Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 1
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Capítulo 1

Sheila

L a música del Mystral suena de forma pecaminosa mientras yo me muevo entre los invitados, fingiendo que encajo, aunque en realidad no puedo estar más fuera de lugar.

De repente, se me eriza el pelo de la nuca, como si mi cuerpo me diese alguna advertencia. Me giro y descubro que mi amenaza tiene nombre y apellido: Kuni Takeshi.

El ejecutor de la Yakuza.

Su presencia hace que las conversaciones se disuelvan, que los dominantes se le queden mirando mientras los sumisos agachan más la mirada. Incluso hasta el DJ parece dudar de si seguir respirando.

Solo Vladimir conserva su sonrisa, aunque se nota a leguas que la está forzando.

Me acerco hasta ellos como si de un ninja se tratase: sin hacer ruido y sin llamar la atención.

—Takeshi —escucho que lo saluda Vladimir, con esa calma que solo el ruso sabe impostar.

«Qué maleducado», pienso cuando no devuelve el saludo y se dedica a recorrer con sus ojos plateados el lugar. Es como si estuviese calculando cuánto le costaría destruirlo.

Tras el escrutinio a la zona, me observa a mí por encima del hombro de Vladimir. Me quedo quieta, creo que apenas respiro. Nuestro duelo de miradas dura unos segundos, pero siento como si me hubiese arrebatado el alma.

—Se me hace raro ver el local sin tantas alas de por medio. ¿Qué sorpresas nos tienes deparadas para esta noche, Pavlov?

—¿Te parece poca sorpresa tu presencia? —responde Vladimir.

—Eso tendrás que agradecérselo a Isabella Moretti —aclara—. Tengo entendido que estáis de nuevo juntos.

—Mi vida privada no es de tu incumbencia. —Observo cómo los hombros de Vladimir se tensan a través de su chaqueta—. No sabía que el ejecutor de la Yakuza tenía tiempo para fiestas —añade.

—¿Y perderme una de vuestras legendarias fiestas? Ni loco. Aunque, en realidad, no estoy aquí para divertirme. Vine a por una disculpa. —Me señala.

Vladimir se gira y me ve. Y ocurre algo inaudito. El hombre de hielo suelta a una carcajada.

—¿Una disculpa de Sheila? —cuestiona incrédulo—. Suerte con eso. La vas a necesitar.

—Oye… —me quejo.

Cuando Vladimir pasa por mi lado, me muestra una imperceptible sonrisa y me dedica un guiño.

«¿Es posible que Vladimir esté al tanto de todo y se haya puesto de mi parte?».

No. No puede ser, ¿o sí?

Dejo de pensar en ello cuando la insistente mirada del nipón me abrasa la piel.

—No creo que sea para tanto que te llamase Doraemon.

Adjudicado. Mi sentido de supervivencia está atrofiado. Es como si fuese: Sheila García, y de segundo apellido, Kamikaze.

—En mi cultura —continúa Takeshi con una calma que corta el aire—, cuando alguien ofende el honor de otro, se espera compensación.

—Por suerte, no estamos en tu país —le rebato.

—No se trata de procedencia, se trata de compensación por un acto cometido.

—Ah, ¿sí? —respondo, fingiendo inocencia—. ¿Y qué clase de compensación sería exactamente? ¿Invitarte a comer sushi ? Oh, ya lo sé, mejor un Yatekomo.

Takeshi sonríe como si mis salidas de tiesto solo le divirtiesen.

—El ofensor debe servir al ofendido hasta saldar la ofensa.

—Donde dije digo, digo Diego —me burlo.

Sé que me estoy pasando. Por norma general, suelo ser una persona bastante agradable, pero hay algo en el ejecutor que, sin poder remediarlo, me hace sacar mi peor versión.

Esta vez, a él se le oscurece la mirada.

Sé que debería estar asustada, que debería pedir disculpas, quizá suplicar o bajar la cabeza, pero ¿hago alguna de esas cosas? Por supuesto que no.

—Entonces, supongo que me toca servirte —digo, encogiéndome de hombros—. Espero que seas un amo razonable.

El brillo en sus ojos cambia.

—No me subestimes, onna [1] .

—¿Y si lo hago?

Maldita sea, ¿puede sentirse una persona más viva que nunca cuando está tentando a la muerte?

—Te enseñaré rápido que la disciplina es un arte. —Sonríe—. Eres un saquito de problemas, onna . —Con eso, se da la vuelta y se aleja sin mirar atrás—. Sígueme —me ordena.

Podría no hacerlo, pero es que al fin he conseguido lo que me proponía.

«¿Quién diría que insultar a un asesino podía ser tan efectivo?».

Takeshi me observa, tras tomar asiento en un sillón de terciopelo rojo, como si el caos del club no pudiera perturbarlo.

