Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Solo aparta la vista de la carretera para mirarme de reojo. Algo en su expresión se tensa, como si acabara de ver en mí una grieta donde antes solo había sarcasmo y mala leche.

Él sabe que ya no estoy jugando.

Mi pecho sube y baja con rapidez mientras la rabia se vuelve poderosa.

Ya una vez no fui dueña de mi vida, y aunque la situación no se le parezca en absoluto y esta vez lo acompañe por mi propia voluntad, no quiero volver a sentirme como en el pasado, y es justo como me encuentro.

No sé si se debe al cansancio tanto físico como mental que he acumulado, pero comienzo a tener miedo, y no es algo que me guste.

Takeshi exhala por la nariz, casi inaudible.

—No me amenaces con estupideces que sí serías capaz de hacer —dice al fin con un tono más bajo que antes.

—Entonces, no me empujes a hacerlas.

Mi respuesta sale sin un gramo de arrepentimiento.

Después de lo que parece una eternidad, cede.

—Voy a reunirme con alguien del Kusari-kai .

«¿La asociación de la cadena?», traduzco en mi mente.

—¿Se trata del clan rival?

—Sí.

Lo observo de perfil, esperando a que siga, y no lo hace.

—¿Y ya está? —pregunto—. ¿Eso es todo lo que piensas decirme?

—Por ahora, sí.

Aprieto la mandíbula.

Tendría que exigirle que me dé detalles, nombres, motivos, contexto, absolutamente todo, pero lo cierto es que estoy agotada y me basta para bajar un poco la guardia.

Al menos ya no siento que voy a ciegas hacia un precipicio sin saber si voy a caer de pie o de cabeza.

— Kusari-kai … —murmuro para mí, familiarizándome con el nombre.

No sé mucho de clanes ni de jerarquías criminales. Sin embargo, he pasado con la Bratva y la Cosa Nostra el tiempo suficiente para entender que un encuentro con el enemigo no es precisamente una reunión entre amigos.

—No vas a entrar en más detalles, ¿verdad?

—No.

Suelto una risa carente de humor y niego con la cabeza.

—Qué sorpresa.

—Te acostumbrarás.

—No cuentes con ello.

Esta vez no responde y el silencio que se instala entre nosotros hasta es bienvenido.

Me hundo en mi asiento, todavía tengo el onigiri en la mano, medio aplastado entre mis dedos. Lo suelto en el envoltorio y dejo la bolsa a un lado. Ya hasta se me ha pasado el hambre.

A partir de ahí no volvemos a hablar, y, para mi propia sorpresa, tampoco lo necesito.

El resto del trayecto se convierte en una sucesión de luces lejanas, áreas de servicio, cambios de autopista y cielos que se van apagando poco a poco hasta quedar completamente negros. A ratos cabeceo, otros me obligo a mantenerme despierta, observando por la ventanilla el reflejo de mi propia cara

Cuando por fin empezamos a adentrarnos en la ciudad, ya es noche cerrada.

Múnich es una ciudad tan majestuosa como siempre me he imaginado.

Takeshi conduce con la misma seguridad de siempre, como si hubiera estado aquí cientos de veces.

Ni siquiera me molesto en preguntar si ha sido así; a estas alturas he pillado que sería una pérdida de saliva.

Nos alejamos de las avenidas más transitadas y acabamos internándonos en una zona mucho menos agradable a la vista.

El coche gira por última vez y se detiene en un callejón estrecho, mal iluminado, de esos que gritan «entra si tienes huevos».

Por lo visto, el nipón los tiene, y bien gordos.

Cuando apaga el motor me quedo quieta, observando el lugar a través de la luna del coche.

—No sé si me tranquiliza o me preocupa que encaje tan bien esto contigo —murmuro.

Takeshi ni se molesta en responder. Sale del coche y me obligo a hacer lo mismo si no quiero quedarme sola en un callejón de Alemania como una completa idiota.

Lo primero que noto es que hace un frío que pela. Nada que ver con el frescor agradable de Italia. Lo segundo, que Takeshi ya está caminando hacia el fondo del callejón.

