Gato viejo, rata tierna Capítulo 22
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Capítulo 22

La casa que él ya había decidido

Mateo le pidió a Adriana que se pusiera ropa de trabajo y no hizo ninguna otra aclaración.

—¿Vamos a esquilar algo? —preguntó ella.

—En noviembre, no.

—¿A enterrar un cadáver?

—No con esas botas.

—Son las buenas.

Mateo las miró. Eran marrones, planas y tenían una capa de barro seco que Adriana había dejado de limpiar con orgullo, como si cada mancha acreditara una asignatura superada en vida rural.

—Precisamente —dijo él—. Para un cadáver conviene usar las viejas.

Llevaban tres días tratándose con una cortesía algo más cuidadosa de lo habitual.

No estaban enfadados, al menos no de una manera que pudiera señalarse con el dedo.

Después de la discusión sobre el portavoz, habían cenado juntos, habían dormido juntos y Mateo había preguntado antes de dar por hecho casi todo.

Sin embargo, Adriana percibía entre ellos una atención excesiva, la vigilancia de quien camina por una habitación recién fregada.

La sorpresa parecía un intento de recuperar la ligereza.

Subieron en la furgoneta y tomaron el camino de la finca.

El otoño había desteñido los campos hasta convertirlos en una extensión de ocres, verdes apagados y cielo muy limpio.

Mateo conducía con una mano sobre el volante.

La otra descansaba cerca de la palanca de cambios, a pocos centímetros de la rodilla de Adriana, sin tocarla.

—¿Vas a decirme adónde vamos?

—Ya lo sabes.

—Tu finca tiene más puertas que un ministerio. Eso no concreta mucho.

Mateo sonrió.

—Al almacén pequeño.

Adriana recordó una construcción pegada a la vivienda, antigua sala de aperos, según él, llena de herramientas, sacos y un armario que nadie había abierto desde la boda de unos primos.

Habían pasado por delante varias veces. Una mañana ella comentó que la luz de aquella ventana sería perfecta para trabajar.

No había vuelto a pensar en ello.

Al llegar, Canelo salió a recibirlos y apoyó sus patas delanteras en la puerta de la furgoneta. Adriana le rascó el pecho.

—Tú sí sabes dar la bienvenida sin organizarme la agenda —le dijo.

—Porque no lo has visto con las ovejas —respondió Mateo.

El almacén tenía la puerta pintada de azul. Adriana se detuvo.

La semana anterior era verde, o quizá había sido verde veinte años atrás y después se había limitado a permanecer. Ahora la madera estaba lijada, los herrajes negros brillaban y una maceta de romero ocupaba el lado derecho.

—¿Qué has hecho?

Mateo metió la llave y abrió.

—Pasa.

La habitación olía a pintura, madera y pared antigua.

Habían retirado los aperos, limpiado las vigas y encalado los muros.

Bajo la ventana había una mesa grande fabricada con dos caballetes y una puerta restaurada.

Una lámpara articulada se inclinaba sobre ella.

En la pared opuesta, varias baldas esperaban libros y muestras.

Había una silla giratoria, una estufa pequeña y un tablero de corcho donde Mateo había clavado una de las fotografías de la sesión con el rebaño.

La luz entraba limpia desde el oeste.

Adriana dio dos pasos y se quedó inmóvil.

—Mateo…

—A las cuatro da el sol en la mesa, pero he puesto un estor por si molesta. La conexión llega bien desde la casa. Julián me ha ayudado a pasar el cable. Falta una alfombra y arreglar el enchufe de la esquina.

Sobre una balda había colocado el hervidor pequeño que Adriana utilizaba en La Hebra cuando el café de la máquina se volvía intomable.

Dos tazas descansaban boca abajo junto a una caja de té.

En un cajón encontró cables, adaptadores y una regleta nueva.

Mateo había pegado etiquetas a cada uno con una letra grande y cuidadosa.

—Mi madre ha dicho que te dará una cómoda que no usa —añadió—. Ángela conoce a una empresa que instala rótulos. No he encargado nada porque supuse que querrías diseñarlo tú.

