Capítulo 27
Aprender a preguntar
Mateo llegó a la reunión de la cooperativa con cinco minutos de antelación, dejó la carpeta sobre la mesa y eligió una silla al final.
No pretendía hacer de aquello un símbolo. La cabecera estaba ocupada por Eusebio y el único sitio libre quedaba junto a la puerta. Sin embargo, Sebas lo miró como si acabara de presentarse con falda.
—¿Te has perdido? —preguntó.
—Todavía no.
—Tu sitio está aquí delante.
—Desde el fondo también oigo.
—A ver cuánto te dura.
La sala se llenó poco a poco. Julián se sentó junto a Mateo.
Lucía abrió el portátil cerca de la ventana.
Ángela llegó con una carpeta de presupuestos y Nuria representó a La Hebra porque Pilar tenía cita con el dentista.
Adriana no asistiría. Había enviado el plano corregido y una lista de necesidades por correo.
Mateo conocía la lista casi de memoria. No porque buscara una excusa para pensar en ella, se dijo, sino porque le correspondía preparar la zona ganadera. La explicación no era del todo falsa y eso era lo máximo que podía concederse.
Eusebio golpeó la mesa con un bolígrafo.
—Empezamos. Lo primero, la Diputación quiere cerrar quién hablará en la apertura. Después del numerito de la televisión, dicen que mejor una sola persona para no pisarnos.
Nuria dejó su libreta.
—No hubo ningún numerito. Hubo una información falsa y Adriana la corrigió.
Eusebio levantó una mano.
—No vamos a entrar en asuntos de pareja.
—Has entrado tú llamándolo numerito —dijo Ángela.
—Pues no entremos. La cuestión es que quieren a Mateo. Es conocido, sale bien en cámara y representa a los ganaderos.
Varias cabezas se volvieron hacia él.
Mateo sintió el reflejo de enderezarse, aceptar y prometer que nombraría a todo el mundo. Era exactamente la misma oferta de unas semanas atrás, presentada con menos palabras.
—No —dijo.
Eusebio parpadeó.
—¿No qué?
—No seré el portavoz de La Hebra. Puedo hablar de la aportación ganadera si ellas quieren que participe, pero la apertura les corresponde.
—¿A quién ponemos entonces?
Mateo miró a Nuria. La respuesta era evidente y, por eso mismo, supo que no debía darla él.
—¿A quién queréis poner? —preguntó.
Nuria apoyó los codos en la mesa.
—Pilar abrirá como presidenta. Yo explicaré el proyecto y Ángela la colaboración con la cooperativa. Adriana presentará la marca y el recorrido de la feria. Después pueden intervenir ganaderos y artesanas en la mesa.
—Cuatro mujeres y ningún hombre en la apertura —resumió Eusebio.
—Cuatro responsables del trabajo que se presenta —corrigió Mateo.
Julián asintió desde su silla.
—Tiene sentido.
—A ti también te han comido la cabeza —dijo Eusebio.
—No. Yo estaba en la primera jornada de clasificación de lana —respondió Julián—. Había doce mujeres, dos hombres y uno de los hombres fui yo porque mi hija tenía fiebre y mi mujer no podía venir. Si ahora abrimos nosotros, no representa ni quién empezó ni quién ha trabajado.
Un ganadero mayor llamado Cándido, que hasta entonces había dedicado la reunión a limpiar sus gafas, levantó la mano.
—Mi mujer lleva haciendo plantillas de fieltro desde antes de que supiéramos que esto daba dinero. Si no habla ella, por lo menos no voy a hablar yo.
Eusebio miró alrededor. La discusión que había planteado como hombres contra mujeres acababa de perder a dos hombres.
—De acuerdo —dijo—. Que abran ellas. Pero si se alargan, no quiero quejas.
—Podemos poner tiempos para todos —propuso Nuria—. También para ti.
Sebas se rio. Eusebio anotó los nombres con una presión que casi atravesó el papel.
Sebas dejó escapar un silbido.
—Cómo te tienen.
Mateo no respondió.
—Segundo asunto. El cercado norte.
Mateo desplegó el plano. Explicó que Julián había aceptado ceder el acceso lateral durante el fin de semana y que se podía crear un pasillo independiente para las actividades infantiles.
—Yo pondría las ovejas aquí —dijo Eusebio, señalando una esquina—. Siempre se ha hecho así en las muestras.
La frase atravesó a Mateo con una familiaridad desagradable. La había pronunciado él en la primera reunión con Adriana, seguro de que la costumbre era un argumento completo.
—Ahí no —dijo Lucía—. La entrada es estrecha y se forma un embudo. Si hay ruido o demasiada gente, los animales no tendrán salida limpia.
Eusebio frunció el ceño.
—Llevamos toda la vida haciendo muestras.
—Y yo llevo ocho años trabajando como veterinaria —respondió ella—. La zona segura es esta.
Mateo estudió el punto que señalaba.
—¿Necesitas valla doble en el lateral? —preguntó.
Lucía lo miró, quizá sorprendida de que no hubiera empezado por explicarle cómo se movía un rebaño.
—Sí. Y una separación de dos metros respecto a los talleres.
—Puedo conseguir los paneles. ¿Quieres revisar el montaje el viernes anterior?
—Quiero.
—Pues queda así.
Eusebio golpeó de nuevo el bolígrafo.
—Como queráis. Pero luego, si no cabe la demostración, no digáis que no avisé.
—No lo diremos —respondió Mateo.
No añadió nada sobre cómo se había hecho siempre. Aquella frase había empezado a parecerle una forma de pedir que el pasado tomara decisiones para que ellos no tuvieran que responsabilizarse.
