Capítulo 34
La cancela abierta
La primera helada llegó el día en que Adriana tenía que decidir si renovaba el alquiler de la casa de correos.
Valdebruna amaneció blanca, con los tejados endurecidos por el frío y la hierba cubierta de cristales diminutos. El coche eléctrico marcaba seis kilómetros menos de autonomía por culpa de la temperatura, una ofensa que Adriana se tomó de manera personal.
Pilar llegó a las nueve con el contrato en una carpeta y una bolsa de churros.
—No pretendo presionarte —dijo, colocando ambas cosas sobre la mesa—. Por eso he traído azúcar.
Adriana leyó el documento. Un año prorrogable, renta razonable y autorización para usar la planta baja como estudio profesional. Llevaba semanas negociando la decisión consigo misma, como si quedarse necesitara más justificaciones que irse.
Había llenado dos columnas en una libreta.
En la de Madrid figuraban los amigos, los clientes antiguos, los cines en versión original y una cafetería donde el camarero conocía su pedido sin pretender conocer su vida.
En la de Valdebruna estaban La Hebra, el estudio posible, el aire limpio, la curiosidad profesional de construir una marca que perteneciera de verdad a quienes producían la lana y una red de personas que ya sabía cuándo ayudarla y cuándo dejarla en paz.
Mateo no aparecía en ninguna columna.
No porque no importara, sino porque Adriana se había obligado a responder una pregunta más incómoda: si la relación terminara en marzo, ¿seguiría queriendo vivir allí hasta diciembre?
La respuesta no había llegado en una escena luminosa.
Había aparecido mientras corregía un presupuesto, cuando Nuria llamó para discutir un color y no para preguntarle por Mateo.
Volvió al ver reservados tres talleres de primavera.
Se confirmó la tarde en que una almazara del pueblo vecino aceptó su propuesta sin que nadie la presentara como «la novia del pastor».
Sí. Seguiría queriendo aquel estudio.
Pilar abrió la bolsa de churros y dejó uno sobre una servilleta.
—Antes de que firmes, voy a hacer una pregunta impertinente.
—Eso no reduce mucho las posibilidades.
—¿Te quedas por él?
Adriana cerró la carpeta.
—Me quedo conmigo. Y con el trabajo. Mateo forma parte de la vida que quiero probar, pero no es la garantía del contrato.
Pilar asintió, sin sonreír.
—Bien.
—¿Solo bien?
—Si hubieras dicho que sí, te habría aconsejado seis meses y una cláusula de fuga. Si hubieras dicho que no tiene nada que ver, habría sabido que mentías. Esto me sirve.
—Qué alivio superar la auditoría sentimental de la propietaria.
—La última inquilina convirtió el dormitorio en un criadero de codornices. Ahora hago preguntas.
Adriana volvió a abrir la carpeta. El contrato no prometía que Valdebruna dejara de parecerle pequeño algunos días, ni que Madrid dejara de llamarla, ni que amar a Mateo fuera sencillo. Solo le ofrecía doce meses, una puerta que podía cerrar y un lugar desde el que elegir de nuevo.
Miró el salón donde habían nacido el logotipo de La Hebra, las discusiones y los primeros cafés con Mateo.
En el piso de arriba todavía quedaba una pequeña marca en la pared causada por el día que Rosalía había entrado detrás de un paquete de galletas.
La casa no era un paréntesis. Tampoco tenía que ser una promesa eterna.
Firmó.
—Quiero poner un rótulo discreto junto a la puerta —dijo.
—Mientras no lo diseñe el sobrino del alcalde, tienes mi bendición.
—¿Qué hizo el sobrino del alcalde?
Pilar señaló el cartel del consultorio visible desde la ventana. La cruz verde tenía ocho brazos y debajo se leía «CONSUTORIO MEDICO».
—Entendido.
A mediodía, Adriana llevó una copia del contrato al ayuntamiento y después condujo hasta la finca. Mateo la esperaba junto a la nave, pero no se acercó al coche hasta que ella terminó de aparcar.
—He renovado —anunció al bajar.
La alegría le atravesó el rostro.
—¿La casa?
—La casa y el estudio. Un año.
—Eso es estupendo.
—Me gustaría celebrarlo.
—¿Cómo?
—Había pensado en ir hasta la loma, si no tienes demasiado trabajo.
Mateo miró hacia el rebaño. Julián estaba reparando un comedero y levantó el pulgar antes de que le preguntaran.
—Puedo ir —dijo Mateo.
Caminaron por la vereda que Adriana había recorrido el primer día. El barro se había endurecido y las cunetas olían a romero frío. Rosalía avanzaba al frente del rebaño con el cencerro azul, convencida de ejercer un cargo oficial.
Al llegar a la primera cancela, Mateo abrió y se apartó.
—¿Por aquí? —preguntó.
—Por aquí.
