Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 8 #2
24%

Capítulo 8 #2

—Me preguntaba si tú sabrías algo —dice como quien no quiere la cosa— sobre lo que pasó con una entrega de armas cerca de Duisburgo.

Nobu tarda una fracción de segundo de más en responder. Esa pausa no se le escapa a nadie.

—No tengo ni idea de qué hablas.

Su tono es tan ligero que hasta yo, que no sé de qué va la cosa, sé que miente.

—¿No? —Takeshi ladea la cabeza—. Qué raro…

—Ese territorio os pertenece a vosotros —continúa el otro, forzando una media sonrisa—. ¿Por qué iba a meterme yo en asuntos de los Yamitsuru ?

Todo sucede tan rápido que mi cerebro no consigue procesarlo.

Por un instante, Takeshi está sentado y al siguiente ya no. Ni siquiera veo cuándo se mueve. Solo atisbo un destello metálico y noto cómo la humedad de la sangre me salpica en la cara y el cuello.

Se escucha el ruido de varias sillas al correrse cuando Nobu grita.

Miro hacia la mesa y me horrorizo al ver dos dedos sobre el tapete verde, como si fuesen salchichas.

Varias copas se estrellan contra el suelo. Creo que yo también grito, o no lo sé. Tengo tantas ganas de vomitar que he perdido la capacidad de distinguir qué prioriza más.

El alarido que suelta Nobu lo engulle todo.

Retrocedo en la silla tan bruscamente que casi la tiro. El corazón me golpea con violencia en el pecho al saber que de esta no salgo con vida.

Takeshi está de pie al lado de la mesa con una calma inhumana mientras que en su mano sostiene una pequeña estrella metálica llena de sangre.

Lo miro horrorizada.

Como si acabar de mutilar a un hombre fuera algo que hiciera como el comer. Y puede que así sea.

Al fin y al cabo, es el ejecutor de la Yakuza.

No atisbo ni una pizca de rabia en su cara, y eso es lo peor.

Cuando vuelve a hablar, lo hace en apenas un susurro.

—No me gusta que me mientan a la cara.

Nobu se aprieta la mano ensangrentada contra el pecho, doblado sobre sí mismo, temblando de dolor y de puro terror. Uno de sus acompañantes se ha levantado de golpe, pero no se atreve a acercarse. El otro parece a punto de vomitar, igual que yo.

—¡Maldito hijo de puta…!

—Más te vale empezar a hablar —continúa Takeshi—. Te quedan ocho dedos más por los que seguir.

Me quedo paralizada.

Mi mundo se ha vuelto demasiado violento de repente.

Takeshi se inclina hacia Nobu con esa misma serenidad espantosa, como si estuviera repitiendo una advertencia y el otro haya sido un estúpido para tomarlo en serio.

—¡Fue una orden! —escupe entre sollozos y jadeos—. ¡Mi oyabun me ordenó hacerlo!

—Dime algo que no sepa.

El odio con el que lo mira Nobu haría encogerse a cualquiera menos, por lo visto, a Kuni Takeshi. El hombre continúa hablando porque sabe que, si deja de hacerlo, quizá pierda algo más que dos dedos.

—¡Era lo justo! —grita colérico—. ¡Después de lo que los Yamitsuru hicisteis era lo justo!

—¿Y qué se supone que hicimos?

—¡Matasteis a varios de los nuestros en esta zona!

Takeshi lo observa y, como si nada, vuelve a sentarse.

Se acomoda en la silla con una tranquilidad que me provoca náuseas.

Deja el shuriken sobre la mesa y coge sus cartas como si esto no acabara de convertirse en una pesadilla.

Nobu sigue sollozando. La sangre gotea de su mano al suelo. Uno de sus hombres, al fin, se atreve a acercarle un pañuelo o algo parecido, aunque tiembla tanto como él.

—Nosotros no hemos hecho tal cosa —comenta Takeshi, imperturbable—. El acuerdo entre clanes siempre ha sido respetar los territorios.

—¡Pues alguien lo rompió! —espeta Nobu con la voz rota—. ¡Nosotros solo respondimos!

—No fuimos nosotros —repite Takeshi—. Créeme que, si lo hubiésemos hecho, me apuntaría el tanto.

Continúo de pie, y por algún motivo, en medio de toda esta locura, al mirarle el rostro sé que dice la verdad.

Quizá se debe a la convicción con la que habla, o porque, si estuviera mintiendo, no tendría sentido haber venido hasta aquí a jugarse el pellejo por una conversación como esta.

La partida, obviamente, ha acabado.

Takeshi deja las cartas a un lado, limpia su estrellita, la cual guarda en la chaqueta, se pone en pie y se acomoda la chaqueta con un gesto pulcro y elegante que no encaja en absoluto con la sangre todavía fresca a pocos centímetros de él.

Mira a Nobu y después al resto. Cuando habla, se asegura de que lo escuche toda la sala.

—Considerad esto una visita de cortesía. —«¿Cortesía? Menudos huevos tiene…»—. La próxima vez que uno de mis hombres resulte herido por culpa de los Kusari , no seré tan misericordioso.

