Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

Sheila

¿A lguna vez has tenido la sensación de que tu propia vida avanza sin pedirte permiso? ¿Como si fueras una espectadora sentada en la última fila y alguien más tomara las decisiones mientras tú solo observas cómo sucede todo?

¿No?

Vale, pues yo tampoco lo había sentido hasta hace un tiempo. Siendo exacta, desde el día en el que me rescataron después de haber sido secuestrada.

Antes de eso, mi mundo era distinto. O quizá no tanto. Desde los dieciocho años he estado por mi cuenta y, si soy sincera, tal vez llevaba estándolo desde que tengo memoria.

Permanecer rodeada de gente no siempre significa sentirse acompañada. Aprendí muy pronto que el ruido de muchas voces no sustituye el silencio de un abrazo que nunca llega.

No es lo mismo crecer arropada por el calor de un hogar, con una familia que discute, ríe y se equivoca contigo, que hacerlo entre las paredes de un orfanato.

Allí todo era ordenado, predecible, casi perfecto. Monjas que cumplían horarios estrictos, niños que compartían historias parecidas a la mía y una rutina que se repetía día tras día hasta borrar cualquier sensación de individualidad.

No quiero que suene a reproche, ir a parar al centro de las Hermanas de la Caridad fue lo mejor que me pudo pasar dadas mis circunstancias.

Nunca me faltó ropa limpia ni un plato de comida caliente.

Recibí educación, disciplina y un techo bajo el que dormir.

Hubo incluso momentos felices, pequeños destellos que aún conservo y atesoro en mi corazón.

Pero con los años entendí que aquella no era la crianza habitual, sino una versión práctica y funcional del propio afecto.

Una que te enseñaba a sobrevivir antes que a pertenecer a alguna parte.

Siempre he sido una chica pragmática. Me enfoco en lo útil, practico y concreto. Busco resultados eficaces antes que darles vueltas a las cosas y que se conviertan en algo abstracto.

Tal vez por eso, cuando salí de aquel infierno que viví hace unos meses, todo me resultó extraño. La libertad y la calidez inesperada de la gente que decidió quedarse a mi lado hizo que se me instalase el miedo a confiar.

Primero estuvieron Alina, mi mejor amiga, mi hermana de elección y mi persona favorita en el mundo, junto con su pareja, Adriano.

Ellos fueron como un puente entre lo que había sido y lo que no sabía cómo volver a ser.

Los que me ayudaron, me ofrecieron refugio, paciencia y una normalidad que me resultaba casi incómoda.

Alina se convirtió en una especie de guardiana incansable, siempre pendiente de mí, siempre alerta, como si temiera que fuese a desaparecer en cualquier momento.

No la culpo, desaparecía frente a sus narices haciendo bomba de humo.

Sin embargo, yo no sabía cómo respirar sin sentirme observada.

Así que, cuando la sobreprotección de mi mejor amiga empezó a pesar más que el propio recuerdo del peligro, necesité tomar distancia. No fue fácil ni para ella ni para mí. No obstante, necesitaba demostrarme que podía caminar sin que alguien sostuviera mi mano.

Fue entonces cuando apareció Isabella.

Con ella todo era distinto. No me miraba como a alguien roto ni como a una víctima, sino que lo hacía como a alguien que está aprendiendo a reconstruirse.

Bajo su ala encontré un espacio más silencioso y mucho menos asfixiante, donde pude volver a escuchar mis propios pensamientos sin el eco constante del pasado.

Supongo que ahí empezó de verdad esta nueva etapa de empezar a sentirme únicamente la chica rescatada y pasé, poco a poco, a preguntarme quién quería ser ahora que el infierno había quedado atrás, por mucho que sus cenizas siguiesen pegadas a mi piel.

Con lo que no contaba es con que Isabella se transformase y se autoproclamase mamá gallina. Quizá sea un superpoder que ha adquirido con su reciente e inesperada maternidad.

Que el pequeño Adri haya llegado a su vida, tan de repente, la ha cambiado en múltiples aspectos.

—No. Ni hablar —niega por centésima vez—. No se va a ir con él.

—¿Y quién se lo va a impedir? ¿Tú? —gruñe Vladimir, tirando de mala manera su antifaz sobre el escritorio.

—Si hace falta sí.

—No me hagas reír, Bella…

—¿Me ves que te esté contando algún chiste?

«Está claro que a chula no la gana nadie», pienso cuando la veo plantarse frente al pakhan con las manos en su cintura sin amilanarse.

—Lo que menos necesitamos en este momento es discutir entre nosotros —interviene Alina, apaciguadora—. Debemos encontrar otra solución.

—No seas ingenua, principessa . Cuando la Yakuza toma una decisión, no acepta negociaciones que valgan —le hace saber Adriano Moretti a mi amiga.

—La culpa es suya. —Me señala Vladimir—. Tiene una lengua demasiado larga.

¿Quedaría muy mal que soltase una carcajada tras su comentario?

