Gato viejo, rata tierna Capítulo 26
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Capítulo 26

La rata no huye

Adriana sacó la maleta de debajo de la cama a las ocho de la mañana y a las ocho y cuarto ya había metido dentro tres jerséis, dos pantalones y una cantidad de ropa interior que correspondía a una evacuación de duración indeterminada.

Se sentó en el borde del colchón.

La maleta permaneció abierta a sus pies, razonable y disponible.

Madrid estaba a menos de tres horas. Podía terminar los diseños desde su piso, conectarse a las reuniones y volver para la feria.

Nadie podría acusarla de abandonar el contrato.

La distancia era una herramienta de trabajo como cualquier otra.

El problema era que se conocía.

No quería volver por eficiencia. Quería huir antes de que Valdebruna quedara unida a Mateo en todos sus recuerdos, antes de cruzárselo en la plaza o escuchar la furgoneta bajo su ventana. Quería convertir la ruptura en un traslado y el dolor en logística.

El teléfono sonó. Era Gonzalo.

Adriana contempló la posibilidad de dejarlo sonar, pero descolgó.

—¿Qué tal la celebridad rural? —preguntó él.

—La celebridad rural está pensando en hacerse apicultora y vivir con la cara tapada.

—Vi la entrevista.

Adriana se tumbó de espaldas sobre la cama.

—Maravilloso.

—Estuviste muy bien. El pastor se vino arriba, pero esas cosas dan juego en televisión.

—El pastor se llama Mateo.

—No pretendía ofender a tu novio.

—Ya no es mi novio.

Hubo un silencio breve, lo bastante largo para que Gonzalo reorganizara la conversación en beneficio propio.

—Entonces quizá te interese lo que iba a proponerte. Tenemos un proyecto de turismo interior que necesita una dirección creativa. Tres meses, buena tarifa y posibilidad de incorporarte al equipo después. Si estás cansada de experimentar con la vida de pueblo, podrías empezar el lunes.

Adriana miró el techo inclinado de la antigua casa de correos.

—¿Por qué yo?

—Porque lo de La Hebra funciona. Y porque conoces la cuenta.

—La conocía cuando trabajaba contigo y elegiste a otra persona para dirigirla.

—Las circunstancias cambian.

—Sí. A veces una sale en televisión.

Gonzalo rio como si aquello fuera complicidad.

—Piénsalo. Te mando condiciones.

Adriana colgó. La oferta llegó cinco minutos después.

La tarifa era alta. El puesto exigía presencia en Madrid y disponibilidad para viajar.

También describía el proyecto como «una oportunidad para trasladar el aprendizaje rural de Valdebruna a una narrativa nacional», una manera elegante de pedirle que empaquetara el trabajo de otras mujeres para vender otra cosa.

Cerró el correo.

A las diez tenía una sesión con Pilar y Nuria. Podía cancelarla. En lugar de hacerlo, cerró la maleta sin terminar de llenarla y la dejó sobre la cama.

La plaza olía a leña. Charo estaba colocando las mesas de La Parada y la vio pasar.

—Te he reservado café —dijo.

—No te lo he pedido.

—No, pero llevas cara de necesitarlo.

Adriana se detuvo.

—Eso suena peligrosamente a decidir por mí.

Charo apoyó una mano en la cadera.

—Puedo bebérmelo yo.

—Entonces sí lo quiero.

Charo sonrió y entró al bar. Volvió con un vaso para llevar.

—No te voy a preguntar qué ha pasado —dijo.

—Gracias.

—Ya me lo han contado.

—Eso se parece bastante a preguntar con trampa.

—Esto es un pueblo de quinientas personas. La privacidad consiste en que solo cuatrocientas sepan la versión completa.

Adriana aceptó el café.

—¿Y cuál es la versión completa?

—Que el Gato habló de más, tú le cortaste las uñas en directo y ahora se pasea con cara de haber pisado una azada.

—Es sorprendentemente exacta.

Charo suavizó el gesto.

