Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 8
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Capítulo 8

Sheila

L o que me faltaba, ser el centro de atención. Si se cree que por eso no le voy a cantar las cuarenta, que se prepare.

Aprieto los dientes, me acerco un paso a él y bajo la voz, aunque la rabia me sigue hirviendo por dentro.

—Como me digas que el gran asunto era venir a jugar al póker con delincuentes, te juro que te arranco ese pelo perfecto que tienes mechón a mechón.

La réplica se me muere en la garganta.

No porque me considere una persona prudente ni porque tenga un sentido común de la leche, sino porque, de pronto, algo cambia en Takeshi.

Lo noto antes incluso de entenderlo. Es sutil, pero brutal.

Una tensión nueva le atraviesa el cuerpo, como si todos sus músculos se alinearan al mismo tiempo bajo la piel. La expresión se le vacía de ese sarcasmo con el que me lleva toreando todo el día y en su lugar aparece algo mucho más frío y peligroso.

Por primera vez desde que lo conozco, comprendo con total claridad que conmigo no ha estado siendo él del todo.

Lo que me ha enseñado hasta ahora, el Takeshi que se burla, el que me provoca, el que responde con monosílabos y me saca de quicio con una calma casi elegante, no es más que una capa superficial. Una versión controlada, y diría que hasta domesticada, de sí mismo.

Esto que tengo delante ahora es otra cosa, y hasta a mí, que tengo el instinto de supervivencia atrofiado, me da miedo.

Se me eriza el vello e instintivamente doy un paso hacia atrás.

Podéis llamarme cobarde, os lo compro, pero siento que estar en su radar es una pésima idea.

Sigo la dirección de su mirada y me fijo en que, al fondo de la sala, en una de las mesas redondas más apartadas, hay un hombre que acaba de levantarse de golpe de la silla. Lo hace tan deprisa que casi la tira hacia atrás.

Tiene una copa medio vacía en la mano, los nudillos tensos alrededor de ella y la alarma le cruza el rostro con una rapidez imposible de disimular.

Por su actitud, lo último que se esperaba es ver a Takeshi aquí.

El resto de personas alrededor de la mesa ni siquiera pestañean, no vaya ser que la atención de mi compañero se centre en ellos. Y dudo que sea lo que quieran en estos momentos.

Los entiendo, yo tampoco lo desearía.

Takeshi ni siquiera necesita alzar la voz, simplemente lo mira. Sin embargo, cuando habla, lo hace en un tono tan bajo que no sé ni cómo diablos se le escucha, pero hay tal silencio que vaya si se hace oír

— Suwatte .

Le ordena que se siente, nada más. Una sola palabra le basta para que sepa que no es una sugerencia.

El hombre se queda inmóvil un instante. Lo justo para que yo vea cómo se le tensa la mandíbula, cómo traga saliva y mira de reojo a los otros individuos de la mesa, buscando algo parecido a apoyo.

«No te molestes, majo, parece que estás solo», me dan ganas de añadir.

Como si acabara de recordar a quién tiene delante, vuelve a sentarse sin apartar la vista de Takeshi.

Noto cómo el pulso me late con fuerza en la garganta. No por el hombre de la mesa y la suerte que vaya a correr, que ya auguro que no va a ser buena, sino por el que tengo a mi lado.

La autoridad que demuestra es imposible fingirla. No se trata de carisma ni presencia, esto va de poder.

No necesita exhibirse porque no tiene nada que demostrar.

Me doy cuenta de que he estado conteniendo la respiración y suelto el aire poco a poco, intentando que no se me note. Cualquiera diría que me ha estado lanzando pullas durante horas en el coche.

«Y yo llamándolo Doraemon…». Me doy una bofetada mental.

Si es que es para matarme… Siempre y cuando no lo haga él antes, claro está.

Takeshi avanza y yo me quedo donde estoy, observando cómo la gente se aparta a su paso sin que él tenga que pedirlo. Parece Moisés abriendo las aguas del mar Rojo.

Tardo medio segundo de más en reaccionar y me obligo a moverme, porque quedarme atrás ahora mismo no es una opción. Prefiero estar al lado del caballo ganador.

—Joder… —murmuro tan bajo que casi ni me oigo a mí misma.

No hace falta que me lo digan, sé a la perfección que no encajo aquí con mis zapatos de tacón, los vaqueros pitillo, una blusa de gasa, una cazadora de cuero y mi pelo más blanco que la nieve recogido en una coleta alta.

Me siento la Barbie macarra acompañando al tipo chungo.

Aun así, lo que más me inquieta es que, mientras voy detrás de Takeshi, no dejo de pensar en quién demonios es este hombre cuando deja de jugar conmigo y decide entrar en modo negocios.

Nos detenemos al otro lado de la mesa redonda.

Ahora puedo ver mejor al tipo. Me doy cuenta de que debe rondar los cuarenta, quizá algo más.

Lleva un traje caro, aunque no lo luce como debería.

El cuello de la camisa lo tiene ligeramente abierto, la corbata aflojada y el sudor le brilla en la frente.

Tiene la clase de aspecto de quien quiere parecer importante y está demasiado acostumbrado a que la gente le tenga miedo.

Sin embargo, se le nota que, ahora, el que está acojonado es él.

Sus ojos saltan de Takeshi a mí y de vuelta a él, como si intentara entender qué hago aquí.

«Yo tampoco lo sé», me apetece gritar.

