Capítulo 29
La feria no tiene dueño
El proveedor de cajas anunció su desaparición a las nueve y doce de la mañana de un martes.
No lo hizo con esas palabras. Envió un correo mucho más elegante en el que hablaba de una incidencia logística, de circunstancias ajenas a su voluntad y de una nueva fecha estimada de entrega situada tres días después de la Feria de la Lana.
En términos prácticos, cuarenta mantas pequeñas, sesenta fundas de cojín y treinta piezas de fieltro no tenían dónde meterse.
Adriana leyó el mensaje dos veces. A la tercera, su café ya estaba frío.
—Muy bien —dijo al ordenador—. Esto es una magnífica oportunidad para asesinar a alguien con identidad de marca.
Nuria levantó la cabeza desde la mesa grande de la antigua oficina de correos.
—¿Qué ha pasado?
Adriana giró la pantalla. Pilar, que clasificaba etiquetas junto a la ventana, se acercó con una lentitud prudente, como si el correo pudiera contagiarse.
—¿No llegan? —preguntó.
—Llegan el lunes.
—La feria termina el domingo —señaló Nuria.
—Ese pequeño detalle no parece haber frenado su optimismo.
Durante veinte minutos buscaron alternativas.
Las tiendas comarcales no tenían suficientes cajas del tamaño necesario; las de mensajería eran demasiado grandes; cambiar el formato obligaba a rehacer las fajas impresas.
Adriana llamó a cuatro proveedores y consiguió cuatro maneras distintas de decirle que se acordara antes la próxima vez.
No recordó que Mateo entraría hasta que oyó sus botas en el pasillo.
Habían acordado revisar el montaje de la zona ganadera a las diez. Durante los últimos días se habían comunicado mediante mensajes breves, correctos y casi siempre copiados a alguien más. La eficacia era impecable. El dolor también.
Mateo se detuvo en la puerta al ver la mesa cubierta de muestras.
—¿Puedo pasar?
Pilar lo miró por encima de las gafas.
—La puerta estaba abierta, Mateo.
—Ya. Pero estoy practicando.
Adriana no quiso sonreír y perdió la batalla antes de empezar.
—Pasa. Tenemos una crisis de cartón.
Él dejó una carpeta en una silla, escuchó la explicación completa y no ofreció ninguna solución hasta que Nuria terminó de hablar.
—En la quesería de Los Jarales reciben cajas pequeñas de doble canal —dijo entonces—. No son bonitas y llevan su sello, pero quizá tengan sin usar. También puedo preguntar en la cooperativa de aceite. ¿Queréis que llame?
La pregunta quedó en medio de la habitación sin disfrazarse de orden. Adriana percibió que Pilar la observaba, aunque fingiera leer una etiqueta.
—Llama —respondió Nuria—. Pero necesitamos cajas limpias, sin olores y todas iguales.
—Entendido.
Mateo salió al pasillo. No dijo que aquello se arreglaba en cinco minutos ni prometió más de lo que podía cumplir. Mientras hablaba por teléfono, Adriana regresó a la pantalla.
—No lo mires así —murmuró Pilar.
—¿Así cómo?
—Como quien contempla un eclipse y no sabe si ponerse gafas o pedirle disculpas al sol.
—Estoy mirando mi correo.
—Tu correo debe de haberse afeitado esta mañana.
Nuria soltó una carcajada. Adriana movió el ratón con una concentración excesiva.
Mateo regresó al cabo de unos minutos.
—Los Jarales tienen ciento cincuenta. Nos las ceden a precio de coste. El sello está en una cara y se puede cubrir con vuestra faja si cambiáis el plegado. Pueden estar aquí esta tarde, pero hace falta ir a recogerlas.
—Yo voy —dijo Adriana.
—Tengo que pasar cerca con el pienso. Puedo traerlas si os sirve. Si preferís revisarlas antes, vamos los dos.
Una parte de ella quiso rechazar la ayuda por pura disciplina sentimental. Otra, la que llevaba dos semanas durmiendo cinco horas, calculó el tiempo que perdería en una carretera que no conocía.
—Vamos los dos —decidió—. Así comprobamos las medidas.
El trayecto transcurrió entre curvas, encinas y una conversación estrictamente dedicada al gramaje del cartón. Mateo conducía con ambas manos en el volante. Adriana miraba por la ventanilla los rastrojos dorados y el monte bajo, oscurecido por las nubes bajas de finales de noviembre.
—Ángela va a presentarse a la junta —dijo él al cabo de un rato.
Adriana giró la cabeza.
—Me alegro.
Mateo no añadió «¿ves?» ni «he cambiado». La firma del encargo pertenecía a Ángela y a él; no necesitaba convertirla en un punto de su expediente sentimental. Dejó que el silencio continuara.
