doloroso.

—Verás como tarde o temprano te rendirás. Todos lo hacéis.

«Prefiero morir antes que contribuir a vuestras enfermizas obsesiones», pienso con rabia tras escupirle. Me fijo en cómo mi saliva se desliza por esa máscara de dragón.

En otras circunstancias disfrutaría de los intricados dibujos del objeto, ahora no. En estos momentos es mi peor pesadilla.

Quizá algo de ese miedo se refleja en mi mirada porque el hombre sonríe de una forma todavía más perturbadora al percatarse de que no soy tan fuerte como quiero aparentar.

De repente, me agarra de la garganta, estira una mano y suelta mis muñecas de los grilletes que me mantienen suspendida.

Podría pensar que me va a liberar, pero no soy tan ingenua para creer que hay un resquicio de humanidad en ellos.

De un empujón me lanza contra la pared y siento cómo el aire escapa de mis pulmones.

La espalda me arde al sentir que me rozo los verdugones.

—Te amarramos para que pudieses soportar lo que te espera, pero visto que eres de las que presentan batalla, lo haremos a la antigua usanza. —«¿A la antigua usanza? ¿Qué demonios quiere decir eso?»—. Desnúdala —le ordena al tipo que no ha dejado de propinarme latigazos.

Este también lleva una máscara de dragón, solo que en color negra; es mucho más siniestra que la de su compañero. Sin embargo, he aprendido que tras la belleza más impresionante se ocultan los verdaderos monstruos.

Apoyo mis manos en el suelo e intento incorporarme.

No puedo dejar que me quiten la poca ropa que me cubre, si lo consiguen estaré perdida.

No me da tiempo a terminar de enderezarme cuando el de la máscara negra llega hasta mí, me agarra con su puño del pelo y me jala en su dirección.

Acaba arrastrándome por el suelo y siento cómo mis piernas se despellejan.

—No me toques, cabrón, hijo de pu…

—Mantén la boca cerrada, perra.

La bofetada que me suelta consigue partirme el labio.

«Me van a violar. Me van a violar y no voy a poder impedirlo», me lamento cuando, en unos cuantos tirones, quedo totalmente expuesta ante ellos.

—Ponla a cuatro patas y rodéale el cuello con la cadena —demanda el de la máscara blanca.

Me revuelvo cuando siento el tacto del metal frío contra mi garganta.

—Eso es… Que quede lo bastante apretado como para que sienta el amarre, pero sin llegar a cortarle la respiración.

«Me quiero morir».

Deseo con todas mis fuerzas ser capaz de desconectar mi mente de la realidad, pero mi cerebro hiperactivo se niega.

Siseo cuando noto el cuerpo del dragón negro presionarse contra mi espalda dolorida.

—Esto es lo que les pasa a las potras salvajes, que hay que domarlas —masculla en mi oído.

Pierdo la batalla y suelto un alarido cuando se inserta en el orificio de mi trasero de una dolorosa y fuerte estocada.

Las lágrimas me empañan la vista y no dejo de mirar al dragón blanco, odiándolo cada vez que su compañero empuja sin miramientos en mi interior.

Mis piernas se humedecen. No me hace falta mirar hacia abajo para saber que no se trata de mi deseo. Jamás podría excitarme ante la barbarie que están cometiendo contra mí.

Sé que lo que se desliza por la parte posterior de mis muslos no es otra cosa que la sangre tras haberme desgarrado el ano.

Lloro en silencio, soportando cada embestida, alimentando mi rabia e imaginando cada una de las torturas que le haría, si pudiese, al hombre que, frente a mí, observa la escena como si fuese un espectáculo creado para su propio entretenimiento.

Noto que me zarandean. Cómo unas manos pequeñas y cálidas me sostienen de los hombros.

«No. Eso es imposible».

No hay nada de calidez ni suavidad en ellos.

—¡Yuki!

«¿Qué? ¿Quién…?».

—¡Yuki, despierta! —escucho entre la neblina de mi realidad—. Es solo una pesadilla. Estás…

De repente, abro los ojos y, por encima de mí, encuentro un rostro desconocido.

Le pego un empujón, me aparto, me sujeto las rodillas, pegándolas contra mi pecho, y me hago un ovillo contra el cabecero.

La persona que he apartado permanece a unos metros de mí, con las manos visibles, mientras sus ojos me observan con preocupación.

Parpadeo y poco a poco reconozco su cara.

Es Aiko, ¿cómo…?

Miro desesperada el entorno que me rodea y no estoy en un cuarto mugriento, sino en un dormitorio austero pero acogedor.

—Estás a salvo —comenta con su delicada voz.

—E-estoy bien —me esfuerzo por decir.

Aunque mi voz sale jadeante y la garganta me raspa, supongo que es a causa de los gritos.

—Solo era una pesadilla —repite ella.

—Sí…

Asiento, fingiendo que le doy la razón, para que regrese a su habitación y me deje de nuevo sola.

Una vez que lo hace, me tapo la cara con las manos porque sé de sobra que las pesadillas desaparecen en cuanto abres los ojos. Sin embargo, los recuerdos no. Y este es uno que me persigue cada noche, obligándome a revivir de lo que no fui capaz de escapar.