Adriana cerró el cajón.

—¿Tu familia sabe esto?

—Saben que estoy arreglando el cuarto.

—¿Y qué creen que vas a hacer con él?

—Que será tu estudio.

—¿Quién más lo sabe?

Mateo contó mentalmente.

—Julián, porque ha pasado el cable. El pintor. Sebas vino a arreglar una bisagra. Charo sabe que vacié el almacén, pero Charo sabe cosas que no han ocurrido todavía.

Lo dijo sonriendo, como si compartir la sorpresa con medio pueblo fuera una consecuencia pintoresca del lugar. Adriana imaginó entrar en La Parada y recibir felicitaciones por una mudanza que no había decidido. La habitación seguía siendo hermosa, pero ahora estaba llena de testigos.

—¿Todos creen que voy a venir a vivir aquí?

—Nadie ha dicho vivir. Solo trabajar.

—Aún.

Mateo frunció el ceño, como si no comprendiera por qué la información no aumentaba el valor del regalo. Había movilizado ayuda, tiempo y afecto. Tal vez, para él, cada persona que conocía el plan era una prueba de compromiso. Para Adriana, cada una añadía una capa de presión.

Adriana tocó el borde de la mesa. La madera conservaba pequeñas marcas bajo el barniz. Él no había comprado una decoración impersonal. Había escuchado sus comentarios sobre las mesas demasiado estrechas, las sillas bonitas que destrozaban la espalda y la necesidad de tener muestras a la vista.

La emoción llegó antes que la alarma.

—Es precioso —dijo.

Mateo bajó la mirada, satisfecho y un poco avergonzado.

—Pensé que te gustaría.

—Me gusta muchísimo.

Él le entregó una llave con un pequeño ovillo azul a modo de llavero.

—Es tuyo.

Adriana cerró los dedos alrededor de la llave. La frase era sencilla. El problema fue que no terminó ahí.

—Así, cuando acabe el contrato de Pilar, no tendrás que buscar otro sitio —continuó Mateo—.

Puedes quedarte aquí. Hay espacio de sobra y te ahorras el alquiler de la casa de correos.

Había pensado tirar el tabique del fondo para comunicarlo con la cocina, pero será mejor esperar a enero. En diciembre vamos bastante liados.

La llave dejó de ser ligera en su mano.

—¿Enero?

—Sí. Después de la feria. Para entonces ya sabremos cómo organizar la tienda.

—¿Qué tienda?

—La de La Hebra. No tendría sentido seguir solo por internet si esto funciona. Podríais usar la parte de delante y tú llevar la imagen, los pedidos y todo eso. Nuria vendría algunos días.

Adriana miró las baldas vacías. Un minuto antes había visto posibilidades. Ahora empezó a ver decisiones.

—¿Has hablado con Nuria?

—Todavía no. Es una idea.

—Una idea para la que has vaciado un almacén, pintado una puerta, instalado internet y encargado una llave.

Mateo dejó de sonreír.

—La habitación la he arreglado para ti, no para la tienda.

—¿Te pedí que me arreglaras una habitación?

—Dijiste que te gustaba la luz.

—Dije que me gustaba la luz.

—Adriana, no te estoy obligando a nada. Es un regalo.

Ella sostuvo la llave entre dos dedos.

—Un regalo es algo que puedo aceptar o rechazar sin que ya exista una vida construida alrededor.

—No hay ninguna vida construida. Solo he acondicionado un cuarto que estaba lleno de trastos.

—Y has decidido que dejaré la casa de correos, que trabajaré aquí, que abriré una tienda y que en enero tirarás un tabique para comunicar mi despacho con tu cocina.

—Nuestra cocina, si vivimos juntos.

El silencio cayó con una limpieza brutal.

Mateo pareció comprender que acababa de pisar el lugar exacto que ella llevaba varios minutos señalando. Aun así, no retrocedió.

—¿No hemos hablado de que te gusta Valdebruna?