El tercer punto era el presupuesto. Ángela explicó que la modificación del programa exigía presentar una memoria complementaria, revisar facturas y justificar dos partidas nuevas.
—Tú lo tienes hecho en una tarde —dijo Eusebio.
Ángela cerró la carpeta.
—No.
—¿No qué?
—No lo tengo hecho en una tarde. Y no lo haré gratis por ser de la cooperativa.
—Todos ponemos horas.
—Entonces apuntamos las horas de todos y las valoramos. Las mías también.
Eusebio miró a Mateo, esperando que mediara. Hasta la semana anterior, él habría buscado una solución que permitiera a todos salir contentos y a Ángela trabajar el sábado.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó a su hermana.
Ángela abrió la carpeta otra vez y leyó la cifra.
Sebas soltó una risa.
—Por rellenar cuatro papeles.
—Si son cuatro papeles —dijo Mateo—, hazlos tú.
—Yo no sé.
—Por eso se paga a quien sabe.
Nuria señaló una partida de comunicación que había quedado por debajo del presupuesto previsto.
—Podemos mover una parte si la Diputación lo autoriza.
—Eso requerirá otro papel —dijo Ángela.
—Inclúyelo en la factura.
La propuesta se aprobó. Ángela anotó el encargo sin mirar a Mateo, y él agradeció que su gesto no pareciera un favor entre hermanos.
Durante una hora revisaron horarios, accesos y turnos. Mateo formuló tres propuestas. Una fue aceptada, otra quedó pendiente y Nuria rechazó la tercera porque interfería con la zona de venta.
—De acuerdo —dijo él—. Busco otra ubicación para el remolque.
Sebas se removió en la silla.
—¿Ya está?
Mateo levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Te dice que no y ya está.
—Sí.
—Antes habrías discutido media hora.
—Antes perdíamos mucho tiempo.
Julián disimuló una sonrisa detrás de la mano.
Eusebio dio por terminada la reunión. Las sillas empezaron a arrastrarse. Mateo enrolló el plano mientras Nuria y Ángela se marchaban juntas. Lucía guardó el portátil y le recordó la revisión del viernes.
—Lo tengo anotado —dijo él.
—Milagro.
—No abuses. Todavía puedo llamarte chiquilla.
Lucía levantó una ceja.
—Y todavía puedo declarar que tus ovejas necesitan un responsable adulto.
—El viernes a las nueve —rectificó Mateo.
Cuando salieron al patio, Sebas lo esperaba apoyado en una furgoneta.
—No te enfades —dijo.
—No estoy enfadado.
—Pues tienes cara.
—Es la que tengo.
Sebas se cruzó de brazos.
—Lo de domesticado era una broma. No hace falta que ahora nos midamos cada palabra porque la madrileña te haya dado un curso acelerado.
Mateo guardó el plano detrás del asiento.
—Adriana no me ha domesticado.
—Ya me entiendes.
—Sí. Y tú me entiendes a mí. No vuelvas a hablar de ella como si fuera una mujer que ha venido a ponerme una correa.
Sebas soltó una carcajada, pero se apagó al ver que Mateo no lo acompañaba.
—Ahora resulta que no se puede decir nada.
—Puedes decir lo que quieras. Y yo puedo decirte que no me hace gracia.
—Desde que estás con ella…
—Ya no estoy con ella.
Sebas dejó de sonreír.
—Vaya. Lo siento.
—Gracias.
—Entonces todo esto ¿a qué viene?
Mateo apoyó una mano en la puerta de la furgoneta.
—¿Todo esto qué es?
—Preguntar para sentarte, dejar que Ángela cobre, darle la razón a Lucía… Pareces otro.
—No le he dado la razón a Lucía. He escuchado a la veterinaria sobre dónde poner los animales.
—Eso.
—Y Ángela no cobra porque yo la deje. Cobra porque trabaja.
Sebas lo observó como si intentara encontrar la trampa.
—Pues sí que te ha dejado tocado.
Mateo pensó en la puerta de la casa de correos, en el clic del pestillo y en el mensaje profesional de aquella mañana.
Podía decir que Adriana había exagerado.
Podía aceptar el papel de hombre confundido al que una mujer complicada castigaba por quererla demasiado.
Sebas entendería esa historia. Probablemente la pagaría con una cerveza y varios insultos cariñosos.
—Hice mal una cosa —dijo Mateo—. Varias, en realidad. Ella me las había explicado y yo decidí que mis intenciones valían más. No me ha dejado domesticado. Me ha dejado porque no la escuché.
Sebas bajó la vista hacia el suelo.
—Todos metemos la pata.
—Sí.
—Pues se pide perdón.
—Ya lo he pedido.
—¿Y no vuelve?
—No tiene obligación.
El mecánico se rascó la barba.
—Eso es una faena.
—Para ella también.
Sebas pateó una piedrecilla.
—La mía dice que nunca organizo nada. Pero cuando organizo, me dice que lo hago a mi manera.
Mateo cerró la puerta de la furgoneta.
—Pregúntale qué quiere que organices.
—Ya estamos.
—Has empezado tú.
Por primera vez en toda la conversación, Sebas rio sin usar la risa como escudo.
—Te invito a una cerveza.
—No puedo. Llevo a mi padre a rehabilitación.
—¿Tu hermana no puede?
Mateo lo miró.
—Retiro la pregunta —dijo Sebas.
En casa de sus padres, Antonio estaba preparado con veinte minutos de antelación. Llevaba la chaqueta marrón y sostenía una carpeta médica.
—Tu hermana dice que ahora preguntas todo —comentó.
—Tu hija habla demasiado.
—Eso viene de tu madre.
Mateo cogió las llaves.