Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 10
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Capítulo 10

Sheila

L o primero que me sorprende cuando aterrizamos en el Aeropuerto Internacional de Kansai es que este se encuentra en una isla artificial. Takeshi me explica que se construyó debido a los frecuentes terremotos y tifones que se producen en la ciudad.

—Con el tiempo acabará hundiéndose —comenta tan tranquilo

—Qué alentador…

—Hasta que eso suceda, es el más cercano a Kioto.

Me golpea la humedad. Lo que hace que el frío se me cuele en los huesos.

—Pensé que iríamos a Tokio —comento, arrebujándome en el abrigo.

Niega.

—Aunque esa sea la ciudad principal y donde tenemos la mayoría de nuestros negocios, Kioto es el centro neurálgico de los Yamitsuru .

—¿Por qué? —cuestiono mientras lo sigo por la pista de aterrizaje hacia un par de vehículos.

—Es una ciudad más tranquila —responde sin más.

No me lo trago.

—Dirás que es ideal para pasar desapercibido, ¿no?

—Si sabes la respuesta, ¿para qué preguntas?

Camino detrás de él con una mochila al hombro y con una rigidez que no se me ha ido del cuerpo.

Me observa mientras bajan varios hombres de los coches. Uno se acerca hasta nosotros, y sin mediar palabra, recoge mi equipaje y lo introduce en el maletero.

«Estoy en Japón», pienso, asombrada de que al fin lo haya conseguido.

Durante años me he visualizado haciéndolo, pero nunca imaginé que lo haría acompañada de un miembro de la organización criminal del marido de mi madre biológica.

¿Me habré vuelto realmente loca?

He leído lo suficiente para saber que la mente no siempre vuelve igual después de que la rompan.

Después de un trauma pueden quedar secuelas neurológicas y emocionales, aparte de las físicas. Algunas son visibles, otras no tanto. Y esas son las peores.

También leí que muchas son reversibles si se tratan a tiempo.

Lo lógico habría sido acudir a un especialista, un terapeuta. Alguien con estudios, la paciencia suficiente y las herramientas necesarias para entenderme.

Pero no lo hice.

No porque no crea que me hubiera ayudado ni porque piense que puedo sola o toda esa mierda que la gente se repite para sobrevivir a base de orgullo.

Mi problema es más simple e infinitamente mucho más cobarde.

Odio hablar en voz alta de lo que me pasó: que me secuestraron y me vendieron, que me trataron como si mi cuerpo no me perteneciera y consiguieron romperme por dentro.

A veces, todavía me despierto sudorosa y llena de pánico, sintiendo manos que no están. Hay días en los que me ducho con agua hirviendo, como si así pudiera arrancarme de la piel los recuerdos.

No lo he dicho porque, en cuanto lo verbalice, se volverá todavía más real.

En el fondo hay una parte de mí que siente vergüenza por lo que sucedió.

Sé que suena irracional, que yo fui la víctima y todas esas cosas. La teoría me la sé, pero la sensación real… Es como si haber sobrevivido a aquello me hubiera dejado marcada con algo que nadie más puede ver, pero que yo sí siento todo el tiempo.

Me siento sucia, avergonzada y vulnerable.

Y lo odio.

Detesto que me arrebataran tantas cosas y que, encima, por mucho que me vista, me pinte la raya del ojo o me ate el pelo alto y me convenza de que sigo siendo yo, haya algo en mí que se quedó atrapado en aquel tiempo.

No importa cuánto tiempo pase ni cuántas veces intente disfrazar el recuerdo con sonrisas tranquilizantes, que mi cabeza siempre vuelve a lo mismo.

A las voces detrás de las puertas y a la forma en que dejé de ser Sheila para convertirme en algo intercambiable. Una mera mercancía, un producto por el cual pujar.

Lo peor de todo fue la deshumanización que te hacen sentir. Que te miren y no vean a una persona. O que te toquen y no haya deseo ni ternura, solo violencia desmedida.

Pasas a ser una posesión, que da igual si lloras, si suplicas o si te rompes, porque lo que importa no eres tú, sino lo que pueden sacar de ti.

Aunque hace tiempo que salí de allí y técnicamente esté libre, hay cosas que se quedan a vivir dentro de ti.

Todavía me cuesta cuando alguien invade demasiado mi espacio, y más noches de las que deseé se me revolvió el estómago al imaginar que alguien me tocaba.

Creo que por eso Takeshi me desconcierta tanto. No debería resultarme soportable su cercanía.

Y, sin embargo, lo hace.

Lo que me cabrea una barbaridad.

Porque no quiero deberle nada a mi propio cuerpo, a sus reacciones y a la forma traidora en la que a veces no se aparta de él cuando debería salir corriendo.

Aprieto con más fuerza la correa de la mochila sobre el hombro.

Tengo ganas de fumar, pero no puedo sucumbir; lo dejé hace años y no pienso recaer por mucho que también me apetezca meterme en el primer baño que encuentre y vomitar todos estos recuerdos de una vez.

No puedo hacer nada de eso. Si algo aprendí después de aquello es a seguir andando con el miedo hecho un nudo en la garganta.

—¿Estás bien? —escucho que dice Takeshi junto al coche.

Alzo la vista hacia él y durante un segundo me pregunto qué sería capaz de ver si pudiese abrirme la cabeza ahora mismo y mirar dentro.

¿Sabría reconocer el desastre que soy? ¿Notaría que, por mucho que me mantenga entera por fuera, hay partes de mí que todavía viven en la más absoluta oscuridad?

No digo nada y asiento una vez, subiendo al coche.

Cuando nos ponemos en marcha, trago con fuerza. Tengo unas inmensas ganas de llorar.

Aprieto la mandíbula, controlando mis emociones, y hago lo único que mejor se me da cuando siento que algo dentro amenaza con romperse: lo entierro lo más hondo posible, como si por dentro no siguiera sangrando.

—¿Adónde has ido?

Me giro en su dirección y frunzo el ceño.

—Que yo sepa, no me he movido de tu lado.

Él me observa con fijeza, centrado en ver más allá de lo que tiene enfrente.

Mi cuerpo se tensa. Lo que menos necesito ahora es que indague. Creo que no sería capaz de aguantar una de nuestras batallas dialéctica.

Algo debe ver, porque al final cabecea y se centra en la carretera.

Seguro que he soltado un suspiro, ya que, al cabo de unos segundos, lo oigo decir:

—Ten cuidado con permanecer mucho tiempo ahí, puede que llegue un momento en el que no seas capaz de encontrar la salida.

No respondo.

No le interesa saber que, desde hace mucho tiempo, estoy perdida.