Capítulo 12
Sheila
S é que me duché en el avión, pero una no puede desperdiciar la oportunidad de hacerlo en un baño como este.
La bañera es un jacuzzi a ras del suelo, tiene tantos o más botones que el inodoro.
Sí, no me podéis culpar porque lo primero que haya hecho, nada más encerrarme, sea comprobar si es cierto lo que dicen y echan chorros.
¡Y vaya si lo hacen!
Me he sentido que estaba frente a una nave espacial.
Puede que me haya tirado más tiempo del necesario jugando.
¡Es como si fuese un smartváter !
Se maneja a través de un panel de control y tiene incorporada infinidad de funciones: desde bidé con agua caliente, secado al aire y mil chorradas, nunca mejor dicho, más.
El asiento calefactable hace que la temperatura sea tan agradable que no quieras levantarte.
Me he dado cuenta de que las cánulas se limpian solas después de cada uso, incluso tiene una opción de desinfección con luz UV.
Es todo lo que nunca supe que necesitaba en la vida y de lo que creo que ahora no quiero vivir sin ello.
Pero hablemos del jacuzzi al que le estoy haciendo pucheros mientras me envuelvo con la toalla. Podría quedarme a vivir ahí dentro si no se me hubiesen puesto las manos lo suficiente arrugadas como para preocuparme.
No descarto que vuelva a usarlo cuando mi piel vuelva a estar tersa.
—¿Sigues viva? —escucho la voz de la tal Aiko al otro lado de la puerta.
¡Maldito Takeshi!
Me ha lanzado a casa de esta desconocida en plan «ahí te quedas» para, acto seguido, salir huyendo.
Bueno, literalmente, la que ha entrado en esta casa, dejándolo apoyado en el coche, he sido yo. Prefería eso a que él me entregase como si de un paquete de Amazon se tratara. Sin florituras ni ceremonias.
«¿Quién es Aiko? ¿Y qué significa ella para Takeshi? ¿Será su novia?».
En el instante que ese pensamiento intrusivo me cruza la mente, lo descarto y abro la puerta del baño.
No necesito analizar la quemazón que siento en las tripas con la sola idea de pensarlo.
—Si no tienes hueco para mí, sin problema. He decidido que ese es un buen lugar para instalarme —digo, señalando con el pulgar a mi espalda.
Nada más entrar, no me he parado a hablar con ella, he aceptado su ofrecimiento de una ducha a pies juntillas.
No me he fiado de mí misma para no comportarme como una perra con ella. Y, sinceramente, no se lo merece.
Necesito canalizar mi rabia única y exclusivamente para descargarla sobre Takeshi cuando regrese.
«Si es que lo hace», me dice una molesta voz interior.
De inmediato me entra una sensación de desamparo que tampoco me apetece analizar.
Por su bien, espero que lo haga. Si no, mi misión vital pasará a ser rastrear la ciudad, o el jodido país si hace falta, para encontrarlo y cantarle la traviata, y os aseguro que no le hará mucha gracia.
—No hará falta. Tengo una daburu beddo [5] de sobra que te será mucho más cómoda.
Mueve la cabeza con gracia en dirección al pasillo y la sigo cuando echa a andar.
—¿No tienes preguntas? —cuestiono, sosteniéndome la toalla.
He querido huir tan rápido para estar sola que no he traído nada conmigo para cambiarme.
—Oh, créeme que tengo infinidad de ellas —me asegura. Por mucho que intente camuflarlo, noto su enfado—, pero he aprendido que cuando se trata de Kuni Takeshi es mejor no hacerlas, las respuestas no suelen gustarme.
Sé que debería mantener la boca cerrada, lo sé yo y lo sabe todo el mundo, sin embargo, no se me conoce por poseer el don de la discreción.
Sin apenas darme cuenta, me oigo preguntar:
—¿Hay algo entre Takeshi y tú?
Ella se para frente a un panel que hace de puerta, mientras lo descorre, me clava la mirada por encima de su hombro.
