Gato viejo, rata tierna Capítulo 30
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Capítulo 30

La noche de los puestos vacíos

El viento empezó a las seis de la tarde y a las siete ya había desmontado dos banderolas, derribado una papelera y convertido el cartel de bienvenida en una cometa de metro y medio.

La feria debía abrir a las diez de la mañana siguiente en la plaza.

Habían instalado catorce puestos bajo toldos claros, una zona de demostraciones, un pequeño escenario y una pasarela delimitada con vallas para que Mateo y los otros ganaderos mostraran las ovejas sin que Rosalía pudiera comerse a ningún visitante.

A las siete y cuarto, la Agencia Estatal de Meteorología elevó el aviso por rachas fuertes.

A las siete y veinte, Pilar convocó una reunión de emergencia en el bar.

A las siete y veintidós, el grupo de WhatsApp de la feria acumulaba ciento doce mensajes, cuarenta de los cuales discutían si el viento de Valdebruna era cierzo, solano o «el de toda la vida».

Adriana entró en La Parada con el pelo pegado a la cara y una de las banderolas bajo el brazo.

—Si alguien propone sujetar los toldos con piedras, me voy a Madrid andando —anunció.

—Con este aire llegas antes —respondió Charo desde la cafetera.

Mateo estaba junto a la ventana con Nuria y el concejal de Cultura. Sobre una mesa habían extendido un plano del antiguo almacén de cereal, una nave municipal que llevaba años utilizándose para guardar sillas, escenarios de fiestas y tres figuras de Reyes Magos sin camellos.

—Podemos trasladarlo allí —dijo Nuria—. No es bonito, pero es seguro.

—No cabe la zona ganadera —señaló Mateo.

—La zona ganadera puede quedarse en el corral anexo —intervino Lucía—. Con vallas dobles y acceso por detrás.

Mateo estudió el plano.

—Sí. Eso funcionaría. Lucía conoce mejor las distancias sanitarias; que ella marque el recorrido.

La veterinaria levantó la mirada, sorprendida apenas un instante.

—Necesito dos personas y una cinta métrica.

—Voy contigo —dijo Julián.

Mateo no se ofreció a dirigirlos. Preguntó qué había que desmontar primero.

Durante las cuatro horas siguientes, Valdebruna se movió como un organismo que discutía con todas sus células.

Los puestos de la plaza pasaron al almacén.

Las bombillas de la verbena se colgaron entre vigas metálicas.

Pilar encontró unas telas antiguas para tapar las paredes.

El concejal localizó un calefactor industrial que hacía más ruido que calor.

Charo preparó bocadillos. Antonio, instalado en una silla junto a la puerta, controló la entrada de vehículos con una autoridad que nadie le había concedido pero todos obedecieron.

Adriana coordinaba el nuevo recorrido cuando vio a Mateo salir de los aseos con un cubo y una fregona.

—¿Qué haces? —preguntó antes de poder evitarlo.

Él miró el cubo.

—Una escultura contemporánea.

—Me refiero a por qué lo haces tú.

—Porque estaban sucios y mañana viene gente.

—Ya.

—Nuria está distribuyendo los puestos, Lucía monta el corral, Ángela revisa las ventas y tú intentas conseguir que este sitio no parezca el garaje de un gigante. He pensado que preguntaros cuál debía dejarlo todo para limpiar sería otra manera de encasquetároslo.

Adriana no encontró una respuesta que no sonara a examen aprobado.

—El jabón está en el cuarto de mantenimiento —dijo.

—Ya lo he encontrado.

Mateo avanzó dos pasos y se volvió.

—Aunque agradecería que alguien me explicara por qué el grifo de los hombres gira al revés.

—Eso no es machismo. Es fontanería municipal.

—Menos mal. Por un momento pensé que tenía que disculparme con el lavabo.

Ella se echó a reír. Fue una risa limpia, sin permiso y sin cálculo. Mateo sonrió, pero no aprovechó la grieta. Siguió hacia los aseos.

A las diez, una ráfaga hizo chocar las puertas del almacén.

A las diez y cinco, Pilar ordenó colocar sacos de arena.

A las diez y media, el primer puesto estaba montado.

Las mantas colgaban sobre las telas oscuras y las piezas de fieltro ocupaban cajas de madera prestadas por la frutería.

Con la iluminación cálida, el espacio empezó a parecer deliberado en lugar de improvisado.

Adriana fotografió el nuevo recorrido con la tableta y rediseñó en veinte minutos el plano que llevaba semanas perfeccionando.

Eliminó la entrada de la plaza, creó dos accesos dentro del almacén y convirtió el patio protegido en zona de descanso.

Después envió el archivo al impresor de Alcaraz, que aceptó sacar cincuenta copias antes de medianoche a cambio de que alguien recorriera cuarenta kilómetros para recogerlas.

—Voy yo —dijeron Mateo y el concejal a la vez.

Adriana miró la lista de tareas.

—Mateo hace falta aquí con las vallas. Que vaya el concejal. Y que se lleve las medidas nuevas, no las del plano antiguo.

El concejal tomó las llaves sin buscar confirmación masculina.

Mateo señaló el cuadro de tareas y preguntó dónde figuraban las vallas.

Adriana marcó la línea con el dedo. No tuvo que justificar por qué una decisión de comunicación afectaba al flujo de animales y personas; él leyó, preguntó una duda concreta y regresó al patio.

Después reorganizó los avisos digitales.

Cambió ubicaciones en la web, preparó un mensaje para las reservas y grabó con Nuria un vídeo corto frente a la puerta del almacén.

No ocultaron el viento ni fingieron que el traslado formara parte del encanto.

Nuria explicó la nueva dirección y Adriana añadió al final:

—Traigan ganas de entrar en calor. De la lana nos ocupamos nosotras.