La palabra «misericordioso» se me queda clavada en el cerebro de una forma muy ofensiva.

¿Misericordioso? Si le ha arrancado dos dedos a un hombre sin despeinarse.

Lo peor es que, viendo las caras que hay alrededor, todos parecen pensar que esto ha sido misericordia.

Takeshi inclina apenas la cabeza en un gesto cortés, como si acabara de terminar una visita de negocios muy civilizada.

—Disfrutad de la noche.

Se gira y comienza a cruzar la sala con calma.

Mi cuerpo reacciona antes que mi mente y estoy a punto de tropezar con la silla que se me cayó al suelo al seguirlo sin mirar atrás.

Tengo las piernas flojas, las manos heladas y el estómago revuelto. Hasta me cuesta tragar saliva.

No sé cómo consigo volver a bajar todas esas escaleras sin caerme.

Solo sé que necesito salir de aquí y tomar distancia.

La puerta del edificio se abre y el aire frío de la calle me golpea en plena cara. Respiro hondo, pero ni con esas consigo quitarme de encima el miedo que arrastro.

El anciano ni se inmuta cuando nos ve. Tampoco parece extrañarle que yo vaya salpicada de sangre.

Mientras caminamos en silencio por el callejón, voy dos pasos por detrás de Takeshi, que avanza como si nada.

No hablo hasta que el coche está ya a la vista. Es entonces cuando estallo.

—¡¿Qué coño ha sido eso?! —le suelto, clavada en el sitio—. ¡¿Te has vuelto completamente loco?!

Takeshi se gira despacio.

Su cara ya no es la máscara helada de hace un momento, pero tampoco vuelve a ser del todo el hombre del coche. Está en algún punto intermedio entre el ejecutor y el tocahuevos.

—Sabía lo que hacía.

—¡Le has cortado dos dedos!

—Y ha hablado. —Se encoge de hombros.

—¡Podían habernos matado! ¡O por lo menos a mí, para el caso!

No sé por qué, pero dudo de que él se hubiese llevado un rasguño.

—No lo han hecho.

Lo dice con tal calma que me da ganas de abofetearlo.

—¿Y si me hubiesen matado?

Solo con verbalizarlo, tiemblo.

—Sube al coche, onna —me ordena, girándose y avanzando, esperando que obedezca.

—No.

Siento que me arde la garganta.

—El avión nos espera. Así que sube al coche —comenta, esperando que, así de fácil, obedezca.

«¿Está delirando?».

La rabia me hace dar un paso hacia él.

—¡¿Y si lo hubieran hecho?! —insisto, esta vez gritando a su espalda.

Takeshi se para, se vuelve a girar, quedando frente a mí, y me sostiene la mirada.

—Entonces habrías sido un daño colateral —responde con una frialdad que me deja inmóvil.

El mundo se para y lo miro, intentando encontrar en su rostro algún indicio de que no lo ha dicho en serio, que me está provocando y es otra de sus salidas calculadas.

Sin embargo, por más que lo observo con detenimiento, no hay nada, y eso duele mucho más de lo que debería.

Porque la rabia la conozco, es útil y suele mantenerme en alerta, pero esto que se me forma dentro al oír esas palabras duele.

Y el dolor nunca lo he sabido controlar.

No digo ni una sola palabra, simplemente paso por su lado, abro la puerta del copiloto y entro en el coche.

—Sheila… —oigo que dice detrás de mí.

No le respondo, tampoco es que quiera hacerlo. No me fío de que, si lo hago, se me rompa la voz.

Me abrocho el cinturón con movimientos torpes a causa del temblor. Me quedo mirando al frente, inmóvil, mientras él rodea el coche y entra por el lado del conductor.

Antes de arrancar, siento el calor de su mirada fija en mi perfil.

Lo escucho soltar un suspiro y, acto seguido, nos ponemos en marcha.

En los primeros minutos solo se oyen nuestras respiraciones. Mantengo la mirada fija en las desiertas calles de Múnich, aunque en realidad podrían estar abarrotadas, ya que no estoy viendo nada.

Solo pienso en la facilidad con la que me ha colocado en la categoría de ser prescindible.

«¿Qué te esperabas, estúpida?», me regaño mentalmente.

¿Creía que diez horas encerradas en un coche significarían algo?

Ya me ha advertido de que solo le interesa que haga bien mi trabajo.

No puedo olvidar que estoy sola, siempre lo he estado.

Tengo que ceñirme al trato mientras busco respuestas por mi cuenta.

—No habría permitido que te hicieran nada —dice al cabo de un rato, sin mirarme.

Tardo un par de segundos en reaccionar, trago saliva y respondo con la voz más vacía que me sale.

—No me importa.

Mentira.

Claro que me importa. Y lo hace más de lo que debería. Justo por eso me odio ahora mismo más a mí que a él. Porque no debería dolerme lo que piense un hombre como él ni que me vea como un daño colateral.

Pero me importa.

Y eso me deja mucho más indefensa que cualquier otra cosa.