Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

Takeshi

—¿H a sido cosa tuya?

No la miro cuando lo pregunto. Si lo hiciera, perdería la poca compostura que todavía conservo.

Mis manos sostienen el volante con tal fuerza que los nudillos se me ponen blancos de la presión que ejerzo. Ni siquiera el motor ruge tanto como la irritación que me sube por la garganta.

—Si crees que yo le he metido esa ridícula idea, es que no tienes ni idea de cómo funcionan sus mentes —responde, clavando la vista en la carretera—. Créeme, me encantaría poder decirte que sí, pero no tengo tanto poder. —Hace una pausa y continúa—: Aunque admito que estoy disfrutando bastante.

—¿Te hace gracia, onna ?

Aprieto la mandíbula con fuerza. Siento el músculo tensarse hasta dolerme.

—Les dejé claro que se mantengan en este asunto al margen, no soy ninguna niña a la que tengan que vigilar.

Me basto y me sobro en pararte los pies si es necesario.

Pero ¿que trastoquen tus planes? Lo cierto es que sí, estoy disfrutando —responde con una tranquilidad que me provoca querer estrellar el coche—.

Y deja de llamarme «mujer», suenas como un neandertal.

Exhalo por la nariz con lentitud.

—Jamás.

Escucho cómo se recoloca en el asiento, desafiante, al cruzarse de brazos.

—Perfecto. Entonces, no debería molestarte que yo siga llamándote Doraemon.

El nombre cae dentro del coche como una chispa contra un bidón de gasolina.

Freno en seco.

El chirrido de las ruedas rompe la calma y su cuerpo se proyecta hacia delante, detenido solo por el cinturón. Antes de que pueda reaccionar, ya estoy inclinado sobre ella.

La sujeto por el cuello, no con la intención de asfixiarla, solo para inmovilizarla, para que escuche lo que quiero decirle.

—¿Qué demonios te pasa? —gruño tan cerca que puedo sentir su respiración en mi boca—. ¿Te divierte jugar con tu propia muerte o simplemente eres incapaz de pensar antes de hablar?

Sus ojos azules no se llenan de miedo. Se vuelven gélidos, centrados en mí como si no fuese una amenaza real.

Qué ilusa…

Aprieta los labios, conteniendo esa lengua venenosa que no sabe quedarse quieta.

—¿De verdad crees que me molesta el apodo? —cuestiono con voz firme.

—Por tu actitud diría que sí…

—¡ Damare !

—¡No pienso callarme!

La presión en mi mano aumenta apenas un centímetro, lo que hace que sienta cómo su sangre fluye a través de su garganta.

—Ese es tu maldito problema —escupo, perdiendo la paciencia—. No sabes parar. No sabes cuándo una broma deja de ser inofensiva.

Su pulso late contra mis dedos rápido y vivo mientras su respiración se acelera.

—No estás en una reunión entre amigos —continúo con un tono más bajo y peligroso—. En este mundo, las palabras tienen consecuencias, así que debes medir muy bien qué dices y a quién lo haces.

—No pienso reprimirme ante ti ni ante nadie.

—¡Maldita sea, onna ! Una burla mal dicha puede acabar con alguien enterrado antes del amanecer.

La suelto de golpe y vuelvo a mi asiento. Me paso una mano por el pelo, exasperado. Hacía años que nadie me descolocaba tanto y que no sentía este tipo de frustración.

—No me ofende que me llames Doraemon —miento a medias—. Me preocupa que lances ese tipo de comentarios delante de las personas equivocadas.

Vuelvo a arrancar.

El coche se pone en marcha otra vez, pero el aire entre nosotros ya no es el mismo.

—Tu boca, si no sabes controlarla —añado sin mirarla—, te va a meter en problemas serios.

Y esta vez no hablo solo de ella.

¿Qué mierda estoy haciendo? ¿Por qué me involucro con ella siquiera?

—¿Más de que alguien me exija que le sirva a saber cómo y me obligue a acompañarlo a su país?

—Te aseguro que yo soy el menor de tus males…

—¿Por qué, siquiera, te importa en los problemas que mi boca y yo podríamos meternos?

Ahí está la verdadera cuestión. No debería hacerlo.

Eso es lo que me repito desde que la vi por primera vez en aquella fiesta de la Sociedad de las Máscaras, con la cabeza alta y esa mirada desafiante, sin saber que eso atrae demasiado.

Observar cómo se lanzó con un jodido extintor, como si se tratase de un lanzallamas, para abatir a aquella bandada de cuervos, cuando hombres adiestrados como asesinos huyeron, me noqueó.

Repito: no debería importarme, pero por más que lo intenté, me recuerda demasiado a alguien.

No en el plano físico. Sheila no se parece a nadie que haya conocido jamás. Y, sin embargo, es tan similar a ella.

