Capítulo 9
Takeshi
E l vuelo de Múnich a Japón no es que sea corto. Más de doce horas suspendido en el aire, demasiado tiempo para pensar y muy poco para dejar de hacerlo. Al menos ir en avión privado hace que la incomodidad sea menor.
O eso debería.
Nada más subir, le enseño a Sheila lo justo y necesario. No es grande en exceso, pero sí lo bastante para parecer una habitación de hotel.
—Aquí hay un dormitorio con baño, por si necesitas descansar y asearte —le digo al abrir la puerta del fondo.
Me molesta que aún tenga la sangre de ese gilipollas, impregnada en su inmaculada piel.
No responde. Ni siquiera dice una palabra o hace el mínimo gesto que no sea el de aceptar la salida que le acabo de poner delante.
En cuanto ve la oportunidad de perderme de vista, la toma.
Y lo entiendo.
Después de lo ocurrido esta noche, vaya que si lo hago.
No por eso deja de molestarme menos.
Antes de que me cierre la puerta en las narices, apoyo la palma de la mano y la mantengo abierta.
—¿Hasta cuándo te va a durar la rabieta?
En cuanto lo digo, sé que ni el tono ni las palabras son las adecuadas, pero el mutismo por el que ha decidido optar me está matando de una forma absurda e irracional.
Sheila me mira a los ojos y siento cómo el estómago se me anuda.
Sus ojos azules, que hasta ahora siempre he asociado al desafío, al sarcasmo o al más puro fuego, parecen vacíos.
No me dedica una mirada fría ni airada, es la más absoluta indiferencia. Y eso me resulta mucho peor.
Cuando te rodeas de gente que finge, que es calculadora o manipula, aprendes a leer el odio, el miedo e incluso la rabia. Sin embargo, hay algo demasiado incómodo en una mirada que ya no te ofrece nada, ni siquiera el privilegio de su cabreo.
—No estoy enfadada —dice con una serenidad que no me gusta—. Solo que ya he descubierto cuál es mi lugar.
Y, tras decir eso, cierra la puerta sin violencia ni formar dramas.
Maldita sea…
Me quedo un rato con la vista clavada en la puerta que nos separa, prefiriendo cualquiera de sus gritos antes que esto. Y me froto la cara con las manos, exasperado.
Esto es justo lo que le he estado pidiendo todo el puto día, ¿no? Que aprenda a medir sus acciones.
¿Por qué ahora, de repente, me cabrea que no me lleve al límite?
Me giro y me dejo caer en uno de los asientos de piel.
—Kuni-sama, estamos a punto de despegar —me informa el azafato, acercándose hasta mí con el máximo respeto—. ¿Se le ofrece algo?
Sé que debería decir que no, pero… ¡Qué demonios! En este momento necesito algo fuerte.
— Uisukī o kudasai [3] .
Por norma general, no me afectaría lo que ha sucedido con Nobu. Para mí es un día cualquiera en mi vida, pero ver grabado el horror de mis acciones en los ojos de Sheila me ha recordado el monstruo que soy y había olvidado.
Cuando tu vida se rige por sangre y muerte, te acostumbras a ello.
Quizá es una pésima idea haberla traído, sin embargo, si quiero descubrir qué trama Takana y usarlo en su contra, ella es mi mejor baza.
Durante el resto del vuelo no la veo, aunque sí soy capaz de oírla moverse al otro lado de la puerta. El crujido del colchón bajo su peso, sus breves pasos hacia el baño y el ruido de la ducha.
Yo tampoco consigo descansar mientras paso las horas revisando información, repasando nombres, itinerarios e informes de los próximos envíos.
Pero la realidad es que no consigo concentrarme como debería.
Cada vez que cierro un documento o aparto la vista de la pantalla del ordenador, mi cabeza vuelve a la expresión que puso Sheila cuando le dije que habría sido un daño colateral.
No me arrepiento de haber sido claro, simplemente no soy capaz de sacarme su mirada de encima.
Poco antes de que aterricemos, Sheila me honra con su presencia.
Le doy un repaso y compruebo que se ha cambiado de ropa.
Ahora lleva un vestido de cuello alto en color beige, que le llega por debajo de las rodillas y se pega a sus curvas, y que combina con unas zapatillas de deporte con una especie de cuña.
