Gato viejo, rata tierna Capítulo 33
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Capítulo 33

La vida que cabe entre dos

El café duró cincuenta y tres minutos.

Adriana lo supo porque llegó cinco minutos antes, Mateo llegó siete minutos antes que ella y los dos fingieron durante casi una hora que sentarse frente a frente en La Parada era una actividad normal que no requería vigilancia horaria.

Charo les sirvió dos cafés y dejó un plato con cuatro bizcochos.

—Invita la casa —dijo.

—No queremos trato especial —respondió Adriana.

—No es especial. Están de ayer.

Se alejó, aunque no tanto como para renunciar a oír.

Hablaron de la feria, del pedido de una tienda de Cuenca y de la sorprendente capacidad de Rosalía para aparecer en todas las fotografías oficiales.

Mateo contó que Antonio había decidido hacer ejercicios de rehabilitación con dos botellas de agua porque las pesas le parecían «un invento para cobrar por levantar cosas».

Adriana explicó que una clienta de Madrid quería contratarla para una campaña de invierno.

No hablaron de ellos hasta que solo quedó un bizcocho.

Mateo lo partió por la mitad.

—No tienes que hacer eso —dijo ella.

—Me apetecen dos bocados, no cuatro.

—Bien contestado.

—Llevo días preparando respuestas para la repostería.

Adriana cogió su mitad.

—He decidido seguir trabajando aquí hasta primavera.

Mateo dejó de masticar. Ella observó el instante exacto en que la noticia encendía algo en sus ojos y el esfuerzo posterior por no apropiarse de ella.

—¿Porque ha salido más trabajo?

—En parte. La asociación quiere mantener la tienda y necesito terminar el manual de marca. También voy a conservar clientes de Madrid. Pilar me guarda la casa unos días, hasta que decidamos cómo dejamos el contrato.

—Me alegro.

—Gracias.

Él no preguntó si aquello significaba que volverían. No sugirió que podía ahorrarse el alquiler mudándose a su finca. Bebió café.

—¿Y después de primavera? —preguntó.

—No lo sé.

—Vale.

—¿Solo vale?

—Estoy probando una técnica revolucionaria que consiste en no resolver diciembre entero un jueves por la tarde.

Adriana sonrió.

El segundo café fue un paseo por la vereda.

El tercero, una cena en casa de ella que Mateo no intentó cocinar porque Adriana había dicho que quería preparar pasta.

El cuarto ocurrió en la finca, con la puerta azul del estudio cerrada y los presupuestos para derribar el tabique todavía guardados en un cajón.

Durante aquellas semanas no hubo un momento único en que recuperaran la confianza. Hubo muchos momentos pequeños.

Mateo preguntó si podía contarle a Sebas que estaban viéndose.

Adriana le dijo que podía hablar de su vida, pero no informar de la de ella como si fuera un parte meteorológico.

Él entendió la diferencia. Adriana pidió ayuda con la caldera y, cuando Mateo le preguntó si quería que llamara al técnico o prefería el número, no sintió que necesitarlo la hiciera menos capaz.

También discutieron. Ocurrió durante la preparación de un taller de iniciación al fieltro.

Nuria había calculado treinta y cinco euros por persona; Adriana defendía mantener ese precio porque incluía materiales, seis horas de trabajo previo y el salario de la formadora.

Mateo lo consideró demasiado alto para muchas familias del pueblo.

—Estás poniendo precios de Madrid —dijo, más seco de lo que pretendía.

—Estoy poniendo precio al trabajo de Nuria.

—Y yo conozco lo que puede pagar la gente de aquí.

—Eso no te permite decidir cuánto vale el tiempo de ella.

Mateo sintió que volvía a cerrársele el pecho con aquella mezcla conocida de enfado y vergüenza. Estuvo a punto de responder que ya no se le podía llevar la contraria sin convertirlo en sospechoso. Se oyó pensar la frase y supo adónde conducía.

—Necesito diez minutos —dijo.