No tiene su misma sonrisa, ni siquiera su voz, pero hay algo en la forma en que sostiene la mirada, en cómo responde sin medir el peligro, en esa necesidad absurda de no retroceder ante nadie.

Tan intrépida, tan contestona… Con el absurdo convencimiento de que el mundo es menos cruel de lo que en realidad es.

Es exactamente como era Hikaru.

Aprieto el volante al recordarla. El pasado no suele visitarme sin cobrarse algo a cambio.

Ella también creía que podía manejarlo todo. Pensaba que los hombres que la miraban demasiado no eran una amenaza real y que su lengua afilada era un escudo suficiente para cualquier contratiempo.

No lo fue.

El peligro no avisa. No da segundas oportunidades ni te anticipa ante él. Solo se necesita un descuido, una palabra mal dicha delante de quien no debes o una risa en el momento menos indicado para que después no quede nada.

Solo silencio y un cuerpo que nunca regresa.

Parpadeo y vuelvo al presente.

Sheila sigue sentada a mi lado, mirando por la ventana, como si su espontaneidad y sus actos no pudiesen rozar un límite que podría haberla puesto en el radar de gente mucho peor que yo.

No pienso permitir que alguien más termine igual que lo hizo Hikaru.

No solo porque sea una persona imprudente ni ingenua. Mientras yo pueda evitarlo, lo haré. En memoria de la que no pude salvar. Y, dicho sea de paso, por pura estrategia.

Ver a Sheila, apreciar esa misma actitud que podría matarla es la que la hace perfecta para mi plan.

Nadie sospecha de alguien que habla demasiado.

Y ella no calla, aunque la obliguen. Nadie teme a una extranjera que parece incapaz de quedarse en silencio.

La suelen subestimar, y yo necesito que la subestimen.

Necesito que se mueva donde mis hombres no pueden. Que escuche lo que otros ignoran y que esté en habitaciones donde mi nombre no es bienvenido.

Es útil.

Y, al mismo tiempo, un recordatorio de que lo que hay en juego es peligroso.

Cuando me pregunta por qué me importa, no puedo decirle la verdad. No puedo contarle que, cada vez que abre la boca, veo una versión pasada de alguien a quien no supe proteger.

Así que opto por algo más sencillo y mucho más seguro.

—Me recuerdas a alguien —le suelto sin mirarla.

Siento su atención clavarse en mí.

—¿A quién?

Niego apenas con la cabeza mientras se me forma una sutil sonrisa en los labios. Sheila es todo lo mencionado, pero también muy curiosa.

—A alguien que no sabía cuándo callarse, como tú.

No añado que murió justo por eso. Tampoco que todavía sueño con llamadas que nunca contesté y que, si sigue por ese camino, alguien intentará hacer con ella lo mismo que hicieron entonces.

—Con esa actitud —continúo más frío de lo que me siento— solo vas a ponerte en peligro.

Es la única verdad que le doy, lo demás se queda donde pertenece: enterrado en mi corazón.

Durante la siguiente media hora, el interior del coche permanece sumido en un silencio incómodo, casi pegajoso, de esos que parecen ocupar espacio entre dos personas.

Es algo que me resulta curioso, incluso sorprendente, diría yo, viniendo de ella.

Por el rabillo del ojo la vigilo sin que se dé cuenta y me percato de que no deja de moverse.

Primero bascula el peso de una cadera a otra, buscando la postura.

Después estira las piernas, como si necesitara más espacio del que el coche puede ofrecerle, aunque, por su tamaño, no necesita tanto.

Cruza los brazos, los descruza y empieza a tamborilear con los dedos sobre el muslo en un ritmo irregular y nervioso.

Son gestos pequeños, casi insignificantes, pero demasiado constantes como para ignorarlos.

Delatan que intenta ocultar que esta situación la está desquiciando.

—¿Queda mucho para llegar al aeropuerto?

Su voz suena áspera y ligeramente enronquecida por el desuso. No lo admitiré en voz alta, pero he echado de menos escucharla.

—¿Quién ha dicho que vayamos a ir al aeropuerto? —respondo sin apartar la vista de la carretera.

Compruebo el retrovisor, enciendo el intermitente y me cambio de carril para adelantar a un camión. El motor ruge un poco más, rompiendo por un momento la quietud que nos arrastra.

Siento cómo ella se endereza en el asiento. No necesito mirarla para saber que me está taladrando con la mirada, pero, aun así, noto ese calor fijo sobre mi perfil.

—Si no es mucho preguntar, ¿a dónde vamos? —A pesar de lo cortés de su frase, su tono es puro sarcasmo.

—Antes de volar a Japón tengo que solucionar un asunto.

Vuelve a cruzarse de brazos.

