Capítulo 3
Sheila
H acer una maleta siempre me ha parecido algo simple. Consiste en doblar ropa, elegir zapatos, meter el neceser y comprobar que no olvidas el cargador del móvil. Gestos mecánicos y diría que casi aburridos.
Ahora, sin embargo, cada prenda que meto en el interior de la maleta pesa como toneladas de mis propios sentimientos, esos que siempre evito porque pensar demasiado en ellos duele.
La cremallera abierta parece una boca monstruosa esperando a que le derrame todos mis pesares.
Yuri no debería haber dicho aquello. No puedo creer que sea cierto, aunque una parte de mí sabe que no miente.
«No se puede matar a alguien que ya está muerto».
Su voz sigue resonando dentro de mi cabeza mientras meto una camiseta negra entre los vaqueros. La intento doblar con cuidado, concentrándome en que no quede ninguna arruga, por mucho que mis manos no dejen de temblar.
Dos años.
Mi madre lleva dos años muerta y yo acabo de enterarme.
Llevo la mayor parte de este año intentando recomponerme, recogiendo los pedazos de lo que quedó de mí y lamiéndome en silencio heridas que nadie puede ver.
Me repetía que no había prisa, que primero debía aprender a vivir sin miedo, a caminar sin mirar atrás cada pocos pasos.
En el fondo de mi subconsciente estaba convencida de que ella seguiría ahí, esperándome en algún rincón del mundo, como si lo nuestro fuese una historia inconclusa que podía empezar a escribirse cuando por fin me sintiera preparada.
Y ahora entiendo, de golpe y porrazo, que estaba equivocada.
Nos acostumbramos a vivir creyendo que el tiempo es una especie de cuerda infinita, que siempre habrá un mañana para hacer esa llamada pendiente, para realizar el viaje que siempre estamos posponiendo, preguntar aquello que nos quema por dentro o para abrazar a quienes más necesitamos.
Aplazamos decisiones como si la vida fuese paciente, como si el mundo aceptase nuestros términos y se detuviera de manera obediente hasta que conseguimos reunir el valor suficiente.
Pero la verdad es otra bien distinta: el tiempo no espera, no negocia y mucho menos avisa.
Se escurre entre los dedos con crueldad, y cuando al fin decidimos avanzar, puede que ya no quede nada ni nadie al otro lado.
Quizá por eso ahora todo se siente distinto. Porque he comprendido que las segundas oportunidades no siempre existen y que vivir esperando el momento perfecto es la forma más lenta de perderlo todo y engañar a nuestra propia cobardía.
Tal vez no podamos controlar cuánto dura algo, pero sí elegir qué hacemos con los segundos que todavía nos pertenecen.
Ya no quiero seguir viviendo como si la vida estuviese en pausa. Quiero tomarla, aunque no pare de temblar, por mucho que duela y llegue demasiado tarde para algunas cosas.
«Suicidio».
Eso es lo único que ha añadido con ese tono suyo que nunca sabes si es compasión o simple indiferencia, después de lanzarme una bomba que ha estremecido la poca estabilidad que me quedaba.
—Se comenta que Takana Akemi se quitó la vida —ha dicho mientras giraba con lentitud las ruedas de su silla—. Sin embargo, ya sabéis cómo funciona la Yakuza. Las vidas personales son terreno prohibido. Cuanta menos información salga fuera, menos puntos débiles pueden explotar sus enemigos.
Lo ha contado como quien habla del tiempo, sin darse cuenta de que algo dentro de mí se estaba destrozando.
Respiro hondo y cierro los ojos.
Durante años no sentí la necesidad de saber quién era ella. Era más fácil imaginarla como un concepto lejano que enfrentarme a la realidad. Y ahora todo lo que tengo son más preguntas que respuestas.
¿De verdad se quitó la vida?
¿O quizá alguien decidió que esa era la versión más conveniente de contar?
Aprieto la mandíbula con fuerza. Si me concentro en el dolor de esos músculos, puede que otros dejen de doler tanto.
Lo que tengo más claro que nunca es que me voy a Japón.
Si alguien pensaba que soltando esa información sobre mí me disuadiría, no me conocen en absoluto.
—Sabía que te encontraría aquí —dice Alina desde la puerta.
Ni siquiera me giro.
Escucho sus pasos acercarse de forma suave y cuidadosa, como si yo fuese algo frágil y temiera romperlo si hace algún movimiento brusco.
—No habrás venido a intentar convencerme de que no vaya, ¿verdad? —pregunto.
—Por razones puramente egoístas debería hacerlo. Tendría que sacar la artillería pesada y hacer lo posible para que te replantees tu decisión, pero por mucho que me cueste no lo haré.
Oír sus palabras me obliga a mirarla.
Esta vez no hay miedo en sus ojos. Tampoco reproche. Solo descubro compasión en sus bonitos ojos azules, lo que consigue que el nudo que tengo en la garganta aumente de tamaño.
—Te entiendo, Sheila —añade—. No quiero que te vayas, pero comprendo que lo hagas.
—¿En serio?
El peso que llevo en el pecho se remueve apenas un milímetro.
—En su día, mi hermano también intentó que abandonase mi insistencia en buscarte, sobre todo cuando apuntaba por tu mensaje que te marchaste de forma voluntaria.