Su pelo largo y plateado lo lleva recogido en una trenza que le cae con gracia sobre un hombro.
Toma asiento frente a mí, se abrocha el cinturón y fija la mirada a través de la ventanilla.
—¿Has descansado?
Asiente.
Parece que todas estas horas no le han servido para calmar su humor.
Aprieto la mandíbula.
Muy bien, si no quiere hablar, que así sea. Eso no significa que yo no tenga cosas que decir.
—Me alegro. Te necesito despejada.
La voz me sale más brusca de lo habitual. Eso hace que gire el rostro en mi dirección y tenga su total atención.
—A partir de ahora te presentarás con el nombre de Yuki.
—¿Por qué no Sheila?
—Créeme, es mucho más cómodo y fácil en el mundo en el que te moverás.
—¿Y cuál es ese mundo? —cuestiona, cruzada de brazos.
—El de la muerte. —Por mucho que intente mostrarse indiferente, la veo tragar saliva—. La Yakuza no tiene nada que ver con la Bratva o cualquier otra organización criminal a la que estés acostumbrada.
Sheila no aparta los ojos de mí, y eso ya es bastante después de todas estas horas sin su presencia, así que continúo.
»La mayoría de la gente solo sabe lo que es la Yakuza porque lo ha visto en las películas o leído en algún libro.
—Me inclino un poco hacia adelante, apoyando los codos sobre mis piernas—.
Tatuajes, honor, códigos, hombres trajeados que se saludan inclinando la cabeza.
Todo eso existe, pero no es lo más importante.
Ella frunce el ceño.
—Entonces, ¿qué lo es?
—Que no somos simples delincuentes. Es una estructura tan tradicional y tan bien organizada que no podrás distinguir quién forma parte de ella y quién no —le hago saber—.
No operamos como bandas improvisadas ni como pandillas que se matan por las esquinas o discuten por una ruta de droga. La Yakuza es una red entera.
—¿Y eso qué cambia sobre el resto de mafias? —pregunta al fin.
—Todo. —Mantengo su mirada—. No basta con saber quién manda.
Tienes que saber quién aparenta obedecer, quién debe favores, quién se acuesta con quién o quién está endeudado.
Y, sobre todo, quién finge lealtad mientras espera el momento adecuado para traicionar.
Todo cuenta, Sheila. —Veo cómo sus brazos se tensan un poco más sobre el pecho—.
En otras organizaciones puede desaparecer alguien y, con suerte, lo sustituyen.
Aquí no. Aquí, cada movimiento mal dado genera una deuda, una ofensa o una obligación.
Nada se olvida, a veces, el dinero y ni siquiera tu muerte es pago suficiente.
—¿Qué quieres decir con que ni siquiera la muerte es suficiente?
—Por norma general, en mi cultura, cuando tu vida acaba es una buena forma de encontrar la paz —comento—.
La Yakuza es peligrosa porque no se limita solo a matar.
Eso sería lo sencillo. Es peligrosa porque, si así lo desea, puede absorberte.
Decidirá dónde trabajas, con quién hablas, a quién amas, qué debes hablar y cuándo tienes que callar.
Se adueñará de cada una de tus decisiones.
Les pertenecerás por completo, y te aseguro que morir será lo que más desees.
Noto cómo su respiración cambia.
—¿Y tú? —pregunta de pronto—. ¿Dónde encajas en todo eso?
La pregunta queda suspendida entre los dos.
Me permito contemplar la respuesta real.
Encajo en el sitio del monstruo. El que conoce tan bien la jaula que ha aprendido a moverse dentro de ella como si fuera dueño de las llaves, aunque, por desgracia, no lo sea.
Pero si le digo eso, sería exponerme más de la cuenta.
—Lo bastante alto como para que merezca la pena que me escuches.
Su mandíbula se tensa porque sé que no le gusta la respuesta.
Bien.
No necesito que le guste, lo que quiero es que lo entienda.
—A partir de ahora vas a estar rodeada de gente que te sonreirá mientras decide si eres útil o desechable —añado.
—¿Como tú?
No hago caso de sus palabras y continúo.
—Si cometes un error, te aseguro que llamarás la atención de personas peores que yo.
—Qué inspirador… —murmura —. Un trabajo cojonudo el que me ofreces.