Es eso o soltarle una hostia. Pero por mucho que piense que soy impulsiva, no soy estúpida. Nadie levanta la mano al jefe de la mafia rusa y sale viva para contarlo.

Aunque ganas no me faltan de calentarle un poco las mejillas.

Seguimos en el Mystral, solo que ahora nos hemos trasladado al despacho privado de Vladimir. Ese que un tiempo atrás fue de las pocas zonas que no voló por los aires cuando la loca de Larisa cayó en la trampa que él mismo tejió.

Una vez que Takeshi se ha marchado, he ido a mis amigas a comentarles el nuevo giro que ha dado mi vida. Lo que no esperaba es que entrasen en pánico y convocasen gabinete de crisis.

Y ya se sabe que, donde hay reunión de pastores, aparecen ovejas muertas.

Observo desde el sofá, en el que he plantado el culo y ni me he movido desde que entré, cómo debaten entre ellos mi situación.

Todavía no he decidido cómo sentirme, si halagada, divertida u ofendida, por que estén intentando buscar soluciones sin tener en cuenta mi decisión. Creo que será una mezcla de todos esos sentimientos.

Es bonito que haya personas que se preocupen por una.

También es divertido ver cómo ellas se niegan a aceptar mi destino mientras que ellos seguro que piensan por qué deben comerse este marrón por alguien como yo.

Sin embargo, es un poco ofensivo que ni siquiera me hayan preguntado qué es lo que opino yo de todo esto, teniendo en cuenta que se trata de mi puta vida.

—Avisad a Yuri —demanda Isabella.

—¿Al cojo? Sí, claro. El que faltaba… —bufa Vladimir.

Adriano suelta una carcajada.

—Esto cada vez se pone más interesante —comenta, frotándose la cara.

—Quizá sea una buena idea —secunda Alina a Isabella—. Él tiene información de todo el mundo, ¿no? Igual conoce algún oscuro secreto que involucre a Kuni y que podamos usar contra él para que absuelva a Sheila de esta estúpida penitencia.

—Despierta, Ali —vocifera Pavlov—. Todos los secretos del ejecutor son oscuros. ¿Crees que le importaría una mierda?

—O lo llamas tú para que venga o lo hago yo —insiste Isabella—. Y sabes que soy su favorita.

—Deja de retarme, koshka .

Ambos se miden con la mirada y comienza una guerra silenciosa entre azul helado contra castaño salvaje que, si no estuviéramos aquí, resolverían follando.

No da tiempo a saber quién cede a la voluntad del otro cuando la puerta del despacho se abre y aparece el rey del Mystral arrastrando su propio trono.

—¿Qué demonios hacéis aquí escondidos? Os estáis perdiendo la inauguración.

Yuri Novikov invade la estancia como si se tratase del rey Midas, que todo lo que toca se convierte en oro.

Y puede que no vaya muy desencaminado. No conozco a persona que tenga tanta suerte como la tiene él.

No pertenece a ninguna Bratva, y ni falta que le hace.

Creo que él es su propia mafia y el que nos ha salvado el culo a los aquí presentes en más de una ocasión.

Tras él aparece Marco, el hacker y socio empresarial de Isabella.

Es lo opuesto al ruso. Una persona que prefiere sentirse invisible para cualquiera antes que ser el centro de atención.

La relación que les une me resulta todo un misterio.

No pueden ser más distintos entre ellos, y lo cierto es que me flipa la pareja que hacen.

—Kuni Takeshi se siente ofendidito por un comentario que le hizo Sheila y ahora exige como compensación llevársela a Japón para que le sirva —resume Isabella.

Yuri gira la cabeza en mi dirección y me observa con esos ojos analíticos que tiene.

—¿Has cabreado al ejecutor? —pregunta, y me encojo de hombros a modo de respuesta—. Sabía que me caías bien. —Sonríe como el sociópata que es.

—Necesitamos encontrar algo para que pueda liberarse sin que tenga que salir herida —continúa la italiana.

—No es fácil romper tratos con la Yakuza. Si algo los caracteriza es que se rigen por códigos de honor.

—¡Algo debe de haber! No podemos consentir que se la lleve para hacerle quién sabe qué —comenta Alina angustiada.

Al verla así, algo se me remueve por dentro.

Ella es la única a la que nunca quiero ver sufrir. Si no hubiese sido por su insistencia, por su afán por encontrarme, yo no seguiría viva.

Ha sido gracioso verlos debatir entre ellos, pero creo que ha llegado demasiado lejos.

Sin mediar palabra, me pongo en pie y me dirijo hacia la puerta.

—¿Y tú a dónde vas? —cuestiona Vladimir cuando estiro la mano para agarrar el pomo.

—¿Yo? —Me señalo a mí misma—. A hacer la maleta, ¿o eres tan tirano que pretendes que me vaya a Japón con lo puesto?

—¡¿Cómo que a hacer la maleta?! —salta Isabella—. Estamos intentando sacarte de esto.

