Gato viejo, rata tierna Capítulo 32
92%

Capítulo 32

Lo que no compra una disculpa

La feria terminó el domingo a las seis. A las seis y diez empezó el desmontaje. A las siete, Adriana habría vendido su ordenador a cambio de una ducha caliente y dos piernas nuevas.

A las ocho y media solo quedaban en el almacén el equipo de La Hebra, Mateo, Julián y un concejal que había descubierto una repentina lesión de espalda cuando llegó el momento de apilar vallas. Pilar lo curó indicándole dónde estaban las sillas ligeras.

Adriana enrollaba la última lona cuando Mateo se acercó.

—¿Necesitas que haga algo más?

—Las cajas del fondo van a la casa de correos. Pero puede llevarlas Julián.

—Julián ya se ha ido a recoger a su hija.

—Entonces mañana.

Mateo asintió. Parecía cansado. Tenía una pequeña herida en la frente, recuerdo de una tabla que había decidido caer en el peor momento, y las mangas remangadas hasta los codos.

—Quería preguntarte una cosa —dijo.

Adriana tensó los dedos sobre la lona.

—Pregunta.

—¿Podemos hablar cuando acabemos? Cinco minutos. Si me dices que no, lo entiendo.

Podía haber elegido cualquier momento durante las últimas semanas. Podía haberla esperado a la salida de casa, enviado cartas, flores o quesos con vocación de disculpa. No lo había hecho. Había cumplido cada límite y cada horario, incluso cuando la cortesía parecía dolerle.

—Cinco minutos —aceptó.

Terminaron a las nueve y cuarto. Pilar cerró el almacén y desapareció con Nuria antes de que Adriana pudiera acusarlas de organizar una retirada estratégica.

Ángela se ofreció a llevar a Teresa. Antonio ya dormía en casa.

El viento había amainado, y sobre la plaza quedaban papeles pequeños pegados al suelo húmedo.

Mateo y Adriana caminaron hasta el banco junto a la fuente. La farola emitía una luz amarilla que hacía parecer más antiguo todo cuanto tocaba.

Él permaneció de pie.

—Siéntate —dijo Adriana—. Me estás poniendo nerviosa.

Mateo obedeció y dejó entre ambos la distancia de una persona invisible.

—No voy a pedirte que vuelvas conmigo.

—Buena manera de empezar.

—He pensado muchas veces qué debía decirte. Al principio todo lo que se me ocurría acababa hablando de mí: de que te echaba de menos, de que no quería perderte, de que podía hacerlo mejor. Luego entendí que eso no era pedirte perdón. Era pedirte que me quitaras el dolor.

Adriana bajó la mirada hacia sus manos. Tenía una uña rota y restos de adhesivo en los dedos.

—Te interrumpí porque daba más valor a mi voz —continuó Mateo—.

Permití la broma de Sebas porque me importó más no quedar mal con los hombres del bar que respetarte.

Planeé un despacho y una vida para ti sin preguntarte porque creí que ofrecerte lo que yo quería era generoso.

En la entrevista me apropié del proyecto y de tu futuro.

Y cuando te enfadaste, intenté explicarte mis intenciones para no mirar mis actos.

Adriana levantó la vista.

Mateo no parecía esperar una señal. Miraba la fuente, donde una hoja seca daba vueltas atrapada en el pequeño remolino del desagüe.

—Lo siento —dijo—. Sin peros. Sin que tengas que hacer nada con esta disculpa.

El silencio se extendió por la plaza. De La Parada salió una carcajada. Una persiana bajó al otro lado de la calle.

—¿Por qué has cambiado? —preguntó Adriana.

Mateo tardó en contestar.

—Porque tenía razón en una cosa y estaba equivocado en casi todas las demás.

—¿En qué tenías razón?

—En que yo no soy una mala persona.

Ella frunció el ceño.

—No parece la mejor conclusión.

—Déjame terminar. Usaba eso como defensa.

Como si no ser malo significara que mis actos no podían hacer daño.

Cuando te fuiste, pensé que tenía que convertirme en otro hombre para recuperarte.

Luego Ángela me enseñó las horas que había trabajado gratis, mi padre me dijo que nunca me pedía nada porque yo siempre tenía prisa y mi madre se fue cinco días sin que la casa se hundiera.

Comprendí que no necesitaba convertirme en otro.

Tenía que dejar de proteger la versión cómoda de mí mismo.

Adriana notó una presión detrás de los ojos. No quiso apartarla ni convertirla en una obligación.

—Has hecho muchas cosas bien estas semanas.

—He hecho muchas cosas que me correspondían.

—También.

—Y volveré a equivocarme.

—Eso seguro.

Mateo sonrió apenas.

—Pero no quiero que cada vez tengas que presentar pruebas ante un tribunal para que te crea. Ni que explicarme algo sea más agotador que soportarlo.

Adriana pensó en el hombre que había conocido en el camino, apoyado en su cayado con la seguridad ofensiva de quien creía poseer hasta el polvo.

Seguía teniendo las mismas manos, la misma manera de fruncir la frente y el mismo humor torpe.

No se había vuelto irreconocible. Se había vuelto capaz de reconocerse.

—Tu disculpa no compra que volvamos —dijo.

—Lo sé.

—Ni que confíe en ti de golpe.

—Lo sé.

—Y no pienso dejar mi trabajo, ni la casa, ni Madrid cuando tenga que ir.

—Lo sé.