—La casa sigue siendo tuya hasta que termine el contrato. Y después, si quieres hablar, hablamos. No dejes que nadie te haga sentir invitada en un sitio donde estás trabajando.

Adriana notó que se le cerraba la garganta.

—Gracias, Charo.

—Eso sí: si te vas, avisa. No por cotilleo. Tengo dos tuppers tuyos.

—Ahora todo tiene sentido.

En La Hebra, Nuria revisaba etiquetas y Pilar había extendido sobre la mesa el plano de la feria. Ninguna mencionó la entrevista. Adriana dejó el café, encendió el portátil y pasó veinte minutos corrigiendo textos hasta que comprendió que las dos esperaban a que hablara.

—Podría terminar desde Madrid —dijo.

Nuria dejó una bobina.

—Podrías.

—Volvería para la feria.

—También podrías.

Pilar marcó una línea en el plano.

—Y podrías quedarte.

Adriana las miró.

—Qué despliegue de opiniones.

—Has preguntado por posibilidades, no por consejos —respondió Pilar.

—No he preguntado nada.

—Entonces estamos siendo incluso más respetuosas.

Nuria se sentó frente a ella.

—Si necesitas irte, lo entenderemos. El contrato contempla trabajo remoto y podemos organizarnos. Pero no tienes que salvarnos ni terminar nada para demostrar que eres profesional.

—No pienso que tenga que salvaros.

—Ya lo sé. Por eso te lo digo.

Adriana contempló las piezas sobre la mesa.

Cada una llevaba meses de pruebas anteriores a su llegada: densidades que no funcionaron, tintes descartados, precios calculados y recalculados.

Ella había diseñado un sistema para contar aquella historia, pero la historia existía sin ella.

También la relación con Valdebruna empezaba a existir sin Mateo, aunque todavía le doliera admitirlo.

—Tengo una oferta en Madrid —dijo—. Podría empezar el lunes.

Pilar no pareció impresionada.

—¿Quieres aceptarla?

—Hace una hora sí.

—¿Y ahora?

Adriana abrió el documento de condiciones.

—Ahora creo que quería subirme a cualquier tren que saliera de aquí, aunque volviera al mismo sitio del que me bajé.

Nuria tomó una de las fundas y cortó un hilo sobrante.

—Marcharte también puede ser una elección.

—Sí. Pero no si lo hago para no cruzarme con Mateo. Entonces sigue decidiendo él, aunque no lo sepa.

La puerta del taller se abrió y entró la hija de Nuria con la mochila del colegio y un papel doblado en la mano. Tenía ocho años, dos coletas desiguales y la seguridad de quien llevaba toda la vida entrando en reuniones de adultas sin pedir audiencia.

—Mamá, la abuela dice que hoy me quedo aquí hasta las seis.

—Muy bien. Merienda en la nevera y deberes en la mesa pequeña.

La niña dejó la mochila, vio las etiquetas extendidas y se acercó a Adriana.

—¿Esta es Rosalía?

Señalaba el dibujo de la oveja con cencerro azul que aparecía en las cajas infantiles.

—Está inspirada en ella —respondió Adriana.

—Le falta cara de ladrona.

—Eso era difícil de imprimir.

—Yo puedo dibujarla.

Sacó un lápiz y, en el reverso de una prueba descartada, añadió a la oveja unas cejas inclinadas y un trozo de papel entre los dientes.

—Ahora sí —dijo Pilar.

Nuria observó el dibujo.

—Podríamos usarlo en el taller infantil.

—¿Me vais a pagar? —preguntó la niña.

Las tres mujeres la miraron.

—Es hija mía —dijo Nuria—. Lleva años escuchando.

—Cinco euros —propuso Pilar.

—Y una funda pequeña —negoció ella.

—Tres euros y la funda.

—Hecho.

Adriana preparó una autorización sencilla para utilizar el dibujo y escribió el nombre de la autora debajo. La niña firmó con letras enormes.

Durante aquellos minutos, Mateo no existió en la habitación.

Tampoco Madrid. Solo había una mesa, un proyecto que continuaba creciendo y una niña que ya sabía que una idea tenía nombre y precio.

