Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

Takeshi

A las seis y cincuenta y dos de la mañana me presento en la mansión de Pavlov en Parioli.

Sonrío cuando, una diminuta mujer, abre la puerta con cara de mala leche.

—¡Aún es de noche! —se queja, haciendo notar su cabreo.

—He llegado justo al amanecer, como dije que haría.

—¿Ves el sol por algún lado? —Asoma la cabeza y mira al cielo—. Yo no. Así que vuelve cuando haya salido. —Y tras decir eso, cierra la puerta con un sonoro portazo.

Me humedezco los labios y vuelvo a presionar el timbre, importándome una mierda a quién esté despertando.

Soy plenamente consciente de cómo los guardias que vigilan la propiedad no me quitan los ojos de encima.

Puede que me hayan dejado acceder, pero aún se debaten en decidir si voy a causar problemas o no.

Me alegro de que se mantengan alerta, ya que yo siempre soy una amenaza.

Como esperaba, Sheila tarda apenas unos segundos en volver a abrir.

—¿Estás loco? ¡Bajo este techo vive un niño que sigue durmiendo!

—La culpa es tuya por cerrarme la puerta en las narices —comento sin alterar mi gesto.

No puedo decir lo mismo en cuanto a ella.

Noto que el rostro cada vez se le torna más sonrojado.

Al tener una piel tan blanca, no es difícil que sus emociones se transparenten sin esfuerzo; la rabia le sube desde el cuello hasta las mejillas como una llamarada.

Aprieta los labios, quizá buscando una réplica que esté a la altura de su orgullo, pero lo único que logra es mirarme con esos ojos azules que, desde hace unas semanas que los vi por primera vez, me han perseguido en sueños.

—Enseguida salgo —dice de mala gana.

—¿Y marcharme sin tan siquiera saludar? Qué descortesía por mi parte…

—No creo que…

Antes de que acabe la frase, ya he dado un paso al frente, obligándola a que se eche a un lado, abriendo la puerta de par en par, y paso al interior.

—No esperaba tanta consideración, gracias.

—Deja la ironía a un lado, no vaya a ser que me arrepienta de mi decisión de acompañarte. Y para que quede claro: nadie te está invitando.

Lo dice mientras se entretiene en cerrar la puerta, por eso soy capaz de ver su gesto de sorpresa cuando, al darse la vuelta, me encuentra a escasos pasos de distancia.

—¿Qué haces?

Es tan pequeña que apenas me cuesta cernir toda mi altura sobre ella. Apoyo el antebrazo en la madera, por encima de su cabeza, y le susurro a unos centímetros de su cara.

—Creo que aún no has entendido que, en cuanto a este asunto entre tú y yo, no tienes elección, pero si te hace ilusión pensarlo, no seré yo quien te arruine la esperanza.

Mis ojos van directo a su cuello y observo cómo traga con dificultad.

Sé que mi cercanía la pone nerviosa. Apenas conozco a esta mujer, dos encuentros no son suficientes para poder hacerlo, no obstante, pienso poner remedio a ello.

Hay algo en ella que me atrae de una manera incomprensible.

No soy de los que se dejan sorprender con facilidad y ella me intriga de una forma que llega a resultar incluso molesta.

Lo que sí tengo claro es que es de las personas a las que les gusta controlar la situación, llevar la voz cantante en cada interacción, y que en el momento en el que las cosas cambian de tornas les cuesta procesarlo.

—Que corra el aire, Doraemon —contrataca, soltando la misma frase cuando anoche me acerqué demasiado y volviendo a llamarme por ese estúpido apodo que dio lugar a que nos encontremos en esta situación.

Si fuese otra clase de hombre, debería decirle que, lejos de irritarme, me resulta gracioso. Por suerte o por desgracia, no lo soy. Si lo hiciese, no tendría sentido que exija una compensación por su agravio, y realmente necesito algo de ella.

—¿Te incomodo, onna ?

—No tienes tanto poder, así que ya puedes bajarle unos cuantos grados a tu ego, no vaya a ser que explote el baremo.

Sonrío comedido.

Agacho la cabeza e inspiro el aroma de su cabello de manera sonora. Percibo cómo su respiración se atasca, y eso hace que oculte en su coronilla cómo mi sonrisa se amplía.

—Es divertido ver cómo tu naricilla se arruga cuando mientes.

Su pecho vibra contra el mío en el momento que va a negar la evidencia. Es una lástima que no pueda escuchar su réplica, ya que justo en ese instante nos interrumpe una voz.

—Apártate de ella, Kuni.

La voz del pakhan de la Bratva se escucha alta y clara en el recibidor.

Mi mandíbula se tensa al escuchar que me llama simplemente por mi apellido. Relajo mis facciones antes de dejar que vea lo mucho que me molesta que lo haga.

Giro la cabeza por encima del hombro, sin despegarme un centímetro del menudo cuerpo de la mujer que se encuentra apoyada en la puerta.

—Es un placer verte, como siempre, Pavlov.