Cruza las piernas, deja caer una mano sobre su rodilla y me estudia sin hablar, parece que esperara mi disculpa.

Os lanzo un espóiler: no pienso hacerlo.

—¿Siempre miras así a la gente? —pregunto, apoyándome en la barra que hay a mi lado y fingiendo que no me tiemblan las rodillas.

—Solo a quienes tienen la lengua tan larga como tú —responde.

—Vaya. Y yo que pensaba que solían gustar las mujeres con carácter.

—En mi caso, me gustan las que saben cuándo usarlo.

Su japonés con acento grave y su español casi perfecto se mezclan como un roce en la piel.

—A partir de ahora me servirás.

—¿Sirviendo copas o limpiando katanas ?

—Deberás observar, escuchar y aprender.

«Vaya por Dios, me ha ido a pedir tres cosas que se me dan de pena».

—Ya que vas disfrazada como una geisha —señala mi susohiki , un kimono que arrastra por el suelo—, creo que deberías aprender unas cuantas cosas sobre ellas.

—No voy disfrazada —suelto ofendida. Si él supiese que este atuendo para mí es mucho más importante que una simple prenda de vestir…

Asiente como si le importasen una mierda mis palabras.

—Una geisha no solo entretiene, sino que aprende a leer el alma de quien tiene delante. A dominar la palabra, el silencio y cada gesto.

—¿Insinúas que quieres convertir a esta humilde española en una geisha ? —pregunto, riendo.

—Yo no insinúo, onna , yo ordeno.

Su tono no deja espacio para la broma, y lo peor es que mi cuerpo reacciona.

—Que yo recuerde, no he aceptado nada.

—Y, sin embargo, aquí estás.

Porque soy una idiota curiosa y la curiosidad mató al gato.

—¿Cuál sería la primera lección, sensei ? —lo provoco, disfrutando del brillo que cruza su mirada.

Takeshi se levanta.

Camina hacia mí y se detiene a un paso de distancia.

Huele tan bien que me sorprendo inclinándome hacia su cuerpo.

—Silencio —susurra.

—¿Perdón? A mí no me manda callar ni Dios —suelto, sacando genio.

—Esa es la primera lección, onna . Saber cuándo el silencio vale más que cualquier palabra.

Oh.

—Mira, creo que hemos empezado mal y tendrás que buscar otra penitencia.

Pasa un dedo por mi barbilla y levanta mi rostro.

—Ni siquiera eres capaz de fingir que eres una geisha , ellas dominan la quietud, en cambio, tú usas tu lengua como un arma.

—Hasta ahora me ha servido de maravilla.

—Tú lo has dicho, hasta ahora. —Su mirada se clava en la mía—. Desde esta noche aprenderás a escuchar.

Lo pronuncia tan despacio que cada sílaba parece tatuarse en mi piel. Sé que debería soltar una carcajada y mandarlo a la mierda, pero lo cierto es que siento curiosidad por todo lo que dice y pretende enseñarme.

—¿Y si no quiero aprender? —pregunto, bajando la voz.

—Entonces me demostrarás que no vales la pena. —Sus ojos se oscurecen un tono—. Pero no creo que seas tan tonta.

Dios… ¿Cómo puede sonar tan insultante y tan adictivo a la vez?

—Muy bien, Doraemon —digo adrede, sonriendo.

—Vuelve a llamarme así y la segunda lección será el castigo.

Mi sonrisa se ensancha.

—Vaya, apuestas fuerte, Takisoba .

Él se aparta de mí, una diversión peligrosa se le graba en la mirada.

—Te recojo al amanecer, onna . No me hagas esperar, las verdaderas geishas nunca lo hacen.

—Espera, ¿qué…?

—¿Creías que, tras todas tus ofensas, me limitaría a unas pocas horas? He decidido que te vienes a Japón.

«Me cagüen la hostia…».

No me esperaba que, tras provocarlo, consiguiera un billete directo a Japón disfrazado de penitencia.

—¿Y si me niego?

—Podrías hacerlo, por supuesto. Y atenerte a las consecuencias. —Y, acercándose hasta mí, me susurra al oído—. Pero no me llaman «el ejecutor de la Yakuza» por simple capricho.

El vello del cuerpo se me eriza. No sé si es a causa de su cercanía, su amenaza o una mezcla de ambas. Solo sé que mi cuerpo, ese que desde hace un tiempo ni siente ni padece, vuelve a la vida como si me hubiesen conectado de repente a un enchufe de alta tensión.

Llevo demasiados meses sin acercarme a ningún hombre.

La repulsa y el pánico que me genera solo pensarlo me ha bastado para mantenerme alejada.

Y va este japo de las narices y, con su sola presencia, hace que mi interior vibre de anticipación por sentir sus manos sobre mi piel.

