Capítulo 6
Sheila
E l corazón me late con tanta fuerza que temo que Takeshi pueda ver el movimiento a través de mi blusa.
¿Cómo ha podido dar tan exactamente en el clavo?
—N-no sé de qué me hablas.
Odio que mi voz titubee, ya que la mentira se huele a kilómetros. Y, por desgracia, ahora mismo solo nos separan unos pocos centímetros.
¿Por qué tiene la manía de invadir tanto mi espacio personal? ¿Y por qué, por extraño que parezca, no me incomoda como debería hacerlo?
—¡Aparta! Me generas una claustrofobia que no tengo —le suelto, intentando tomar el control.
Cuando cometo el error de apoyar mi mano en su escultural pecho para echarlo hacia atrás, compruebo que su corazón bombea tan frenético como el mío.
El contacto dura unos segundos de más, lo suficiente para que algo se me remueva por dentro.
Takeshi cede a su manera y me concede el espacio que le pido. No va muy lejos, ya que vuelve a su sitio. Suficiente para que pueda respirar un poco de oxígeno, aunque siga envuelta en su olor.
—¿A quién intentas encontrar, Sheila? —repite.
«Vaya… Nada de onna esta vez».
—¿Qué te hace pensar que voy detrás de alguien?
Sus ojos plateados se clavan en mí, analizando, descifrando, como si intentase desnudar mi alma.
«Peligro».
Cientos de banderas se alzan en mi subconsciente, avisándome para que lo recuerde.
—No hay que ser muy listo para deducirlo.
Tienes rasgos asiáticos, aunque no sean muy evidentes.
Eres huérfana —aclara el muy imbécil, como si yo no estuviese al tanto de mi situación—.
Es más, me atrevería a decir que tienes sangre japonesa, ¿me equivoco?
—Callo como una perra. Como debe ser—. Así que no lo repetiré otra vez. ¿A quién buscas?
Aprieto los dientes.
No me gusta estar sobre las cuerdas. No soy de las que reaccionan bien cuando me siento acorralada. Si espera que yo le dé respuestas, que empiece él con las suyas.
—Dime primero por qué quieres que te acompañe. Y no me vengas con la milonga del ofendidito porque no cuela.
Se pasa una mano por el cabello, despeinándose y dejando varios mechones de punta, cuando desvía la mirada hacia la carretera. La luz del sol se cuela por el parabrisas y resbala sobre su piel morena, marcando cada ángulo de su rostro.
—Necesito que trabajes para mí. Y, por supuesto, serás bien remunerada —confiesa sin mirarme directamente, lo que hace que me ponga en lo peor.
—¡Lo que faltaba! —salto de inmediato—. No pienso prostituirme. Ni contigo ni con nadie.
—¡Maldita sea, onna ! —Golpea su puño contra el volante —. Ya te lo dije. Si terminas en mi cama será porque tú me lo supliques.
El calor me sube a las mejillas, sin permiso, al recordar que dijo lo mismo anoche. A pesar de que lo traté de loco, en mi fuero interno no me disgustó la idea.
«¿Qué coño me pasa con este hombre?».
Llevo meses que, con solo pensar en que alguien me toque de manera íntima, se me revuelve el estómago, pero cada vez que él está a mi alrededor, solo me pregunto cómo se sentirán sus manos sobre mi piel.
—Lo que necesito de ti es que seas mis ojos y mis oídos cuando yo no esté presente y que me pases toda la información.
Mi ceño se frunce porque eso sí que no me lo esperaba.
—Quieres que sea tu espía. —Llego a la conclusión.
—Exacto.
Lo dice con tal convencimiento que parece fácil, como si no implicara riesgos. Sin embargo, yo solo veo lagunas.
—¿Y qué se supone que puedo averiguar yo que tú no sepas? ¡Eres el ejecutor de la Yakuza, joder! —Suelto una risa incrédula y me paso la mano por el pelo, nerviosa—. ¿Yo, espía? Debes de estar loco… —Cabeceo—. Precisamente la discreción no es uno de mis puntos fuertes.
Mejor avisarlo con tiempo.
—Yo opino que eres perfecta. Por eso te elegí.
Mi cabeza se gira hacia él de golpe.
—¿Cómo que me elegiste?
—¿De verdad crees que montaría todo esto solo porque me ofendiste? Sería un esfuerzo innecesario.
—Ya decía yo que no podías tener la piel tan fina…
—Eso no significa que tengas vía libre para llamarme como quieras —añade, mirándome de reojo—. Por menos he matado.
No reconoceré que su declaración consigue que me recorra un escalofrío por la espalda. Y, aun así, mi boca, una vez más, es más rápida que mi cerebro.
—Pero Doraemon es tan cuqui… —Su mirada se endurece al instante. Levanto las manos con la misma rapidez—. Vale, vale. Lo pillo. Nada de mencionar al gato cósmico.