—Una pena que no pueda decir lo mismo —masculla, dando un paso en nuestra dirección—. Tenemos cierto asunto que tratar, así que aléjate de ella, Takeshi.

Noto la amenaza implícita en su tono y la comisura de mi boca se estira.

—Ya que lo pides con tanta amabilidad…

Justo antes de apartarme de Sheila, vuelvo mi rostro hacia el suyo y le acaricio la sien con mi nariz. Con lentitud, y sin apartar mis ojos de los suyos, doy un par de pasos a mi espalda para girarme y quedar de frente a Vladimir Pavlov.

Ambos somos casi de la misma altura.

Me observa con el ceño fruncido. Sé que mi presencia no le hace gracia, y eso me divierte aún más.

—¿Qué asunto, exactamente, es ese que quieres tratar?

—No te hagas el listo conmigo, Kuni. No vas a llevarte a Sheila.

—¿Te estás oponiendo a mi voluntad? —cuestiono, dando un paso hacia él.

A él no le pasa desapercibido mi movimiento.

—A lo que me estoy oponiendo es a este sinsentido, joder —blasfema—. No puedo creerme que lo hagas solo porque te hayas sentido insultado.

Tipo listo.

El problema es que no le revelaré, justo a él, la razón por la que quiero a Sheila a mi lado.

—Sabes tan bien como yo que, ante su falta de respeto, estoy siendo más que generoso con mi propuesta.

—Meto mis manos en los bolsillos del pantalón, relajado—.

En otras circunstancias, no hubiese sido tan considerado y, a la mínima ofensa, habría acabado con su garganta abierta.

—Escucho una exhalación a mi espalda. Y añado sin mirarla—: No es nada personal, yuki .

Vladimir aprieta la mandíbula. Sé que se debate en si sacar su arma y pegarme un tiro en la cabeza para acabar con esto.

Si no lo hace es porque esa decisión le acarrearía más problemas de los que ahora le interesa acumular.

A nadie le apetece enemistarse con la Yakuza, considerada la organización criminal más antigua que la Bratva y la italiana, y mucho menos a alguien que lleva tan poco tiempo al mando como está él.

—¿Cuánto va a durar este disparate?

—El tiempo que crea necesario —alego—. Es difícil pensar que, en el mundo en el que se mueve, siga viva con esa boquita tan insultante que tiene.

—Controlo la sonrisa que me nace al escuchar el bufido a mi espalda—.

Desde mi punto de vista, os estoy haciendo un favor al querer invertir mi tiempo y recursos para adiestrarla.

—¡No soy ningún perro!

Mucho estaba tardando en mantenerse callada. Me muevo tan rápido que apenas es consciente de cuándo me giro, la agarro con una mano por el cuello y la mantengo quieta sobre la puerta.

—Lo que necesitas es aprender cierta disciplina para moverte en este mundo.

Esta vez sus ojos me observan con un sutil deje de pánico que intenta camuflar. Sin embargo, está ahí cuando presiono las yemas de mis dedos sobre su garganta.

—¡Suéltala, Takeshi!

Oigo el inconfundible sonido del seguro de un arma.

No hay duda de que Vladimir me está apuntando directamente a la nuca.

La suelto y me aparto. No porque él me lo ordene, sino para hacerle saber mi punto.

—Dos veces, Pavlov. —Vuelvo a centrarme en el pakhan —. Solo dos ocasiones me han hecho falta compartir a su lado para saber que está viva de milagro.

—¿Y a ti qué más te da?

Buena pregunta…

Observo el cañón apuntando en mi dirección. Sé que no va a disparar, si quisiese ya lo hubiera hecho. Por lo que, sin preocuparme, alargo mi mano y aparto la pistola.

—No tengo ni idea de qué significa ella en tu organización, tampoco me interesa.

No obstante, deberías agradecer que me tome la molestia siquiera, cuando no solo le he perdonado la vida dos veces, sino que, si no recuerdo mal, fui el único que se quedó y te ayudó cuando se desató el infierno con aquellos cuervos.

—No te pedí que lo hicieses —dice, guardando su arma en el arnés que lleva debajo de la chaqueta.

—Exacto. Fue mi decisión. Podría haberte declarado la guerra por lo que pasó. ¿Quién no me dice que todo estuvo orquestado para acabar con el resto de organizaciones?

—Sabes que no fue así. Aquel ataque me pilló tan de sorpresa como a cualquiera.

—Lo sé —declaro—. Me conoces, Vladimir. No soy benévolo y, a pesar de ello, te eché una mano cuando más lo necesitaste. No seré un jefe de la mafia, pero no voy a permitir desaires ni faltas de respeto por parte de nadie cuando mostré generosidad en un momento de dificultad.

—Pero ¿por qué llevártela a Japón?

Entiendo que Vladimir no se crea mi patraña de excusa. Soy el ejecutor de Takana Haito. No siento piedad ni remordimiento, y mucho menos soy una persona considerada. Elimino sin misericordia al agravante, ¿por qué, siquiera, me tomo esa molestia con ella?

