Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 11
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Capítulo 11

Takeshi

C uanto más avanzamos dirección a la ciudad, más claro lo veo. Lo más inteligente es adelantar los planes. No tiene sentido mantenerla conmigo más tiempo del necesario si está en este estado. Así solo consigo dos cosas: que se cierre aún más y que yo me distraiga más de la cuenta.

Ninguna de las dos me conviene.

Así que tomo una decisión que me martillea en la mente todo el camino.

Voy a dejarla con Aiko.

Ella sabrá cómo manejarla mejor ahora mismo. Tiene la paciencia, la disciplina y la sutil dureza que se necesita para moldear a alguien como Sheila sin quebrarla. O, al menos, sin hacerlo más de lo que está.

No se me ha pasado por alto la expresión en su rostro en la pista de aterrizaje. He rememorado nuestra conversación infinidad de veces, intentando averiguar qué, exactamente, la ha hecho perderse en sí misma.

Era una mezcla entre agonía, pánico y vulnerabilidad, y me ha faltado muy poco para alcanzarla, envolverla entre mis brazos y hacer desaparecer cualquier demonio que haya clavado sus garras en su mente.

Me ha asustado ese arrebato de protección que ha nacido desde las tripas.

Casi dos días embriagándome de su presencia son suficientes para que empecemos a poner distancia. Además, que se quede con Aiko es lo más práctico.

Si Sheila va a moverse donde necesito que se mueva, tiene que aprender rápido a hablar cuando convenga y a callar cuando toque.

Aiko es la mejor para enseñarla a caminar, vestirse, sentarse, mirar y sonreír de la forma correcta.

No basta con que Sheila sea lista, impulsiva, valiente o que tenga una lengua afilada.

Necesito convertirla en alguien que pase desapercibida en un entorno donde el más mínimo error se paga caro.

Y, ahora mismo, conmigo no va a aprender nada.

Conmigo solo sabe discutir y resistirse. Me mira como si quisiera atravesarme con algo más punzante que las palabras.

Y el problema no es ese.

Lo peor es que me resulta demasiado cómoda su compañía, demasiado fácil acostumbrarme a su ruido y a su descaro. O incluso a la forma en la que ocupa el espacio y lo bien que se ve a mi lado.

No debería importarme si me habla o no, ni molestarme su silencio. O notar su ausencia dentro de un avión privado.

Y, sin embargo, lo ha hecho.

Eso basta para ser peligroso para ambos.

Miro por el parabrisas mientras las calles de Kioto se deslizan al otro lado del cristal y me obligo a recordarlo.

Sheila no está aquí para gustarme y convertirse en un entretenimiento.

Es una pieza. Una herramienta y un medio para un fin, y cuanto antes lo recuerde, mejor.

Cuando el coche gira finalmente hacia Gion, noto cómo Sheila al fin levanta un poco la vista.

Su mirada se prenda, observando los faroles de papel que cruzan la calle. Sus ojos saltan de las fachadas de madera oscura a las persianas de bambú y a los tejados bajos.

El coche se detiene frente a una machiya [4] tradicional restaurada con suma discreción. Nada en la fachada llama la atención, que es justo como debe ser.

El coche en el que van un par de mis hombres para detrás de mí y uno de ellos baja primero.

Después salgo. Sheila me imita, y cuando al fin pone un pie fuera, la observo. Se le han escapado varios mechones de la trenza, el cansancio se le dibuja en la cara y se le refleja una expresión de cautela.

Bien.

Me gusta que esté alerta, incluso aunque sea a mi alrededor.

Subo los dos escalones de madera de la entrada y golpeo con suavidad.

Se me forma una sonrisa cuando Aiko aparece al instante, como siempre, impecable.

—¿Duermes detrás de la puerta? —bromeo.

Lleva un kimono azul con un estampado sutil de glicinias plateadas, el cabello recogido con precisión y esa expresión serena que consigue que su enfado parezca un acto de cortesía.

Sus ojos se posan primero en mí y después en Sheila. Y en esa fracción de segundo ya sé que me va a ayudar sin hacer demasiadas preguntas.

—Que Kuni Takeshi aparezca en mi puerta de madrugada solo significa problemas —habla sin perder la elegancia.

