Capítulo 31
El micrófono
Mateo había pasado media vida hablando delante de gente sin llamarlo hablar en público.
Había negociado precios con tratantes, discutido con técnicos de la Administración, explicado a aprendices cómo acercarse a una oveja asustada y pronunciado discursos enteros en el bar sobre el tiempo, el campo y la incompetencia de quienes tomaban decisiones desde un despacho. Nunca le había temblado la voz.
Sin embargo, cuando el presentador de la radio comarcal anunció «al hombre que había hecho posible la primera Feria de la Lana de Valdebruna», Mateo sintió unas ganas repentinas de esconderse detrás de Antonio.
—No cabes —le advirtió su padre, sentado en primera fila.
—No estaba intentando esconderme.
—Entonces deja de darme con la rodilla.
El almacén estaba lleno. Las previsiones más optimistas calculaban doscientas personas durante toda la mañana; a las once ya habían pasado más de trescientas.
El viento seguía sacudiendo las puertas, pero dentro olía a lana limpia, queso curado y café.
Los puestos formaban dos filas cálidas bajo las guirnaldas de luces.
Detrás del escenario, una tela azul con el logotipo de La Hebra ocultaba a medias las tres figuras de Reyes Magos.
El programa indicaba que Pilar abriría el acto y que después hablarían Nuria, Ángela y Adriana.
Mateo solo debía intervenir más tarde, junto al corral, para explicar la parte ganadera.
Sin embargo, la radio había adelantado la conexión en directo y el presentador decidió reorganizar el orden por su cuenta.
Encontró a Mateo colocando una valla y lo condujo hacia el escenario antes de que Pilar pudiera detenerlo.
Adriana se encontraba junto a la mesa de información, resolviendo una discusión entre el impresor y una turista que quería comprar el cartel de la feria.
Llevaba pantalones oscuros, botas planas y un jersey color caldera.
A Mateo le pareció la mujer más hermosa del almacén y, por una vez, logró conservar aquel pensamiento sin convertirlo en un derecho.
—Mateo Roldán —insistió el presentador—, pastor, ganadero y alma de este proyecto que ha sabido unir tradición y modernidad.
Hubo aplausos. Sebas le dio un empujón desde atrás.
—Sal, hombre. No hagas esperar.
Mateo subió los tres escalones. El presentador le tendió el micrófono y le palmeó el hombro con la familiaridad instantánea de quien acababa de aprender su nombre.
—Cuéntanos cómo se te ocurrió todo esto.
Mateo miró las primeras filas. Vio a Teresa, de regreso de su viaje, con un pañuelo rojo al cuello.
A Ángela, de pie junto a ella. A Nuria, que acababa de vender la tercera manta de la mañana.
A Pilar, vigilando el tiempo de la inauguración como si tuviera un silbato invisible.
A Lucía, aún con barro en las botas después de revisar el corral.
Y vio a Adriana, que se había quedado inmóvil al otro lado del pasillo.
El viejo Mateo habría hecho una broma. Habría dicho que todo empezó con sus ovejas y que, con un poco de ayuda, habían conseguido aquello. Habría nombrado a las mujeres al final, en un agradecimiento plural donde sus trabajos se diluyeran como azúcar en el café.
Mateo, esta vez, todavía no sabía muy bien qué debía decir. Pero ya distinguía con precisión lo que no le pertenecía.
—No se me ocurrió a mí —respondió.
El presentador sonrió, esperando la falsa modestia que precede a un discurso más largo.
—Bueno, pero sin los ganaderos…
—Sin los ganaderos no habría lana. Y sin ovejas tampoco.
Pero la idea de aprovecharla llevaba años en la cabeza y las manos de La Hebra.
Nuria desarrolló las piezas. Pilar consiguió que la asociación no se rindiera cuando guardar la lana costaba más que venderla.
Ángela hizo números que ninguno quisimos mirar.
Adriana construyó la marca y organizó esta feria.