Porque al conocerla descubrí que sería una herramienta útil para ciertos asuntos internos que están surgiendo entre los Yamitsuru-kai , la asociación a la que pertenezco, y el clan rival, los Kusari-kai . Sin embargo, Vladimir Pavlov no debe saberlo.

Nada es más peligroso dentro del mundo de la mafia que sepan que se está anticipando una guerra antes de que esta se materialice. La sospecha, cuando se pronuncia en voz alta, deja de ser una ventaja y se convierte en un peligro.

Sostengo la mirada de Vladimir sin parpadear. Él busca un titubeo, una grieta en mí que no encontrará.

—Realmente Japón no es solo el destino —respondo al fin, con voz plana—.

Es el escenario para instruirla y que pueda moverse en este mundo sin que te tenga que preocupar a quién ofende y quién la matará sin contemplaciones.

Porque ambos sabemos que, si alguna de las cosas ocurre, tú serás el responsable, y dudo que a tu pareja le haga gracia.

Vladimir entorna los ojos. Sabe que no miento, pero también que no le estoy diciendo la verdad completa y que, de alguna forma, tengo mis propios intereses.

—No te creo, pero por una vez lo dejaré pasar —me advierte—. Eso sí, si le llegase a ocurrir algo, tend…

— Yamitsuru kai no shiokinin.

«El castigador de la Asociación de las Grullas Oscuras», ese soy yo. Ese es uno de mis tantos apodos dentro del clan, por eso me sorprende que salga de la boca de alguien externo.

—No sé por qué me extraña que el vanidoso de Yuri Novikov sepa hablar japonés. —Le sonrío, estirando mi mano para saludarlo.

El tipo está demasiado zumbado para su propio bien, aun así, siempre me ha caído bien.

—Ya sabes que soy una auténtica caja de sorpresas.

Me devuelve el apretón y agacha sutilmente la cabeza en una especie de reverencia. Yo no soy el oyabun , jefe de la Yakuza, y que me dedique a mí esa muestra de respeto hace que yo se lo tenga a él.

—¿Qué tal todo? —cuestiono cortés.

—Ahí ando… —Me guiña un ojo por su propia broma, ya que va en silla de ruedas—. ¿Te ha puesto al tanto nuestro querido amigo Vladimir de las buenas nuevas?

Arqueo una ceja en dirección al pakhan .

—No ha tenido demasiado tiempo mientras me apuntaba con su arma.

—Bah, no se lo tomes en cuenta. Ese el mayor gesto que tiene Vlad para mostrar su amistad. ¿Sabes la de veces que me ha apuntado a mí? Y míranos… Como hermanos.

—No me toques los cojones, Yuri —masculla entre dientes Pavlov—. ¡Y deja de llamarme Vlad, joder!

—¿Ves? El pobre es un atrofiado emocional, pero sé que me aprecia.

—No lo dudo —ironizo.

—Lo que aprecio es mi poder de contención. Hace tiempo que debería haberte empujado ladera abajo para deshacerme de ti de una puta vez.

Observo que a Yuri le divierte tanto como a mí sacar de quicio al pakhan ; puede que esa sea una de las razones por la que nos llevamos tan bien.

— Krasivaya … —Sheila pasa a mi lado y no entiendo la razón de por qué me molesta ver cómo se sienta en el brazo de la silla de ruedas y, con confianza, le echa un brazo a Yuri por los hombros—. ¿Le has mencionado al shateigashira que tendréis compañía en su preciado Kioto?

—¿A qué se refiere, yuki ?

Me centro en ella y en la sonrisa de sabelotodo que no me gusta ni un pelo que me dedica.

—Yuri… —lo amonesta Sheila como si tratase con un niño pequeño y hubiesen tenido esta conversación más veces.

Él le sonríe todo inocente.

—Entenderás que sería muy inconsciente por nuestra parte dejar a esta preciosa mujer sola en Japón con alguien como tú, ¿no crees?

—¿Dije que me caía bien Yuri Novikov? Lo retiro—.

Hemos decidido que, mientras tú saldas tu deuda e instruyes a Sheila en una perfecta geisha , yo ampliaré mi negocio y llevaré a tu ciudad mi querido Mystral.

—¡No vas a montar un local como ese allí! —exclamo serio, abandonando la camaradería que hasta ahora he intentado aparentar.

—¡No vas a venir, Yuri! —dice a la vez ella, levantándose y encarándolo.

—No iré por ahora, krasivaya —la mira directamente—, pero quizá, cuando le plantee a Takana Haito asociarse conmigo, le parezca una idea estupenda.

Maldita sea, por supuesto que el oyabun daría su visto bueno a algo así. Y, si lo hiciese, no podría oponerme.

En cierto modo me la suda lo que haga o deje de hacer Yuri, lo que en realidad me molesta es su presencia en Kioto cuando tengo planes específicos para ella.

Sheila no es una rehén, ni siquiera un capricho. Es un detonador para que el futuro del clan Yamitsuru-kai siga siendo una realidad. Y no necesito a nadie husmeando en ellos, no cuando estoy planificando un golpe de estado dentro de mi propia organización.