Una piel que refleja las barbaridades que tuve que soportar.

No.

Takeshi es peligroso. No solo me refiero a que sea un asesino sin escrúpulos. Lo es para mi bienestar, para todo lo que he intentado enterrar y reconstruir.

Doy un paso hacia atrás, aumentando nuestra distancia de manera deliberada.

—Que corra el aire, guapo —suelto, disfrazando el miedo que me genera su proximidad con la ironía que tanto me ha ayudado y salvado en los momentos que mi mente ha evocado recuerdos que prefiero no rememorar.

Él se limita a alzar una ceja, observando el espacio que nos separa.

Odio que no sea muy hablador. Las personas que callan, observan. Y cuando te fijas demasiado, terminas por descubrir verdades que duelen.

Cruzo los brazos sobre mi pecho, como una especie de escudo sensorial, y le sonrío.

—Cuando decidí cuál sería tu condena, no premedité que resultase ser tan divertida. —Me dedica una mirada lánguida de arriba abajo que, llamadme loca, la siento incluso palpable.

—Si tu idea es adquirir un nuevo juguete, ya te aviso de que has ido a elegir a la chica equivocada —le advierto, obstinada—. No me vas a tocar ni un pelo.

—Por lo que veo, no me hace falta tocarte para hacerte sentir incómoda.

Dios, debería estar penado con cárcel sonreír de esa forma.

Es un peligro púbico, digo, público.

«No te desvíes, joder», me regaño a mí misma.

—No me haces sentir incómoda —miento como una vil bellaca.

—Ah, ¿no?

Cuando avanza un paso, inconscientemente doy yo uno hacia atrás.

Mierda…

Y dando unos ligeros toques con su dedo en la punta de mi nariz, comenta divertido:

—Las chicas buenas no mienten, onna .

Bufo.

Lo sé. No es un gesto nada elegante, pero parece que Doraemon saca lo peorcito de mí.

—Si esperas a una chica buena, olvídate. No lo soy ni cuando estoy dormida.

—¿Por qué será que no me sorprende?

Lo odio.

—¿Sabes qué? Prefiero que me mates antes de tener que aguantarte —le digo, cabreándome conmigo misma porque consiga afectarme.

Yo soy la reina del sarcasmo. No toleraré que me quite el trono.

—¿Y ser clemente contigo? Si me pides que acabe con tu vida, es que la alternativa que he elegido para ti es la adecuada.

Recoge un mechón que se me ha escapado del recogido y lo frota entre sus dedos mientras lo estudia.

«No tiembles. Entra en modo estatua. No tiembles», repito como una especie de mantra cuando me lo coloca detrás de la oreja.

—Te recojo al amanecer —me repite antes de girarse y alejarse.

—¿No puedes decir una hora concreta? El amanecer es relativo. —Alzo la voz para hacerme oír a través de la música.

Y, sin molestarse en parar, lo escucho decir:

—Qué gracia tendría que te lo pusiese tan fácil.

—¡Para mí no la tiene! —¿Pretende que apenas duerma, pendiente de cuándo sale el sol?

—De eso se trata, onna . De eso justamente se trata… —«Será cabrón». Y esta vez, cuando ladea la cabeza y me observa, dice—: Y respecto a lo de no tocarte, puedes estar tranquila. Serás tú la que termine suplicando que lo haga, Yuki .

Lo último que escucho de él, una vez que desaparece de mi vista, es su carcajada ronca al verme sacarle el dedo corazón.

¿Que yo le voy a suplicar que me toque? Este tiene que nacer dos veces seguidas para que lo consiga.

Y no porque no lo desee, ha quedado claro que Takeshi consigue despertar sensaciones en mí que creía extirpadas, sino que no sucederá por orgullo.

Porque yo puedo tener virtudes, pero, como todos, también tengo defectos, y uno de ellos es que soy demasiado orgullosa para mi propio bien.

No obstante, alrededor del nipón creo que va ser una cualidad favorable para no ceder.

«Y, por cierto, ¿qué cojones significa “ Yuki ”?», pienso mientras saco mi teléfono móvil del bolsillo de mi kimono.

Por razones obvias, desde muy pequeña me interesé en aprender el idioma japonés, pero una cosa es que lo hable y entienda con la mayor fluidez posible, y otra es que sepa todas las palabras que existen, que no es el caso.

Introduzco la palabra en el traductor, y al ver su significado, mis cejas se arquean y se me forma una sonrisa inconscientemente.

Vaya…, parece que no soy la única que pone motes. El caso es que creo que debería ser más ingenioso porque no podría estar más cómoda con él, ya que creo que yuki es perfecto para mí al significar «nieve», porque de unos meses acá mi interior permanece congelado.