Adriana comprendió que no necesitaba decidir toda su vida aquel día.

Bastaba con no abandonar la parte que sí había elegido.

No quiso dejar la conclusión convertida en una de esas frases estupendas que luego no servían para reservar un tren. Apartó las pruebas de impresión, abrió una hoja nueva en el portátil y escribió tres columnas: «Hasta la feria», «Después de la feria» y «No depende de mí».

—¿Qué haces? —preguntó Nuria.

—Evitar que una ruptura se convierta en mi directora de operaciones.

La niña levantó la cabeza del cuaderno.

—¿Una ruptura es una jefa?

—Una muy mala. No paga y manda muchísimo.

Satisfecha con la explicación, volvió a sus divisiones. Pilar arrastró una silla hasta el portátil.

—A ver esas columnas.

Adriana empezó por la primera. Quedaban por cerrar el catálogo definitivo, la señalización de la feria, el dosier para medios y la tienda en línea.

Hasta entonces, ella había conservado demasiadas contraseñas, plantillas y contactos en su propio ordenador, no porque quisiera apropiarse de nada, sino por esa peligrosa costumbre profesional de resolver deprisa y documentar después.

—Antes de que termine el contrato, Nuria y tú tendréis acceso de administración a todo —dijo—. Prepararé un manual sencillo y haremos dos sesiones. Si mañana me atropella Rosalía, no puede desaparecer la mitad de la marca conmigo.

—Rosalía no atropella —precisó la niña—. Embiste.

—Lo añadiré al análisis de riesgos.

Nuria señaló la columna del medio.

—Después de la feria necesitaremos fotografías de la colección de primavera.

—Eso se puede contratar aparte, conmigo o con otra persona. Lo decidís vosotras cuando sepáis presupuesto y calendario. No voy a dejarlo incluido en una promesa sentimental de «ya veremos».

Pilar ladeó la cabeza.

—Nadie te está echando.

—Ya. Y nadie tiene que retenerme para que yo me quede.

La diferencia, una vez dicha en voz alta, le ordenó algo por dentro.

Revisaron cada tarea. Nuria quería que Adriana estuviera presente en las pruebas de montaje porque conocía las medidas y podía corregir la jerarquía visual sobre el terreno.

Pilar prefería encargarse ella de cualquier nueva conversación con la Diputación y dejar por escrito quién podía autorizar fotografías, titulares y entrevistas.

Adriana propuso que la próxima petición de prensa llegara a una dirección compartida, no a su teléfono ni al de Mateo.

—Y en el taller infantil mandará la autora de Rosalía ladrona —dijo Nuria.

Su hija dejó el lápiz.

—Yo los viernes tengo inglés.

—Negociación de disponibilidad —apuntó Adriana—. Muy profesional.

Cuando acabaron, casi todas las tareas tenían un nombre, una fecha y una persona capaz de continuarlas. En la tercera columna quedaron el resultado de la feria, la prórroga del proyecto y la opinión que el pueblo pudiera formarse sobre su vida. Adriana añadió también «dónde viviré en enero».

Pilar leyó la frase sin comentar. Nuria sí lo hizo.

—Podrías terminar desde Madrid. No necesitamos que estés físicamente aquí todos los días.

—Lo sé.

—Y podrías quedarte en Valdebruna sin prometer que será para siempre.

—También lo sé.

Adriana abrió su calendario. El lunes que Gonzalo quería ocupar ya contenía una visita al impresor de Albacete.

El martes tenía pruebas de embalaje. El jueves, reunión con las artesanas.

No eran compromisos que la encadenaran a un hombre ni favores que el pueblo hubiera hecho por ella.

Los había aceptado libremente y seguían importándole después de la ruptura.

Marcó como presencial el trabajo hasta la feria y reservó una tarde para revisar con Nuria el traspaso de archivos. Luego cerró la página de la oferta de Gonzalo sin responder todavía. Lo haría cuando la decisión no oliera a maleta abierta.