Frunce las cejas, como si mi presencia fuera un dato que lo descoloca.

Y no es el único.

Los otros dos hombres sentados con él tampoco saben qué pinto aquí. Uno me echa un vistazo de arriba abajo con total descaro y el otro parece más interesado en apartar la mirada para no llamar la atención.

Takeshi apoya las yemas de los dedos sobre el borde de la mesa. Podría parecer un gesto casual, no obstante, su cuerpo entero sigue sintiéndose como una amenaza.

—No pareces muy contento de verme, Nobu —dice al fin. La voz le sale serena, casi suave, lo que hace que toda esta situación empeore.

El tal Nobu intenta recomponerse, humedeciéndose los labios, y adopta una actitud chulesca antes de hablar, pero percibo que es una fachada.

—Kuni, no esperaba tu visita.

—Eso ya lo he notado.

Yo permanezco a un lado, más quieta que un clavo, observando sin decir nada, que eso ya es una anomalía histórica en mi caso.

El tal Nobu intenta sonreír, pero le sale una mueca torpe.

—Pensaba que tu dueño no te dejaba salir de Kioto.

—Por lo visto, piensas y haces muchas cosas que no deberías.

El tipo traga saliva.

Y, por un motivo que no sé, eso me pone más nerviosa.

Si Takeshi provoca esta reacción en un miembro del clan rival, quizá yo he estado subestimando muchísimo con quién me he subido al coche esta mañana.

Su mano se mueve, e instintivamente me encojo al pensar que va a sacar un arma ahí mismo. Sin embargo, me sorprendo cuando aparta una silla vacía de la mesa, la deja libre y me hace un gesto para que me siente.

Ni siquiera lo fulmino con la mirada, aunque dudo muchísimo de que le importe en este momento. Lo que hago es sentarme como una chica obediente. Intuyo que, me guste o no, seré testigo del espectáculo.

—No os importa que nos sentemos, ¿no?

Qué cabrón… Lo dice cuando ambos ya tenemos el culo acomodado. A ver quién es el listo al que se le ocurre negarse.

—Por supuesto, ¿quieres tomar algo? —cuestiona Nobu cortés, aunque incómodo.

De repente, siento varios pares de ojos posarse sobre mí y me doy cuenta de que Takeshi está esperando mi respuesta.

Niego.

Si tuviera que sostener una copa, cualquiera vería lo mucho que me tiembla la mano.

—Estamos bien —declina él, y luego alza la barbilla hacia el hombre que sostiene la baraja—. Reparte.

El tipo duda un instante.

—Ella… —me señala.

—¿Quieres jugar? —me pregunta Takeshi, girándose lo justo para mirarme.

Lo observo.

«¿Está de coña? Para juegos estoy yo».

Lo único que me apetece en este momento es salir corriendo escaleras abajo, meterme en el coche y rezar para que este día entero haya sido una alucinación. De repente, la sobreprotección asfixiante de mis amigas me parece un lujo del que no quiero huir.

¿Dónde demonios me he metido?

¿Y por qué coño sigo aquí?

La última vez que fui impulsiva, terminé secuestrada y viviendo un infierno del que dudo me recupere.

Debería haber aprendido la lección, pero, por lo visto, soy más tonta de lo que pensaba.

Aquí estoy otra vez, delante de un futuro incierto, acompañada por un hombre al que ni conozco y que cada minuto que pasa me demuestra que quizá no debería querer conocerlo.

Intento apartar los nubarrones que empiezan a formarse en mi cabeza y vuelvo a negar.

Ahora mismo cualquiera diría que soy muda, y no iría desencaminado. Hablar no está entre mis funciones básicas en este instante.

El de la baraja empieza a repartir cartas con movimientos rápidos y mecánicos.

Takeshi ni siquiera mira sus cartas, está con los ojos puestos en el tal Nobu.

—¿Qué tal van las cosas en los Kusari ? —pregunta Takeshi, como si estuvieran poniéndose al día después de años sin verse.

La naturalidad de su tono resulta mucho más inquietante que si estuviera gritando.

Nobu se recompone un poco en la silla, o, al menos, lo intenta. Coge su copa, da un trago y finge una tranquilidad que no le compraría ni su madre.

—Ya sabes cómo es esto —responde, encogiéndose de hombros—. Un día bueno, otro menos bueno.

—Qué respuesta tan útil —murmuro sin poder evitarlo.

Takeshi no me mira, pero juraría que lo ha oído.

Nobu sí lo hace y, por la mirada que me lanza, no le ha gustado.

Yo le sostengo la mirada con toda la mala leche que puedo reunir, aunque por dentro me esté deshaciendo.

—¿Y en los Yamitsuru ? —pregunta él de vuelta—. He oído que tampoco estáis pasando por vuestro mejor momento.

La frase queda suspendida en el aire con una suavidad envenenada.

Los otros dos hombres de la mesa bajan la vista a sus cartas, como si, de repente, el póker se hubiera convertido en su centro del universo.

Desde fuera, cualquiera diría que esto parece una reunión entre viejos conocidos. La realidad es que la tensión se palpa en todas partes.

Me siento más desubicada que sor Victoria en un club de alterne.

Cuando comienzan a apostar, no entiendo muy bien la dinámica de la partida porque nadie está realmente jugando al póker.

Takeshi lanza unos billetes al centro de la mesa sin ni siquiera mirar el valor de su mano.