Gato viejo, rata tierna Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—¿Quieres ir directamente a la clínica o pasar antes por la farmacia?

—Farmacia después.

—Bien.

—Y a la vuelta quiero comer en La Parada.

—Habrá lentejas en casa.

Antonio se puso el bastón bajo el brazo.

—¿Me has preguntado o me has informado del menú?

Mateo abrió la puerta.

—La Parada, entonces.

Caminaron hasta la furgoneta. Antes de subir, Antonio se detuvo.

—¿Y Adriana?

La pregunta no llevaba malicia. Aun así, Mateo tardó en responder.

—Ya no estamos juntos.

—Lo siento.

—Yo también.

—¿Vas a hacer algo?

Mateo pensó en flores, cartas, quesos y habitaciones con puertas recién pintadas. Pensó en todas las formas de convertir una disculpa en una herramienta para obtener una respuesta.

—Sí —dijo—. Lo que me corresponde.

Antonio esperó una explicación. Mateo no se la dio.

Durante el trayecto, el teléfono vibró una vez. Estaba en el soporte del salpicadero y la pantalla mostró un correo de Adriana con el asunto «Acceso lateral confirmado».

Mateo no lo abrió mientras conducía. Tampoco pidió a su padre que lo leyera.

—¿No quieres saber qué dice? —preguntó Antonio.

—Cuando paremos.

—Mira que vas aprendiendo despacio.

Mateo sonrió sin apartar los ojos de la carretera.

Dejó a Antonio en la puerta de rehabilitación y estacionó bajo dos plátanos que ya habían perdido casi todas las hojas. La sesión duraba cuarenta y cinco minutos. Mateo abrió el correo, leyó la confirmación, respondió únicamente «Recibido. Actualizo el plano definitivo» y guardó el móvil.

Volvió a sonar antes de que pudiera sacar del bolsillo la lista de materiales. Esta vez era Ramiro Lozano.

—Mateo, qué oportuno encontrarte —dijo el responsable de promoción—. El fragmento de la entrevista está funcionando fenomenal.

Mateo miró el parabrisas. En la acera de enfrente, una mujer esperaba el autobús con una bolsa de naranjas. Nadie sabía con quién hablaba. Nadie iba a felicitarlo por acertar.

—¿Qué fragmento?

—El de la feria y la diseñadora. Tiene conversación, que es lo que interesa. Queremos aprovecharlo con una pieza corta para redes: tú en la finca, las ovejas, el proyecto que has impulsado. Dos minutos muy humanos.

—Yo no he impulsado La Hebra.

Hubo una pausa breve, ocupada por el ruido de un teclado.

—Bueno, has aportado la materia prima y eres la cara que reconoce la gente. No hace falta hilar tan fino en un vídeo de difusión.

—Precisamente de hilar va el proyecto.

Ramiro rio, dispuesto a apropiarse también del chiste.

—Eso mismo. Frases así. Podemos grabar el jueves. Si Adriana aparece al final, aunque solo sea caminando por la finca, cerramos el arco de ciudad y campo. Después de la tensión del programa, al público le gustará ver que todo acaba bien.

Mateo sintió el impulso de preguntar si ella había aceptado. El impulso siguiente fue peor: imaginar que aquella grabación podía obligarlos a estar juntos el tiempo suficiente para hablar. Apoyó la frente un segundo en el volante.

—Mi relación con Adriana no es un arco de la campaña.

—No hace falta llamarlo relación. Es cercanía, futuro, retorno rural. El mensaje positivo.

—El mensaje positivo es que unas mujeres han creado productos y empleo con una lana que se tiraba. Si queréis una pieza de La Hebra, llamad a Pilar o a Nuria. Ellas decidirán quién aparece. Yo puedo explicar la parte ganadera si me lo piden.

—Mateo, te estoy ofreciendo una promoción estupenda para tu explotación.

La frase encontró un lugar antiguo y cómodo dentro de él.

Durante años había aceptado cualquier escaparate que diera valor a su oficio.

Podía convencerse de que, si se beneficiaba la finca, también se beneficiaban la lana, el pueblo y todas las demás.

Era una cadena de razones lo bastante larga para esconder al primero que cobraba.

—Mi explotación no es el proyecto —dijo—. Si queréis promocionarla, hablaremos de oveja manchega, manejo extensivo y precios. No usaré el trabajo de La Hebra ni mi vida privada para hacerlo.

La cordialidad de Ramiro perdió dos grados.

—Entonces tendré que consultarlo.

—Consulta también el dosier que os mandaron. Están los créditos y los contactos.

Se despidieron sin fijar fecha.

Mateo abrió el grupo de organización. Estuvo a punto de escribir que había rechazado la grabación, pero la frase le sonó enseguida a cuenta de méritos.

En su lugar, reenvió a la dirección general de La Hebra el número de Ramiro y un mensaje escueto: «Propone una pieza para redes.

Le he indicado que el enfoque y las portavoces los decidís vosotras. Quiere grabar el jueves».

No añadió que había defendido el proyecto. Defenderlo significaba, entre otras cosas, no convertir cada gesto correcto en una deuda.

Guardó el móvil. Sacó la lista de paneles y calculó cuántas abrazaderas necesitaría para la valla doble que había pedido Lucía. Cuando Antonio salió de la clínica, Mateo había terminado las cuentas y Ramiro ya no ocupaba su cabeza.

Preguntar no garantizaba una respuesta favorable. Escuchar no obligaba a nadie a quedarse. Aceptar un no no lo convertía en un sí futuro.

Durante demasiado tiempo había creído que esas eran las desventajas de preguntar.

Empezaba a comprender que eran, precisamente, la razón para hacerlo.