—Ese es el problema, Isabella. Que estáis. Vosotros. —Hago un gesto con el dedo, abarcando a todos—. En ningún momento habéis preguntado, ni se os ha pasado por la cabeza, qué es lo que quiero hacer yo.

Ella frunce el ceño y el resto tiene la decencia de agachar la cabeza.

—Esto es por ella, ¿verdad? Por tu madre.

Le mantengo la mirada sin llegar a responder.

¿Por quién, si no, sería?

—Sabes que hay otras formas de averiguar de ella. No tienes que meterte de lleno en la boca del lobo.

—Dicen que los lobos solo son peligrosos cuando hay luna llena.

—Déjate de bromas, Sheila, porque justamente esto no lo es —comenta enfadada—. Takeshi es peligroso. ¡Es un asesino, joder!

—¿Y tu novio qué es? ¿El Dalai Lama? —Me giro para encararla—. ¿Y tu hermano? —¿Es que no lo ve?—. No me vengas con moralismos cuando la mayoría de los aquí presentes, por no decir todos, están rodeados de muerte.

No pueden rebatir mis palabras, ya que son ciertas, por lo que prosigo:

»No quieres que me involucre con un asesino, pero ¿qué diferencia hay quedándome con vosotros?

—A nosotros nos conoces. Somos tu familia —murmura ella.

—Lo sé. Y por eso tienes que dejarme volar… —Le suplico con la mirada.

El silencio que sigue a mis palabras es incómodo.

Cómo no, es interrumpido por el único al que se la suda todo cuanto pase a su alrededor.

—¿Quién es tu madre? —cuestiona Yuri.

Agacho la cabeza para poder mirarlo a los ojos. Las chicas están al tanto de mi descendencia y algo me dice que han puesto al corriente a Moretti y Pavlov, pero esta será la primera vez que lo diga en voz alta, y lo siento como un momento importante y definitivo.

—Mi madre es la esposa de Takana Haito.

Tras mi revelación, Yuri apoya un codo en el brazo de su silla de ruedas y se frota los labios con los dedos mientras no despega sus ojos de los míos.

—Interesante…

—¡Interesante mis cojones! —exclama Isabella—. Estás jugando con fuego, Sheila —me advierte, obcecada—. No puedes infiltrarte en el clan Yamitsuru kai [2] , desvelar que eres hija de la esposa del jefe y salir viva.

—¡Maldita sea! ¡No voy a desvelar nada! —me exaspero.

—Entonces, ¿qué es lo que pretendes?

—Bella, ella…

—No, Alina —la corta—. Su madre la mandó lejos por una buena razón. Entiendo que quieras descubrir tus orígenes, pero ¿no te has parado a pensar que escarbar en el pasado os pone a las dos en peligro? Vas a conseguir que no solo que te maten a ti, sino también a ella.

Se me instala un fuerte dolor en el pecho.

¿Cree que no lo he pensado? ¿Que no he barajado esa posibilidad?

Sin embargo, es lo último que querría.

Mi madre arriesgó su vida solo por continuar con el embarazo y darme, aunque fuese lejos de ella, la oportunidad de vivir.

Tienen que entender que quiera saber de dónde provengo.

Hasta ahora no me había importado, estaba bien viviendo en mi ignorancia, pero durante varias semanas, cada uno de los días que pensé que era el último que seguiría viva, en lo único que pensaba era en que abandonaría este mundo sin saber nada de mis raíces.

No me pueden acusar de querer saber qué vida hubiese tenido si las circunstancias hubieran sido diferentes. Si mi madre no hubiese sido una princesa de la Yakuza y yo no hubiera sido un error.

—No creo que ese sea el problema —dice Yuri de pronto, rompiendo el tenso momento.

—¿El problema de qué? —cuestiona Vladimir, que me alegra que hasta ahora se haya mantenido al margen en la discusión entre Isabella y yo.

Sabemos que yo nunca he sido santo de su devoción porque me ha visto como una mala influencia para Alina, por eso me sorprende que no esté añadiendo mi nombre a sus futuros cadáveres por enfrentarme tan abiertamente a la mujer que ama.

—El problema de que, con su aparición, pudiese hacer que matasen a su supuesta madre.

Que diga «supuesta» con ese desdén me cabrea. ¿Acaso pone en duda mi palabra?

—¿Por qué lo dices? —pregunta esta vez Adriano, interesado, adelantándose un paso.

—Porque no se puede matar a alguien que ya está muerto.

El silencio que sigue es tan denso e irreal que siento que he escuchado mal a Yuri. Veo las reacciones a mi alrededor como si estuviera bajo el agua, pero ninguna se compara con la grieta que se abre dentro de mí.

Al final, mi mayor temor se ha hecho realidad.

He esperado demasiado tiempo y sé que nunca tendré la oportunidad de mirarla a los ojos, aunque sea una sola vez.

Supongo que no puedes llorar a alguien a quien nunca llegaste a conocer, pero eso no evita que duela.