Capítulo 28
Las cuentas claras
Mateo llegó a la gestoría de Ángela diez minutos antes de la hora y se quedó dentro de la furgoneta, con las manos apoyadas en el volante y una carpeta azul en el asiento del copiloto.
La puntualidad, descubrió, podía ser otra forma de cobardía. Uno llegaba a tiempo y después se escondía en el coche para no afrontar aquello a lo que había venido.
En el escaparate, detrás de un vinilo que prometía soluciones fiscales, laborales y contables, su hermana hablaba por teléfono mientras buscaba algo en un archivador.
Tenía el auricular sujeto entre la mejilla y el hombro, un bolígrafo en la boca y dos carpetas abiertas sobre el mostrador.
Mateo la había visto así cientos de veces.
Hasta hacía poco, la imagen le habría parecido una prueba de que Ángela era estupenda organizándose.
Ahora solo veía a una mujer haciendo tres cosas a la vez porque demasiada gente se había acostumbrado a que pudiera con todo.
Cogió la carpeta azul y bajó.
Ángela levantó un dedo al verlo entrar. Mateo se sentó sin necesidad de que se lo indicara. No abrió la boca para anunciar que tenía prisa ni dejó las llaves de la furgoneta sobre la mesa como si fueran un cronómetro. Esperó.
—Sí, Rogelio, el modelo se presenta trimestralmente —decía ella—. No, que lo hayas olvidado no cambia el calendario de Hacienda. Ya. Ya sé que nadie te ha avisado. Hacienda tiene esa manía: publica las fechas y espera que los adultos las recuerden.
Colgó, se quitó las gafas y lo miró.
—Como hayas venido a preguntarme dónde guardé los papeles del seguro, te cobro la consulta y un suplemento por parentesco.
—He venido para contratarte.
Ángela volvió a ponerse las gafas.
—¿A mí?
—A tu gestoría. Para que lleves oficialmente la explotación.
—Ya llevo oficialmente la explotación.
—No. La llevas extraoficialmente, que es una forma muy fina de decir gratis.
Ella no respondió. Mateo colocó la carpeta sobre la mesa y la abrió.
Había impreso el listado que Ángela le había entregado días antes: facturas, guías, comunicaciones veterinarias, subvenciones, movimientos del ganado, seguros, llamadas, incidencias y una columna con las horas aproximadas de cada tarea.
A la derecha había añadido una propuesta de honorarios basada en las tarifas de la propia gestoría.
Ángela recorrió la primera página sin tocarla.
—¿Quién te ha hecho esto?
—Yo.
—¿Tú solo?
—No pongas esa cara.
—Estoy intentando disfrutar del momento.
Mateo aceptó el golpe. Se había ganado aquel asombro.
—He revisado las facturas de otros clientes tuyos —explicó—. Las que me enseñaste para que pudiera calcularlo sin que tú tuvieras que hacerme otra lista.
—Vas aprendiendo vocabulario.
—Voy aprendiendo cosas peores.
—¿Como sumar?
—Como darme cuenta de todo lo que me salía barato porque lo pagabas tú con tu tiempo.
Ángela se quitó de nuevo las gafas. Esta vez no había ironía en el gesto. Se levantó, cerró la puerta que comunicaba con la pequeña sala de espera y regresó despacio.
—No hagas esto por Adriana.
Mateo sintió el nombre como una corriente fría que se colaba por una rendija.
—Adriana no sabe que estoy aquí.
—No me refiero a que lo sepa. Me refiero a que no me conviertas en una tarea de tu plan para recuperarla.
—No tengo un plan para recuperarla.
—Eso me tranquiliza y me da pena a partes iguales.
—Tengo un plan para dejar de ser un aprovechado.
Ángela frunció los labios, valorando si la frase merecía una burla. Finalmente se sentó.
—Eso sí puedo facturártelo.
Revisaron cada apartado. Ángela corrigió tiempos, eliminó gestiones que ya no eran necesarias y añadió otras que Mateo ni siquiera conocía. Cuando llegaron a las comunicaciones de la cooperativa, él sacó una segunda hoja.
—También quiero que entres en la junta.
—¿Quieres?
Mateo levantó las manos.
—Creo que estás más preparada que la mitad de los que estamos y que deberías presentar tu candidatura si te apetece.
—Mejor.
—He dicho que voy aprendiendo. No que vaya rápido.
Ángela dejó escapar una risa pequeña. Hacía semanas que no se reía con él de aquella manera, sin que el humor sirviera para tapar algo.
—Me lo pensaré —dijo—. Pero no pienso ser la secretaria de una junta llena de hombres que se llaman presidentes unos a otros.
—Entonces preséntate a presidenta.
—¿Y tú me votarías?
—Si el programa es bueno.
—Eres idiota.
—Si te presentas, escucharé tu programa y no hablaré por ti. Y haré lo mismo con Nuria si se presenta.
Ángela lo observó durante varios segundos.
—Esa frase te ha quedado casi bien.
—La estropeo si quieres.
—No hace falta. Ya tendrás más oportunidades.
Firmaron un encargo profesional provisional. Mateo sintió una incomodidad absurda al verla emitir la primera factura. No por el importe, sino porque el papel convertía en visible algo que durante años él había preferido considerar afecto familiar.
Antes de marcharse, Ángela le pasó un calendario impreso.
—Los turnos de papá para las próximas tres semanas.
Mateo no extendió la mano.
—No.
Ella alzó una ceja.
—¿No?
