Capítulo 25
El inventario de lo invisible
La mañana después de la ruptura, Mateo descubrió que el dolor no impedía madrugar.
Le pareció una falta de consideración por parte del cuerpo.
A las cinco y cuarenta abrió los ojos, recordó la llave sobre la mesa de Adriana y, aun así, tuvo hambre.
Se levantó, preparó café y comió dos tostadas de pie en la cocina.
Luego salió hacia la nave porque las ovejas seguían teniendo horarios aunque a él le hubieran desordenado todos los demás.
Trabajó tres horas sin mirar el teléfono.
Revisó bebederos, separó dos animales para la visita de Lucía y reparó una malla que Rosalía había aprendido a levantar con el hocico.
Las tareas concretas ayudaban. Un alambre o estaba sujeto o no lo estaba.
Un depósito tenía agua o estaba vacío. No existía la posibilidad de que una cancela tuviera buenas intenciones.
A las nueve y diez, Julián apareció con su rebaño en la parcela contigua. Se acercó a la valla y levantó un termo.
—¿Café?
—Ya he tomado.
—No te he preguntado eso.
Mateo aceptó el vaso. Julián era ocho años más joven, hablaba poco y tenía la irritante costumbre de formular frases sencillas que después se quedaban trabajando solas.
—Te vi anoche en la plaza —dijo.
Mateo bebió.
—Qué afición tenéis todos a mirar por las ventanas.
—Estaba sacando al perro.
—No tienes perro.
—Por eso volví pronto.
Mateo lo miró. Julián no sonreía, pero estuvo cerca.
—Adriana y yo lo hemos dejado.
—Lo siento.
No preguntó por qué. Tampoco aseguró que se arreglaría. Mateo agradeció ambas omisiones.
—Tengo trabajo —dijo, devolviéndole el vaso.
—Yo también.
Julián regresó a su parcela.
El teléfono vibró en el bolsillo de Mateo. Durante una fracción de segundo creyó que sería Adriana. Era un correo de la oficina comarcal recordándole que el plazo para comunicar una modificación del censo terminaba a las doce.
Mateo leyó el mensaje dos veces.
La modificación correspondía a una venta de la semana anterior. Había entregado a Ángela los datos por audio, como hacía siempre, y dio por hecho que ella los presentaría. Buscó en la carpeta de enviados. No había ningún justificante.
La llamó.
—Dime —respondió ella.
—¿Presentaste el cambio del censo de las treinta y dos corderas?
—No.
—Te mandé los crotales.
—Me mandaste un audio de tres minutos mientras soplaba viento y dijiste que luego enviarías las fotos de las guías.
Mateo recordó las guías encima del salpicadero.
—No te las envié.
—No.
—El plazo termina a las doce.
—Lo sé.
Su hermana no añadió «ya te lo dije». La ausencia de la frase resultó mucho más eficaz.
—¿Puedes presentarlo? —preguntó.
Ángela guardó silencio.
—No —corrigió Mateo—. Espera. Dime dónde se presenta y qué necesito. Lo hago yo.
—Necesitas certificado digital, las guías escaneadas y el formulario de movimiento. Está en la sede ganadera, apartado de comunicaciones.
—¿Cuánto se tarda?
—Si lo tienes todo, veinte minutos. Si no recuerdas la contraseña, hasta que se jubile el último funcionario.
Mateo sí recordaba la contraseña. Lo que no tenía era un escáner en la finca ni el formulario actualizado.
Fue a la cooperativa, pidió utilizar el ordenador de la oficina y encontró tres versiones distintas del documento.
Eusebio apareció cuando él llevaba diez minutos intentando que una página reconociera una firma.
—Eso siempre lo hace tu hermana —comentó.
—Ya.
—Llámala y que te lo arregle.
—Ya la he llamado.
—¿Y?
—Me ha explicado cómo se hace.
Eusebio miró la pantalla como si acabara de enterarse de que las facturas no nacían archivadas.
—Pues que Dios te acompañe.
—Preferiría un lector de tarjetas que funcionara.
Encontró otro en el despacho de contabilidad. A las once y treinta y siete obtuvo el justificante. Lo guardó, lo imprimió y creó una carpeta digital con el año y el tipo de comunicación, en vez de dejar el archivo en Descargas con el nombre «justificante_3_final_bueno».
Llamó de nuevo a Ángela.
—Está presentado.
—Bien.
Mateo esperó una felicitación. Se dio cuenta y le molestó consigo mismo.
—¿Cuántas veces al año haces esto por mí?
—Depende. Entre movimientos, altas, bajas e incidencias, quince o veinte.
—¿Cuánto cobras a un cliente por llevarlo?
—Mateo…
—No te estoy pidiendo que me tranquilices. Necesito datos.
Ángela guardó silencio. Después cambió de tono.
—Si contrato anual, se integra en una cuota. Si es por gestión, depende del movimiento. Te paso las tarifas.
—Y una propuesta para llevar la parte que deba hacer una gestoría.
—Ya te dije que no pensaba ser una tarea de tu plan para recuperar a Adriana.
El nombre le apretó el pecho.
—No hay plan.
—¿Qué ha pasado?
Mateo miró el justificante impreso.
Podía contárselo. Ángela lo escucharía, quizá le diría que Adriana necesitaba tiempo y buscaría una forma de hacerle sentir que no estaba todo perdido. Años de práctica familiar la habían convertido en experta en amortiguar golpes, incluso los que él se había dado contra una pared señalizada.
—Hemos terminado —dijo—. Y no necesito que hables con ella ni que me digas que se arreglará.
—Mateo…
—Necesito las tarifas. Y que me digas qué parte del trabajo no puedo asumir yo por normativa o por tiempo. Lo demás lo reviso.
