Capítulo 23
La entrevista
Adriana había trabajado con políticos, empresarios, cocineros famosos y un cantante que exigía ser fotografiado únicamente por el lado de la cara que, según él, conservaba mejor la energía. Creía conocer todas las formas posibles de perder el control de una entrevista.
No conocía la de enamorarse del portavoz.
El programa se emitía desde un estudio pequeño de la televisión regional en Albacete.
Habían colocado sobre una mesa dos mantas de La Hebra, tres figuras de fieltro y una cesta con vellones limpios que soltaba fibras bajo los focos.
Nuria ocupaba una butaca junto a Adriana.
Mateo estaba al otro lado de la presentadora, con camisa blanca, chaqueta oscura y una incomodidad que le daba un aspecto más atractivo del que ella consideraba razonable.
No se habían visto a solas desde la tarde de la habitación.
Mateo le había enviado un mensaje aquella noche: «Siento haber decidido cosas que te correspondían. No voy a insistir. Cuando quieras hablar, estoy». Adriana respondió con un «gracias» y dedicó el día siguiente a preparar la entrevista.
La presión empezó en recepción.
Una auxiliar les entregó tres tarjetas para confirmar los rótulos que aparecerían bajo sus nombres. La de Mateo decía «Pastor e impulsor de La Hebra». La de Nuria, «Artesana local». La de Adriana, «Diseñadora madrileña».
—Ninguna está bien —dijo Adriana.
La auxiliar miró el reloj.
—Son las que nos ha enviado producción.
—Mateo representa a los ganaderos que aportan lana. Nuria es responsable de desarrollo de producto y una de las impulsoras de La Hebra. Yo soy estratega de marca y diseñadora. Que haya nacido en Madrid no es una cualificación profesional.
Nuria acercó su tarjeta a Mateo.
—¿Quieres cambiar? Yo te dejo ser artesano local si sabes cerrar una funda.
—No sé ni abrir la cremallera sin enganchar el forro.
—Entonces habrá que respetar los puestos.
La auxiliar pidió un bolígrafo y corrigió las tres tarjetas. Después apareció un productor con auriculares, jersey negro y la urgencia de quien llevaba toda la mañana resolviendo necesidades que otras personas acababan de inventar.
—Antes del directo grabaremos recursos —explicó—. Mateo entra con la manta, la extiende sobre la mesa y Adriana se acerca para verla. Luego una toma de los dos con Nuria al fondo trabajando.
Adriana lo miró.
—¿Por qué Nuria al fondo?
—Para dar ambiente de taller.
—Nuria no es ambiente. Ella ha desarrollado la manta.
El productor consultó una hoja.
—Necesitamos una secuencia sencilla que cuente campo, producto y modernidad. El pastor trae la materia, la diseñadora la transforma y la artesana la confecciona.
—La diseñadora no transforma la lana —respondió Adriana—. Y las artesanas no ejecutan una idea nuestra. La secuencia correcta empieza con Nuria explicando el producto. Después puede entrar Mateo con una muestra de lana y yo enseñar la identidad y el embalaje.
—Eso es más largo.
—También es verdad.
Mateo permanecía junto a ellas con la manta doblada entre las manos. El productor se volvió hacia él buscando una solución más dócil.
—La imagen de la pareja tiene mucho tirón. Solo serán diez segundos.
Mateo vaciló. Adriana reconoció el brillo de la tentación: una cámara, una historia romántica y la posibilidad de que todo el mundo viera lo que él deseaba que fueran.
—Haced la secuencia que propone Nuria —dijo al fin—. Yo entro cuando me indiquen.
El productor soltó aire.
—Bien. Pero al final os pediré una fotografía juntos para redes.
—Del equipo —corrigió Adriana—. Los tres y Pilar, si pueden conectarla desde Valdebruna.
—Pilar no ha venido.
—Por eso he dicho conectarla.
Mientras reorganizaban la grabación, Adriana vio a Ramiro Lozano, el responsable provincial, hablar con Irene junto al plató.
No oyó la conversación completa. Sí oyó las palabras «historia de amor», «madrileña» y «se queda en el pueblo».
Ramiro señaló a Mateo con la discreción de un director de orquesta.
Adriana se acercó al productor.
—Las preguntas personales no están acordadas.
—Eso lo lleva la presentadora. Yo solo coordino imágenes.
—Pues coordina también este mensaje: la relación no forma parte de la campaña.
El hombre asintió sin prometer nada.
La grabación previa respetó el nuevo orden, pero cada corrección había necesitado una discusión.
Antes de encenderse el piloto rojo, Adriana ya se sentía como si hubiera defendido tres veces el mismo territorio.
Miró a Mateo. Él había seguido las indicaciones y devuelto la manta a Nuria sin buscar cámara.