Es increíblemente transparente; no hace falta ni girar la cabeza para percibir su enfado. Lo irradia en cada gesto, en cada respiración que sale de su pecho.

—Y, por supuesto, no me pondrás al tanto de esos asuntos, ¿verdad?

—No.

—Escueto y conciso… —masculla lo bastante alto para que la oiga.

Empiezo a contar en mi mente.

«Uno… dos… tres».

Sonrío justo cuando estalla.

—Si vamos a hacer esto, lo mínimo que espero por tu parte es que, al menos, me informes de la ruta a seguir —gruñe—. Para que te quede claro, no soy de las que confían con fe ciega desde el principio. Y mucho menos en alguien como tú.

—Y, según tú, ¿cómo soy yo?

—Oh, venga ya. Sabes perfectamente a qué me refiero…

—La verdad es que no.

Esta vez aparto por un instante la atención de la carretera y le dedico una mirada. Sheila me observa con los ojos entrecerrados. El azul de su iris destaca más de lo habitual, intensificado por la máscara oscura de sus pestañas. Es una mirada tan desconfiada y alerta que me quedo prendado de ella.

—¿Quieres que juguemos a este juego? Está bien. —Suspira hastiada—. No confío en alguien que dice medias verdades.

—¿Medias verdades?

Alzo una ceja y vuelvo a centrarme en la conducción.

—¡¿Quieres dejar de responder con otra pregunta?!

—¿No es precisamente lo que haces tú?

—Por Dios… ¡Eres insufrible! —se exaspera—. No sé qué es lo que buscas de mí, pero no me creo que sea solo porque te haya ofendido.

Intento disimular la sonrisa y no consigo ocultarla. Es más lista de lo que muchos esperarían. Justo como imaginaba.

Reduzco la velocidad poco a poco hasta encontrar una zona de servicio. Me aparto del carril, detengo el coche y activo las luces de emergencia. El sonido intermitente del clac-clac llena el habitáculo, marcando un nuevo ritmo.

Me giro hacia ella y apoyo el brazo sobre el respaldo de su asiento, invadiendo de manera deliberada su espacio.

—¿Quieres sinceridad, onna ? —Mi tono ya no tiene rastro de humor. Es firme y serio—. Porque si es eso lo que buscas, solo funcionará si va en ambos sentidos.

—No sé a qué te refieres…

—¿De verdad?

Arqueo una ceja, sosteniendo su mirada.

—Sheila García, veinticuatro años. Criada en un internado de las Hermanas de la Caridad en Málaga.

En cuanto cumpliste la mayoría de edad, te emancipaste.

Primero compartiste piso; luego, hace dos años, conseguiste alquilar, por fin, algo solo para ti, aunque era poco más que una caja de cerillas.

Tu historial laboral es… ¿Cómo lo definiría?

Podría decirse que variado. Has ido saltando de un trabajo a otro: camarera, reponedora, peluquera…

—No me puedes culpar por intentar hacer de todo en esta vida —se excusa, formando un gracioso mohín con sus labios.

—Tu último empleo —prosigo— fue como comercial de telefonía a través de una ETT. Te despiden por desaparecer sin previo aviso. Lo mismo ocurre con tu apartamento. El cual Pavlov cubrió las deudas que dejaste atrás.

Mientras hablo, observo cada matiz de su rostro y cómo pierde color poco a poco mientras su expresión se tensa.

—Me has investigado, ¿y qué? —responde a la defensiva.

—Hace menos de un año que vives en Pisa. Sin trabajo a la vista y sin una vivienda que mantengas por tus propios medios…

—Solo he pasado una mala racha —me corta en voz baja, apartándose de mí todo lo que puede, pero el espacio es tan reducido que no hay escapatoria posible cuando su espalda choca contra la puerta.

—Dices que no quieres medias verdades. Estoy de acuerdo —continúo—. Así que, dime, ¿por qué aceptaste acompañarme?

—Pensé que dijiste que no tenía elección.

Tiene los brazos tan apretados contra el torso que no me extrañaría que intente desaparecer dentro de sí misma.

Se me escapa una risa seca y sin humor.

—Apenas te conozco, pero algo me dice que no eres de las que se dejan intimidar por amenazas —lo comento completamente en serio—.

Así que, Sheila…, dime la verdad, ¿por qué vienes a Japón?

—Hago una pausa, dejando que el peso de la pregunta caiga entre los dos—.

O, mejor dicho, ¿a quién demonios vas a buscar allí?

No responde, tampoco hace falta.

No abre la boca, pero sus ojos lo dicen todo. El miedo que los atraviesa es demasiado nítido e inmediato.

Y, en este instante, sé que he acertado y que mi propuesta ha sido el puente perfecto para lo que sea que vaya a buscar a mi país.