—Ponlo en el calendario compartido. Yo ya he marcado los días que puedo llevarlo a rehabilitación y la revisión del jueves. Tú elige los tuyos. Si queda alguno sin cubrir, lo hablamos con ellos. Con los dos. Papá no es un palé que tengamos que repartirnos sin preguntarle.
Ángela dejó el papel sobre la mesa.
—Mamá va a pensar que te han cambiado en el viaje.
—Mamá va a pensar que he tardado cincuenta años.
—Mamá lleva pensándolo desde que cumpliste dieciséis.
Cuando salió de la gestoría, no llamó a Adriana. Tampoco pasó por la antigua casa de correos, aunque la plaza quedaba a menos de cien metros y sabía que aquella mañana ella trabajaba allí con Nuria.
Se fue a buscar a su padre.
Antonio esperaba sentado junto a la puerta de casa, con la chaqueta puesta y el bastón entre las rodillas.
—Tu hermana ha dicho que hoy me llevabas tú —comentó al subir a la furgoneta.
—Hoy y el jueves.
—A ver si te vas a aficionar.
—No es una afición, padre.
—Ya estamos con las palabras nuevas.
Mateo arrancó y recorrió media calle antes de responder.
—¿Te viene bien el jueves a las diez o prefieres que intentemos cambiar la cita?
Antonio lo miró de lado.
—A las diez está bien.
—¿Y después quieres volver o nos quedamos a comer en Alcaraz?
—¿Me estás preguntando?
—No te acostumbres.
—Lo mismo digo.
La rehabilitación duró cuarenta minutos.
Mateo esperó fuera, contestó mensajes de la cooperativa y rechazó dos veces el impulso de escribir a Adriana.
Al terminar, Antonio insistió en pasar por la ferretería.
Necesitaba unas arandelas, cinta aislante y una bombilla que llevaba dos meses anotada en una servilleta.
—¿Por qué no se lo dijiste a Ángela? —preguntó Mateo.
—Porque tenía bastante.
—¿Y a mí?
Antonio apoyó ambas manos en el bastón.
—Porque tú siempre tenías más prisa.
No hubo reproche en el tono. Eso fue lo peor.
Mateo compró las arandelas, la cinta y dos bombillas. Por la tarde cambió la que estaba fundida sin fotografiarla, sin anunciarlo en el grupo familiar y sin decir que había «echado una mano».
A las siete se reunió la cooperativa para preparar la renovación de la junta.
Eusebio había colocado las sillas en dos filas frente a una mesa, disposición que convertía cualquier conversación en una audiencia.
Ángela se sentó junto a Nuria. Mateo ocupó una silla lateral, lejos del lugar desde el que solía intervenir sin pedir turno.
—Necesitamos una secretaría que domine la administración —dijo Eusebio—. Ángela podría ocuparse. Ya conoce los papeles.
Mateo sintió cómo varias cabezas se volvían hacia él, como si la disponibilidad de su hermana formara parte de su patrimonio. Ángela no lo miró.
—No me presento a secretaria —respondió ella—. Valoraré entrar como vocal o presentar una candidatura a la presidencia. Y cualquier trabajo técnico que mi gestoría haga para la cooperativa se contratará aparte.
Eusebio se quitó las gafas.
—Aquí todos hemos colaborado gratis muchas veces.
—Colaborar una tarde no es llevar durante años las obligaciones fiscales y laborales de una entidad —dijo Nuria—. Una cosa es voluntariado y otra, sostener una estructura sin salario.
—Mateo, tú qué dices.
La pregunta llegó acompañada de un silencio expectante. Él podía respaldar a Ángela, demostrar que estaba de su lado y pronunciar la clase de frase que luego el pueblo repetiría. También podía volver a convertirla en una mujer que necesitaba la aprobación de su hermano para ocupar una silla.
—Que la candidata está delante —respondió—. Pregúntale a ella.
Eusebio miró a Ángela.
—¿Vas en serio con lo de la presidencia?
—Voy en serio con que la próxima junta deje por escrito quién decide, quién trabaja y quién cobra. El cargo ya veremos quién lo ocupa.
La conversación duró más de una hora. Ángela presentó una propuesta de funciones; Nuria pidió una comisión comercial; Lucía exigió que la parte sanitaria no volviera a aprobarse a última hora.
Mateo tomó notas de aquello que afectaba a los ganaderos.
Solo habló cuando le preguntaron por disponibilidad de lana y por los accesos a las explotaciones.
Al terminar, Eusebio se acercó mientras todos recogían.
—Te has quedado muy callado.
—Había gente hablando.
—Tu hermana viene fuerte.
Mateo guardó el cuaderno.
—Lleva años viniendo fuerte. Nosotros llevábamos años llamándolo echar una mano.
No esperó que Eusebio estuviera de acuerdo. Ayudó a apilar las sillas y dejó que Ángela saliera con Nuria sin preguntarle si estaba satisfecha con su actuación. Aquel día ya habían firmado un encargo y hablado lo necesario. El resto le pertenecía a ella.
Al regresar a la finca, Rosalía lo recibió junto a la cancela con un trozo de cartón en la boca.
Era parte de una caja de embalaje de La Hebra.
Se la quitó con cuidado y vio impreso, entre dos mordiscos, el dibujo que Adriana había elegido para la marca: una hebra azul que se elevaba hasta convertirse en loma.
Durante unos segundos pensó en guardarse el cartón. Después lo dejó en el contenedor de reciclaje.
No todo lo que dolía tenía que convertirse en una reliquia.
Abrió la cancela, esperó a que pasaran las ovejas y la cerró detrás de ellas. Aquella tarde no había nadie mirando.
Y, precisamente por eso, Mateo supo que estaba empezando a hacerlo de verdad.