—Me muerdo el interior de la mejilla y mantengo silencio; si hablo, lloro.
Y sé que en el momento que abra las compuertas no podré parar—. «¿No me busques?». ¿En serio, Shei?
Arquea una de sus perfiladas cejas rubias.
—Sí, fui poco original y escueta.
Mi voz sale más ronca de lo habitual.
Ella sonríe con pesadez.
—A pesar de tu mensaje, algo en mi interior me decía que tenía que buscarte.
Ahora entiendo que Vladimir no quisiera que lo hiciera.
A su manera, despegada, se preocupaba por mí.
—Pone los ojos en blanco—. Ahora lo sé porque es lo que siento yo respecto a ti.
—Se acerca hasta a mí y me coge de las manos—.
No quiero que te vayas por mi paz mental.
Saber que estarás lejos, rodeada de personas desconocidas y peligrosas, me estruja el corazón, Sheila.
—Yo…
—No. Déjame acabar —me corta—. Como he dicho, es por puro egoísmo. Sé que, si insistiese, lo harías por mí y te quedarías. Pero ¿qué clase de amiga sería si lo permitiese?
—Una que se preocupa tanto por mí que está dispuesta a recorrer el infierno por encontrarme —le respondo a media voz.
—Lo haría una y mil veces. Casi te pierdo una vez porque no supiste cómo confiarme tu historia.
Y ahora entiendo que no lo hicieses. —Cabecea—.
Te hubiese intentado quitar la idea de perseguir el fantasma de tu pasado antes de que te lanzases, como una kamikaze, sola tras la verdad.
En este momento, lo mínimo que puedo hacer es apoyarte, ayudarte en lo que necesites, por mucho miedo que me dé que te alejes.
—No lo haré por mucho tiempo. —Apoyo mis manos en su barriga—. Nadie podrá evitar que sea una de las primeras personas en conocer a mi sobrina.
Le acaricio la protuberante barriga. Le quedan un par de meses para que salga de cuentas y no veo el momento de que este bebé ilumine nuestras vidas, que falta nos hace.
—Más te vale, o seré capaz de viajar a Japón y estrangularte yo misma con el cordón umbilical. —Sonríe mientras se le escapa una lágrima.
—¿Reuniones sin involucrarme? —interviene Isabella desde la puerta—. Qué bajuno…
Alina y yo giramos la cabeza en su dirección. Me muevo, le echo el brazo a Ali por encima de los hombros y saco cadera.
—Si vas a seguir con tu actitud de ordeno y mando, sí, estás excluida.
Si se tratase de otra persona, sé que mi comportamiento y mis palabras serían hirientes, pero hablamos de Isabella Moretti, la tía más dura que he conocido jamás y, todo hay que decirlo, a la que admiro.
Como imaginaba, ella pone los ojos en blanco, descartando mi pulla.
Al igual que el resto, se ha cambiado de ropa nada más llegar a la mansión en Parioli. Lleva unos vaqueros ajustados y una camiseta holgada de Led Zeppelin. Un atuendo nada reseñable que en ella se ve como si estuviese lista para posar en cualquier photocall .
—No me gusta tu plan —recalca, por si no me ha quedado claro—. Pero tampoco me gusta verte vivir con dudas. Te conozco lo suficiente para saber que no vas a parar hasta descubrir la verdad.
Se apoya en el marco de la puerta con los brazos cruzados. Percibo que su expresión es distinta a la que tenía en el despacho de Vladimir. Menos furia y más aceptación.
—Además —continúa—, si alguien cree que te vas a meter tú sola en la boca del lobo sin un arma con balas de madera, es que no me conoce.
—Eso suena a plan peligroso.
Sonrío sin querer.
—Lo es —responde una voz masculina desde el pasillo.
Adriano aparece primero, elegante como siempre, y se dirige a Alina, a la que abraza como si fuese lo más valioso de su mundo. Que lo es.
Tras él, Vladimir entra con esa presencia que parece ocupar más espacio del que realmente hay y se queda a la espalda de Isabella, como si su misión vital fuese siempre custodiarla.
—Ni la Bratva ni la Cosa Nostra vamos a permitir que una de las nuestras viaje sin protección —dice el ruso con tono seco.
—Yo no soy «una de las vuestras» —murmuro.
—Discútelo luego —replica él sin mirarme siquiera. Entierra su nariz en el pelo de la italiana y aspira—. Ahora, escucha —ordena cuando ha esnifado su dosis.
Adriano se sienta encima de la cama, arrastrando a Alina a su regazo, y observa la maleta abierta cuando toma la palabra.
—Sé que quieres indagar en quién fue tu madre, Sheila, pero nadie debe saber quién eres realmente.
—No soy estúpida. Solo quiero descubrir mis raíces, nada más. No significa que aparezca allí con un cartel que ponga: «Hola, soy la hija perdida de la mujer del jefe. Vengo a por mi herencia, cabrones».
A Alina se le escapa la risa, que oculta tras su mano.
—Takeshi cree que tiene el control de la situación. Y quizá lo tenga dentro de su territorio. Sin embargo, eso no significa que vayas a estar sola allí.
—¿Qué estáis planeando? —pregunto, cruzándome de brazos.
Un mecanismo de defensa muy útil para que no vean que me tiemblan las manos tras escuchar que me consideran una de las suyas.