—No pretendo asustarte.
—Pues te está saliendo de maravilla.
Exhalo despacio.
—Te lo digo para que dejes de pensar que esto es un juego, Sheila. Lo que viste en Múnich… —Me lamo los labios—. Presenciarás cosas peores.
Su rostro palidece.
—He visto cosas peores…
Esa declaración hace que entrecierre los ojos. Al ver cómo aparta su mirada, prosigo:
—Allí dentro —señalo vagamente hacia abajo, como si Japón ya nos estuviera esperando justo bajo el fuselaje— no va a importarle a nadie que seas impulsiva, valiente o que tengas un gran corazón. Todo eso solo sirve si sabes cuándo mostrarlo y cuándo enterrarlo.
—¿Y en qué supone que tengo que convertirme? —pregunta, esta vez sin sarcasmo—. ¿En una de vosotros?
—No —respondo —. Solo que te vuelvas más prudente.
—No sé si soy la persona adecuada para el puesto —murmura, abrazándose más a sí misma y echando una ojeada por la ventanilla.
El avión empieza a inclinarse ligeramente y las luces de la cabina cambian de intensidad, señal de que no tardaremos en aterrizar.
—Créeme cuando te digo que eres la indicada para que Yamitsuru kai no desaparezca.
—¿Y Yuki? —pregunta de pronto.
La miro.
—¿Qué pasa con Yuki?
—¿Por qué ese nombre?
Podría darle una respuesta práctica. Que es común y fácil.
La verdad es que Yuki encaja con ella demasiado bien.
Significa nieve.
Y ella tiene ese mismo efecto desconcertante de algo que parece suave, limpio y casi intocable, hasta que te das cuenta, tarde, de que el frío también mata.
—Te pega —respondo al final, señalando su pelo.
—Qué original. —Bufa al poner los ojos en blanco.
—Acostúmbrate a responder cuando te llamen así, ¿vale?
—¿Y si no me apetece?
Casi sonrío al atisbar de nuevo a la mujer que estas últimas horas he echado de menos más de lo que reconoceré jamás.
—Te castigaré. —Sonrío—. Y créeme que lo disfrutaré.
Su expresión se endurece.
—No vas a ponerme una mano encima.
—Ya lo veremos… —Me acomodo en mi asiento—. De todas formas, no tienes de qué preocuparte. Hay muchas formas de infligir castigos y que no sean físicos.
—¿Algo más que deba saber, sensei ? —escupe con ese tono que usa cuando quiere pincharme.
—Sí.
Me apoyo en el reposabrazos y sostengo su mirada mientras me rozo los labios con los dedos.
—No coquetees con nadie —declaro tan de repente que me sorprendo a mí mismo.
—Perdona…, ¿qué?
—Lo que has oído —declaro con voz ronca.
Ahora sí que se endereza.
—¿Me acabas de dar la orden de no ligar?
—Te acabo de dar una instrucción.
—¿No se supone que seducir forma parte del trabajo de…? —Se interrumpe y abre una mano al aire, como si espantase a una mosca—. ¿… una geisha ?
Joder… Pues claro que entra.
¿Por qué demonios, siquiera, he mencionado algo así?
—Solo te informo de que no debes flirtear más allá de tu trabajo. No aceptes invitaciones a solas. No bebas nada que no hayas visto servirte antes ni subestimes a ningún hombre por mucho que parezca educado. Y, sobre todo, si alguien te toca sin tu permiso…
Por un instante, la tensión entre nosotros deja de ser la habitual.
Solo de pensar en ver que alguien la toca, algo oscuro se alza en mi interior.
—¿Qué? —pregunta ella en voz baja.
Aprieto la mandíbula.
—Me lo dices —concluyo.
Veo en su cara que no es la respuesta que esperaba. Tampoco es la que yo quería dar, aunque es la única que me permito.
El avión toca tierra poco después con una suave vibración. Mientras el aparato reduce velocidad y las luces de la pista se deslizan rápidas al otro lado de la ventanilla, solo puedo pensar en que Sheila no entiende hasta qué punto este mundo puede devorarla.
Solo me repito que es la clave para que mi clan sobreviva, pero empiezo a dudar de si, llegado el momento, seré capaz de alejarme de ella y ceñirme al plan.