Lo que ocurriera en directo dependería de que entendiera que no bastaba con portarse bien mientras alguien le recordaba el guion.
Antes de entrar en plató, lo encontró junto a una máquina de café.
—Tenemos dos bloques —le dijo, abriendo el guion en la tableta—. Nuria explica el origen de La Hebra y los productos. Tú hablas de la lana, el rebaño y la aportación de los ganaderos. Yo cierro con la marca y la feria.
Mateo asintió.
—Lo he leído.
—No existe ninguna tienda aprobada.
La mandíbula de él se tensó.
—Lo sé.
—Y no he decidido dónde viviré cuando termine el contrato.
—También lo sé.
—No es tema de entrevista.
—Entendido.
Adriana habría querido escuchar algo más. Una disculpa dicha mirándola, una frase que deshiciera la presión de los últimos días. No era el momento y ella misma había convertido aquella conversación en una lista profesional. Se aferró a ella.
—Bien —dijo.
—Adriana…
Una ayudante abrió la puerta del pasillo.
—Entramos en dos minutos.
Mateo dejó la frase sin terminar.
Los primeros cinco minutos transcurrieron bien. La presentadora, Irene Valcárcel, tenía experiencia y una sonrisa capaz de convertir una pregunta incómoda en interés humano.
Nuria explicó que La Hebra llevaba tres años trabajando con artesanas, ganaderas y vecinas del pueblo.
Mostró una funda de cojín y habló de tiempos, costes y diseño.
Adriana describió el proceso de marca sin apropiarse de la iniciativa.
Cuando Irene preguntó por la materia prima, Mateo contó cómo había perdido valor la lana y qué suponía para las explotaciones almacenarla o venderla por debajo del coste.
Antes de llegar a esa respuesta, Mateo había interrumpido dos veces.
La primera fue casi invisible. Irene preguntó por el nombre de La Hebra y Nuria comenzó a explicar el grupo de mujeres que había iniciado los talleres.
Mateo añadió que en el campo una hebra suelta no servía de mucho y que juntas formaban hilo.
La frase quedó bonita. Irene la celebró y pasó a la siguiente pregunta antes de que Nuria terminara.
La segunda ocurrió al hablar de los precios.
—Queríamos que fueran productos al alcance de cualquiera —dijo Mateo.
Adriana giró la cabeza.
—El precio lo han calculado las artesanas según materiales y horas —aclaró—. No se trata de hacerlo barato, sino de que nadie vuelva a trabajar gratis.
—Eso, claro —dijo él—. A eso me refería.
Nuria sostuvo la manta sobre las rodillas. Su sonrisa profesional no varió, pero Adriana reconoció la tensión de los dedos sobre la tela.
En una conversación privada, habría hecho una señal y Mateo se habría corregido.
Bajo los focos, el entusiasmo parecía haberle devuelto la antigua seguridad de que cualquier idea mejoraba al pasar por su voz.
Adriana trató de decirse que eran dos deslices, que la televisión aceleraba a cualquiera y que él había trabajado de verdad para mejorar.
Entonces llegó la pregunta sobre la lana y Mateo devolvió el mérito de La Hebra con una frase limpia. La contradicción fue casi más dolorosa que un fracaso completo. Él sabía hacerlo. Solo no lo hacía siempre, especialmente cuando el mundo le ofrecía el centro sin pedirle que lo ocupara.
—Es decir —resumió Irene—, que lo que antes parecía un residuo se ha convertido en una oportunidad.
—Gracias al trabajo que ellas llevaban haciendo antes de que yo supiera que existía La Hebra —dijo Mateo.
Adriana lo miró. Él mantuvo la vista en la presentadora.
La frase era correcta. Más que correcta: era necesaria. Sintió que el nudo del pecho cedía un poco.
Entonces Irene sonrió hacia la cámara.
—Y aquí hay también una historia personal que nuestros espectadores van a disfrutar. Porque la diseñadora madrileña y el pastor no solo han unido campo y ciudad en esta marca.
Nuria dirigió a Adriana una mirada de disculpa. Aquello no aparecía en el guion.
—Según nos han contado —continuó Irene—, Valdebruna ha ganado una feria, una nueva empresa y quizá una nueva vecina. Mateo, ¿cómo se convence a una mujer de Madrid para cambiar la Gran Vía por doscientas ovejas?
Adriana sintió que su espalda se endurecía contra la butaca.
Mateo soltó una risa breve.
—No se convence a Adriana de nada que no quiera hacer.
Era una salida perfecta. Podía haber terminado allí.
—Pero sí es verdad —añadió— que ha descubierto que aquí hay posibilidades.
Lo que empezó como una idea para aprovechar la lana se ha convertido en nuestro proyecto.
Tenemos espacio en la finca para que ella monte un estudio y, después de la feria, queremos abrir una tienda estable.
Así que yo diría que no ha venido solo de paso.
