Capítulo 24
La puerta que se cierra
Mateo condujo desde Albacete sin encender la radio.
El silencio de la furgoneta no se parecía al del campo. En el campo, el silencio estaba lleno de viento, animales, ruedas sobre grava y sonidos que él sabía ordenar. Aquel era un silencio liso, sin ninguna tarea detrás de la que esconderse.
Adriana había dicho que habían terminado.
La frase volvía cada pocos kilómetros con una precisión distinta. A la salida de la ciudad le pareció una reacción. En la primera recta, un castigo. Al pasar el desvío de Balazote, empezó a sonar como una decisión. Cuando vio las primeras luces de Valdebruna, ya no pudo llamarla de otra manera.
Dejó la furgoneta en la finca, atendió al rebaño y se cambió de camisa. No fue a la antigua casa de correos inmediatamente. Esperó dos horas porque no quería confirmar todas las acusaciones presentándose antes de que ella pudiera respirar.
A las nueve y media se convenció de que dos horas constituían respeto suficiente.
Al llegar a la plaza vio luz en la ventana del piso superior. La cancela estaba cerrada. Mateo sacó el teléfono, escribió «¿Podemos hablar?» y aguardó fuera.
Adriana respondió cinco minutos después.
«Diez minutos».
La puerta se abrió, pero ella no se apartó de inmediato.
—Diez —repitió.
—Diez.
Mateo entró. La casa olía a té y a la vela de naranja que Adriana encendía cuando trabajaba.
Sobre la mesa había una madeja azul, el portátil cerrado y dos hojas con anotaciones de la entrevista.
No vio fotografías suyas ni señales de que hubiera empezado a borrar su presencia.
Habría preferido una escena dramática. Algo contra lo que defenderse.
Adriana se sentó en una silla. Él ocupó la de enfrente.
—Lo siento —dijo—. No tendría que haber hablado de la tienda ni de dónde vas a vivir.
—No.
—Me he dejado llevar por la pregunta. Quería que se entendiera que la campaña no es una cosa de cuatro meses, que puede crear algo estable. Y también quería que se supiera que tú… que nosotros…
—Que tú habías conseguido que me quedara.
—No como un trofeo.
—¿Entonces como qué?
Mateo buscó una palabra que no empeorara la conversación.
—Como alguien a quien quiero.
Adriana apoyó las manos alrededor de la taza.
—El problema no es que me quieras. El problema es todo lo que crees que ese amor te permite dar por hecho.
—No he dado por hecho nada.
Ella lo miró. No había ira en sus ojos, y Mateo echó de menos la ira porque al menos habría podido discutir con ella.
—Arreglaste un estudio sin preguntarme —dijo Adriana—. Decidiste que dejaría esta casa. Imaginaste una tienda que yo dirigiría. Hoy anunciaste en televisión que me quedaba. ¿Qué parte no has dado por hecha?
—Lo hice porque quiero compartir mi vida contigo.
—No. Quieres que yo comparta la tuya.
—Es lo mismo.
—No lo es.
—He preguntado muchas veces desde que hablamos de esto —insistió Mateo—. Te pregunté si podía besarte. Te pregunté si querías quedarte en la caseta. Te pregunté si podía cogerte la mano esta mañana.
—Preguntar no es una técnica que compense todo lo demás.
—No he dicho que lo sea.
—Lo estás enumerando como prueba.
Mateo se calló. Adriana tiró suavemente del cabo de la madeja, sin intentar deshacer el nudo.
—Es fácil preguntar cuando crees que la respuesta será sí —continuó—. Lo difícil es hacerlo cuando la respuesta puede desmontar el futuro que te gusta.
—Podrías haberme dicho que no querías el estudio y se acabó.
—Te lo dije. Y caminaste detrás de mí explicando que iba a anochecer, como si mi no fuera un problema de información.
—Me preocupaba que volvieras sola.
—Lo sé. Igual que te preocupaba la avería de esta casa cuando llamaste a un albañil y cambiaste mi horario sin consultarme. Igual que te preocupa que tenga trabajo cuando me asignas una tienda. Siempre hay una preocupación razonable delante de la decisión que tomas por mí.
Mateo apretó los puños sobre las rodillas.
—Cancelé al albañil cuando me lo pediste.
—Porque me enfadé lo suficiente. No quiero tener que presentar una reclamación cada vez que necesito conservar el mando de mi propia vida.
—Estoy aprendiendo.
—Y yo no tengo obligación de quedarme dentro del ejercicio práctico.
La frase cayó sin crueldad. Mateo desvió la mirada.
—No te he obligado nunca a nada.
—No. Has hecho algo más difícil de señalar. Has rodeado tus decisiones de cariño, trabajo y buenas intenciones. Así, rechazarlas parece rechazar todo lo que sientes por mí.
Mateo miró sus manos. Habían lijado la mesa, pintado la puerta y colocado el cable. Por primera vez se preguntó si todo aquel esfuerzo había sido también una forma de hacer más caro el no de Adriana.
Mateo sintió que el enfado le subía por el pecho. Había hecho esfuerzos. Había escuchado, pedido permiso, reconocido el trabajo de Nuria, asumido tareas en casa. No entendía cómo todo podía quedar anulado por una habitación y una entrevista.