Lucía ha montado la zona de animales. Charo lleva café desde las seis. Yo he traído las ovejas.
Alguien se rio. Mateo también.
—Y he limpiado los aseos —añadió—, pero no creo que quieran entrevistarme por eso.
Los aplausos fueron distintos aquella vez. No más fuertes, sino mejor dirigidos. Nuria se llevó una mano a la boca. Ángela miró hacia el techo con una expresión que Mateo conocía: estaba evitando emocionarse para no darle una satisfacción excesiva.
El presentador intentó recuperar el ritmo.
—Está claro que ha sido un esfuerzo de todo el pueblo. ¿Qué futuro imaginas para el proyecto?
—No me corresponde imaginarlo solo.
Mateo buscó a Pilar.
—¿Subís?
Pilar señaló a Nuria. Nuria negó con la cabeza. Adriana permaneció donde estaba. Durante un momento absurdo, las cuatro mujeres parecieron atrapadas en una cortesía que ninguna había pedido.
—Por favor —dijo Mateo—. El micrófono es vuestro. Yo tengo dos corderos intentando desmontar una valla.
Bajó antes de que el gesto pudiera convertirse en su nueva actuación. Pilar subió con Nuria y Ángela. Adriana tardó unos segundos más. Finalmente cruzó el pasillo y ocupó el extremo del escenario.
Mateo no esperó a que lo mirara. Se dirigió al corral.
Los corderos no habían desmontado ninguna valla, pero Rosalía sí había encontrado la cinta inaugural. La llevaba colgando de la boca mientras tres niños la perseguían y Lucía intentaba evitar que convirtieran el cercado en una competición.
—No corráis —ordenó Mateo—. Si la perseguís, seguirá jugando.
Se agachó y sacó del bolsillo un puñado de pienso. Rosalía se acercó con la arrogancia de quien estaba convencida de que el soborno era un homenaje legítimo. Mateo recuperó la cinta.
—Esa oveja tiene más sentido del espectáculo que todos nosotros —comentó Lucía.
—Y menos respeto por la propiedad intelectual.
Desde el almacén llegó la voz de Adriana amplificada por los altavoces.
—La primera pregunta que nos hicimos no fue cómo vender lana —decía—. Fue por qué un trabajo que implicaba tantas horas, tantos conocimientos y tantas manos había acabado pareciendo algo sin valor.
Mateo permaneció junto a la valla, escuchando.
Adriana habló de la asociación, de la economía rural, de los precios justos y de los límites del proyecto.
No prometió empleos milagrosos ni una tienda capaz de salvar el pueblo.
Explicó que la feria era un comienzo, una prueba y una forma de devolver nombre a tareas que habían vivido demasiado tiempo escondidas.
—¿Y no podrían vender más barato si produjeran muchas? —preguntó un hombre desde la tercera fila—. En una fábrica se abaratan los costes.
Adriana sostuvo el micrófono con las dos manos.
—Podríamos hacer muchas cosas más baratas si dejáramos de pagar horas, materiales de calidad y conocimiento. Pero entonces volveríamos al problema con el que empezamos. La pregunta no es cuánto puede bajar una manta. Es qué precio permite que quien la hace cobre por su trabajo.
Buscó a Nuria y le ofreció el micrófono.
—Tú puedes explicar mejor cuánto tarda una pieza.
Nuria subió al escenario con las mejillas rojas.
Describió el lavado, el cardado, las pruebas, las costuras y las piezas que se desechaban cuando no alcanzaban la calidad necesaria.
No habló como una mujer a la que habían invitado a colaborar.
Habló como la persona que conocía el producto mejor que nadie.
Una representante de la Diputación preguntó quién dirigiría el proyecto si seguía adelante. El presentador miró hacia Mateo casi por reflejo. Él mantuvo las manos en los bolsillos.
—La asociación decidirá la coordinación —respondió Pilar—. Con funciones, horas y sueldo. Ya hemos probado lo de depender del trabajo gratis de la mujer que siempre resuelve las cosas. Sale carísimo, aunque la factura tarde años en llegar.