—Define «algo».
Bufo.
Me recoloco de nuevo la toalla.
Ella debe notar mi incomodidad porque añade:
—Guarda las garras, gata. Entre Kuni Takeshi y yo solo existe la confianza de quienes se conocen demasiado bien. Además, trabaja con mi hermano.
—¿Tu hermano?
—Sí, Kaito también es hombre de Takana Haito. Mi hermano me mataría. O, para el caso, a él.
Hace una mueca.
No sé por qué esa respuesta no me tranquiliza en absoluto.
Quizá porque no me aclara nada o porque hay algo en la forma serena, medida y diría que casi divertida que me deja claro que Aiko no es una mujer a la que se le escapen los detalles. Y si decide no dármelos es porque no quiere, no porque no los tenga.
—Eso ha sonado sospechosamente ambiguo —murmuro.
Ella alza apenas una ceja y se aparta para dejarme pasar a la habitación.
—Y tú sospechosamente interesada.
Me quedo callada lo suficiente para odiarme un poco por lo rápido que mi cerebro busca una respuesta que no me deje en evidencia.
—Simple curiosidad. No me gustaría que se malinterpretase mi presencia si hay algo entre vosotros —suelto al final, entrando en el dormitorio.
Aiko deja escapar una exhalación que podría ser una risita o una muestra de paciencia agotada. Con esta elegante mujer es difícil saberlo.
La habitación es tan preciosa que resulta insultante.
Tiene un aire minimalista. Es pulcra y cálida a la vez gracias a la madera oscura del escaso mobiliario, las paredes en tonos crema, una lámpara que proyecta una luz suave sobre el tatami y una cama baja con sábanas que no me atrevo ni a deshacerlas.
—Madre mía… —murmuro—. ¿Vives aquí o has secuestrado el catálogo de una revista de decoración japonesa?
—Lo segundo sería menos trabajoso —responde sin inmutarse.
—Gracias por acogerme —digo de repente, y me sorprende que me salga de manera sincera.
Yo, en su situación, quizá no hubiese reaccionado tan bien. Y a pesar de que se nota que no está demasiado contenta, en ningún momento me ha puesto mala cara.
Aiko asiente, pero no suaviza la expresión.
—No me las des todavía. Ya veremos cuánto tardas en cansarte de mí.
—Dudo que eso ocurra antes que con Takeshi.
La frase se me escapa sola. Nada más hacerlo, me doy cuenta de que, por mucho que intente sonar ligera, lleva más peso del que me gustaría.
Aiko me observa en silencio un instante.
No lo hace de forma invasiva, más bien es como si estuviera colocando las piezas dentro de su cabeza.
—Kuni Takeshi tiene una habilidad extraordinaria para convertirse en una molestia personal —suelta al final.
—Eso es una forma mucho más elegante de decir que es insufrible.
—No he dicho tal cosa. —Se gira, pero parece pensárselo mejor y vuelve a su antigua posición—.
¡Qué demonios! Es totalmente lo que quería decir.
Y estaré agradecida si se lo haces saber la próxima vez que lo veas —replica de carrerilla, perdiendo los exquisitos modales—.
Después de lo de esta noche —me señala—, es lo que se merece. Sin ofender —concluye.
—Tranquila, no lo haces.
Eso me arranca una espléndida sonrisa, la primera en horas.
Aiko parece notar el cambio porque su tono se vuelve menos seco.
—Te dejo que te cambies, luego ven a comer algo.
—No tengo hambre.
Por la mirada que me ofrece, me siento como si tuviera otra vez quince años y una monja estuviera a punto de recitarme un salmo.
—No era una pregunta —dice con calma.
«Vaaale».
Cuando me deja sola, vuelvo a recorrer el dormitorio con la mirada, todavía sorprendida.
Qué bonito.
Si alguna vez tuviera una casa propia y dinero, seguramente la decoraría así: sencilla, cálida, con ese equilibrio perfecto entre orden y calma.