El vídeo acumuló respuestas antes de que terminaran de colgar la segunda guirnalda.

Había gente preguntando por aparcamiento, accesibilidad y horarios del corral.

Adriana distribuyó las consultas entre el ayuntamiento, Lucía y el equipo de información.

Aquella era la parte de su oficio que las fotografías bonitas nunca mostraban: prever por dónde se rompería la experiencia de cientos de personas y remendarla antes de que llegaran.

Mateo apareció con barro en las botas.

—Lucía necesita cambiar el acceso de los animales. Si mueve la valla del fondo, ¿te rompe el recorrido?

Adriana amplió el plano.

—No, si dejamos libre esta puerta. Pero entonces el puesto de quesos tiene que girarse.

—Se lo digo a Nuria para que decida con la quesería.

No dijo «lo arreglo». No convirtió la respuesta de ella en una orden propia. Se llevó la información hacia quien correspondía.

—Necesitamos bajar la lona del fondo —dijo Adriana—. Refleja la luz.

Sebas, subido a una escalera, negó con la cabeza.

—Si la bajamos, se ve la pared.

—La pared queda mejor en las fotos que un rectángulo brillante.

—Déjala como está, mujer. En persona no molesta.

Mateo sujetaba la escalera. Adriana vio que alzaba la cabeza y, durante una décima de segundo, temió que interviniera para traducir su decisión a un idioma masculino.

—Bájala, Sebas —dijo Mateo.

—¿Ahora mandas tú en la decoración?

—No. Manda Adriana en la imagen y acaba de decirte que la bajes.

Sebas masculló algo sobre la dictadura del diseño, pero soltó los ganchos. La pared de ladrillo apareció detrás del puesto, irregular y honesta.

—Queda mejor —admitió al bajar.

—No se lo digas —respondió Mateo—. Se acostumbra.

Adriana le lanzó un rollo de cinta de pintor. Él lo atrapó y siguió trabajando.

A medianoche, el almacén se había transformado. No era la feria luminosa que habían imaginado en la plaza, pero tenía algo más íntimo: una gran habitación compartida, hecha de lana, luces prestadas y manos cansadas.

Pilar reunió al equipo en el centro.

—Falta revisar salidas, precios, extintores, programa, megafonía y que nadie haya encerrado al concejal en el cuarto de las carrozas.

—Estoy aquí —protestó el concejal.

—Una cosa menos.

Nuria distribuyó las últimas comprobaciones. A Mateo le correspondieron contenedores, aseos y zona de carga. A Adriana, señalética y recorrido. Trabajaron en extremos distintos durante otra hora.

Cuando ella salió a tomar aire, el viento había limpiado el cielo. Las nubes corrían sobre la luna y las ramas de las encinas se inclinaban al otro lado del corral. Mateo estaba agachado junto a una valla, asegurando el cierre inferior para que los corderos no pudieran meter la cabeza.

—Lucía dice que hacen falta veinte centímetros más de separación —explicó al verla—. Me he equivocado al medir.

—¿Y el mundo sigue girando?

Mateo miró hacia arriba, comprobándolo.

—De momento.

Adriana se apoyó en la pared. Estaba agotada, olía a polvo y tenía un trozo de cinta adhesiva pegado al pantalón. Mateo se incorporó. También él parecía haber envejecido cinco años desde la tarde, con el jersey lleno de pelusas y una mancha de lejía en la manga.

—Ha quedado bien —dijo.

—Ha quedado muy bien.

—Ha sido idea de Nuria trasladarlo.

—Lo sé.

—Ya. Solo lo decía porque antes habría esperado que me felicitaras a mí por no dejar que se volaran los puestos.

Adriana se cruzó de brazos.

—¿Y ahora esperas que te felicite por saber que no debo felicitarte?

Mateo meditó la trampa.

—Voy a callarme.

—Buena elección.

El viento levantó una esquina de la lona que cubría las vallas. Los dos avanzaron al mismo tiempo y sus manos se encontraron sobre la tela. Mateo no retiró la suya de golpe ni la mantuvo allí buscando una respuesta. Esperó.

Adriana sintió el calor de sus dedos. Había echado de menos aquellas manos: fuertes, agrietadas, capaces de sostener un cordero recién nacido como si el mundo dependiera de no apretar demasiado.

Lo había echado de menos a él. Eso no significaba que tuviera que volver. Pero ya tampoco quería fingir que el deseo había desaparecido junto con la confianza.

—Sujeta ese lado —dijo.

Mateo obedeció. Clavaron juntos la lona y comprobaron el cierre.

—Mañana, cuando esto termine… —empezó él.

Adriana lo miró.

Mateo negó con la cabeza.

—Nada. Mañana, cuando esto termine, habrá que recoger.

Ella casi sonrió.

—Eso seguro.

Regresaron al almacén. A la una y media, Pilar mandó a todo el mundo a casa. Mateo apagó las luces por zonas mientras Adriana comprobaba el recorrido una última vez.

Al salir, vio que él había dejado una pequeña lámpara encendida junto al puesto de La Hebra. Bajo aquella luz, la lana parecía conservar el calor de quienes la habían trabajado.

No había discursos, ni flores, ni una declaración escrita sobre el suelo de la plaza. Solo cajas dobladas, aseos limpios, vallas bien cerradas y un hombre que había aprendido a ocuparse de lo necesario aunque nadie hubiese pensado en pedírselo.

Adriana cerró la puerta del almacén y guardó la llave.

Por primera vez desde la ruptura, no sintió que el futuro con Mateo fuera una casa en la que él ya había elegido los muebles.

Lo vio como aquel local vacío unas horas antes: un lugar imperfecto, lleno de posibilidades, que solo tendría sentido si ambos estaban dispuestos a cargar mesas.