Hay un silencio entre los dos porque ambos sabemos que no me podré contener y cumplir mi palabra.
—¿Qué te hizo pensar que yo era la indicada?
Me quedo distraída, observando cómo sus dedos acarician el volante de forma casi ausente. El gesto es suave, hipnótico. Tengo que obligarme a parpadear y centrarme cuando vuelve a hablar.
—Hablas mi idioma con una fluidez desconcertante.
Dato que espero que solo quede entre nosotros, por supuesto.
—Alzo la ceja porque aguardo a que me explique la razón.
Algo que, por lo visto, tendrá que esperar cuando prosigue—: Pero lo que me hizo decidirme fue la noche en el Mystral.
Cuando te enfrentaste a esa bandada de cuervos.
Frunzo el ceño.
Esa noche fue un poco random , la verdad.
—No hice nada especial. Cualquiera habría reaccionado igual.
—No. —Niega despacio—. Cualquiera habría salido corriendo.
—Tú no lo hiciste —le recuerdo.
Y la imagen vuelve a mi mente con una claridad pasmosa: cuando él se abalanzó sobre mí, cubriéndome, protegiéndome… Si no lo hubiera hecho, esos pajarracos me hubiesen sacado los ojos a base de picotazos.
—Yo estoy loco —suelta sin rodeos—. Y digamos que me gusta retar a la muerte. ¿Cuál es tu excusa?
La respuesta real se agolpa en mi garganta.
Podría decirle que estoy rota y que hay días en los que la idea de desaparecer no me parece tan terrible, cuando mi mente es un campo de batalla del que estoy cansada de salir perdiendo.
Pero no, sería abrirme en canal, y repito: no confío en él.
—Mi gente estaba allí. —Me encojo de hombros—. No iba a dejarlos.
Takeshi me observa con tanta atención que me siento un libro abierto. Nunca había visto unos ojos como los suyos. Parecen plata líquida; con una simple mirada podría descubrir los secretos más oscuros de su receptor.
Por alguna razón que no logro entender, tengo la sensación de que, si sigue observándome, será capaz de ver todo lo que llevo dentro.
Incluso lo que ni yo misma quiero admitir.
—¿Por qué, cómo y a quién quieres que espíe? —cuestiono.
Desde muy joven aprendí que aceptar algo sin conocer todos los detalles es la forma más rápida de acabar mal. Y este «trabajo» tiene todas las papeletas de terminar conmigo bajo tierra en varios cachitos.
—Creo que he respondido más preguntas de las que mereces —dice con calma.
Parpadeo.
«¿Perdona? ¡Si con lo que me ha dicho me surgen el triple!».
—Tu turno —añade como si fuera lo más justo del mundo.
Trago saliva y me humedezco los labios, intentando ganar unos segundos. Él no parece tener prisa. Apoyado en el asiento como está, con su mano aún sobre el volante, cualquiera diría que estamos teniendo una conversación trivial en lugar de negociando algo que podría costarnos la vida.
—Lo único que sé es lo que me contó sor Victoria —empiezo, midiendo cada palabra—. Como bien has deducido, procedo de Japón. Y cuando me «ordenaste» —enfatizo la palabra con intención— que iría contigo, pensé… ¿Por qué no? Quizá, estando allí, pueda descubrir algo sobre mi familia biológica.
Le sostengo su mirada para que no note cómo estoy temblando por dentro.
Técnicamente no he mentido, solo he omitido la verdad suficiente como para delatarme a las primeras de cambio.
Takeshi no reacciona. Ni siquiera da un parpadeo fuera de lugar. Es como hablar con una pared de mármol con ojos de plata.
Preciosos, por cierto…
—¿Qué más sabe esa monja?
«¿Es lo primero que se le ocurre preguntar?», pienso descolocada.
—No lo sé —miento con una naturalidad que me debería asustar. ¿Lo hace? Pues no, la verdad—. Había pensado llamarla cuando llegásemos a Japón. No me has dado precisamente margen para organizarme.
Le lanzo una mirada cargada de reproche, intentando equilibrar la balanza.
—Hazlo —ordena sin titubear.
—¿Por qué te importa siquiera?
Esta vez sí que me mira de frente y sin filtros.
—Si tú me ayudas, sin ponérmelo difícil —hace hincapié—, yo haré todo lo que esté en mi mano para encontrar a tu familia.
El aire se me queda atascado en los pulmones.
—¿Es un trato?
—Siempre que cumplas tu parte —responde, aclarándolo.
Dudo un segundo y sé que deberían ser más, no es algo que tendría que decidir a la ligera, pero… ¡Qué coño! Ya que he llegado a este punto, extiendo la mano.
—Está bien.
