Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

De todas formas, ¿qué cojones significa eso? ¿Soy parte de la Cosa Nostra, de la Bratva? ¿A quién o a qué demonios le debería deber lealtad?

Son demasiadas preguntas importantes para alguien que no estudió más allá de la Educación Secundaria Obligatoria.

—Tendrás a tu alcance, si lo necesitases en algún momento, una presencia discreta —responde una nueva voz—. La mía.

No necesito girarme para saber quién es.

Yuri entra empujando su silla con una sonrisa ladeada, seguido de Marco, que saluda con un leve gesto de cabeza antes de quedarse en segundo plano.

—¿Presencia discreta? Estáis de coña, ¿verdad? —Alterno la mirada entre Vladimir y Adriano.

—Lo sé. Sé que mi sola persona es capaz de opacar cualquier templo que nos encontremos. Es la cruz con la que vivo eternamente —dice sin pizca de modestia—, pero te aseguro que, si me lo propongo, puedo pasar tan desapercibido como Marco.

El mencionado hace una mueca con sus labios. Aunque, debajo de toda esa indiferencia, atisbo una débil sonrisa.

—Lo dudo… —murmura Vladimir.

—No me subestimes, querido amigo Pavlov.

Vladimir aprieta los dientes, molesto.

—No te enredes, Yuri. A lo que vamos —lo insta Adriano.

—Como el buen y respetado empresario que soy —continúa Yuri, y se escuchan varios bufidos—, he decidido que Kioto necesita una expansión del Mystral. Un movimiento empresarial completamente legítimo, por supuesto.

—Claro —resopla Isabella—. Tan legítimo como todo lo que haces.

—Siempre quise probar la gastronomía japonesa —añade él, ignorándola—. Y alguien tendrá que vigilar que nuestra pequeña kamikaze no se meta en demasiados problemas.

—No soy una kamikaze.

Aunque, qué cojones… Pues claro que lo soy. Es mi segundo apellido, ¿no?

—Las mentiras no te sientan bien, krasivaya —responde con una sonrisa socarrona.

Marco se aclara la garganta.

—Podemos montar un sistema de seguridad sin que la Yakuza lo detecte fácilmente. Vigilancia remota, rutas seguras, contactos locales… —explica en voz baja—. No será perfecto, pero no estarás desprotegida.

Los miro a todos en silencio.

Hace unas horas discutían como si yo fuera una carga imposible de gestionar y ahora están organizando un despliegue digno de una guerra fría para acompañarme al otro lado del mundo.

Algo cálido me aprieta la garganta.

—No tenéis que hacer esto —digo, aunque sé que ya es tarde.

—Sí que tenemos —responde Alina—. Porque tú lo harías por cualquiera de nosotros.

Vladimir interviene:

—La Bratva cubrirá los movimientos fuera de Kioto. Contactos, rutas y… posibles salidas de emergencia, en caso de que necesites una vía de escape.

—La Cosa Nostra se encargará de que cualquier trato comercial que rodee tu presencia tenga respaldo —añade Adriano—. Si alguien intenta tocarte, no solo se enfrentará a Takeshi.

Todo lo que dicen no es incómodo, sino más bien protector.

Miro la maleta abierta a la par que lo hago con sus rostros.

Por primera vez desde que Yuri reveló la verdad, siento que no voy hacia Japón como una niña perdida buscando respuestas, sino como alguien que ha elegido su propio camino.

Cierro la cremallera con un tirón firme.

Sin embargo, esto no está bien. Estoy cansada de ser una carga. Nunca me ha gustado depender de nadie, he ido saltando de un trabajo a otro porque era lo que necesitaba para sobrevivir, y desde que me rescataron abandoné mi propia vida y la dejé en sus manos.

—Os agradezco todo lo que habéis hecho por mí todos estos meses y lo que estáis dispuestos a hacer ahora…

—Sheila… —menciona Alina, conociéndome y sabiendo que declinaré su oferta.

—Vosotros ya habéis tenido vuestra historia y, por suerte, habéis salido victoriosos. No puedo permitir que ahora os involucréis en la mía.

—No sería ninguna carga.

Que esas palabras salgan justo por parte de Vladimir me enternece más de lo que debería.

—Sabes tan bien como yo que lo sería. —No lo niega—. Os prometo que, si las cosas se vuelven peligrosas, recurriré a vosotros, pero por mi parte no os preocupéis, por suerte, sé hablar japonés —murmuro.

Yuri suelta una carcajada suave.

—Oh, Sheila… Si esa es tu decisión, la respeto y me mantendré al margen. —E inclinándose hacia delante, me muestra una sonrisa cuando añade—: Pero estando al lado de Kuni Takeshi, el idioma será el menor de tus problemas.

Lo observo un segundo. Todos hablan de él como si se tratase del hombre del saco, sin embargo, hasta ahora, en los dos encuentros que yo he tenido con él no he percibido ese peligro del que hablan.

—Os mantendré informados de mi estancia —aseguro, cerrando la maleta.

—Más te vale, bruja —gruñe Isabella, envolviéndome en un abrazo.

Las despedidas son dolorosas e implican una pérdida real al separarnos de personas, lugares o situaciones que forman parte de nuestra identidad, rutina o afecto. Representan el fin de una etapa, obligándote a enfrentarte a la incertidumbre del devenir.

Intento alejar al ejecutor de mi mente, y a la pena que siento en el pecho al despedirme de la familia que he creado, y me centro en lo que me sigue rondando la mente.

—¿Crees que realmente se quitó la vida? —le pregunto a Yuri en voz baja antes de despedirme de él.

Su sonrisa, por lo general perpetua, se desvanece y adquiere un semblante más serio.

—Creo que, en ese mundo, la verdad siempre tiene más capas de las que nos cuentan.

Asiento.

En el fondo, eso es justo lo que espero encontrar.

No solo una tumba, sino una verdad oculta.

Hay algo que, desde que me he enterado, me reconcome por dentro. Y es pensar que su muerte, a pesar de los veinticuatro años que he pasado sin conocerla, esté relacionada con mi vida.

Y hasta que no descubra si estoy equivocada, no podré vivir en paz.