—Voy a terminar mi contrato desde aquí —dijo—. Lo que venga después lo decidiré a su tiempo. Sin convertir diciembre en una promesa ni Madrid en una salida de emergencia.

Pilar asintió.

—Eso suena bastante sensato. Se te pasará.

—¿La sensatez?

—No. La necesidad de anunciarla.

Adriana se rio. Fue una risa pequeña, pero su cuerpo la agradeció.

Pasaron el resto de la mañana reorganizando el espacio.

A las doce llegó el correo de Mateo con las medidas del cercado y dos alternativas para la zona ganadera.

No había añadido ninguna frase personal.

La corrección profesional le produjo alivio y una decepción que no estaba dispuesta a analizar todavía.

—La opción dos es mejor —dijo Nuria—. Pero necesitamos una entrada independiente para los talleres infantiles.

Adriana respondió a todos: «Preferimos la opción dos si puede habilitarse el acceso lateral. Lo revisamos esta tarde en la finca con Pilar presente».

Pilar leyó por encima de sus gafas.

—¿Necesitas que esté presente o quieres que esté presente?

—Las dos cosas.

—Entonces iré.

A las cuatro, Mateo las esperaba junto a la cancela. Llevaba la carpeta verde bajo el brazo y un plano enrollado. No intentó quedarse a solas con Adriana ni buscó en su cara una señal.

—Buenas tardes —dijo.

—Buenas tardes —respondió ella.

Pilar pasó entre ambos.

—Qué educación. Dan ganas de bautizar algo.

Mateo desplegó el plano sobre el capó de la furgoneta. Explicó los accesos, la zona de sombra y la distancia hasta el punto de agua. Cuando Adriana preguntó si podían abrir la cancela lateral, él no contestó de inmediato.

—La usa Julián para entrar a su parcela —dijo—. Tendría que preguntarle si le afecta. Si dice que no, buscamos otra opción.

—Bien —respondió Adriana.

Recorrieron el cercado. Rosalía apareció detrás de una caseta y se acercó a Adriana con el cencerro azul balanceándose. Ella le rascó la frente.

—Por lo menos una se alegra de verme.

Mateo bajó la mirada. Adriana lamentó la frase en cuanto salió. No quería abrir una conversación personal y castigar después que él entrara.

—No ha sido justo —dijo—. Perdona.

—No pasa nada.

—Sí pasa. Y por eso lo digo.

Mateo asintió. No aprovechó la disculpa para acercarse.

Pilar fingía estudiar la inclinación del terreno a diez metros.

—¿Hay algo más que necesitéis? —preguntó él.

Adriana consultó su lista.

—Por ahora no. Gracias.

—Os enviaré la confirmación de Julián.

Se despidieron. Mateo abrió la cancela para que salieran y permaneció a un lado, sin guiarlas con la mano ni decidir quién pasaba primero.

En la plaza, Pilar se detuvo ante la casa de correos.

—¿Qué vas a hacer con la maleta?

Adriana la miró.

—¿Cómo sabes que he sacado una maleta?

—No lo sabía. Pero ahora sí.

—Sois insoportables.

—Y tú llevas toda la tarde mirando hacia tu ventana como si temieras que saliera andando sola.

Adriana subió. Abrió la maleta, sacó los tres jerséis y los guardó de nuevo en el armario. No colocó el equipaje bajo la cama. Lo dejó vacío junto a la pared.

Después respondió a Gonzalo.

«Gracias por la oferta. No puedo incorporarme el lunes. Tengo un contrato en curso y voy a terminarlo. Si queréis hablar de una colaboración futura con condiciones de autoría y disponibilidad distintas, podemos hacerlo después de diciembre».

Cerró el portátil y miró la plaza desde la ventana.

Charo había llamado rata tierna a una mujer de cuarenta y dos años porque se enfrentaba a un gato viejo. Adriana seguía sin encontrarle gracia a la idea de ser la presa de nadie.

Pero las ratas, pensó, no solo mordían.

También sabían quedarse cuando el barco era suyo.