—Eh, espera —espeto, acelerando el paso para alcanzarlo—. La gente normal suele avisar antes de meterse en sitios que parecen sacados de un documental de crímenes.

—La gente normal no viene conmigo.

—¿Y yo no soy normal?

Se para para que llegue a su lado y me observa con fijeza mientras dice:

—Sheila, tú eres lo menos corriente que he conocido en mi vida.

No me da tiempo a preguntarle si eso es bueno o malo cuando emprende la marcha.

Al fondo del callejón, sentado en una silla desvencijada junto a la puerta metálica de un edificio de ladrillo, hay un anciano asiático. Lleva un abrigo grueso, un gorro de lana y una expresión tan vacía que por un segundo me pregunto si estará despierto.

En cuanto nos acercamos, levanta la vista.

Sus ojos pasan de Takeshi a mí, y solo ese movimiento me basta para que se me erice el pelo de la nuca.

Me dan ganas de romper el hielo y saludarlo, pero puesto que ninguno abre la boca, la mía igualmente permanece cerrada.

Mi compañero de viaje saca dinero del bolsillo interior de la chaqueta y se lo entrega a la par que le hace al hombre una pequeña inclinación de cabeza.

— Arigatō —dice con voz baja.

El anciano coge los billetes con dedos nudosos, los guarda con la parsimonia de quien no tiene ninguna prisa por vivir y después mete la mano en el abrigo para sacar una llave.

Abre la puerta sin añadir una sola palabra. ¡Ni una!

Nos hace un gesto para que pasemos y ya está. Esa es toda la interacción que tenemos.

Yo miro al viejo, luego a Takeshi y después otra vez al viejo.

—Me encanta la calidez humana que desprende vuestro gremio —murmuro por lo bajo.

Takeshi me lanza una mirada letal que interpreto que es para que continúe calladita.

—Muévete.

Entro detrás de él y la puerta se cierra a nuestra espalda con un golpe que no me gusta nada.

El interior del edificio está apenas iluminado por una bombilla amarillenta en el techo del rellano. No hay ascensor, por supuesto. Solo una escalera estrecha y en condiciones deplorables que asciende en espiral.

A cada tramo que subimos me noto más tensa, más consciente del lugar en el que me encuentro, de con quién estoy y que no tengo ni idea de qué demonios puede haber tras cualquiera de las puertas cerradas.

No me gusta, no me gusta ni un pelo.

—Más te vale que esto no acabe con alguien sacándome un riñón en una bañera con hielo —musito, cagada de miedo.

—No seas dramática. —«¡Qué cachondo!».

—Es fácil decirlo cuando probablemente seas tú quien vende los riñones.

No responde, pero juraría que la comisura de su boca se le curva.

Estoy yo para risas…

Subimos un piso más y, justo antes de llegar al siguiente rellano, empiezo a escuchar ruido de voces. Y, por cómo se oyen, hay muchas.

Un murmullo grave se mezcla con risas ásperas, el tintineo de copas, el chasquido de algo golpeando una mesa y música amortiguada detrás de una pared.

Mi estómago hace un triple mortal con tirabuzón. Solo me falta vomitar para que la situación se vuelva más épica.

Takeshi se detiene frente a una puerta oscura al final del pasillo, gira el pomo y entra. Como la buena cobarde que soy, voy detrás.

En cuanto cruzo el umbral, me quedo clavada en el sitio y la rabia de hace unas horas vuelve con fuerza.

Tardo menos de dos segundos en entenderlo.

Me giro hacia Takeshi con la incredulidad pintada en toda la cara.

—No me lo puedo creer…

Cierra la puerta detrás de nosotros con la calma insultante de siempre.

—Takeshi… —señalo alrededor, incapaz de bajar la voz—, ¿me has hecho pegarme un viaje de más de diez horas para venir a una maldita timba clandestina?

—Mi tono sube al final de la frase, mezcla perfecta entre indignación y absoluta falta de fe en la humanidad—.

Dime que no he cruzado media Europa para acabar en el puto casino cutre de la mafia.

Varios hombres giran la cabeza al oírme, y en cuanto se fijan en mi acompañante, cada uno de sus movimientos se congelan.

Por las caras que ponen, no me cabe duda de que acaba de llegar el coco.