—¿Cómo está tu padre? —preguntó ella.
—Protesta en rehabilitación y luego hace todos los ejercicios en casa para poder protestar con fundamento. El jueves quiere comer en Alcaraz.
—¿Y tú puedes llevarlo?
—He organizado el día para llevarlo.
La diferencia era pequeña, apenas una preposición invisible entre una frase y otra. Sin embargo, Adriana la oyó.
En la quesería midieron cajas, comprobaron que no olían a curado y cargaron ciento cincuenta unidades planas. Cuando Mateo empezó a colocarlas en la furgoneta, Adriana sujetó el otro extremo del paquete.
—Puedo con esto —dijo él.
Ella lo miró.
—Ya lo sé.
Mateo tardó un segundo en comprender. Después aflojó las manos para repartir el peso.
—A la de tres.
—Eso sí puedes decidirlo.
—Gracias por la autorización.
—No te acostumbres.
Los dos sonrieron, y durante unos instantes todo resultó demasiado parecido a antes. Adriana notó el deseo de apoyarse contra él, de recordar con el cuerpo lo que la cabeza aún examinaba. Se apartó para coger otro paquete.
De regreso, encontraron a Rosalía dentro del patio de la casa de correos.
Nadie supo explicar cómo había cruzado medio pueblo. Llevaba un cordel azul enredado en el cencerro y masticaba con dedicación una plancha de cartón donde se habían impreso varios códigos QR.
—¡Rosalía! —gritó Mateo.
La oveja levantó la cabeza, valoró su autoridad y siguió comiendo.
Nuria salió con el teléfono en alto.
—No la saques todavía.
—Se está comiendo el acceso a la tienda.
—Por eso. Es perfecto.
Adriana comprendió la idea al instante. Se agachó, colocó una de las cajas nuevas junto a la oveja y recompuso la faja de papel para que el logotipo quedara visible.
—Mateo, ponte detrás, pero no mires a cámara. Haz como si intentaras negociar con ella.
—Llevo tres años negociando con ella y siempre pierdo.
—Entonces busca tu expresión habitual.
Rosalía arrancó otra esquina. Mateo extendió la mano y la oveja retrocedió con el cartón en la boca. Adriana tomó seis fotografías. En la última, él miraba al animal con una mezcla perfecta de paciencia y derrota.
Publicaron la imagen aquella tarde con una frase propuesta por Nuria: «Nuestra lana dura más que nuestros códigos QR». En dos horas se convirtió en la publicación más compartida del proyecto.
—Te dije que necesitábamos una imagen auténtica —comentó Mateo.
Adriana levantó la vista del móvil.
—La idea ha sido de Nuria.
Él asintió sin la menor resistencia.
—Es verdad. Te dijo que no sacara a Rosalía y tú montaste la foto. Yo solo he perdido otra discusión con una oveja.
Nuria le lanzó una caja plana.
—Pues empieza a doblar. Necesitamos ciento cincuenta antes de mañana.
Mateo ocupó una silla. Pilar puso música en un altavoz pequeño y los cuatro formaron una cadena. Doblar, encajar, envolver, pegar. A media tarde se sumaron Ángela, Lucía y dos vecinos. Mateo trabajó en silencio hasta que Charo apareció con una bandeja de café y preguntó quién mandaba allí.
—Nuria —respondió él, sin mirar a Adriana.
—Yo no mando —protestó Nuria—. Coordino.
—Pues coordina que alguien me enseñe a cerrar esta caja.
Adriana vio cómo Ángela le explicaba el pliegue. Mateo no la interrumpió. Falló dos veces, deshizo el cartón y volvió a empezar.
No era una escena extraordinaria. Nadie habría escrito una canción sobre un hombre de cincuenta años doblando cajas bajo la dirección de su hermana.
Quizá por eso a Adriana le pareció importante.
Cuando terminaron, ya había oscurecido. Mateo recogió los recortes del suelo y preguntó dónde debía dejar la basura. No intentó acompañarla a casa ni buscó un momento a solas.
—Mañana a las ocho en el almacén —dijo Nuria.
—A las ocho —confirmó él.
Al cruzarse junto a la puerta, Mateo se hizo a un lado. Adriana estuvo a punto de decirle que no necesitaba que le cediera el paso. Entonces comprendió que no estaba representando una galantería: esperaba porque ella llevaba una torre de etiquetas que no cabía junto a él.
—Gracias —dijo.
—De nada.
Eso fue todo.
Y, sin embargo, mientras caminaba hacia su casa bajo el aire frío de Valdebruna, Adriana tuvo la sensación de que entre los dos acababa de abrirse un espacio distinto. No un hueco preparado por Mateo.
Un espacio que todavía estaba vacío y que, si alguna vez decidían ocuparlo, tendrían que construir juntos.