Adriana no apartó la mirada. Había respuestas que sonaban bien en una plaza vacía, después de una feria que había salido mejor de lo que nadie esperaba. Quería saber qué quedaba de ellas cuando no hubiera luces, ni testigos, ni miedo inmediato a perderla.

—¿Y qué vas a hacer la próxima vez que estés convencido de que tienes razón?

Mateo se pasó una mano por la barba.

—Probablemente, empezar por ponerme pesado.

—Aprecio la honestidad.

—Después quiero acordarme de parar antes de convertir mi seguridad en una orden. Preguntar qué no estoy viendo. Y si no lo consigo a tiempo, volver, reconocerlo y arreglar lo que pueda.

—Eso suena ensayado.

—Lo está. Ángela me hizo repetirlo después de que discutiera con ella por el calendario de mi padre.

Adriana apoyó la espalda en el banco.

—¿Qué pasó?

—Le dije que el jueves llevaría yo a mi padre a rehabilitación y que ella podía cambiar su cita con una clienta. Ni siquiera le pregunté. Cuando me contestó que no, pensé que estaba castigándome por todo lo anterior.

—¿Y te estaba castigando?

—Estaba trabajando.

La sencillez de la respuesta le provocó una risa cansada.

—¿Qué hiciste?

—Me enfadé en el coche. Solo, por suerte. Luego llamé al centro, cambié la hora y le pedí disculpas. El viernes contraté a una persona para acompañar a mi padre cuando ninguno pueda. Me cuesta pagar por algo que en mi cabeza debería resolver la familia.

—La familia solía significar Ángela y Teresa.

—Sí.

Mateo no intentó rebajar el golpe con una explicación. Adriana notó que aquella ausencia pesaba más que muchas promesas.

—¿Y Sebas? —preguntó—. ¿Qué pasa cuando haga otra broma y yo no esté delante?

—Ya ha hecho tres.

—¿Tres?

—Una sobre Pilar, otra sobre Lucía y otra sobre el delantal de Julián. No le solté un discurso. Le dije que no tenía gracia y seguí a lo mío.

—¿Y dejó de hacerlas?

—No. Pero al menos ya no se lleva mi risa de propina.

Adriana miró el agua oscura de la fuente.

Aquello se parecía más a la verdad que cualquier relato de conversión: el mundo no había cambiado porque Mateo pronunciara la frase correcta.

Sebas seguía siendo Sebas; el cansancio seguía volviendo tentadoras las costumbres; una disculpa no borraba la siguiente ocasión de elegir.

—¿Esperas que te perdone? —preguntó.

Mateo tardó lo suficiente para que la respuesta no pareciera automática.

—Lo deseo. No es lo mismo que esperarlo.

—¿Y si no volvemos?

Los dedos de él se cerraron sobre el borde del banco y luego se aflojaron.

—Me dolerá. Pero Ángela seguirá mereciendo que respete su trabajo. Mi madre seguirá teniendo derecho a irse cinco días. Mi padre seguirá necesitando que lo cuide sin usarlo para mandar. La cooperativa seguirá sin ser mía. No quiero volver a lo de antes aunque tú no estés para verlo.

Adriana tragó saliva. Esa era la única respuesta que podía hacerle sitio: una que no la convertía en premio, maestra ni vigilante.

—No puedo comprobar todo eso esta noche.

—Ni te corresponde.

—Y quizá haya días en que interprete mal algo porque todavía estoy enfadada.

—También puede pasar.

—No tienes que darme la razón por adelantado.

Mateo giró por fin hacia ella.

—No quiero darte la razón por miedo. Quiero escucharte sin hacer que el precio de discrepar sea tu agotamiento. Luego ya veremos en qué no estamos de acuerdo.

Adriana se frotó la uña rota con el pulgar. No era una garantía. Las garantías pertenecían a los electrodomésticos y a los contratos mal redactados. Era, como mucho, un método y la voluntad de usarlo.

Adriana lo miró de lado.

—Empieza a resultar irritante que lo sepas todo.

—Puedo equivocarme en algo si ayuda.

Ella soltó una risa que se quebró a mitad. Se pasó los dedos bajo los ojos.

—No estoy preparada para volver a donde estábamos.

—Yo tampoco quiero volver allí.

La frase quedó suspendida entre los dos. Mateo no se acercó.

—Podemos tomar un café —dijo Adriana—. Otro día. Fuera del trabajo.

Mateo giró lentamente la cabeza.

—¿Eso es una cita?

—Es un café.

—Entendido.

—Y si vuelves a llevarme un queso en lugar de una conversación, me lo quedaré, pero seguiremos teniendo la conversación.

—También entendido.

Se levantaron. La distancia invisible del banco desapareció, aunque ninguno intentó ocuparla todavía.

En la puerta de la casa de correos, Adriana buscó la llave. Mateo esperó en la acera.

—Buenas noches —dijo él.

—Buenas noches.

Entró y cerró. Desde la ventana lo vio caminar hacia la plaza sin mirar atrás.

Adriana apoyó la frente contra el cristal frío. No sentía la euforia de una reconciliación ni el alivio de un final resuelto. Sentía algo más pequeño y quizá más valioso: la posibilidad de una conversación en la que no tendría que luchar para existir.

Sobre la mesa permanecía una de las cajas que habían doblado juntos. Dentro había una manta azul y una tarjeta con los nombres de todas las personas que habían participado en su elaboración.

Adriana recorrió aquellos nombres con el dedo.

Después abrió el calendario y escribió dos palabras en el jueves siguiente.

«Café. Mateo».

No añadió un corazón.

Pero tampoco escribió «trabajo».