Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 7
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Capítulo 7

Sheila

—E res hombre de pocas palabras, ¿verdad?

Lo digo muchísimos kilómetros después, cuando el coche vuelve a tragarse otro tramo interminable de autopista y el paisaje lleva tanto tiempo repitiéndose que ya no sé si seguimos avanzando o si estamos atrapados, conduciendo en círculos.

Han pasado casi ocho horas desde que sellamos nuestro «trato».

Demasiadas metida en un coche con un hombre que pretende convertirme en espía, que sospecha que su propio jefe es un traidor, que me ha ofrecido ayudarme a encontrar a mi familia y que, aun así, sigue sin decirme a dónde demonios nos dirigimos.

La paciencia no es mi aliada y, por desgracia, parece que la suya no se agote nunca.

Takeshi mantiene las manos sobre el volante con esa serenidad irritante que lo caracteriza. Conduce como si todo estuviera bajo control, como si no me hubiera puesto la vida patas arriba en menos de un día.

—Si no tengo nada interesante que decir, prefiero permanecer callado.

Giro la cabeza despacio y lo miro, frunciendo los labios.

—¡Vaya, qué privilegio! Entonces, entiendo que, para ti, yo tampoco estoy aportando mucho al viaje.

No aparta la vista del camino.

Las veces que hemos parado para orinar o echar gasolina me he ofrecido a conducir, pensando que debía tener el cuerpo agarrotado.

¿Ha accedido? Qué preguntas tengo… Por supuesto que no. A pesar de que le he asegurado que soy una conductora de primera, ha seguido tras el volante.

—Yo no he dicho que no aportes —comenta, sacándome de mis propios pensamientos.

—No hace falta. Lo insinúas con esa actitud de estatua samurái estreñida.

Esta vez sí noto un mínimo cambio en su expresión. Es un pequeño tic en su mandíbula, una contracción casi invisible. Lo suficiente para saber que soy capaz de sacarle algún tipo de reacción.

Sonrío para mí misma.

—Hablas mucho para alguien que se queja tanto del silencio —murmura.

—Y tú callas demasiado para alguien que ha secuestrado a una persona y espera que confíe en él.

—No te he secuestrado.

Suelto una carcajada.

—Claro, perdona. Mejor hablemos con propiedad y digamos que me has ordenado ir contigo bajo circunstancias ligeramente forzosas. Suena mucho más elegante, ¿no crees?

—Sigues aquí por voluntad propia.

—Porque me has ofrecido algo que no podía rechazar.

—Sigue diciéndote eso. Yo pienso que, aunque te moleste, no te desagrada mi compañía.

Aprieto la lengua contra el paladar.

Otra vez acierta, y no os imagináis lo mucho que me fastidia que lo haga.

Cruzo los brazos y me hundo un poco más en el asiento, miro por la ventanilla y percibo el frescor del cristal cuando apoyo la sien en él.

—Pues para alguien que necesita de mí, podrías empezar por compartir algo tan básico como nuestro destino —digo sin mirarlo—. O al menos una pista. Una migaja, aunque sea.

—¿Una migaja? —Lo miro de reojo y levanto la mano para apenas unir mi índice y pulgar, para que entienda su significado—. Llegaremos cuando lleguemos —concluye.

Cierro los ojos y tomos unas cuantas respiraciones profundas.

Me duele el culo y las rodillas al estar en la misma postura.

Vuelvo a concentrarme en mi respiración y… No, lo siento, no funciona.

—Das unas respuestas tan útiles que deberías escribir un libro de autoayuda. Podría titularse: Cien formas de no responder una mierda —digo con todo el sarcasmo del mundo.

—Te lo compraría.

La madre que lo parió…

Lo miro de golpe. Él sigue imperturbable, con la vista al frente.

—Te tienes en una estima peligrosamente alta, Dorae.

Su cabeza gira apenas unos centímetros hacia mí y no necesito más para alzar una mano.

—Disculpa, retiro lo dicho. El gato cósmico sigue vetado.

—Te lo he dicho, tu boca va a acabar metiéndote en problemas.

—Y a ti esa cara de superioridad permanente.

—Mi cara no tiene la culpa de que te resulte provocadora.

El aire se me atasca en la garganta mientras Takeshi conduce como si no acabara de soltar eso.

—¿Cómo dices?

—Me has oído perfectamente.

Siento un calor traicionero subirme por el cuello.

—Tú… —Me incorporo un poco en el asiento, y sé que es de mala educación señalarlo con el dedo, aun así, lo hago—. Tienes un problema gravísimo de ego.

—Tú de impulsividad.

—¡Y tú de control! —contraataco.

—Y tú, si quieres, continúa negándote que te atraigo. —Eso me deja callada de repente, lo que hace que él lo note y sonría.

¡Joder, cómo lo odio!

—No sé de qué hablas —replico con rapidez.

—Claro que no.

Su tono es tan neutro que me entran ganas de estrangularlo. O de darle un bofetón.

Sí, una hostia bien dada a tiempo ahorra problemas.

—¿Sabes qué? Empiezo a pensar que no eres hombre de pocas palabras, más bien eres insufrible.

—Y tú selectivamente insoportable.

—¿Selectivamente? —¿Qué mierda significa eso?

—A veces no lo eres.

Parpadeo.

Mi cerebro tarda una fracción de segundo en procesarlo. Justo es eso lo que me cabrea de él. No sé si me está insultando, provocando o halagando de una manera retorcida.

—Tienes una forma muy rara de intentar caerme bien, ¿lo sabías?

—No me interesa caerte bien.

