Geisha (Mujeres de mafia 4) Prólogo #2
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Prólogo #2

Apoyo la barbilla en los nudillos, fascinado por la forma en que la chica se mantiene erguida unos segundos más de lo esperado. Hay algo en sus ojos que no encaja con el resto. No se trata solo de fuerza, sino es más bien desafío.

Las yemas de los dedos me hormiguean, deseoso por poseerla, por conseguir reducirla a una simple cáscara vacía.

—Siempre hay uno —murmuro para mí mismo, pero sabiendo que mi compañero de atrás puede oírme—. El que cree que será la excepción.

No es muy distinto a la cotidianidad que se vive ahí fuera.

La sociedad presume de orden y justicia, de elecciones y derechos, como si las palabras fueran capaces de ocultar la jerarquía real que sostiene el mundo.

Pocos gobiernan sobre muchos. Siempre ha sido así.

Solo cambian las máscaras, los discursos y las banderas.

Nos imponen sus reglas y nos dicen que somos libres.

Nos ofrecen caminos que ya han sido trazados y celebran cuando creemos haber elegido por voluntad propia.

Qué ironía. Aquí, al menos, nadie se engaña con cuentos bonitos ni malditas utopías.

En estas subastas, el poder es honesto en su brutalidad.

La mujer da un paso tambaleante y levanta la cabeza hacia los asistentes. Por un segundo tengo la absurda sensación de que me mira directamente a mí. No suplica ni baja la vista, solo observa, como si las cartas que le ha tocado jugar no fuesen con ella.

Siento una punzada de interés más profunda.

—Curioso… —susurro.

Ahora su rostro aparece en la pantalla gigante sobre los lotes. Hay algo intacto en ella a lo que aún no logro ponerle nombre. Y eso sí que resulta peligroso.

Porque cuando alguien conserva una parte de sí mismo, incluso aquí, obliga a los demás a recordar que alguna vez también la tuvieron.

Aprieto la mandíbula y me obligo a relajar los hombros. No debo proyectar más significado del necesario. Al final, todos siguen el mismo patrón. Todos terminan entendiendo que no son nada.

—Crees que esto es distinto al mundo exterior —continúo en voz baja, sabiendo que un par de oídos están pendientes de mis palabras—. Que aquí somos monstruos y allí fuera son salvadores, pero el mecanismo es el mismo, solo cambia el decorado.

La mujer vuelve a tambalearse, sin embargo, no se cae. Su respiración agitada se filtra por el recinto. Y, por primera vez en horas, siento algo parecido a la curiosidad genuina.

No porque quiera quebrarla más rápido, sino porque quiero descubrir cuánto puede resistir antes de hacerlo por sí misma.

Me reclino lentamente en el asiento, entrelazando los dedos sobre el abdomen.

Mientras la sala se llena de ese murmullo eléctrico que anuncia el siguiente movimiento, no puedo evitar pensar que, tal vez, la mayor patraña jamás creada no es la democracia ni la libertad, sino la idea de que el ser humano necesita cadenas visibles para estar atado.

—Eso es… —susurro—. Lucha un poco más. Haz que merezca la pena.

Porque, sin resistencia, todo esto sería aburrido. Y yo detesto el aburrimiento más que cualquier otra cosa.

El cronómetro en la esquina superior marca que queda poco para que comience la puja. Sonrío de nuevo, despacio, saboreando la espera como quien deja que un buen vino respire antes del primer sorbo.

Estos lotes, los que pelean y luchan, son los más codiciados. Los que las apuestas suben de forma exponencial. Antes de que comience siquiera, sé que no podré competir contra ningún asistente.

—Acepto —escucho que dice la voz a mi espalda—.

Dejaré que me guíes. —Vuelvo a girar la cabeza por encima del hombro y me centro en mi interlocutor—.

Me da igual lo que cueste, pero la quiero a ella.

—No me hace falta girarme para saber a qué lote ha señalado—.

La única condición es que es solo para mí.

Cabeceo en muestra de asentimiento.

—Habrá que pelear en la subasta —le hago saber.

—No me importa. El dinero no es un problema. La quiero a ella —repite con los ojos fijos en el estrado.

—Que así sea.

El cronómetro llega a cero y la sala se sumerge en una quietud expectante, como si todos contuviéramos el mismo aliento. Las luces descienden apenas un tono y la voz robótica vuelve a deslizarse por los altavoces, suave y ceremoniosa.

—Comienza la puja.

Las cifras que aparecen flotando sobre el estrado ascienden con una rapidez casi obscena. Dedos enguantados se alzan, dispositivos brillan y el murmullo se transforma en un oleaje de depredadores.

No me muevo, me limito a observar primero.