Lo curioso es que no tengo nada de eso.
Ni casa ni dinero ni trabajo…
Bueno, eso último no es del todo cierto. Ahora «trabajo» para Takeshi, aunque dudo mucho que eso cotice en algún sitio. Ni siquiera me he molestado en preguntarle cuánto voy a cobrar. En realidad, me metí en toda esta aventura de manera gratuita. Todo lo que saque de aquí será un extra.
Si es que salgo entera, claro.
Nunca he sido especialmente ambiciosa con el dinero. Con tener lo justo para un techo, comida y cubrir lo básico me bastaba.
Eso no significa que no sea vanidosa y me gusten los lujos.
¡Pues claro que me gustan!
Pero siempre los he visto como algo ajeno, que pertenecían a otro tipo de vida que no era la mía.
Criarte entre monjas, en un entorno austero, te enseña a no desear demasiado. O, al menos, a fingir que no lo haces. Aun así, podría acostumbrarme a esto más rápido de lo que debería.
Se me forma una media sonrisa cuando me dejo caer sobre el colchón.
—Qué delicia… —murmuro, hundiéndome en la suavidad de las sábanas.
Podría quedarme aquí horas o días. Hasta sería capaz de olvidar todo lo demás.
Antes de que Aiko tenga que venir a buscarme como si fuera una niña pequeña, me obligo a incorporarme. Abro la maleta y rebusco entre la ropa hasta encontrar el pijama.
Mientras me cambio, no puedo evitar pensar en ella.
No debe de ser mucho mayor que yo. Le echo entre veintiocho o treinta años como mucho.
Sin embargo, hay algo en su mirada que no encaja con su edad. Tiene una forma de observar que no se aprende con los años. Hay cosas que no te las enseña el tiempo, sino que lo hace la vida cuando no tienes más opción que aprenderlas.
—Hum… —digo, incómoda, al entrar en el comedor.
Aiko se encuentra sentada en una zaisu . Por lo que he aprendido a lo largo de los años que me he interesado por la cultura japonesa, son sillas sin patas y con respaldo, con un cojín acolchado, sobre el tatami, que se llama zabuton , dispuestas a una mesa baja que toma el nombre de kotatsu .
—Ven, toma asiento —me alienta Aiko, señalando la zaisu libre frente a ella.
Rebusco en mi memoria la forma adecuada de hacerlo.
Intento hacerlo de la forma erguida y elegante que se necesita, sé que la mejor manera es en seiza , de rodillas, y bajar los glúteos de manera suave hasta que reposan en los talones para después colocar las manos en los muslos.
Levanto la mirada y me percato de que Aiko no me ha quitado los ojos de encima.
—Parece que tienes cierta base y no tendremos que empezar desde cero —comenta mientras sirve sopa de un cazo en un par de cuencos.
—Gracias —murmuro salivando.
Hasta ahora no me he acordado de que lo último que me llevé a la boca fueron los onigiris que preparo Takeshi, y eso fue… ¿Ayer? ¿Anteayer?
¡Joder!
Con tanto viajecito y cambio horario ya no sé ni en qué día vivo. Lo que me recuerda que no he avisado a Alina e Isabella de que he llegado sana y salva.
—Tengo que hacer una llamada.
—Primero come, antes de que te desmayes. —Tengo en la punta de la lengua mandarla a la mierda.
Hasta ahora, Aiko ha sido nada más que hospitalaria, pero no voy a tolerar que me ordenen lo que tengo o no tengo que hacer.
Mi estómago elige el momento que le llega el aroma de la comida para rebelarse, gruñendo como si tuviese un león atrapado en él.
—Supongo que unos minutos más no marcarán la diferencia.
—Seguro que Kuni Takeshi se ha encargado de avisar a tu familia —repone ella.
—No apostaría por ello —musito, llevándome la cuchara a la boca y disfrutando del sabor.