Salió a la plaza. Cuando regresó, Nuria había abierto su hoja de costes y Adriana seguía junto a la mesa, incómoda pero sin perseguirlo para arreglarle el malestar.

—No me gusta el precio —dijo Mateo—, pero lo he convertido en una descalificación de tu criterio porque sabías más que yo de los números. Lo siento. Podemos buscar otra forma de facilitar plazas sin rebajar el trabajo.

Nuria propuso reservar cinco plazas financiadas con parte del presupuesto municipal. Adriana añadió la opción al formulario y Mateo llamó al concejal para comprobar la partida disponible. No acabaron pensando igual; acabaron tomando una decisión que ninguna persona tuvo que pagar con su tiempo.

También se besaron.

Ocurrió la noche del tercer café, en la puerta de la casa de correos. Mateo la acompañó porque quería caminar, no porque ella necesitara escolta. Hablaron bajo la misma farola donde se habían despedido tantas veces.

—Me apetece besarte —dijo él.

—Por fin algo que no requiere una hoja de cálculo.

—¿Eso es un sí?

Adriana lo agarró del cuello del abrigo y respondió con la boca.

El beso no borró las semanas anteriores. No convirtió el aprendizaje en una línea recta ni devolvió las cosas a su estado original. Fue mejor: inauguró algo que todavía no tenía forma.

La forma empezó a discutirse una noche de diciembre.

Fuera, Valdebruna estaba cubierta por una niebla baja.

En la casa de correos, la estufa eléctrica calentaba demasiado el salón y los cristales se habían empañado.

Adriana trabajaba en la mesa grande; Mateo limpiaba los platos de la cena sin dejar que el sonido del grifo se convirtiera en una medalla.

—La agencia quiere que vaya a Madrid cuatro días al mes —dijo ella.

Mateo cerró el agua y se secó las manos.

—¿Tú quieres?

—Quiero mantener ese cliente. Y quiero seguir viendo a mis amigos sin que cada viaje parezca una visita a una vida anterior.

—Entonces ve.

La rapidez de la respuesta la irritó de forma inesperada.

—No necesito permiso.

Mateo se quedó quieto.

—Tienes razón. No era permiso. Quería decir que no es un problema para mí.

—Puede ser un problema práctico.

—Entonces lo organizamos.

Adriana cerró el ordenador. Aquella era la conversación que llevaban bordeando desde el primer café.

—Si esto sigue adelante, no quiero que nuestras dos vidas consistan en que yo aparezca cuando tu trabajo me deja un hueco.

—Ni yo quiero ser una visita a la que citas los jueves.

—No he dicho eso.

—Ya lo sé. Estoy diciendo lo que quiero yo.

Se sentó frente a ella. Adriana sacó una libreta. Mateo miró el bolígrafo con recelo.

—¿Esto es un contrato?

—Es una conversación con mala memoria.

—Mejor. Los contratos de Ángela llevan IVA.

Adriana escribió dos nombres en la parte superior y trazó una línea entre ellos.

—Trabajo —dijo.

—Yo salgo temprano casi todos los días, pero puedo reorganizar dos tardes por semana y algunos fines de semana. Julián quiere más horas y estoy aprendiendo que contratar a alguien no es un fracaso moral.

—Yo necesito viajar y tener un espacio donde recibir a clientes sin una oveja detrás.

—Rosalía se sentiría discriminada.

—Rosalía no paga facturas.

—Tampoco muchos clientes.

Apuntaron horarios, semanas de mayor carga y la posibilidad de que Adriana mantuviera la casa como estudio aunque algún día pasara más noches en la finca.

Hablaron de dinero. Mateo se removió en la silla cuando ella propuso una cuenta compartida solo para gastos comunes y cuentas separadas para el resto.

—Mis padres tenían todo junto —dijo.

—¿Y quién sabía cuánto dinero había?

—Mi madre.

—¿Y quién decidía las compras grandes?

Mateo suspiró.

—Mi padre.

—Pues no parece un modelo brillante.