Ángela tardó en responder.
—Te lo mando esta tarde.
—Gracias.
—¿Estás bien?
—No.
—Vale.
No intentó convertir el no en otra cosa. Mateo colgó y se quedó unos minutos en la oficina vacía.
El inventario de su hermana estaba en la carpeta verde.
Lo abrió por la hoja de horas y comenzó a añadir anotaciones.
No «papeles», sino altas, guías, facturas, seguros, subvenciones.
No «cosas de padre», sino citas, recetas, desplazamientos, banco, compra y coordinación de rehabilitación.
Cuando una tarea tenía nombre, resultaba más difícil fingir que se hacía sola.
A mediodía fue a casa de sus padres. Antonio estaba en el patio, intentando cambiar la bombilla del aplique exterior subido a un escalón.
—Baja de ahí —dijo Mateo.
—Mido un metro setenta y ocho. Es un escalón, no el Everest.
Mateo estuvo a punto de quitarle la bombilla. Se detuvo.
—¿Quieres que la cambie yo?
Antonio lo miró desde arriba.
—Quiero que sujetes el bastón para no tirarlo.
Mateo obedeció. Su padre desenroscó la bombilla, puso la nueva y bajó sin ayuda.
—Ves como todavía sirvo para algo.
—No tienes que demostrarlo.
—Díselo a tu madre, que no me deja ni llevar un plato.
—Se lo dices tú cuando vuelva de comer con las amigas.
Antonio recogió el envoltorio.
—Con lo tranquila que se ha ido.
—Precisamente.
Entraron en la cocina. Junto al calendario que habían reorganizado durante el viaje de Teresa había una libreta nueva. Antonio había pasado allí sus tareas y añadido dos más: limpiar los filtros de la campana y pedir cita para renovar el carné de conducir, aunque ya no conducía desde la operación.
—¿Para qué quieres renovarlo? —preguntó Mateo.
—Para tenerlo.
—Te cuesta dinero y tienes que pasar reconocimiento.
—¿Me estás preguntando o me estás diciendo lo que voy a hacer?
Mateo apoyó las manos en la mesa.
—Te estoy preguntando para qué lo quieres.
Antonio se sentó.
—Porque me da la gana.
—Respuesta válida.
—Y porque quiero volver a conducir cuando el médico me deje.
—Eso ya es información nueva.
Revisaron juntos las citas de la semana siguiente.
Antonio quería ir a rehabilitación con Mateo el jueves, pero prefería que la visita al banco la hiciera Teresa porque la cuenta estaba a nombre de ambos y ella conocía el asunto.
No todo debía repartirse de manera idéntica.
La igualdad, comprendió Mateo, tampoco consistía en arrancar tareas de unas manos para colocarlas en otras sin preguntar.
—¿Qué día quieres que hagamos la compra grande? —preguntó.
—El viernes. Pero compro yo. Tú conduces y cargas el agua.
—De acuerdo.
—Y no hace falta que vengas a comer todos los días cuando tu madre tenga otros planes. Sé usar una sartén.
—Yo también.
—Pues mira qué familia tan preparada.
Por la tarde, Mateo regresó a su casa y abrió el frigorífico.
Había comida suficiente, aunque nada aparecía cortado, etiquetado ni dispuesto en recipientes.
Preparó lentejas para dos días, limpió mientras hervían y puso una lavadora.
No sintió que estuviera aprendiendo a ser adulto.
Eso habría sido una mentira cómoda: era adulto desde hacía décadas.
Estaba dejando de utilizar a otras personas para que su adultez resultara más barata.
El correo de Ángela llegó a las seis. Adjuntaba tarifas, un borrador de encargo y un documento de nueve páginas con las gestiones realizadas durante el último año.
Mateo lo leyó completo. Algunas tareas pertenecían al afecto familiar y no requerían factura.
Otras habían sostenido su negocio y tenían un valor profesional evidente.
Separarlas exigía una conversación, no una transferencia impulsiva con concepto «por todo».
Respondió: «Lo revisamos el lunes en tu despacho. Reserva una hora y cóbramela».
Ángela envió un pulgar hacia arriba. Un minuto después añadió: «Y siento lo de Adriana».
Mateo escribió «yo también». No dio detalles.
A las siete recibió un correo de La Hebra. Adriana preguntaba si la zona de demostración podía utilizar el cercado norte durante la feria y solicitaba medidas, acceso eléctrico y condiciones para el ganado. Pilar, Nuria, Eusebio y Ángela estaban copiados.
Mateo leyó tres veces el saludo: «Buenas tardes». Ninguna palabra personal.
Abrió un mensaje nuevo en el teléfono y escribió: «Podemos hablar de lo de ayer cuando quieras. Sé que necesitas espacio, pero…».
Lo borró.
Respondió al correo con las medidas, explicó que no había toma eléctrica y propuso dos alternativas. Terminó con «Quedo pendiente de la opción que prefiráis».
No añadió un corazón azul. No incluyó una frase que solo Adriana pudiera comprender. No convirtió el trabajo en una rendija para entrar en su casa.
Después dobló la ropa seca. La dejó sobre una silla y estuvo a punto de dar la tarea por terminada. Recordó que la ropa sobre una silla era una forma de trasladar el problema al día siguiente. Guardó cada cosa en su sitio.
Al anochecer sacó la basura de su casa y la de sus padres. Cambió el filtro de la campana porque Antonio había olvidado que pensaba hacerlo. Anotó la tarea en la libreta, no para que Teresa lo felicitara, sino para que nadie la repitiera.
El inventario de lo invisible no hacía aparecer nuevas obligaciones.
Solo quitaba la capa de comodidad que las había vuelto invisibles para él.