Adriana cruzó. Él esperó a que pasaran las últimas ovejas y volvió a cerrar. El gesto era idéntico al de muchos meses antes y, a la vez, no tenía nada que ver.
En la loma se veía el pueblo entero: la torre, el almacén de la feria, la carretera del norte y las casas apretadas alrededor de la plaza. Más allá, los rastrojos se extendían bajo una luz de invierno limpia y dura.
Mateo sacó de la mochila un termo y dos vasos.
—¿Café? —preguntó.
—Sí.
—También he traído queso.
—¿Es una disculpa?
—No. Es queso.
—Perfecto.
Se sentaron en una piedra plana. Mateo cortó dos cuñas y dejó que Adriana eligiera. Ella cogió la más grande.
—Era de esperar —dijo él.
—La igualdad no consiste en elegir mal por educación.
—Apuntado.
Hablaron del estudio, de los pedidos de invierno y de la candidatura de Ángela a la junta. Mateo explicó que Teresa quería organizar la comida de Navidad y que él se había ofrecido a preparar el plato principal.
—¿Qué vas a hacer?
—Cordero.
Adriana miró el rebaño.
—No señales a nadie.
—Pensaba comprarlo en la carnicería para no generar tensiones laborales.
Rosalía se acercó y hundió el hocico en la mochila.
—Ahí tienes otra tensión —dijo Adriana.
Mateo recuperó el pan antes de que desapareciera. La oveja protestó con un balido corto.
—Necesito llevar el rebaño al cercado de arriba —explicó—. Puedo dejarte en la finca antes.
—Prefiero ir contigo.
—Hace frío y son cuarenta minutos.
Adriana alzó una ceja.
Mateo se detuvo.
—Eso ha sonado como si intentara convencerte de que no sabes el frío que tienes.
—Un poco.
—Reformulo: yo voy a tardar cuarenta minutos y arriba hace bastante aire. ¿Te apetece venir?
—Sí. He traído guantes.
—Entonces vamos.
No añadió una defensa. No explicó que solo se preocupaba por ella. Se puso en pie y guardó el termo.
A mitad de camino, una oveja quedó al otro lado de una pared baja. Adriana vio la abertura por la que podía rodear y se adelantó.
—¿Me ayudas a dirigirla hacia la entrada? —preguntó Mateo.
—Claro.
Extendieron los brazos, avanzaron despacio y condujeron al animal sin tocarlo. Cuando se reunió con el rebaño, Mateo sonrió.
—Se te da bien.
—Tengo experiencia gestionando criaturas que se desvían del proyecto y fingen no oír.
—¿Clientes?
—Pastores.
Él se rio. Adriana también.
Alcanzaron el cercado mientras el sol empezaba a bajar. Mateo contó las ovejas por grupos. Faltaba una.
—Rosalía —dijeron ambos.
La encontraron junto a la cancela anterior, masticando el plano plastificado de la ruta de la feria. Adriana corrió hacia ella.
—¡Ese es el original!
Mateo agitó el saco de pienso. Rosalía dudó entre la cultura y la comida y escogió la comida. Adriana rescató el plano, marcado por dos semicírculos perfectos de dientes.
—La primera vez que te vi también se comió mis papeles —recordó.
—La primera vez que te vi pensé que no durarías una semana.
—Yo pensé que eras un imbécil.
—¿Solo la primera vez?
Adriana fingió reflexionar.
—Ha habido recaídas.
Mateo se acercó hasta quedar frente a ella.
—Habrá más.
—Lo sé.
—¿Y aun así?
—No estoy contigo porque no vayas a equivocarte. Estoy contigo porque ahora reconoces y reparas tus errores sin obligarme a demostrar lo evidente.
Mateo acarició con el pulgar la marca de los dientes en el plano.
—Te quiero.
—Yo también te quiero.
—¿Puedo besarte?
—Sí. Ven aquí.
—Estoy aprendiendo a no dar nada por supuesto.
Adriana lo besó. El aire olía a tierra fría, a tomillo y a lana. Los cencerros sonaban alrededor con un desorden que Mateo comprendía y ella empezaba a distinguir.
Cuando se separaron, Rosalía había vuelto a coger el plano.
—La rata muerde —dijo Mateo, mirando a la oveja.
—Esa no es la rata.
—En esta relación hay demasiados animales con carácter.
Adriana recuperó el papel y lo guardó dentro de la chaqueta.
Regresaron hacia la finca mientras anochecía. En la última cancela, Mateo apoyó la mano sobre el cierre y la miró.
—¿La dejamos abierta hasta que pase el rebaño?
Adriana contempló el camino, las ovejas aproximándose y la casa al fondo. No era la vida que él había decidido para ella. Ni la que ella había planeado antes de llegar.
Era una vida que todavía podía cambiar de dirección.
—La dejamos abierta —respondió—. Después la cerramos entre los dos.