En cuanto nuestras palmas se tocan, una descarga me recorre el brazo. No es dolorosa, sino intensa. Como un latigazo eléctrico que sube por mi piel y se instala en algún punto entre el pecho y el estómago.
Me separo un poco más rápido de lo que debería.
—¿Y de qué, exactamente, necesitas que te informe? —pregunto, intentando ignorar el hormigueo que aún me late en la mano.
—Hay una guerra entre clanes —dice con tono monocorde—. Y, ahora mismo, los Yamitsuru vamos en desventaja.
Mi estómago se encoge.
Joder, cada vez que abre la boca, esto se vuelve más grande y peligroso.
—Tenemos un traidor dentro —continúa—. Alguien que está filtrando información. Necesito que me ayudes a confirmar quién es.
—¿Tienes a alguien en mente?
Asiente despacio.
—Creo que quien está facilitando que maten a los míos es mi oyabun , Takana Haito. Y tú, Sheila —añade, clavando sus ojos en los míos—, serás quien me lo confirme para que pueda matarlo.
El mundo se detiene.
«Me cago en la puta…».
Me quedo con la boca abierta, intentando procesarlo.
¿Su jefe? ¿Quiere que espíe a su propio líder?
¿Cuántas posibilidades hay de que la persona que pienso que llevó a mi madre a quitarse la vida sea justo la que Takeshi quiere eliminar si se confirman sus sospechas?
Por un instante estoy tentada a vomitarle toda la verdad, por suerte, me controlo y mantengo el pico cerrado.
No soy tan imprudente.
Suelto una risa breve y nerviosa.
—Espera, espera… —Me llevo una mano a la frente—. ¿Me estás diciendo que quieres que me infiltre en una organización criminal, en medio de una guerra interna, para confirmar si tu propio jefe es un traidor y que luego lo mates? —Lo miro con fijeza y asiente—. ¿Tú estás bien de la cabeza?
Takeshi ni se inmuta.
—No tienes que infiltrarte —corrige—. Solo debes observar y escuchar. Tú verás cosas que yo no puedo. No te tomarán en cuenta.
—Claro, porque soy invisible, no te jode —resoplo.
—Mejor aún, eres nueva, extranjera y completamente fuera de lugar. Nadie sospechará de ti.
Me cruzo de brazos.
—Esto es una locura.
—Es una oportunidad —responde.
—Es una sentencia de muerte —replico—. La mía, precisamente. —Me señalo.
El silencio cae entre los dos.
—Si tengo razón —continúa—, ya estás en peligro. Estar conmigo o no estarlo no cambia eso.
Sus palabras me atraviesan.
Porque, en el fondo, sé que no miente.
Aprieto los dientes.
—¿Y qué pasa si te equivocas?
—Entonces, no harás nada —contesta sin titubear—. Y yo tampoco.
Lo observo.
Intento encontrar dudas o algún tipo de vacilación. Algo que me diga que esto no es tan serio como parece. Sin embargo, no hay nada.
—¿Y si me niego? —lo desafío.
—No lo harás.
La seguridad en su voz me irrita.
—Ah, ¿no?
Para chula yo.
—No —repite—. Porque quieres respuestas, ¿verdad? Y, por ahora, yo soy el único que puede dártelas, o, por lo menos, ayudarte a encontrarlas.
Tener a Takeshi de mi lado me puede resultar beneficioso si descubro que Takana tuvo algo que ver en la muerte de mi madre biológica. Aunque no pienso admitírselo.
Aprieto los labios porque odio que tenga razón.
Y detesto aún más no tener otra mejor opción en estos momentos.
Desvío la mirada hacia la carretera, hacia ese horizonte que parece alejarse cuanto más lo miro.
—Si hago esto —murmuro—, no me ocultarás nada.
Lo sé, soy una hipócrita, pero nunca he reconocido que sea perfecta.
—En la medida de lo posible —responde.
—No. —Vuelvo a mirarlo—. Nada.
Nuestros ojos se encuentran y parece que al señor ejecutor no le gusta que le den órdenes. Noticias de última hora: a mí tampoco.
—Haré lo que pueda —concede al fin.
No es una promesa, pero es lo más cercano que voy a conseguir por ahora.
Cierro los ojos, respiro hondo y, cuando los abro, ya está decidido.
—Vale —digo en voz baja—. Lo haré. —Siento cómo el peso de esa decisión cae sobre mis hombros en el mismo instante en que la pronuncio—. Pero como esto salga mal… —añado—, pienso arrastrarte conmigo.
—No esperaría menos.
—Bien. ¿Y cómo pretendes que me infiltre para que los tipos malos me cuenten sus perversos secretos?
Por primera vez desde que nos montamos en el coche, una leve sonrisa curva sus labios y, no sé por qué, me hace temblar.
—Ya te lo dije anoche. Te convertiré en una geisha .