—Ya, si se nota… —murmuro.

—Solo me importa que hagas bien tu trabajo.

—Todavía ni siquiera sé cuál va a ser exactamente ese trabajo, más allá de que quieras convertirme en Mata Hari.

—Ya lo sabrás.

—Otra respuesta de mierda.

—No hagas preguntas innecesarias.

Suelto un bufido y vuelvo a girarme hacia la ventanilla.

No sé en qué momento hemos establecido esta especie de dinámica absurda entre nosotros, pero ahí está, tirante y extrañamente vivaz, como si ninguno quisiera dar su brazo a torcer y ambos prefiriéramos el rifirrafe antes que el vacío.

Los siguientes minutos no digo nada. Él, claro está que tampoco.

Intento distraerme contando postes de luz o tratando de adivinar en qué dirección vamos.

El último cartel de señalización que hemos pasado ponía que era Bolzano.

¿Dónde coño está eso siquiera?

Intento no pensar en el trato, en Japón, en mi madre biológica, que ya no me espera allí, o en el cadáver metafórico que puedo acabar siendo yo por haberme metido en este embrollo.

—Tengo hambre —anuncio al cabo de un rato sin preámbulos.

—Hay comida detrás.

Frunzo el ceño y me giro hacia el asiento trasero. Hay una bolsa que no había visto antes. Me inclino un poco, la alcanzo y la abro.

Dentro hay agua, unos cuantos onigiris envueltos, fruta cortada en un recipiente y unas galletas de sabor a vainilla.

Lo miro entre asombrada e indignadas a partes iguales.

—¿Llevas todo este tiempo con comida aquí y no has dicho nada?

—No habías preguntado.

Continúo mirándolo con absoluta incredulidad.

—De verdad que eres desesperante.

—Y, aun así, sigues hablando conmigo —se jacta.

—Porque el silencio contigo empieza a parecerme un reto personal.

Cojo uno de los onigiris y lo observo.

Está envuelto a la perfección y bien hecho, con ese cuidado casi maniático que no pega en absoluto con alguien que amenaza con matar gente con la misma calma con la que cambia de carril.

Le doy un mordisco y me trago el gemido de placer. Está muy bueno, y eso me irrita más de lo que debería.

—No me digas que también los has hecho tú.

—¿Eso heriría tu orgullo?

Lo mastico despacio, fulminándolo con la mirada.

—Muchísimo.

—Entonces, sí.

Resoplo.

Pasar tanto tiempo cerca de Vladimir me ha pegado sus costumbres.

—Qué asco de hombre…

—Para detestarme tanto como dices, te lo estás comiendo.

Bajo la vista al onigiri que tengo en la mano y luego vuelvo a mirarlo a él.

—Ahora mismo podría comerme hasta las piedras, así que no confundas supervivencia con admiración.

—Jamás cometería ese error.

Hay algo en su tono, casi imperceptible, que me hace entrecerrar los ojos, parece una especie de diversión mal disimulada.

Por alguna razón, eso me desarma más que cualquiera de sus amenazas.

Muerdo otro trozo, más por orgullo que por hambre.

—¿Sabes qué es lo peor? —digo entre bocados.

—¿Que hablas con la boca llena?

Maldita sea. Tiene salidas para todo.

—No. —Trago, ignorando sus palabras—. Que empiezo a sospechar que disfrutas de todo esto.

—¿De qué exactamente?

—De llevarme al límite.

Por primera vez en mucho rato, gira un poco la cabeza hacia mí para que nuestros ojos se encuentren.

—Al igual que tú lo haces empujándome hacia él.

El corazón me da un pequeño vuelco ridículo, inoportuno y totalmente inconveniente.

Aparto la mirada la primera.

—Yo no necesito empujarte a ningún lado, deja de soñar.

—No suelo necesitarlo. Lo que deseo lo consigo.

«Imbécil».

Mastico con más fuerza de la necesaria y me obligo a concentrarme en el paisaje, aunque ya casi no veo nada. El sol está cayendo y la luz anaranjada del atardecer baña el interior del coche con una calidez engañosa.

Todo parece más suave de lo que es, y eso me preocupa.

Sin embargo, lo que más me perturba es cómo me siento al lado de un hombre que no conozco absolutamente de nada y que, además, tiene un máster en sacarme de quicio.

Cuando vives un trauma como por el que pasé yo, tu percepción hacia los demás cambia.

Siempre he sido una persona sociable y extrovertida. ¿Ahora? Me cuesta dejar que se acerquen.

—Vamos a Múnich —me informa, cortando el silencio.

Un grano de arroz se me va por otro sitio al tragar y comienzo a toser como una loca.

La mano de Takeshi aparece frente a mis ojos con una botella de agua. Se la arrebato, ávida, antes de morir asfixiada. Bebo hasta que siento cómo el atoramiento desaparece.

—¿A Múnich en Alemania? —cuestiono con voz ronca.

—¿Qué otro Múnich conoces tú?

Técnicamente, conocer ni siquiera conozco ese. Pero… ¿me está jodiendo?

—¿A qué vamos allí?

—Ya te lo dije, asunto.

Por un instante lo estoy mirando y al segundo doy una fuerte palmada contra el salpicadero.

—¡Me tienes harta! —suelto a voz en grito—.

Hasta ahora ha sido entretenido ese tira y afloja que nos traemos, pero, o me das más detalles, o juro por Dios que me bajo con el coche en marcha si hace falta —amenazo cuando rebasa mi tope de paciencia—.

Y te aseguro que lo haré sin importarme las consecuencias.

Takeshi no responde de inmediato.