Madre mía, podría hasta gemir. Aunque por la cara con la que me mira Aiko, creo que incluso lo he hecho.
—Kuni Takeshi es muchas cosas, pero no se le suelen pasar por alto los detalles —lo defiende como si lo hubiese acusado de comer gatitos para desayunar.
—¿Por qué lo llamas Kuni Takeshi?
No se me ha pasado por alto ese detalle desde que he llegado.
—Es su nombre, ¿no?
—Ya, sí… No sé, resulta muy rimbombante pronunciar su apellido y nombre a cada momento.
—Es una muestra de respeto —dice ella sin ofenderse mientras come con delicadeza.
—Oh… Pues yo solo lo llamo Takeshi.
¿Habré estado ofendiéndolo todo el tiempo, sin saberlo, y por eso ha estado tan beligerante conmigo?
—Y seguro que está agradecido de ello.
Ladeo la cabeza y frunzo el ceño.
»No le hace especial ilusión de dónde proviene el apellido Kuni —declara sin quitarme esos inteligentes ojos marrones de encima.
—Si pregunto no me contarás qué hay detrás, ¿verdad?
Aiko niega.
Su pelo lacio, semirrecogido, se mueve sobre sus hombros con el gesto.
—Es su historia —declara—. Eso no quita que, por mucho que le disguste llevarlo, no deban llamarlo con el honor que merece.
La miro con interés.
—Lo aprecias de verdad.
Asiente.
—Si él mismo no lo hace, alguien tendrá que hacerlo por él.
Después de eso, nos mantenemos un rato en silencio, solo se oyen mis ruidos al masticar, ya que Aiko, tras la sopa, no ha comido nada más.
—Así que Yuki, ¿eh?
Rompe la armonía que se había instalado entre nosotras ofreciéndome una taza de té.
—En realidad me llamo Sheila, pero Takeshi ha insistido… —La veo pinzarse el puente de la nariz—. ¿Qué?
—Si Kuni Takeshi te ha otorgado ese nombre es para que no uses el tuyo tan a la ligera.
¿Me está regañando?
—Pero voy a vivir contigo, ¿no? —suelto, confusa—. Lo más lógico, en estos casos, es crear cierta confianza.
Esta vez, cuando me observa, lo hace con una débil sonrisa en los labios.
—Ni siquiera deberías desvelármelo a mí. Aunque agradezco que lo hayas hecho. —Y, bajando la voz, añade—: Eso dice todo lo que necesitaba saber de ti.
—Espero que sea para bien. No me gustaría tener también de enemiga a la segunda persona que conozco aquí —comento resuelta.
—Dudo que seas enemiga de Kuni Takeshi.
—No apuestes por ello.
—Yuki —estira la mano y roza la mía—, te aseguro que, si lo fueses, no te hubiese traído aquí.
Su confesión no me dice mucho, pero en mi interior quiero creerla.
Sé que es insano el apego prematuro que se me ha despertado por el maldito japo. Aun así, no puedo controlarlo.
Casi dos días a su lado me han creado cierta dependencia. O puede que solo se deba a que es lo único que mi mente reconoce en este extraño país.
Yo qué sé… Quizá solo necesito unas horas de sueño de calidad para ver las cosas de otro modo.
—Me voy a ir retirando —le hago saber a Aiko.
—Sí, yo también. Mañana nos espera un día duro en la Okiya .
—¿Mañana iremos a la Casa de geishas ? —cuestiono, ayudándola a recoger la mesa.
—Sí, y no sé cómo se tomará tu presencia nuestra okaasan .
—Esa es como vuestra jefa, ¿no?
No me responde mientras metemos todo en el lavavajillas. Pienso que no lo va a hacer, sin embargo, cuando estoy frente a mi habitación y me voy a despedir de ella, la oigo que dice:
—La okaasan es una especie de madre para nosotras y… —Hace una mueca—. Es literalmente la de Kuni Takeshi.
¡Hostia puta!
Ahora sí que me lo cargo la próxima vez que lo vea.