—No he dicho que no me guste tu propuesta. He dicho que me resulta rara.

—Las cosas nuevas suelen tener esa grosería.

Siguieron con la familia. Los turnos de Antonio, las comidas de Teresa, los posibles imprevistos. Adriana dejó claro que quería ayudar cuando pudiera, pero no convertirse en la administradora emocional de los Roldán.

—No quiero que lo seas —dijo Mateo.

—Ahora no.

—Nunca.

—No prometas cosas que no puedes garantizar. Promete que, si sucede, escucharás cuando te lo diga.

Él asintió.

—Eso sí puedo prometerlo.

Llegaron a la casa. Mateo sugirió conservar dos espacios de trabajo incluso si en el futuro compartían techo.

Adriana propuso un calendario doméstico visible, no para que ella lo mantuviera, sino para que ambos pudieran añadir y asumir tareas.

Él preguntó si las gachas contaban como cena o como amenaza.

Ella decidió que dependía de la cantidad de aceite.

Cuando terminaron, la libreta mostraba flechas, tachones y tres manchas de café. No contenía una solución perfecta. Contenía preguntas que ninguno había decidido responder por el otro.

—Falta una cosa —dijo Mateo.

—¿Cuál?

—Tiempo para nosotros.

Adriana dejó el bolígrafo.

—Pensaba que estabas intentando negociar noches libres.

—No. Estoy intentando que no convirtamos la igualdad en una empresa de logística.

—Eso ha sido sorprendentemente sensato.

—Lo he leído en una taza.

Mateo extendió la mano sobre la mesa, con la palma hacia arriba. Adriana la miró. No era una mano que tiraba de ella ni que señalaba un camino. Era una propuesta quieta.

Colocó la suya encima.

—Te quiero —dijo él—. No sé quererte perfectamente.

—Menos mal. Sería insoportable competir con eso.

—Pero quiero aprender a quererte sin hacerte pequeña para que quepas.

Adriana apretó sus dedos.

—Yo también te quiero. Y quiero aprender a quedarme sin sentir que estoy renunciando a marcharme cuando lo necesite.

Mateo se levantó y rodeó la mesa. Se detuvo frente a ella.

—¿Puedo…?

—Como preguntes permiso para respirar, te echo.

—Iba a preguntar si podía quitar la libreta antes de sentarme, porque tienes la costumbre de poner cosas importantes debajo de mí.

Adriana se rio y apartó el cuaderno. Mateo se sentó en el borde de la mesa. Ella se colocó entre sus rodillas y lo besó despacio.

El cuerpo recordó antes que las palabras. Las manos de Mateo descendieron por su espalda y se detuvieron donde ella podía acercarse o apartarse. Adriana se acercó. El beso se hizo más profundo, familiar y nuevo al mismo tiempo.

—La estufa está demasiado alta —murmuró él contra su cuello.

—No es la estufa.

—A mi edad conviene confirmar.

Ella le dio un pequeño mordisco en el labio.

—Cuidado con la rata.

—Avisado estaba.

Subieron las escaleras dejando la libreta abierta sobre la mesa.

Por primera vez, aquella lista no le pareció a Adriana una frontera ni una garantía contra el fracaso.

Era simplemente una herramienta. El amor estaba en otra parte: en haber podido discutirlo todo sin que ninguno tuviera que desaparecer para que el otro se sintiera seguro.

A la mañana siguiente, Mateo se levantó primero. Preparó café y salió a comprar pan. No dejó una nota diciendo dónde estaba porque Adriana seguía dormida y no tenía por qué informar de cada paso. Luego regresó y encontró un mensaje suyo en el móvil.

«Trae también tomates. Y no decidas tú el desayuno.»

Mateo respondió:

«Pregunto: ¿quieres tostadas con tomate?»

Adriana, desde la planta de arriba, escribió:

«Sí. Y ahora deja el teléfono y sube.»

Mateo dejó el pan en la encimera.

Aquella instrucción, pensó mientras subía los escalones de dos en dos, estaba encantado de obedecerla.