Epílogo
Un año y tres listas después
Un año después, la segunda Feria de la Lana empezó con tres certezas.
La primera era que el viento de Valdebruna no respetaba programaciones.
La segunda, que Rosalía seguía considerando los códigos QR un complemento alimenticio.
La tercera, que nadie debía permitir a Charo elegir la música de apertura después de que hubiera descubierto una lista titulada «Éxitos latinos para hacer cardio».
—Esto atrae a la juventud —se defendió ella mientras un reguetón estremecía las ventanas del almacén.
—La juventud está fuera buscando cobertura —dijo Pilar.
Adriana cruzó el pasillo con una tableta en una mano y un café en la otra.
El rótulo de su estudio aparecía impreso bajo su nombre en el programa: Adriana Montes — estrategia y diseño .
Durante el último año había trabajado para La Hebra, dos queserías, una almazara y clientes de Madrid.
Viajaba cuatro o cinco días al mes, lo bastante para conservar amigos, proyectos y el placer de que nadie supiera en qué calle compraba el pan.
Seguía alquilando la casa de correos. La planta baja era su estudio y la de arriba, un lugar donde dormir cuando necesitaba trabajar hasta tarde o estar sola.
Pasaba la mayoría de las noches en la finca con Mateo, donde habían reformado dos habitaciones: un despacho para ella y otro para él, aunque el de Mateo contenía más archivadores de Ángela que libros.
No llamaban a aquello independencia ni convivencia parcial. Lo llamaban martes, jueves o esta semana me viene mejor aquí.
En la junta de la cooperativa, Ángela ocupaba la vicepresidencia y Nuria coordinaba el proyecto de la lana con un sueldo aprobado y publicado.
La primera candidata a la presidencia había sido Ángela, pero después de una discusión de dos horas decidió que prefería vigilar las cuentas a tener que escuchar discursos.
Mateo había votado por ella y luego había aceptado su decisión de retirarse sin decir que lo decepcionaba.
Teresa exponía en la feria una colección de cuencos de cerámica. En el primero había grabado: «No se llena solo». Antonio atendía el puesto y explicaba a todo el mundo que la frase se le había ocurrido a él. Teresa lo corregía cada vez.
—La inauguración es en diez minutos —avisó Adriana.
Mateo apareció cargando dos cajas.
—He colocado las vallas, revisado los bebederos y dejado a Julián en el corral. ¿Qué más hago?
Adriana señaló la lista fijada junto a la puerta.
—Míralo tú.
—Cierto.
Leyó. Recogida de residuos, prueba de megafonía, reposición de papel, acceso de proveedores.
—Me ocupo de la megafonía y de los aseos.
—Los aseos ya los ha revisado Sebas.
Mateo la miró con incredulidad.
—¿Sebas?
—Dice que este año quiere hacer algo importante.
—Milagro rural.
El mecánico pasó junto a ellos con una escobilla nueva todavía dentro del plástico.
—No os acostumbréis —gruñó.
Mateo abrió la boca para hacer una broma sobre la utilidad de los hombres y la cerró. Adriana reconoció el gesto.
—Podías decirla —comentó.
—No era tan buena.
—Eso nunca te ha frenado.
—Estoy mejorando en varias áreas.
La inauguración empezó con siete minutos de retraso. Pilar habló primero, Nuria presentó los resultados del año y Ángela explicó las cuentas. Mateo permaneció al fondo, junto al corral. Cuando un periodista le pidió una fotografía como «pastor fundador», él señaló el programa.
—Los nombres están ahí. Si quiere una foto, salimos todos.
El periodista consultó el papel con una prisa que revelaba que no lo había leído.
—También querría grabar mañana una entrevista con Adriana. Podemos hacerla a las cuatro, cuando terminéis con el rebaño.
—A las cuatro nos viene…
Mateo se detuvo. Durante un segundo había vuelto a aquel lugar conocido donde la agenda de Adriana era una extensión de la suya y decir nos parecía una muestra de unión en vez de una forma de apropiarse del tiempo ajeno.
—Tendrá que preguntárselo a ella —rectificó—. Su horario no depende del rebaño.
El periodista hizo una marca en su cuaderno.
—¿Puede avisarla usted?
—Puede encontrarla en el puesto azul. Está a veinte metros.
No hubo aplausos ni una mirada cómplice. El periodista se marchó y Mateo volvió a comprobar una valla que no necesitaba ser comprobada. Adriana, detrás de la columna de gente, había oído el principio y la corrección.
Más tarde, al cruzarse junto al almacén de embalajes, ella le tocó el codo.
—Mañana a las cuatro estoy en Madrid.
—Cierto. Lo tenía en el calendario.
—Pero casi respondes por mí.
Mateo hizo una mueca.
—Sí.
—Y paraste.
—Un poco tarde.
—A tiempo para que yo no tuviera que hacerlo.
No se besaron ni convirtieron el incidente en una ceremonia. Adriana siguió hacia el puesto y Mateo llevó un cubo de agua al corral. La reparación cabía a veces en algo tan poco heroico como reconocer un verbo mal conjugado y escoger otro antes de terminar la frase.
A mediodía, cuando la afluencia concedió un respiro, se encontraron detrás del puesto de quesos. Mateo cortó dos cuñas y dejó el cuchillo sobre la tabla.
—Elige.
Adriana cogió la más grande.
—Algún día vas a dejarme una todavía mayor solo para comprobar si tengo límite.
—Ya sé que no.
Charo apareció con una bandeja de cafés. Los miró, sonrió y alzó la voz para que la oyeran quienes no habían preguntado.
—Mira que estáis bien. Gato viejo, rata tierna.
Mateo dejó el queso.
—Adriana no es una presa, Charo.
—Era una broma, hombre.
—Ya lo sé. Pero tierna tampoco significa mansa.
Adriana mordió el queso y después el borde del labio de Mateo, apenas un instante.
—Tranquilo —dijo—. La rata sigue mordiendo.
Una ovación improvisada surgió del puesto vecino. Mateo se llevó una mano a la cara.
—Lo ha visto medio pueblo.
—¿Te preocupa tu reputación?
—Me preocupa que Charo cobre entrada el año que viene.
Desde el estudio provisional de fotografía llegó un grito. Rosalía había escapado del corral y acababa de entrar en una videollamada que Adriana mantenía abierta con un cliente de Madrid. La oveja ocupaba toda la pantalla y olisqueaba la cámara.
—¡Adriana! —llamó Nuria—. ¡Tu compañera quiere presentar la campaña!
Mateo empezó a preguntar qué debía hacer, se detuvo y miró el caos: el cable que Rosalía podía tirar, la puerta abierta y el plato de etiquetas al alcance de sus dientes.
—Yo saco a Rosalía —dijo—. Tú sigue con la llamada.
—Gracias.
Entró despacio, apartó el cable y ofreció a la oveja una cuña de manzana. Rosalía lo siguió fuera con la dignidad de una artista que había terminado su intervención.
Adriana regresó a la pantalla.
—Disculpad —dijo a sus clientes—. Problemas con el equipo creativo.
Las risas cruzaron el altavoz.
Al otro lado del cristal, Mateo condujo a Rosalía hacia el corral sin esperar instrucciones ni aplausos. Antes de doblar la esquina, miró a Adriana y levantó la manzana a modo de despedida.
Ella le devolvió el gesto.
La campana azul de Rosalía se perdió entre los sonidos de la feria. Adriana la distinguió durante unos segundos: irregular, obstinada, viva.
Después volvió a escuchar.