Durante un segundo, Adriana no oyó el estudio. Vio la habitación de la puerta azul, la llave sobre la mesa y el camino de vuelta recorrido a pie.
Nuria se movió a su lado.
Irene parecía encantada.
—Eso es una exclusiva. ¿Podemos anunciar entonces que te quedas, Adriana?
El piloto rojo de la cámara siguió encendido.
Adriana sonrió. Había aprendido a sonreír mientras apagaba incendios mucho antes de aprender a diseñar logotipos.
—Podemos anunciar que la Feria de la Lana se celebrará el primer fin de semana de diciembre —dijo—.
La Hebra estudia distintas formas de comercialización, pero no existe ninguna tienda aprobada.
El proyecto no es de Mateo y mío: nació del trabajo de Nuria, Pilar y muchas mujeres de Valdebruna antes de que ninguno de los dos participara.
Y mi lugar de residencia no forma parte de la nota de prensa.
Irene parpadeó. Después recuperó la sonrisa profesional.
—Queda claro. Volvamos entonces a la feria.
Mateo no volvió a interrumpir. Adriana completó el bloque, dio la dirección de la tienda digital y explicó los talleres. Nuria enseñó las piezas. Incluso rieron cuando una fibra de lana quedó pegada a la manga de la presentadora.
En cuanto se apagó el piloto, Irene se quitó el micrófono.
—Espero no haber metido la pata —dijo.
—La pregunta era razonable con la información que te habían dado —respondió Adriana.
No miró a Mateo.
Una ayudante las condujo a la zona de maquillaje para retirar los micrófonos. Nuria se entretuvo adrede hablando con el cámara. Mateo alcanzó a Adriana en el pasillo.
—No era mi intención anunciar nada —dijo.
Ella siguió andando.
—Lo has anunciado.
—Irene me ha puesto en el sitio. He intentado explicar que hay un futuro para el proyecto.
—Has vuelto a llamar «nuestro» a un trabajo que no es nuestro y has usado una entrevista para contar una decisión que te dije esta mañana que no había tomado.
—No he dicho que estuviera decidido.
Adriana se detuvo.
—Has dicho «tenemos espacio», «queremos abrir» y «no ha venido de paso». ¿Quiénes sois ese plural, Mateo?
Él abrió la boca y tardó demasiado en responder.
—Tú y yo.
—No. Tú y la Adriana que has colocado en tu finca.
—No quería quitarte voz.
—Me has obligado a desmentir a mi pareja en directo para recuperar mi voz.
La palabra pareja quedó entre ambos como algo que ya pertenecía al pasado y todavía no lo sabía.
Mateo bajó el tono.
—Podemos arreglarlo. Hablaré con la presentadora, pediré que corten esa parte de las redes y…
—Para.
—Solo intento solucionar el daño.
—No puedes arreglar esto gestionando mejor lo que yo siento.
Nuria apareció al fondo del pasillo con los abrigos. Al verlos, redujo el paso.
Adriana sostuvo la mirada de Mateo.
—Voy a terminar la feria. Voy a cumplir mi contrato y a trabajar con la cooperativa cuando sea necesario. Pero tú y yo hemos terminado.
El color se retiró de la cara de él.
—No digas eso aquí.
—¿Dónde quieres que lo diga? ¿En la casa que elegiste para mí?
—Estás enfadada.
—Sí. Y también estoy segura.
—No puedes decidir algo así en cinco minutos.
Adriana sintió una calma extraña.
—Acabas de explicarme que no puedo decidir mi propia ruptura porque no he empleado el tiempo que tú consideras suficiente.
Mateo cerró la boca.
Por fin.
Nuria llegó hasta ellos y le entregó el abrigo a Adriana. No preguntó nada.
—Volvemos nosotras —dijo Adriana.
—He venido en mi furgoneta —respondió Mateo, como si necesitara recordar que podía marcharse sin ellas.
—Bien.
Caminaron en direcciones opuestas por el pasillo. Adriana no miró atrás. Llegó al aparcamiento, se sentó en el coche de Nuria y cerró la puerta con ambas manos aún firmes.
—¿Quieres hablar? —preguntó Nuria.
—No.
—¿Quieres que ponga música?
—Sí.
—¿Triste o de insultar hombres?
Adriana se abrochó el cinturón.
—Con ritmo. No quiero que parezca que les dedicamos demasiado tiempo.
Nuria arrancó.
Solo cuando dejaron atrás las luces de Albacete, Adriana apoyó la cabeza en la ventanilla.
No lloró por la entrevista. Lloró por la habitación iluminada, por las gachas, por el beso detrás de una verbena y por la versión de Mateo que había visto aprender a preguntar y que, al sentirse seguro, había vuelto a contestar por ella.
En la radio, una mujer cantaba que no pensaba regresar.
Nuria subió el volumen.