—Aiko —la saludo con una inclinación de cabeza. Se hace a un lado para dejarnos pasar, pero yo no entro—, ella se quedará contigo unos días —digo, manteniendo el tono neutro—. Necesita preparación.

Sheila me mira con algo parecido al auténtico odio.

Vale, esta vez sí que me lo he ganado.

Aiko dirige un vistazo rápido a Sheila. No hay hostilidad, aunque tampoco es una mirada del todo cálida, sino más bien la evalúa de manera precisa.

—Entiendo.

Sheila frunce el ceño.

—Perdona…, ¿qué?

Su voz sale rasgada por el cansancio y la desconfianza.

Yo clavo la vista en ella.

—Tienes que aprender cómo funcionan ciertas cosas aquí y…

—Y para eso me dejas con ella, ¿no? —termina mi frase.

Mira a Aiko de arriba abajo sin reservas.

Aiko no se inmuta. Solo la observa con una calma que ya sé que la va a irritar.

—Sí —respondo escueto.

—¡Ni de coña!

Su respuesta me arranca una exhalación casi divertida, aunque no la dejo salir del todo.

Ahí está por fin algo del fuego que he extrañado desde Múnich.

—No es una sugerencia, Yuki.

—Qué sorpresa —escupe ella—. Ya empezaba a preocuparme que me dieras una opción real.

Le sostengo la mirada.

Está cansada, dolida y enfadada. Una mezcla peligrosa en ella. Y, aun así, sigue teniendo esa necesidad casi patológica de plantarme cara.

No debería resultarme tan familiar ya.

—Si vas a hacer esto, lo harás bien —le digo—. Y conmigo no vas a aprender lo que necesitas.

Sus ojos se estrechan.

—¿Y qué se supone que necesito aprender? ¿A mutilar gente sin pestañear? Porque eso, por desgracia, ya me lo has enseñado bastante bien.

La frase golpea justo donde pretende.

No cambio de expresión, pero lo noto. Y Aiko también.

—¿Nos disculpas un momento? —me dirijo a Aiko.

No espero su respuesta, y sosteniendo a Sheila por el codo, la llevo hasta el coche, donde apoyo su espalda en la carrocería, y me planto frente a ella con una mano sobre el techo.

—No pienso quedarme en casa de una desconocida.

Por un segundo estoy halagado de saber que, para ella, ahora mismo yo no entro en esa categoría.

—Aiko te enseñará a moverte, hablar y comportarte en ciertos entornos —continúo como si no me hubiera ablandado con sus palabras—. Lo que no se aprende improvisando.

—No soy uno de tus perros amaestrados.

—No. —La miro un momento más de la cuenta—. Los perros obedecen mejor.

Su mandíbula se tensa.

Y sé que, si no estuviéramos delante de Aiko, probablemente intentaría arrancarme la cabeza de cuajo.

Perfecto.

La rabia en ella sigue siendo más útil que el vacío.

—Solo serán unos días —añado.

—No me importa si son unas horas o un año. No pienso quedarme aquí si tú…

Se interrumpe a sí misma, pero ya es tarde.

Porque ambos hemos oído el matiz.

No piensa quedarse aquí sin mí.

Aiko decide intervenir por fin.

—Puedes seguir discutiendo en la puerta con él y no te servirá de nada, o entrar y ducharte —dice con una suavidad impecable —. Pero solo una de las dos opciones es la más inteligente, te lo aseguro.

Sheila alza la cabeza por encima de mi hombro y fija sus preciosos ojos en ella con una mezcla de incredulidad y ofensa.

Casi se me escapa una sonrisa.

—Te recogeré cuando sea el momento —le aseguro.

Eso hace que vuelva a mirarme.

Y ahí está otra vez esa distancia que tanto me ha molestado desde el avión.

—No te molestes —responde.

Después, con un empujón, me aparta y entra sin esperar nada más.

Aiko la sigue tras una breve inclinación de cabeza hacia mí.

Una vez que la puerta se desliza, me quedo en la calle con la única compañía de mis hombres.

Les hago un gesto que entienden de inmediato. Suben al coche y se alejan.

Ya solo noto una sensación extraña y desagradable asentándose bajo el esternón.

Esto es lo correcto.

Entonces, ¿por qué coño se siente como si acabara de dejar algo importante al otro lado de esa puerta?