Geisha (Mujeres de mafia 4)
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Prólogo
E l ruido del cerrojo al abrirse rompe el silencio. O, por lo menos, el silencio que reina en la estancia. Es uno que está cargado de gemidos, sollozos y lamentos, que resulta música celestial para mis oídos. Como si fuese un acto ceremonioso que admitiera que nadie sale de aquí siendo el mismo.
Yo soy uno de los que imparten el castigo. Quien, con su sola presencia, ejecuta el poder que se le ha otorgado sobre los demás.
Siento, a través de los guantes de cuero que llevo, cómo mis manos hormiguean. La forma en la que mi torrente sanguíneo fluye por mi cuerpo a gran velocidad pide a gritos que nutra a mi alma de lo que verdaderamente ansía.
Su dolor me pertenece, como si cada sollozo fuese una pequeña victoria que me adjudico.
Me alimento de eso. De saber que puedo arrancarles el aire de la garganta y convertirlo en agonía.
Aprieto los dientes y me muerdo la lengua hasta saborear mi sangre a la vez que disfruto tragándome mi propio dolor. Lo empujo hacia dentro, aplastándolo contra mi pecho. Que se quede ahí, pudriéndose si hace falta.
—Espero que estéis preparados.
La diversión que escucho en la robótica voz que lo inunda todo hace que la anticipación se anide en mi estómago.
No sé el tiempo que llevo aquí, observando desde mi asiento la pantalla que muestra las celdas de los lotes. El tiempo o la espera no importa cuando sabes que el fin será satisfactorio.
En mi mundo, la paciencia es una virtud.
Se trabaja con el propio dominio y la fortaleza para soportar dificultades sin perder la serenidad.
No se puede confundir a su naturaleza con pasividad, sino que es una manera activa para manejar la frustración y esperar el momento adecuado.
He aceptado que los tiempos, por mucho que queramos manejarlos, no dependen de uno mismo.
Me incorporo apenas en el asiento. No por necesidad, sino como una especie de ritual.
Cada gesto tiene su lugar, cada pausa su significado.
Aprendí hace mucho que el verdadero poder no radica en el golpe, sino en el momento previo, en ese segundo en el que ellos aún creen que quizá hoy será distinto, que, en el fondo, hay algún tipo de esperanza.
No la hay.
No pueden escapar del destino que se les ha trazado.
La pantalla parpadea y cambia de ángulo mientras todos los asistentes contenemos el aliento al observar cómo los lotes son llevados a su patíbulo particular.
No van colmados de lujos ni llevan atuendos específicos para seducir. Tampoco lo necesitan. Todos portan ropa interior color carne para que podamos apreciar su fisionomía sin obstáculos.
Con los ojos vidriosos a causa de la droga que circula por su sistema, uno de los que van al fondo levanta la cabeza con lentitud, como si su mirada pudiera atravesar el aire y perforar la nuca del guardia que los custodia.
Sonrío.
No porque disfrute del miedo que percibo en su expresión, eso sería demasiado simple, sino porque reconozco el instante exacto en el que comprenden que ya no poseen nada con lo que puedan negociar.
Antes me preguntaba si nací así o si alguien me fue moldeando poco a poco, como quien afila una daga sin darse cuenta de que lo está convirtiendo en arma.
Ahora sé que la pregunta es inútil. Lo único que importa es que aprendí a escuchar el silencio que queda después del llanto. Ese es el sonido real del control.
Cruzo una pierna sobre la otra y observo mis guantes.
La piel de cuero negra refleja la luz tenue de la sala; bajo ella, mis dedos se flexionan con ansiedad.
No exactamente por infligir daño. Lo que de verdad ansío es controlar lo que reste de su vida.
El instante en que una voluntad se quiebra y deja de resistirse a lo inevitable.
Ser el que dictamina si tomará su último aliento o no.
Dentro de la crueldad existe misericordia, y yo decido cuándo y cómo otorgársela.
—Que empiece la siguiente fase de la puja —ordena el maestro de ceremonia al alzar la voz.
El sistema responde con un zumbido casi reverente a la par que se abren unas puertas metálicas cerca del improvisado estrado. Me gusta pensar que incluso las máquinas entienden quién manda aquí. O quizá soy yo quien necesita creerlo.
Todos los que somos invitados a estas subastas sabemos a lo que venimos.
Unos despilfarran su dinero en secretos o información que los haga más poderosos de lo que ya son.
Yo prefiero invertir mi fortuna, esa que no heredé, sino que conseguí a raíz de jugadas maestras y engaños, en algo que en lo que pueda desfogar a mi dragón interior.
Soy un timador, al igual que lo fue Loki, el dios embaucador.
Uno de los cautivos intenta hablar. Sus labios se mueven con torpeza, como si el lenguaje le resultase un lujo que ya no puede permitirse. Me quedo mirando su imagen ampliada en la pantalla mientras me fijo en cómo sus ojos buscan algo parecido a la compasión entre los asistentes.
Me río por lo bajo.
La compasión es una moneda inútil en este lugar.