—Sí.

—¿No has dicho que en Madrid ya no tienes nada que te ate?

—He dicho que puedo trabajar desde distintos sitios.

—¿Y no quieres estar conmigo?

Adriana sintió una punzada de rabia, pero debajo había algo peor: ternura.

Mateo había hecho todo aquello pensando en ella.

Había medido la mesa, elegido el azul de la puerta y recordado la dirección de la luz.

No era una trampa. Era una invitación escrita con tanto detalle que apenas quedaba sitio para responder.

—Querer estar contigo no significa querer instalarme en una vida que has diseñado sin mí.

—He intentado hacerte sitio.

—Exactamente.

Mateo abrió las manos.

—No entiendo qué tiene de malo.

—Que sigues pensando que el amor consiste en hacerme un hueco en lo que ya era tuyo. Tu finca, tu casa, tus horarios, tu idea de tienda. Yo puedo entrar si encajo.

—No te he pedido que cambies nada.

—Has decidido dónde trabajaré y dónde viviré.

—Porque pensé que te haría ilusión.

—Y si no me la hace, ¿qué ocurre con todo esto?

Mateo miró la habitación. La satisfacción había desaparecido de su cara. Adriana quiso abrazarlo. Quiso decirle que la mesa era perfecta y que podía imaginar mañanas enteras trabajando allí, con el sonido de los cencerros al otro lado de la ventana. Precisamente por eso no podía aceptar.

Si cedía por no herirlo, aquel cuarto sería precioso durante una semana. Después se convertiría en la primera habitación de una casa donde cada puerta la habría abierto él.

—Podemos hablarlo —dijo Mateo—. Cambiar lo que no te guste.

—Ahora mismo necesito irme.

—Siempre haces eso.

Adriana levantó la mirada.

—¿Eso qué?

—Irte cuando algo te asusta.

La frase era demasiado cercana a una verdad como para no doler. Ella sabía que a veces se marchaba emocionalmente antes de negociar. Lo había reconocido bajo el cielo sin cobertura, la noche en que se permitió necesitarlo. Pero Mateo estaba utilizando aquella confesión para desactivar un límite.

—No me voy porque me asuste quererte —dijo—. Me voy porque acabas de demostrar que escuchar mis miedos no impide que los uses cuando te conviene.

—Eso no es justo.

—Quizá no. Por eso necesito pensar antes de seguir hablando.

Dejó la llave sobre la mesa.

Mateo la cogió y volvió a tendérsela.

—Quédatela. No significa nada.

—Ahora mismo significa demasiado.

Adriana salió. Canelo estaba tumbado junto a la furgoneta y levantó la cabeza al verla. Mateo la alcanzó antes de que abriera la puerta del copiloto.

—Te llevo.

—Prefiero caminar.

—Son cuatro kilómetros.

—Lo sé.

—Va a anochecer.

—También lo sé.

Mateo apretó la llave en la mano.

—Solo intento ayudarte.

Adriana cerró los ojos un instante.

—Ese es el problema, Mateo. Sigues ayudándome con decisiones que no te he pedido.

Echó a andar por el camino. Él no la siguió, y ella se alegró y se entristeció al mismo tiempo.

La primera parte del trayecto la hizo furiosa. La segunda, con frío. En la tercera, cuando ya distinguía el campanario de Valdebruna, se permitió llorar.

No por la habitación. Ni siquiera por la discusión.

Lloró porque había querido aquella vida durante unos minutos. Había visto su ordenador sobre la mesa, su taza junto a la ventana y a Mateo entrando sin hacer ruido para dejarle un plato de comida. Había imaginado una intimidad tan concreta que casi podía tocarla.

Pero una casa no se convertía en compartida porque alguien pintara una puerta y entregara una llave.

Al llegar a la antigua casa de correos, abrió la cancela. Se quedó con la mano sobre el hierro antes de cerrarla.

Mateo sabía abrir puertas.

Lo que todavía no sabía era que no podía decidir adónde conducían.