—He cambiado muchas cosas desde que llegaste —dijo—. No puedes decir que no te escucho. He defendido que se pague el trabajo de La Hebra, he plantado cara a Eusebio, estoy ocupándome de mi padre y de los papeles. Hasta he dejado de llamar chiquilla a Lucía.
Adriana cerró los ojos.
—¿Me estás presentando una factura?
—Te estoy diciendo que lo intento.
—Y yo te estoy diciendo que intentarlo no deshace lo que has hecho hoy.
—¿Entonces para qué sirve cambiar si un error lo borra todo?
—No lo borra todo. Pero tampoco convierte mis límites en opcionales.
Mateo se levantó. Necesitaba moverse, aunque solo hubiera tres pasos entre la mesa y la ventana.
—No ha sido para tanto.
En cuanto pronunció la frase, supo que había elegido la peor de todas.
Adriana dejó la taza.
—Eso no lo decides tú.
—No quería decir…
—Sí querías. Querías reducirlo hasta que mi decisión pareciera desproporcionada. Si consigues que el daño sea pequeño, yo vuelvo a ser la mujer que exagera y tú el buen hombre que no entiende por qué lo castigan.
Mateo se quedó junto a la ventana. En la plaza, Charo bajaba la persiana de La Parada. El sonido metálico atravesó la noche.
—Soy un buen hombre —dijo, sin volverse.
—Creo que sí.
La respuesta lo desarmó más que una negativa.
—Entonces…
—Ser buena persona no te exime de hacer daño de una forma cómoda y repetida. No eres un monstruo, Mateo. Si lo fueras, esto sería mucho más fácil.
Él regresó a la silla.
—Dime qué tengo que hacer.
Adriana negó despacio.
—No voy a darte una lista para recuperarme.
—No he dicho eso.
—Lo estás preguntando. Quieres una tarea que termine con un resultado. Pedir permiso diez veces, poner tres lavadoras, discutir con Sebas y, al final, yo vuelvo porque has aprobado.
—Quiero arreglarlo.
—Una disculpa no es una compra. No puedes pagarla con conducta correcta y llevarte una reconciliación.
Mateo miró la madeja azul. Tenía un nudo en el centro. Recordó a Nuria explicando que tirar con fuerza solo lo apretaba.
—Te quiero —dijo.
—Y yo te quiero a ti.
La esperanza fue tan rápida que casi le dolió físicamente.
—Entonces no hagamos esto.
—Precisamente porque te quiero tengo que hacerlo. No quiero pasar años defendiendo cada espacio de mi vida hasta que te canses de discutir o yo me canse de pedirlo.
—No tienes que defenderte de mí.
—Hoy he tenido que hacerlo en directo.
Mateo bajó la cabeza.
Habían pasado más de diez minutos. Ninguno miró la hora.
—Cuando dijiste que amar no era hacerte un hueco… —empezó.
Adriana esperó.
—Yo pensaba que eso era exactamente amar. Tener sitio para alguien. Hacerle sitio.
—Es una parte. La otra es preguntarle qué vida quiere construir y aceptar que quizá no sea la que tú habías preparado.
—¿Y si no lo es?
—Entonces quererla no te da derecho a cambiar la respuesta.
Mateo sintió la frase asentarse en un lugar al que todavía no sabía llegar.
Adriana extendió la mano.
—Necesito la llave de esta casa.
Él tardó un segundo en comprender. Conservaba una copia desde la noche en que una avería dejó la puerta atascada.
La había utilizado para regar plantas, dejar comida y entrar alguna mañana cuando ella seguía durmiendo, siempre con permiso general, esa clase de permiso que uno convierte en permanente porque le conviene.
Sacó el llavero. La llave de la casa de correos estaba junto a la de la puerta azul de la finca.
Las separó y la dejó sobre la mesa.
—No voy a usarla sin preguntarte.
—No quiero que la tengas.
Mateo asintió. No explicó que podía confiar en él. Entendió, al menos, que la confianza no era algo que pudiera exigir en aquel momento.
—Terminaremos la feria —dijo Adriana—. Hablaré contigo de lo necesario para el trabajo. Prefiero que, si podemos, haya alguien más en las reuniones.
—De acuerdo.
—No vengas a traerme cosas. No le preguntes a Pilar cómo estoy. No uses a Ángela.
—No lo haré.
Ella inspiró despacio.
—Gracias.
Mateo se puso en pie. No intentó besarla. Tampoco alargó el momento buscando una última frase memorable. Caminó hasta la entrada y abrió la puerta.
Antes de salir, se volvió.
—La habitación seguirá ahí. No para ti. Quiero decir… no voy a esperar que cambies de opinión.
Adriana apretó los labios.
—Buenas noches, Mateo.
—Buenas noches.
Atravesó la cancela. La cerró con cuidado y oyó cómo Adriana echaba el pestillo de la puerta principal.
El sonido fue pequeño. Un clic de metal que, en cualquier otra noche, habría pasado inadvertido.
Mateo conocía el lenguaje de doscientos cencerros. Sabía distinguir hambre, miedo, dispersión y calma por la forma en que el rebaño sonaba en la oscuridad.
Aquella noche, por fin, entendió una puerta cerrada.
No llamó otra vez.