Recuerdo vagamente la primera vez que dudé.
Fue hace años, en otra sala, con otras voces suplicando.
Pensé que quizá había una línea que no debía cruzar.
Qué ingenuo era por aquel entonces. Las líneas solo existen para quienes temen descubrir qué hay al otro lado.
Yo crucé todas. Y, cuando lo hice, no encontré monstruos esperándome al otro lado, sino claridad.
Esa que sabes por lo que estás destinado a vivir.
Apoyo los codos en las rodillas y dejo que el peso de mi mirada, a través de mi máscara, se derrame en cada lote.
—Mirad bien —murmura el maestro—. Todo esto es por vosotros. ¿Cuánto estáis dispuestos a pagar por algo que os pertenece por derecho?
La verdad es que no necesito que me justifiquen nada, pero las palabras me divierten. Son como pequeñas agujas que atraviesan el aire antes de clavarse en alguien.
Un asistente detrás de mí carraspea. Puedo sentir su incomodidad sin girarme siquiera. Hay quienes creen que el mal es algo tangible y descontrolado. No entienden que la verdadera oscuridad es tranquila, paciente e incluso, a veces, educada.
—Relájate —le digo sin apartar la vista del estrado—. Solo estamos cumpliendo nuestro papel al igual que ellos. —Cabeceo hacia los lotes.
—Ya…, sí —musita sin estar del todo convencido.
—Primera vez, ¿cierto? —Se nota a leguas que es un novato.
Esta vez me permito mirarlo por encima del hombro. Lleva una máscara con forma de dragón parecida a la mía.
—¿Tanto se me nota?
Unas arrugas se le marcan en la comisura de los labios cuando se le forma una mueca en ellos.
—¿Por qué estás aquí exactamente? —cuestiono con voz baja y autoritaria.
Se mantiene unos segundos en silencio, madurando su respuesta.
—Se supone que nuestras razones son anónimas, si te lo dijese tendría que matarte.
Sonrío.
Me nace una genuina sonrisa al escuchar sus palabras.
Un nuevo sollozo atraviesa la sala. La acústica es perfecta. Demasiado fuerte rompería la armonía, mientras que demasiado baja le restaría sentido. Todo debe mantenerse en equilibrio para que tus sentidos se centren.
Observo a través de la máscara de mi interlocutor cómo se le dilatan las pupilas con ese espléndido sonido.
—Parece que te has aprendido de memoria las reglas —comento conciliador—.
Sin embargo, opino que necesitas un guía, alguien que te pueda mostrar que los pensamientos que acampan sin restricciones por tu mente, a la hora de cumplirlos, no tienen que limitarse.
Al igual que tú, los lotes huelen el miedo.
Si perciben tus dudas, te manipularán para librarse de su castigo.
Es como una especie de ley básica en supervivencia —le hago saber—.
La capacidad de manipular o generar un vínculo de manera consciente o inconsciente será la única estrategia que posean.
Con ello, intentarán influir en el trato que les des con el afán de preservar sus vidas.
—No me digas. Y ese guía serías tú, ¿verdad?
—Podrías elegir entre cualquier asistente de los aquí reunidos que sean experimentados, pero te advierto que la mayoría son codiciosos y disfrutarías a medias de la experiencia.
—¿Quién no me dice que tú eres igual que ellos?
—Nadie te lo puede asegurar. Solo intento que, lo que vivas esta noche, te haga querer repetir.
—¿Por qué lo haces? —pregunta receloso.
—Porque una vez yo fui tú y tuve la suerte de que alguien me tendió la mano y exploré mis necesidades sin remordimientos.
Me giro, cortando así cualquier indicio de continuar la conversación.
Respiro hondo y cierro los ojos un segundo.
Dentro de mi pecho algo late con fuerza, como una criatura encerrada que insiste en salir. La retengo por ahora. Dejo que gruña y se revuelva en mi interior. El control empieza por uno mismo. Si no eres capaz de gobernar tus propios instintos, jamás podrás dominar a otros.
Cuando vuelvo a abrirlos, uno de los lotes intenta incorporarse con una chispa de rebeldía predecible y necesaria.
Me inclino hacia delante, intrigado. Mis ojos recorren cada uno de sus movimientos: la tensión frágil de sus músculos; la manera en que su voluntad lucha por sostenerse, incluso cuando todo alrededor conspira para derribarla.
Debe ser nueva.
Siempre ocurre igual: primero la negación, luego la rabia y finalmente esa aceptación, donde empieza la verdadera transformación.
Me humedezco los labios, imaginando cómo se verá esa piel inmaculada cuando trabaje sobre ella.
Aquí, cuando se puja, no hay distinción de sexos.
Varones o hembras. Son categorías vacías que solo importan fuera de estas paredes.
Dentro, todos comparten la misma materia prima, como son el orgullo, el miedo y esa absurda esperanza que se resiste a morir.
Lo único que buscamos es observar cómo el ser humano aprende que también puede ser moldeado, reducido y convertido en algo distinto a lo que juró ser.