Mi compañero a la espalda se inclina hacia delante con una ansiedad que no puede disimular. Puedo sentir cómo su respiración cambia de ritmo cada vez que el valor aumenta. Es curioso cómo, incluso quienes presumen de sangre fría, terminan revelándose en cuestión de detalles.

La mujer mantiene la cabeza erguida pese al mareo evidente. Sus rodillas vacilan, pero no ceden ante la evidencia.

Son ganado. Simples reses para que liberemos nuestro yo real.

Hay algo en esa resistencia que rompe la monotonía del ritual. Mide cada mirada que cae sobre ella. Nos reta a que nos obsesionemos con ella.

—¿Por qué no llora ni aparta la vista como los demás? —murmura mi incipiente socio.

—Porque, aunque no lo sepa, en su interior, su alma está tan corrompida como la nuestra.

El primer golpe de cifras altas llega como una ola que arrastra a varios asistentes fuera de la competición. Algunos resoplan, otros ríen indiferentes. El sistema emite un zumbido cada vez que una nueva oferta supera a la anterior, y ese sonido se vuelve hipnótico.

Cruzo los brazos sobre el pecho, sintiendo cómo mi chaqueta se tensa a la par que el resto de mi cuerpo.

Recuerdo mis primeras subastas, la forma en que cada número parecía una victoria personal. Mi fortuna nunca se ha podido igualar a la de la mayoría de asistentes. De hecho, para el mundo ni siquiera existe.

Ahora sé que el verdadero poder no está en ganar rápido, sino en saber cuándo retirarse para que otros se expongan y poder acercarte a los verdaderos peces gordos. A esos que, sin saberlo, harán de mí un hombre más rico y poderoso por ser el proveedor de sus fetiches.

Ese es mi verdadero desafío aquí. Embaucar a magnates.

—Sube —susurro a mi nueva presa.

Su cifra aparece proyectada sobre el estrado y varias cabezas se giran.

Nadie rompe las reglas ni se rebela. Sin embargo, el ambiente cambia y se vuelve más competitivo.

La mujer parpadea al escuchar el nuevo anuncio y, por un instante, sus ojos recorren la sala, como si intentaran memorizar a cada sombra que intenta denigrarla con su compra.

Las apuestas continúan elevándose hasta que el ritmo comienza a disminuir. Uno a uno, los interesados se retiran. La incomodidad que reina después de cada renuncia es gratificante.

—Última llamada —entona la voz robótica del maestro de ceremonias.

Mi compañero no duda. Lanza otra oferta, la más alta, la definitiva, y sonrío por haber hecho bien mi trabajo.

La confianza es un pilar fundamental basado en la creencia de la integridad de otro, pero no es infalible y puede convertirse en una ilusión engañosa.

El murmullo se apaga casi por completo en el instante que nadie responde aumentando la oferta.

—Adjudicado —se oye cuando el martillo cae con un sonido seco.

Mi socio exhala con una mezcla entre triunfo y alivio que atraviesa su máscara. Yo inclino la cabeza, reconociendo su victoria sin palabras mientras, en la pantalla, el nombre del lote desaparece y es sustituido por un código nuevo.

La mujer baja la mirada por primera vez. No en derrota, sino en algo que parece una pausa estratégica. Como si aceptara el movimiento en el tablero sin abandonar la partida.

Eso me arranca una sonrisa tenue.

Porque los juegos interesantes no terminan cuando alguien gana una subasta, más bien empiezan después.

Me levanto despacio del asiento, liberando la tensión acumulada. A mi alrededor, los asistentes se centran en la siguiente puja, todos envueltos en la misma ilusión de control.

—Has aprendido rápido —le digo a mi nuevo pupilo sin mirarlo directamente.

—Gracias…, creo.

Su voz ya no suena tan firme como antes. Quizá empieza a comprender que haber ganado solo abre la puerta a un camino más complejo.

Observo nuestro lote una última vez en la pantalla antes de que la imagen se desvanezca al siguiente. Hay algo en la forma en que se mantiene en pie que sigue obsesionándome.

No es posesión lo que siento, más bien se trata de anticipación.

Salgo de la sala con pasos tranquilos, dejando atrás el eco de las cifras y los murmullos. El pasillo exterior está frío, es como si sangrase después del alboroto de la subasta. Cada respiración que doy parece más nítida y real.

«Algún día», repito para mí mismo mientras camino con mi socio hasta el cuarto donde nos espera nuestro lote.

No lo digo como una promesa de dominio, sino como el inicio de un juego calculado e impredecible.

Porque hay miradas que se rompen con facilidad, y las que no se rompen son las únicas capaces de cambiar las reglas.

Algún día, esa piel, ese cuerpo quedará marcado exclusivamente por mí. Porque, aunque no lo sepa, aunque me cueste toda una vida, ella ya es mía.