Hubo un murmullo y después varios aplausos. Teresa fue la primera en juntar las manos.
Otra mujer quiso saber si aceptarían encargos de fuera.
Adriana explicó el sistema de reservas y Ángela precisó los plazos de pago.
Cuando un fotógrafo pidió que se colocaran las cuatro junto al cartel, ellas decidieron el orden sin consultar a nadie.
Mateo observó desde el corral cómo el micrófono cambiaba de mano.
Había confundido muchas veces participar con ocupar el centro.
Desde el borde se veía más: quién había hecho el cálculo, quién conocía cada fibra, quién encontraba una respuesta y quién tenía derecho a decir todavía no lo sabemos.
Mateo conocía aquella voz. La había oído discutir, reír, respirar junto a él en la oscuridad. Pero nunca la había escuchado así: sin preparar una respuesta, sin preguntarse qué lugar ocupaba él dentro de sus palabras.
Cuando terminó, aplaudió desde el corral.
La mañana siguió con el desorden inevitable de las cosas que funcionan.
Faltó cambio en dos puestos. Un niño metió una mano donde no debía y recibió un lametón de Rosalía.
El calefactor dejó de funcionar. Una mujer quiso regatear una manta elaborada durante catorce horas porque «en internet las había más baratas».
Nuria le explicó con tanta precisión el proceso que la mujer acabó comprando dos.
Al mediodía, el presentador de la radio encontró a Mateo cargando paquetes y volvió a acercarle el micrófono.
—Solo una pregunta. ¿Qué se siente al ver tanto éxito?
Mateo señaló a Nuria.
—Pregúntale a ella. Yo tengo que llevar esto al coche de una señora.
—Siempre puedo esperar.
—La señora no. Ha dejado al marido guardándole sitio en el bar y teme que se lo beban.
Siguió caminando.
Más tarde, Charo lo acorraló junto a la cafetera.
—Has estado bien —le dijo.
—Gracias.
—Demasiado bien. Casi parecía ensayado.
—No lo estaba.
—Mejor. Si lo hubieras ensayado, habrías metido una cita de algún escritor que no has leído.
—He leído libros.
—El manual del tractor no cuenta.
Mateo se sirvió café. Desde allí veía a Adriana ayudar a una mujer a completar un pedido. En un momento, ella levantó la mirada y sus ojos se encontraron.
No sonrió. Tampoco apartó la vista.
Mateo inclinó apenas la cabeza y regresó al corral.
No necesitaba que aquella mañana terminara con una recompensa. Por primera vez entendía que hacer lo correcto no era una inversión romántica. No daba derecho a una segunda oportunidad, a un beso ni a que Adriana creyera en él.
Solo era lo que debía haber hecho desde el principio.
La feria cerró a las ocho. Habían vendido casi todas las piezas, reservado plazas para tres talleres y recogido más direcciones de correo de las que cabían en la hoja preparada. Cuando el último visitante salió, el equipo se reunió entre cajas vacías.
Pilar abrió una botella de sidra. El corcho golpeó una viga y cayó dentro del puesto de cerámica.
—Eso lo pagas tú —dijo Teresa.
—Apúntalo a gastos de representación —respondió Pilar.
Brindaron con vasos de cartón. Mateo permaneció al borde del grupo hasta que Nuria lo llamó.
—Ven aquí, alma del proyecto.
—No empieces.
—Tranquilo. Solo queremos que friegues los vasos.
Las risas llenaron el almacén. Mateo entró en el círculo.
Adriana estaba frente a él. Al alzar el vaso, sus dedos rozaron los de Mateo durante un instante.
—Gracias por lo de esta mañana —dijo ella.
Él sostuvo su mirada.
—No tienes que agradecérmelo.
—Ya lo sé.
Brindaron.
Aquella respuesta, sencilla y libre de deuda, fue lo más cerca que habían estado desde que ella cerró la puerta.